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El sistema del perro agente - Capítulo 67

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67: Alerta Roja: Misión Imposible (2) 67: Alerta Roja: Misión Imposible (2) Ya en el hangar, un trabajador le indicó por el monitor que todo estaba preparado en la nave según las especificaciones enviadas y que el equipo solicitado estaba en el cuarto.

—Excelente, gracias —le indicó Leila.

En el hangar había una gran nave, como un jet de color verde oscuro.

En la parte del medio había una puerta con una escalera para que todos abordaran.

Todos subieron a la nave, uno por uno.

Una vez adentro, se podían ver dos hileras de asientos con un gran espacio entre ellos para estirar los pies, una mesa con bebidas y comida, un baño y un pequeño compartimento como un cuarto.

Más adelante, estaba la cabina del piloto.

Al ingresar, todas se percataron de algo: en esta nave solo había nueve asientos de pasajeros.

—No, esto no puede ser.

Si somos doce personas, ¿cómo vamos a entrar?

Seguro está mal.

No leí bien lo que me dieron en el documento —se cuestionaba Leila.

—¡Ay, Leila!

No puedes hacer nada bien —le indicaron Martha y Sheila, sus mejores amigas, en tono sarcástico.

Leila se tocó la frente y se inclinó para pedir perdón a su jefa por no revisar bien las especificaciones de la nave, aunque en realidad el papel decía nueve asientos, hechos a propósito por su líder.

—Es como yo lo solicité, nena —le dijo la líder con una sonrisa escalofriante a Leila—.

Bueno, todas tomen asiento.

Mark, como era caballeroso, esperó a que todas se sentaran.

Al final, solo quedaron parados Leila, Margaret, Rachel y Mark.

—Tú, Mark, te puedes sentar en mi regazo —dijo la líder, ya que era la más alta de todas.

Además, Mark era del tamaño de Leila, lo que hacía que fuera visto por su jefa como un niño tierno.

—No es justo, ¡yo quiero que se siente conmigo!

—se escuchaba por toda la cabina—.

Yo lo puedo cargar.

Mark estaba avergonzado por toda la situación.

—Pues verá, líder, yo…

—sonrojado, no quería ir, pero al final tuvo que hacerlo porque era una orden de su jefa.

Parecía una mamá llevando a su hijo cargado cuando se colocaron el cinturón.

Las demás solo se sintieron ofuscadas al no poder compartir el asiento con el muchacho.

Leila, dentro de su mente, pensaba: “Mark, no sé si lo hace por seguir órdenes y le tienen miedo a la capitana, y por eso se avergüenza, o porque a él también le gusta hacer esas cosas.

Para mí es un pequeño pervertido”, molesta por cómo trataban a Mark, como si fuera un rey.

—Chicas, no hay favoritismos —decía Azulema con una mirada que daba mucho miedo.

Todas acataban lo que decía su líder, menos Leila, que echaba chispas de envidia.

—Siéntate —le indicó Rachel a Leila—, porque Margaret y yo iremos a la cabina del piloto.

La chica se sentó porque no había de otra mientras las otras dos se iban a la parte delantera del avión.

Una vez adelante, Margaret y Rachel se sentaron.

—Bien, voy a despegar —dijo Margaret por el micrófono—.

Asegúrense de estar todas con sus cinturones —indicó Rachel.

La nave despegó de la ubicación desconocida en la que se encontraba, que estaba en Estados Unidos.

Se podía oír una cascada mientras la nave se elevaba con destino a la televisora en Italia.

—Activa el hiper propulsor —le indicó Margaret a Rachel, y de pronto la nave salió disparada como alma al viento.

Todos en la cabina de pasajeros se movían de manera chistosa por la velocidad a la que iba la nave.

Luego de unos minutos, se aproximaron al cielo italiano.

—Activa el camuflaje —indicó Margaret, y Rachel lo activó.

La nave comenzó a desaparecer en el aire y nadie podía notar que estaba allí, ni siquiera los satélites militares.

Aterrizaron la nave fuera de la ciudad, más precisamente en el campo, para no llamar la atención una vez que salieran.

Una vez la nave aterrizó, la líder se paró de su asiento y movió a Mark a un lado para luego decirles cuál era la misión: —Chicas, debido a que nuestra unidad se encarga de temas gubernamentales y de diplomacia, y de evitar que las personas conozcan de amenazas para que el caos no reine y bla, bla, bla, debemos utilizar nuestros poderes psíquicos para poder salvarnos de la anarquía.

Vamos a ir a la televisora y usaremos nuestros poderes para cambiar los recuerdos de todas las personas en el mundo que estén conectadas con esta noticia —precisó la líder.

—¿Y cómo vamos a hacer eso?

—preguntó Ada.

—Pues, qué bueno que lo preguntas.

Para eso vamos a usar un equipo especial que solicitamos al equipo D de tecnología.

Con ello, podemos aumentar nuestro poder psíquico por un periodo corto.

Nos cansará, así que deben estar preparadas para resistir.

—Pero señora, ese equipo no es experimental —le preguntó Rosa.

—Es por eso que, como les indiqué, puede que drene su energía y se desmayen por unos minutos, aunque en realidad puede ser más tiempo —Azulema se guardó esa información para ella y Margaret porque sabía que, si les decía a las otras, no iban a utilizarlo.

Tenía que arriesgarse por el bien de la humanidad.

—¿Quedó claro?

—indicó Azulema, y todas respondieron que sí.

—Bien, vamos —y todas comenzaron a descender, no sin antes enviar a Leila, Martha y Sheila, a pedido de Margaret, a sacar los artefactos del cuarto.

Cuando iban sacando las cosas, Martha y Sheila tiraron una de las piezas que cayó en el pie de Leila, lo que hizo que la muchacha soltara un grito de dolor.

Estas dos le dijeron “lo sentimos, fue sin querer”, pero sus caras no mostraban arrepentimiento, sino más bien satisfacción.

—¿Qué les pasa, chicas?

—les dijo Leila—.

Siempre están haciendo cosas para molestarme.

¿Por qué la traen contra mí?

—les indicó, molesta.

Las dos chicas le dijeron que nada, que se relajara, que solo fue un pequeño incidente.

Leila no podía con estas dos y les lanzó un par de latas con su poder de telequinesis.

—Ahora verás, niña malcriada —le dijeron, molestas.

Antes de que pasara algo, llegó Rosa y les dijo: —¿Todo bien, señoritas?

Todas tuvieron que decir que sí, que estaba bien.

—¿Estás segura?

—le dijo Rosa a Leila.

—Sí, no te preocupes —respondió Leila.

—Ya vas a ver, mocosa.

Esto no se va a quedar así —se decían telepáticamente Martha y Sheila mientras se iban con las cosas.

—Leila, ¿qué pasó?

—le volvió a preguntar Rosa.

—Esas dos, Rosa, siempre están molestándome desde el día que llegué.

No las soporto, son muy antipáticas.

—Lo sé —dijo Rosa—.

Siempre he visto que les gusta molestarte.

Seguro debe ser porque tú eres a la que Azulema manda a hacer los mandados y pasas más tiempo con ella.

Ha de ser envidia.

—Sí, puede ser, pero si supieran que la líder ni caso me hace —le respondió Leila—.

Gracias, qué bueno que viniste, Rosa.

Si no, no sabría qué hacer.

Mi poder psíquico no es tan fuerte como el de esas dos.

—Tranquila, tú sabes que Ada y yo siempre estamos para ti.

Además, puedes contactarnos.

¿Tienes nuestro enlace?, ¿verdad?

Si no, te agrego —le comunicó Rosa.

—Bueno, no soy buena con los enlaces, pero si me agregas, claro —dijo con una risita Leila.

El enlace telepático que ellas manejaban era como si de un sistema de mensajería se tratase, como la aplicación del globito verde.

Rosa la enlazó para cualquier cosa y ambas salieron de la nave.

Ya afuera, Margaret utilizó su telepatía con una persona que venía manejando una camioneta grande.

Le indicó que las llevara a la dirección del canal.

Las chicas subieron todas apretadas, pero subieron.

Mark, esta vez, fue llevado por Margaret, que le dijo a la jefa: —Ya tuvo su turno, ahora es el mío, líder.

—No es justo —dijo Azulema—.

Habíamos jugado piedra, papel o tijera antes para decidir.

El chico iba incómodo con este accionar de las chicas, aunque muy en el fondo se sentía feliz por estar rodeado de hermosas mujeres, y eso hace pensar que Leila tenía razón en algo.

Al llegar al canal, todas bajaron del auto casi sin aire por estar aprisionadas por un par de minutos, algunas con calambres.

Luego de un momento, Azulema les ordenó a las tres chicas parecidas (Teresa, Alicia y Samanta) que utilizaran sus poderes con los guardias que había en la entrada.

Eran tres guardias que fácilmente engañaron, haciéndoles creer que debían dormir, no sin antes abrir la puerta sin activar la alarma.

Ingresaron al estudio, y Ada, en su tableta, comenzó a buscar quién era el encargado.

Apareció un tal Ernesto Lion, de sesenta años, con una cabellera como cuando Moisés abrió el mar y robusto.

—Como tú, Sheila —interrumpió Rosa.

Eso último hizo que Leila soltara una pequeña risa, y Sheila la mirara mal.

—Otra raya al tigre —le decía Martha a Sheila por la reacción de la muchacha al chiste de Rosa.

—Estas tres siempre se andan peleando como perro y gato —decía Ada.

—Cuéntanos, ¿qué es lo gracioso, Leila?

—le indicó Rachel, a lo que la chica volteó a verla y le indicó: —Nada, solo algo que recordé, nada más.

—Bien, ríete en otro momento, ahora nos encontramos en una misión.

—Sí, señorita, lo siento —indicó Leila.

El estudio era inmenso; había muchos lugares que abarcar.

—Ya sé, chicas, comunicación mental —dijo Azulema.

Se abrió un grupo en sus mentes indicándoles si aceptaban la invitación.

Todas aceptaron.

—Bien, todas sepárense.

Ganaremos más terreno y no demoraremos mucho tiempo.

Busquen al señor Ernesto.

Aquí les mando la imagen visual.

Irán en grupos y quien lo encuentre primero les avisa a las demás.

Mostraron un mapa mental del lugar en su grupo, y Azulema comenzó a repartir los grupos.

Había cinco caminos que seguir porque casi todos eran de noticias que compartían con locaciones de películas y esas cosas.

—Rosa, tú y Leila irán por ese camino.

Ustedes tres que siempre andan juntas, vayan por ese otro.

Martha y Sheila por aquel.

Ada, tú con Rachel.

Y Margaret y yo con Mark.

—Todas —protestaron—, pero no es justo, siempre usted acapara a Mark.

—Es una orden, y apúrense.

No tenemos mucho tiempo.

Coloquen sus relojes: veinte minutos, no más.

Todas lo hicieron y se separaron para comenzar a buscar en el gran estudio.

—Oye, Rosa.

—Sí, dime —dijo Rosa.

—¿Por qué tenemos que hacerlo en este estudio si podríamos hacerlo desde casa con todo el equipo que traemos en estas maletas, que hasta ahora no sé qué es?

—Me imagino que ha de ser porque tiene que ser desde la misma fuente de donde vino la transmisión, para que la gente piense que es real y no un montaje o una cosa así —le respondió Rosa—.

Además, la líder dijo que no abriéramos las mochilas hasta encontrar al jefe de este lugar.

Mientras se disponían a buscar en uno de los ambientes de la gran instalación por el camino que les había tocado seguir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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