El sistema del perro agente - Capítulo 65
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65: El Rapto 65: El Rapto Los cuatro robots salieron por una compuerta de la aeronave en dirección a donde estaban Aiden y sus amigos.
Mientras ellos seguían conversando sin percatarse de la presencia de los robots, estos se encogieron al tamaño de una mosca al salir de la nave.
Los robots se comunicaban entre ellos a través de ondas: —Nos vamos acercando al rango establecido —dijo uno.
—Escáner iniciado en tres, dos, uno…
activo.
Buscando objetivos, revisando tamaño y edad del objetivo.
Rango: cero a quince años —respondió otro.
Sonó un bip en sus unidades, generando la imagen del escaneo.
—Cinco niños encontrados —indicó uno de los robots.
—Corrige, ese es un hombre pequeño, no un niño —dijo otro, refiriéndose a Dani.
—Perdón, tienes razón, son cuatro objetivos observados —admitió el robot que se había equivocado.
—Más adelante, hay que mandarte a revisión —dijo otro de los robots.
El que no había hablado hasta el momento, indicó con una alarma: —Advertencia, posibles amenazas.
Cargar y activar armas aturdidoras.
Los cuatro robots dijeron al unísono: —Iniciando cambio de camuflaje a forma normal.
Una vez que estuvieron casi enfrente de todos, los robots adoptaron su forma original.
—¡Miren, esos malditos se van!
—exclamó Dani—.
Nos dejan.
Se salieron con la suya llevándose los cristales.
Seguro que Laos usó algún aparato para esconderlos.
—No creo que se hayan salido con la suya.
Les faltó la llave para activar sus máquinas, les faltó el muchacho —dijo Gin a Aiden.
—Sí, es cierto —respondió Dani, mirando al cielo hacia la nave, sacándole la lengua y tocándose el párpado inferior con la mano, muy contento.
Gin lo siguió, mientras los demás se preguntaban qué hacían estos dos.
Elena tomó fuerzas para pedirle una sincera disculpa a Aiden, pero en ese momento comenzaron a escuchar el ruido de máquinas moviéndose.
Cuando voltearon a ver detrás de ellos, vieron cómo cuatro formas se moldeaban al tamaño de un hombre alto, pero de acero; eran los robots transformándose a su forma humanoide.
—Venimos por los niños —dijo uno de los robots.
—Lo sabía, han utilizado esa tecnología de encogimiento experimental de esa loca de Lady —indicó Gin.
—¿Por los niños?
—pensó Eduard.
—No hay tiempo, protejan a los niños —indicó Ezequiel a Rino y Lidia.
El pánico se inició entre el equipo que estaba con Aiden, pero nada pudieron hacer porque los robots lanzaron unos rayos aturdidores a todos los adultos en la zona, haciéndolos desmayar instantáneamente en el lugar, incluso a Reia.
Con sus últimas fuerzas, antes de caer aturdida al suelo, Reia gritó: —¡Corran!
Aiden, Elena, Billy y María comenzaron a correr todos juntos queriendo escapar, pero fue en vano.
Los cuatro robots lanzaron sus pinzas retráctiles de las manos, agarrando a cada uno de los niños en el acto y atrayéndolos hacia sus cuerpos robóticos, que se abrieron para meter uno a uno a los chicos dentro de cada uno, como una especie de contenedor.
Los chicos comenzaron a gritar dentro de los robots, golpeando para salir; sin embargo, los robots mandaron la secuencia para tranquilizarlos: —Rociando gas adormecedor —indicaron los cuatro hombres de acero, y los niños dentro se quedaron dormidos en el acto.
—Tarea realizada —dijeron los robots al unísono.
Desde sus espaldas sacaron una especie de mochila cohete y salieron disparados hacia la nave en movimiento donde estaba Laos, dejando el lugar con los otros indefensos en el piso.
Los robots volvieron a entrar por la compuerta y el doctor Laos les preguntó si habían traído lo solicitado.
Ellos respondieron: —Misión completada, aquí está lo solicitado —y sacaron a los chicos de sus cuerpos robóticos.
—Excelente —dijo el doctor—.
Llévenlos a uno de los cuartos, tenemos muchas cosas que hacer.
Se dibujó una sonrisa en el rostro de Laos porque iba a cumplir lo que su padre le había indicado e incluso podía mejorarlo con la nueva piedra que traía consigo.
La nave se alejó poco a poco del lugar sin dejar rastro de adónde iba.
Philip, que se percató de unas luces entrando a la nave de Zeus, le indicó al profesor: —Mire, profesor, unas luces acaban de ingresar a esa nave.
Vinieron de por allá —señaló el lugar donde estaban los amigos de Podbe—.
Allá hay personas tiradas en el suelo.
Vamos por ellas y preguntemos qué les pasó.
—Vamos —dijo el profesor a su ayudante.
—¿A dónde va, profesor?
—preguntó Melisa.
—Algo salió de allá y subió hasta la nave de Zeus.
Tenemos que averiguar qué fue —indicó el profesor.
—Entiendo —dijo Melisa—.
Vamos todos para allá.
Total, no hay otra cosa que hacer aquí.
Quizá tengamos alguna pista con esas personas que están por allá.
Los cinco siguieron al profesor, quien, a pesar de su edad, se movía muy bien.
Era ágil para un viejecito, decía Ian, que no le podía seguir el paso.
Llegaron a donde estaban ellos y vieron a Adía, Marie, Ezequiel, Eduard, Gat, Lina, Rino, Gin y Dani tendidos en el suelo.
Junto a ellos había una especie de bote de basura, era Tron, que se encontraba inactivo recargando energía.
—¿Quiénes son todos estos tipos?
—indicó Creg.
—No lo sé —dijo Melisa.
—Están muertos —dijo Ian.
—No lo creo, están respirando —dijo el profesor.
Los cinco escucharon un ruido.
Era Reia, que comenzaba a despertarse y balbuceaba el nombre de Aiden.
—Parece que ella se está despertando —dijo el profesor Kile—.
¿Te encuentras bien, muchacha?
—le decía a Reia, pero ella seguía balbuceando.
—¿Cómo estás?
¿Cuál es tu nombre?
—preguntaba el profesor, pero sin respuesta alguna, más que los sonidos que hacía Reia—.
Pronto, dame un poco de agua, Philip.
Philip, en su mochila, cargaba algunas cosas como comida y agua, entre otras cosas más.
Sacó una cantimplora y se la pasó al profesor, quien, cogiendo a Reia de la espalda, le dio de beber un trago de agua.
Reia comenzó a toser repetidamente y luego abrió los ojos.
Vio a los cinco sujetos frente a ella.
—¿Quiénes son ustedes?
¿Dónde está Aiden?
—les preguntó ella, un poco aturdida.
—¿Aiden?
¿Quién es ese?
—le preguntó Melisa—.
¿Es tu amigo o tu novio?
—añadió, interrogativamente.
—No, no, él es el niño que estaba aquí conmigo.
Luego, unas cosas metálicas vinieron, nos aturdieron y se lo llevaron —dijo ella, alterada.
—Yo vi unas cuatro luces que despegaron de su posición y se fueron a la gran nave de Zeus —indicó Ian.
—¡Oh, no!
Otra vez secuestraron a Aiden —expresó Reia.
—Ese maldito, lo sabía.
Era cierto eso de que secuestraba niños para realizar experimentos —dijo Melisa, molesta.
—Relájate, estás un poco agitada y aturdida por algo que te hicieron, muchacha —le dijo el profesor Kile a Reia.
Reia trató de tomar un poco de aire para pensar las cosas con más claridad.
Luego de un rato, ya más tranquila, les preguntó: —¿Quiénes son ustedes?
—Mi nombre es Kile, profesor Kile, a su servicio, señorita.
Él es mi ayudante, Philip, y ellos dos son…
—antes de que terminara de presentarlos, Melisa interrumpió: —Yo soy Melisa, la reportera.
Él es mi camarógrafo, Creg, y el chico que esta por allá se llama Ian.
Todos la saludaron.
—Ya estás a salvo, muchacha —dijo el profesor—.
Ahora sí, dime tu nombre.
—Mi nombre es Reia.
Yo estaba con…
—vio a los demás tirados en el suelo—.
¿Qué les pasó?
¿Ustedes les hicieron eso?
—se exaltó y se alejó de los brazos del profesor.
—No, claro que no —dijo Melisa—.
Eso fue obra de Zeus.
Por suerte, tus compañeros están bien, solo se desmayaron.
Deben haber utilizado alguna arma aturdidora.
Reia se alivió al escuchar que los amigos de Podbe y Aiden estaban vivos, solo desmayados.
—Bien, y ahora que ya nos conocemos, ¿qué estaban haciendo aquí?
—dijo el profesor Kile.
—Ustedes primero —indicó Reia.
—Pero profesor, ella debe decirnos primero —dijo Philip, fastidiado.
—Está bien, no hay problema, cálmate, Philip —le indicó serenamente el profesor—.
Bueno, nosotros vinimos a investigar la zona cuando vimos esas extrañas luces en el cielo.
Le pedí a mi amiga Melisa que viniera a cubrir la escena y, bueno, pues nos encontramos con todo este pandemonio —explicó Kile.
—¡Oh, entiendo!
—dijo Reia.
Se quedó un rato meditabunda, pensando si era bueno decirles todo o solo fragmentos de lo que pasó.
Luego de un momento, Reia comenzó a hablar y les explicó: —Vinimos a rescatar a Aiden, un chico de doce años huérfano que había sido capturado en el subsuelo por Zeus para experimentar con él.
Querían abrir un portal del cual salió un guardián llamado Urion, al que el perro Podbe, convertido en lobo, destruyó.
Pero después de todo esto, nos aturdieron esas cosas y se llevaron a los cuatro niños que estaban con nosotros.
—¡Guau!
Eso es oro puro —dijo Melisa—.
Con eso podríamos hundir a Zeus y cerrar su compañía por todos los crímenes que ha hecho.
Pero lástima que no tenemos máquinas para grabar la noticia, todo se descompuso cuando el lobo aulló.
—No creo que tu entrevista dé resultado —indicó una voz.
—¿Y tú quién eres?
—preguntó Melisa.
—Yo soy Marie, parte de una organización secreta que protege al mundo de gente como Zeus.
Y ya te digo que no va a pasar nada, nosotros nos haremos cargo.
—Pero mira cómo estás, además todos los televidentes vieron la noticia.
No hay forma de que nadie sepa —dijo Melisa—.
Además, no hay organizaciones que hagan ese tipo de cosas —añadió, un poco molesta.
—Te equivocas.
En estos momentos debe estar trabajando una de las mentes más prominentes de la agencia para no dejar cabos sueltos y preocupar al mundo.
Y si hablas de estas cosas a tus compañeros, o si quieres exponer esta noticia, nadie te la creerá y te tildarán de loca —expresó muy seriamente Marie.
—Te equivocas.
No creo que pase nada de eso, no te creo.
Hablas falsedades —le dijo Melisa—.
Todos me harán muchas preguntas cuando llegue y verás cómo saco todo esto a la luz —expresó muy confiada.
—Bueno, yo ya te lo dije.
Si no me quieres creer, allá tú.
Solo ustedes sabrán la verdad porque no han sido puestos bajo esa persona que te mencioné —respondió Marie.
—¿Por qué nos dice esto, señorita?
—preguntó el profesor Kile.
—Porque parecen unas buenas personas, por eso se los digo.
Quizá pueda confiarles estas cosas que pasaron, pero no podrán seguir avanzando.
¿Qué pasaría si todos se enteraran de que hay monstruos o alienígenas que vienen a destruir la Tierra?
Sería todo caos y destrucción.
Es por eso que se debe guardar el secreto a la gente común —explicó Marie.
El profesor analizó lo que dijo Marie y afirmó: —Tienes razón.
Los mismos humanos que nos ponemos día a día en nuestra contra y peleamos por territorio y banalidades, si nos enteramos de estos grandes hallazgos, cundirá el pánico a una escala abismal y algunos grupos se podrían aprovechar de esto.
—Bien, gracias por comprender —dijo Marie—.
Al menos alguien entiende lo delicado de la situación.
—Pero Zeus se va a salir con la suya —le reprochó Melisa.
—Lo sé, pero deja que nuestra organización se encargue de esto —respondió Marie con una mirada fría, como siempre era ella.
—Sí, tiene razón, muchacha —dijo Ezequiel, que ya se había despertado—.
Mira, si tienes dudas, puedes llamar a este número —le dio su tarjeta, la cual ella tomó y guardó en su bolso—.
No te preocupes, vamos a salvar a esos cuatro chicos.
Poco a poco los demás fueron despertando, todos alterados porque los niños no estaban y conversando con los recién llegados.
Todos se comenzaron a conocer una vez que aclararon todo.
Decidieron esperar a que Tron se reactive para poder irse del lugar.
Comenzaron a escuchar un ruido en el aire, como el de un helicóptero.
Se trataba de Michele, que ya había arreglado el artefacto y pudo volar hacia ellos.
Descendió la nave y Michele indicó: —Hola, profesor.
—Qué bueno que llegaste en buen momento —dijo el profesor—.
¿Ustedes tienen medios para regresar?
—preguntó Kile—.
Los llevaríamos, pero esta nave es muy chica para todos.
—No hay problema —dijo Adía, más compuesta—.
Tenemos cómo salir de aquí.
—Bien, entonces, Melisa, vámonos.
Los llevo a su casa —indicó el profesor.
—Está bien —dijo Melisa—.
Si nada funciona y explotó todo, pues no hay nada que sirva —añadió.
Pero antes de subirse con los demás al helicóptero, les dijo: —Nos estaremos viendo de nuevo —con una mirada firme, porque quería saber la verdad y la iba a encontrar, y la iba a hacer que todo el mundo la supiera.
Así sea muy fuerte y dura, se lo decía a sí misma.
El helicóptero desapareció en el aire, mientras Creg se hacía la pregunta de por qué no enviaron más apoyo militar a la escena.
Tal vez lo que dijo esa tal Marie sea verdad, se preguntó Melisa dentro del helicóptero.
—Debemos buscar a Aiden y sus amigos —dijo Reia a los demás.
—Tienes razón, pero primero debemos volver a la base y traer algunas cosas y refuerzos —dijo Marie.
—Oye, Marie, ¿tú crees que ella me pueda hacer un favor?
—preguntó Adía.
—¿Te refieres a ella?
—contestó Marie.
—Sí, una vez me puso un bloqueo mental para olvidar mi pasado, pero si voy a salvar a los chicos, debo poder tener todo mi poder.
Aunque me dé miedo, debo afrontarlo —dijo firmemente Adía.
—Bien, creo que puedo hacerte una cita en cuanto lleguemos a la base.
Tron se volvió a activar y saludó a todos.
Eduard le indicó que sacara la cosa que le dio a guardar hace tiempo.
—¿Se refiere a eso, señor?
—dijo Tron—.
Está bien —y de uno de sus compartimientos sacó un cubo que comenzó a convertirse en una especie de vehículo, tal como el que habían utilizado para llegar allí.
—Bien, todos a bordo.
Vamos a la casa de resguardo donde estaba hospedada Adía, y allí llamaremos a la base.
Así que andando —dijo Eduard.
—Los hemos juzgado mal.
Queremos seguir con ustedes y recuperar a sus amigos.
Además, podemos ser útiles; conocemos algunas cosas de la empresa —dijeron Dani y Eduard, agachando la cabeza como pidiendo perdón.
—No se preocupen, dije que subieran todos —repitió Eduard.
Adía añadió: —Sí, chicos, los perdonamos.
Además, pueden ser de ayuda.
Los dos, contentos, subieron.
Todos subieron, aunque Reia estaba muy preocupada por el destino de sus dos amigos.
¿Qué pasará con Aiden y Podbe?
¿Dónde estarán?
—se preguntaba mientras entraba al vehículo.
El vehículo comenzó a andar y a alejarse del lugar de la batalla.
En algún lugar, se comenzó a escuchar: —Sistema reiniciándose…
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