El sistema del perro agente - Capítulo 59
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- Capítulo 59 - 59 León-Mantis vs Lobo Galáctico 1
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59: León-Mantis vs Lobo Galáctico (1) 59: León-Mantis vs Lobo Galáctico (1) Como si de dos autos de carrera se tratara, ambos iban a gran velocidad.
Así fue como todos los presentes vieron el choque entre Urion y el Lobo Podbe.
Al estar cara a cara, Urion utilizó sus nuevas manos en forma de garras para infligirle daño al canino super desarrollado.
Sin embargo, este último también se protegía de los zarpazos del guardián utilizando sus enormes garras en las patas delanteras.
Chispas se veían cada vez que estas garras se juntaban; las fuerzas eran iguales, puesto que ninguna de las garras de ambos oponentes se debilitaba o rompía.
Urion se dio cuenta de que no podía ganarle cuerpo a cuerpo o garra con garra, a menos que utilizara otra táctica.
Decidió dar dos volantines en el aire hacia atrás para mantener distancia entre su oponente y él.
Sus brazos empezaron a moverse como cuando se mueven las olas, preparándose para lanzar sus brazos desde lejos.
Ahora que sus tentáculos eran sus brazos, podía alargarlos como esos superhéroes elásticos de cómics o un luchador de videojuegos.
Podbe trató de bloquear el ataque como lo hizo cuando el guardián estaba cerca, pero cada vez que las manos de Urion llegaban, este mostraba una sonrisa siniestra, haciendo que sus extremidades superiores se redirigieran hacia otro lado en el último segundo, causando que el lobo fallara y sus garras le dieran en los costados del cuerpo.
Con cada golpe asestado, el lobo gruñía de dolor, puesto que las garras se clavaban en su cuerpo y brotaba sangre azul de las heridas.
“Eso es”, se dijo Urion.
“Ya veo, es hora de incrementar la velocidad.” Sus brazos comenzaron a moverse a una gran velocidad que parecía que el lobo no podía percibir, dándole cada golpe en cualquier parte del cuerpo, debilitando al gran animal.
“¡Uy!
Eso es un gran problema”, comentó Gat desde su posición.
“Si sigue realizando esa maniobra, Podbe no podrá hacerle daño y, peor aún, lo tendrá a su merced para luego acabar con él”, indicaron Dani y Gin.
“Y si acaba con él, luego vendrá por nosotros”, decían María y Billy, preocupados.
“Cálmense, chicos, aún no perdamos las esperanzas”, indicó Eduard, que ya se encontraba mejor y se paró al costado de ellos, dándoles un abrazo con el único brazo que tenía.
Los dos solo atinaron a llorar y abrazarlo, mientras Elena seguía preocupada por la pelea y, más que la pelea, por el destino que tuvo Aiden al ser comido por su perro.
No podía creerlo, estaba con una mirada perdida.
“Tranquila”, le indicó Marie, colocándole una mano en el hombro.
“Sé que estás preocupada, has pasado por muchas cosas en tan poco tiempo: la muerte de tu padre y ahora el chico que te gusta se lo acaban de tragar.
Pero sabes, la vida continúa.
Puede que haya un ápice de luz al final de toda esta tragedia.
La vida siempre nos está enseñando cosas nuevas a cada rato.” Elena volteó, miró a Marie a los ojos y le dio un fuerte abrazo con lágrimas en los ojos.
La mujer solo atinó a consolarla, colocando una mano en la cabeza de la adolescente.
“Vaya, quién diría que fueras del tipo cursi dentro de toda esa apariencia seria que llevas”, le dijo Ezequiel a Marie mientras se paraba del suelo.
Se sintió un ambiente cargado, como si de un volcán se tratara, y se vio una erupción con lava y todo saliendo de ella.
“¿Qué dijiste?” dijo Marie con voz amenazante, mientras apretaba fuerte a Elena, que por poco se queda sin aire.
“No, no dije nada, era una broma”, respondió tembloroso Ezequiel.
Los demás comenzaron a reír, rompiendo la tensión en el ambiente.
En eso, Gat les indicó: “Miren”, y todos voltearon a seguir viendo la pelea, en donde se podía apreciar a un Podbe casi acostado en el suelo por todas las heridas infligidas por Urion.
La batalla se estaba tornando nuevamente a favor del antagonista, quien se deleitaba porque las cosas volvían a su favor.
Dentro de Podbe, Aiden, ahora con el lugar iluminado y viendo nuevamente a Chad de cerca, se dio cuenta de que el sujeto al que llamó Chad se parecía mucho a uno que vio en sus visiones la primera vez que se enlazó con Podbe.
—Tú me resultas familiar.
Estuviste en las escenas que vimos durante la conexión con Podbe —dijo Aiden.
—Sí, es cierto, por eso sabía que lo había visto en alguna parte.
Además, recordé esa voz; es como si habláramos con Podbe.
Es la voz que descargué esa vez para poder entendernos —añadió Reia—.
¿Acaso tú eres también una parte del sistema?
—le preguntó a Chad.
—¿Parte de un sistema?
¿Mi voz la tiene un perro?
—Eran dudas que él no sabía cómo responder, porque había confusión en su cabeza—.
Bueno, no tengo las respuestas a su gran cantidad de preguntas.
Aún tengo lagunas en mi mente, como si un tornado anduviera en ella.
Lo que sí puedo hacer es ayudarlos a comunicarse con él.
En ese momento, el adolescente volvió a poner sus ojos en el gran monitor y exclamó: —¡Oh, no, pobre Podbe!
—viendo a su amigo herido—.
No, otra vez no, no te quiero perder de nuevo —añadió.
De pronto, toda la habitación cambió de estar iluminada con luces radiantes a un color rojo de peligro.
En la gran pantalla también se vio una alarma con un mensaje de alerta que indicaba: “Peligro, peligro, los niveles están llegando a estado crítico.
Debe iniciar activación de protocolo de emergencia”.
—¿Qué es eso?
—preguntó Reia.
—No lo sé, es la primera vez que lo veo —indicó Chad.
—Quizá necesitamos contactar con Podbe para solucionar esto —expresó Aiden.
—No creo que un perro sepa cómo solucionar este tipo de cosas —dijo Chad.
—Pero podemos intentarlo —insistió Aiden—.
Tú dijiste que nos puedes contactar con él, por favor.
Chad lo miró y le dijo: —Bien.
Apretó un botón y, del techo donde estaba sentado, salió un casco como de realidad virtual y unos guantes cerrados como si fueran esposas.
—Debes colocarte eso —le señaló Chad.
Aiden, que estaba un poco asustado por lo que le ocurrió en la pirámide invertida, no quería ir hacia allá.
Chad lo miró y le dijo: —¿Qué te pasa?
¿No me pediste que querías comunicarte con tu perro?
—Espérate —dijo Reia—, lo que pasa es que él tiene miedo a ese tipo de casco y que lo amarren en sillas y esas cosas.
No hay tiempo para explicarte todo, pero solo te diré que le hicieron mucho daño con un experimento.
—No puedo explicarme cómo alguien puede hacerle tanto daño a un niño —respondió Chad, mirando al chico con ganas de consolarlo.
—Entonces yo iré —indicó Reia.
Se sentó y se colocó el casco y los guantes—.
Bien, ¿cómo me comunico con él?
—dijo ella—.
Aunque no se ve nada.
—No creo que puedas.
La luz debe activarse y pasar de color rojo en la parte donde van los ojos a azul.
—¿Y cómo sabes eso?
—le preguntó ella.
—Es porque estuve leyendo el manual que está en uno de los cajones del escritorio y decía que debe colocarse en azul para poder hacer el contacto.
Yo también lo probé, pero sin éxito, igual que tú.
—Quizá sea porque no somos reales para su sistema —se preguntó a sí misma Reia—.
El único que podría hacerlo es él —señalando a Aiden—, pero con solo ver todo eso se asustó.
¿Qué podemos hacer?
—dijo sacándose el casco y los guantes.
Chad miró a Aiden, que tenía cara de miedo, como si hubiera visto una película de terror, y le dijo: —Oye, ¿viste que no le pasó nada?
¿Por qué no lo intentas?
Te prometo que no pasará nada.
Además, eres un niño…
digo, un adolescente valiente, ¿no?
Y quieres salvar a tu perro.
Aiden tragó saliva y quiso tomar valor, pero su cuerpo no se lo permitía.
Chad volvió a hablarle: —Mira, yo te voy a proteger si algo sale mal.
—Y yo también —dijo Reia, interrumpiendo.
Ella se acercó al muchacho y lo miró diciéndole: —No te voy a forzar a nada, Aiden.
Hazlo bajo tu propia decisión y si te sientes cómodo.
Estamos en un predicamento, muchacho.
Tómate tu tiempo, pero no sé cuánto pueda soportar el lobo en ese estado.
En la mente de Aiden había muchas contradicciones.
Una voz le dijo: “¿Crees que puedes hacerlo?”, mientras se mostraba otro igual a él.
Otras voces decían: “¿Por qué deberías hacerlo?
Ya estamos muertos o en la panza de un lobo.
Además, ¿no te bastó con todo el sufrimiento que te hicieron pasar?
¿Acaso quieres más?” Pero luego, otra voz nerviosa, que parecía la voz de la razón, le dijo: “Vamos, tú puedes.
Siempre hay un nuevo momento y una esperanza volteando a la vuelta de la esquina”.
Era algo que le decía una de las hermanas del orfanato.
Bueno, no era exactamente así.
La frase era: “Cada uno tiene la oportunidad de un nuevo comienzo.
No importa hacia dónde te dirijas; si avanzas con amor y felicidad, siempre encontrarás un nuevo amanecer”.
“Eso no tiene sentido”, decían las otras voces en tono amenazante.
“No hay un mañana para ti, siempre vas a ser un huérfano bueno para nada”, le decían otros individuos que se parecían a él, rodeándolo.
“¡No, suficiente!” apareció un Aiden iluminado por una luz azul en frente de todos los otros, que eran de un color rojo.
“Aiden, ¿a qué tienes miedo?”, se decía.
“¿A no encontrar una familia?
¿A no ser amado?
¿A perder a tus amigos?
Esto es una piedra en el camino, tú puedes superarlo.
Vamos, siempre has sido un aventurero presto a ayudar.
Además, es un casco, no te va a hacer nada.
Ve por tu amigo”.
De vuelta a la realidad, sacado del trance en el que estuvo por unos instantes, Aiden se decía a sí mismo: “Debo hacerlo, muévete cuerpo, tú puedes.
Habla, déjame poder oír mi voz otra vez.
Es por una buena razón, necesito salvar a Podbe”.
En eso, el muchacho volteó a mirar a ambos, a Reia y a Chad, a los ojos y, tomando valor, dijo: —Bien, lo haré.
Se dirigió a la silla.
Detrás de él, ambos iban felices por la decisión del chico, dibujando una sonrisa en sus rostros.
Los dos que lo acompañaban al chico iban dándole ánimos y fuerza con las manos, diciendo “tú puedes”, aunque Chad iba más con un “si se quiere retirar, lo llevo igual”.
Aiden se sentó y Reia le colocó el casco y los guantes diciéndole: —Buena suerte.
La luz del casco cambió de rojo a azul en instantes.
—Si era correcta mi suposición —se decía a sí misma Reia, mientras veía a Aiden vibrar un poco.
La cabeza y los guantes se adherían al asiento.
Se escuchó un fuerte grito de dolor por parte de Aiden.
—¿Qué pasa?
—indicó ella, asustada y arrepentida por haberlo llevado a la máquina.
—Tranquila, solo es un momento de dolor, como dice en el libro —indicó Chad.
—¿Cuál libro y por qué no nos dijiste eso?
—le increpó Reia.
—Es que, si te decía que iba a pasar eso, no lo hubieras dejado colocarse ese equipo.
Pero antes de que los dos empezaran a discutir, el grito del muchacho se redujo y pasó a ser algo como un suspiro, y con una voz dulce dijo: —Podbe eres tú —sonriendo.
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