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El sistema del perro agente - Capítulo 68

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68: Alerta Roja: Misión Imposible (3) 68: Alerta Roja: Misión Imposible (3) Después de un par de minutos de búsqueda en cada sección de los ambientes del estudio que les había tocado, Leila le dijo a Rosa: —Hemos buscado por este lugar, pero casi todos los productores se parecen al jefe de noticias, Ernesto.

Parece que hoy es el día de vestirse igual y parecerse a él —dijo Leila, exhausta y en un tono sarcástico por tanto buscar.

—Al parecer sí —indicó Rosa riéndose—.

¿Qué vamos a hacer?

Ya casi se acaba el tiempo que nos dio la jefa, solo quedan cinco minutos —replicó Leila, angustiada.

—Tranquila, hay muchas cosas que se pueden hacer en cinco minutos, y más si es un anime —dijo Rosa para sacar una sonrisa y dar ánimo a la muchacha desesperada.

—Lo sé —respondió Leila—.

Lo bueno es que nadie tampoco lo ha encontrado, así que tenemos chance de hacerlo nosotros.

Tranquila, Leila, y enfócate.

Faltan ese par de ambientes que están por allá —añadió, señalando una dirección.

—Pero no puede ser en cualquier estudio.

Necesitamos a ese señor de verdad —dijo Rosa mientras veía la imagen de Ernesto en su mente—.

Seguramente necesitamos a ese señor porque es el dueño del canal de noticias.

Además, cuando influenciemos todo con nuestro poder psíquico, estaremos frágiles.

Podemos pedirle que el lugar sea cerrado para nosotros en caso de algún contratiempo.

Bueno, eso es lo que creo yo.

—Sé que tu habilidad de control mental es un poco…

tú sabes —añadió Rosa.

—No sé qué tratas de insinuar —preguntó Leila.

Rosa tomó un respiro y le indicó que era muy inestable.

—Sé que tu habilidad es muy fuerte, incluso la líder dice que eres muy potente —indicaba Rosa cuando Leila interrumpió diciendo: —¿De verdad crees eso de mí?

—preguntó la líder, emocionada y dibujando una sonrisa en su rostro.

—Sí, pero no te puedes controlar.

Es mucho poder que tienes dentro —continuó Rosa indicándole.

—Lo sé —dijo Leila, un poco cabizbaja—.

A veces siento que mis emociones me ganan y se apoderan de mí, perdiendo el control.

Solo puedo concentrarme por un breve periodo de tiempo, eso si no me están estresando y atolondrando.

Rosa no quiso continuar con la conversación porque sabía que eso iba a deprimir a Leila, así que dijo: —Bien, dejemos de hablar y vayamos por el sujeto.

Luego tendremos tiempo para rato de hablar y hasta te puedo entrenar un poco si tú quieres.

Leila levantó la mirada y le indicó: —Eso me encantaría.

—Entonces, vamos por los últimos lugares que faltan —dijeron ambas a la vez y continuaron su búsqueda.

El equipo de las tres chicas iguales estaba buscando por la zona que les tocó, pero cada vez que entraban a un lugar pensaban que eran las modelos y las usaban como parte de un comercial.

No sé si para su buena o mala suerte, en cada puerta que abrían las usaban para algún breve comercial o una sesión de fotos.

Las tres chicas no hablaban mucho, solo seguían a las personas con las que se encontraban.

Margaret les preguntó por telepatía si ya habían encontrado algo y las tres indicaron que no, pero sí que les habían dado trabajo como modelos.

Martha y Sheila, en cambio, cada vez que entraban a cada ambiente asustaban a los trabajadores que salían despavoridos.

Cuando preguntaban por el señor Ernesto y nadie les hacía caso, les gritaban tan fuerte que todos escuchaban y se asustaban.

Incluso llamaban a los de seguridad para sacarlas.

Eran dos mujeres muy temperamentales y siempre querían una respuesta inmediata; al no recibirla, se molestaban.

Antes de que los de seguridad las sacaran, ellas usaban sus poderes mentales para que solo pensaran que las estaban escoltando a la salida.

—Pero, ¿cómo puede pasar todo esto?

Bueno, Sheila, si no fueras un poquito prepotente y esperas que te contesten, no nos botarían de esa forma —indicó un poco temerosa Martha, aunque ella era decidida le tenía un poco de miedo a su propia amiga Sheila.

—Silencio, Martha.

No es por eso.

Yo voy directo al grano.

Además, somos muy bonitas como para protagonizar alguno de esos comerciales.

Somos mejores que esas tres —decía Sheila con convicción.

Pero Martha solo la veía, pues Sheila no era tan agraciada y comía tanto que ya se le notaba la subida de peso, producto de la ansiedad.

—Vamos, relájate —le indicó Martha mientras Sheila sacaba unos bocadillos de su bolso—.

Si sigues así, no te va a entrar el nuevo traje que te compré para la noche de la fiesta a la que vamos a ir la próxima semana en una de esas convenciones de famosos.

Sheila le indicó: —Es verdad, necesito estar en forma.

Además, esa niña no ha encontrado al sujeto, así que manos a la obra.

Martha preguntó: —¿Por qué tanto problema con la niña?

Y bueno, también me jalaste porque soy tu amiga.

—¿Qué no recuerdas esa vez que utilizó sus poderes y la muy, muy, se desenfrenó y me vació toda una lata de pintura en mi vestido carísimo?

Tú estuviste allí —dijo fastidiada Sheila.

—Sí, es verdad, pero deberías dejarlo pasar —le respondió Martha.

—Nunca —indicó Sheila—.

Otras veces también hizo lo mismo, como esa vez con la comida o con los documentos, y siempre está con la líder como si nada.

No voy a parar hasta que salga de nuestra unidad —alzó la voz molesta y luego añadió—.

Ahora sí, vamos.

Ya no quiero hablar del tema.

Además, debemos encontrar antes que todos a ese sujeto.

Y ambas continuaron con su búsqueda.

Por el camino que les tocó a Rachel y Ada, se encontraron con Margaret, que al parecer se había separado de Azulema y Mark.

—Hola, Margaret —le preguntó Rachel—.

¿Qué haces aquí sola?

¿No estabas con la jefa?

—Sí, es cierto.

Qué raro.

¿O es que la jefa te jugó sucio y se fue sola para estar con Mark a solas?

Además, ¿por qué no lo dijiste por el chat mental?

—indicó Ada, lanzándole una mirada de detective.

—No, no fue nada de eso.

Yo estuve con ellos y luego pasaron un montón de carritos con escenografías y perdí a la jefa.

Estuve tratando de contactarme con ellos, pero nada, y luego misteriosamente aparecí con ustedes dos —indicó Margaret.

—Qué raro está eso —indicó Ada—.

Y encima no puedes contactarte con la jefa.

¿No está en alguna situación de peligro?

Deberíamos avisarles a las otras.

—No, no, yo me encargo.

Ustedes sigan con su búsqueda mientras yo voy por la jefa.

Seguramente hay algo que bloquea nuestra señal —indicó Margaret, un poco retraída, y se retiró.

Mientras se alejaba de las otras dos chicas, pensaba: “¿Y si la jefa lo hizo adrede para estar sola con el muchacho?

Esas escenografías no aparecieron así porque sí, es algo raro y muy conveniente.

¡Uh!

Va a ver cuándo la encuentre.

No sabía que era de las que juega sucio.

O de repente estoy pensando mal y está en peligro.” Margaret estaba en una disyuntiva mientras se trataba de contactar telepáticamente con Azulema.

—Eso está raro —indicó Ada.

—Sí, pero la jefa se puede cuidar sola.

Además, anda con el muchachito —dijo Rachel—.

Ella siempre hace lo que quiere.

No nos deja andar con Mark, sí que es muy celosa, pareciera su madre —precisó Ada.

—Sí, es verdad.

La jefa es muy sobreprotectora con él y lo mima mucho, aunque ya es un adolescente, casi joven —manifestó Rachel—.

Bueno, dejémonos de tonteras y sigamos en la búsqueda.

Y ambas siguieron su camino.

Azulema y Mark estaban caminando por el lugar.

Ella tomaba de la mano a Mark, parecía como una madre llevando a su hijo por el parque.

Azulema medía casi dos metros y con los tacones se veía enorme.

Por el camino había un ambiente como si de una feria se tratara y un carrito con algodones de azúcar.

Azulema compró uno, el cual le iba dando a Mark en la boca, y el chico solo abría la boca, pero estaba todo rojo.

Luego vieron paletas de colores y le compró una a Mark.

Mark pensaba que lo quería engordar a propósito con tanto dulce, pero lo bueno era que él tenía una genética que lo hacía inmune a subir de peso.

Sin embargo, también le jugaba en contra cuando quería hacer ejercicios y sacar músculos.

Luego pasaron por una sección de espejos y ella seguía tomando de la mano al chico cuando alguien jaló por detrás a Mark, soltándose de la mano de su jefa.

Mark se asustó y se puso nervioso con la paleta en la boca.

—Pero, ¿qué pasó?

—indicó Azulema cuando volteó y vio a Margaret con una cara de enojada y al muchacho agarrado por la mochila—.

Líder, ¿qué hace?

Tenemos que buscar a ese sujeto.

Miró a Mark con la paleta y dijo: —Ustedes se ponen a pasear por el estudio.

Este no es un día de paseo por la feria, estamos en una misión, jefa.

¿Y por qué no me contestan el enlace psíquico los dos?

¿Qué se traían entre manos?

—añadió ella.

—No, pues yo desconozco la razón y no me había percatado —indicó Mark con una pequeña risa nerviosa, una vez que le volvió el alma al cuerpo cuando vio que era Margaret y no un secuestrador o algo por el estilo.

—No, nada, sino que fuimos a buscarte.

No sé qué pasó con el enlace, hubo como estática por un momento.

Así que en el camino encontramos todas estas cosas y se nos ocurrió un rato comer y esas cosas.

Toma, ten esta paleta para ti —indicó la jefa con una risa fingida.

—¡Oh!

Se preocupó por mí, jefa.

Gracias —lo dijo feliz, casi llorando.

La jefa pensó: “Menos mal de la que me libré y no se dio cuenta que quería pasar tiempo de calidad con mi Marky.

No se dio cuenta que puse una interferencia entre el enlace de Mark y mío.

Qué inteligente soy”, y dibujó una sonrisa en su rostro.

—¿Le pasa algo, jefa?

—indicó Margaret.

—No, nada.

Es un chiste que me contó Mark, es muy gracioso.

—¿Yo le conté?

—decía Mark, confundido.

—Sí, ¿no te acuerdas?

—indicó Azulema.

—Yo también quiero que lo cuentes si es muy divertido —expresó Margaret.

Pero Azulema le dio un pisotón a Mark y cuando este abrió la boca para gritar, utilizó su poder psíquico para hacer que el muchacho metiera su paleta en la boca y no dijera ninguna palabra.

—Luego te la cuenta, espera que termine su dulce, no vaya a ser que se le caiga —dijo la jefa tratando de salvar la situación.

“Se que no se debe usar los poderes mentales a nuestro beneficio personal, pero esto la vale”, se decía a sí misma.

Una vez pasada la escena, los tres se iban a dirigir a continuar con la búsqueda.

Sin embargo, antes de volver a continuar, las contactó Ada indicando: —Creo que lo encontramos.

—Sí, es…

—interrumpió Rachel.

Y Ada volvió a ver la imagen con el sujeto e indicó: —No estoy cien por ciento segura que lo encontramos.

Todas estaban contentas, en especial Sheila, porque al menos Leila no fue la que encontró al objetivo.

—Bien, chicas, ahora que Azulema y Mark activaron su enlace, manden su ubicación para encontrarnos allá.

Las demás, tengan preparado el equipo en las mochilas —indicó Margaret—.

Rachel, rétenlo con todo lo que este a tu alcance mientras llegamos.

De inmediato, todas las chicas se dirigieron al punto donde les había indicado Rosa.

En cuanto las chicas iban a encontrarse con Ernesto, en la base de la agencia secreta se escuchó una voz decir: —Señor, ¿qué hacemos con Marie?

—le dijo uno de los presentes en la sala preocupado.

—No podemos hacer nada de momento, las comunicaciones cayeron —añadió.

En eso, el jefe miró al sujeto y le indicó: —Pero pueden monitorear aún su ubicación.

Manden un robot vigía a la zona.

—Sí, señor —dijo el trabajador mientras el jefe regresaba a sentarse a su silla, sacó un habano de una caja de uno de los cajones, lo encendió y pensaba: “Ay, Marie, espero que estés bien y salgan sin problemas vivos del lugar, en tanto el equipo C arregla el otro problemita”, añadió él.

Volvemos con las chicas que llegaban al punto con Ernesto.

Rachel se acercó a Ernesto y este la saludó muy caballerosamente, dándole un beso en la mano.

—¿Quién eres, preciosa?

—le indicó a Rachel.

Rachel, muy profesional, le dijo: —Bueno, hemos venido a…

Pero antes de que ella siguiera hablando, él la interrumpió: —¿Seguro que quieres un puesto en televisión?

Quizá en un noticiero como el mío —le dijo con unos ojos saltones—.

Eres una mujer muy bonita —continuaba llenándola de halagos—.

Y trajiste a tu amiguita —dijo señalando a Ada, pero esta última ni lo pelaba—.

¡Genial, premio doble!

—se decía Ernesto—.

Tendré que hacer unas modificaciones, pero estas bellezas podrán subir los ratings, aunque esta última es muy seca —pensaba mientras veía que abrían la puerta y más chicas entraban.

Ernesto estaba fascinado con las otras chicas del grupo, en especial por las tres chicas parecidas.

Se les acercó diciéndoles: —Chicas, aquí tienen mi tarjeta para cualquier cosa.

Mi nombre es Ernesto Banks.

—¡Eh, Ernesto!

—interrumpió Rachel—.

Ellas vienen conmigo.

—Vaya, vaya, hoy se han presentado muchas chicas bonitas por aquí.

Veo que hasta hay una que viene con sus hijos al trabajo —lo decía por Azulema, que estaba junto a Leila y Mark—.

¿Que no tuviste para una niñera, preciosa?

—le decía el señor mirándola con ojos de enamorado.

—¡Eh, eh!

—interrumpió Margaret al ver a la jefa entre molesta, pero complacida a la vez.

De inmediato, usó su poder mental para hacer que Ernesto se parara y no siguiera hablando—.

Les dije que lo retuvieran, no que se hagan novios —indicó Margaret.

Ada le respondió: —Solo Rachel le hizo el habla y el señor se subió hasta el codo, como ese personaje de dibujos que va detrás de una nuez.

Es todo un enamorador y un donjuán —añadió Ada.

—Bueno, déjense de cosas, chicas —interrumpió Azulema—.

Es hora de empezar.

Bien, Mark, usa tu poder mental y haz que el señor nos dé este ambiente que es perfecto y que saque a todos los demás, pero vuelve rápido.

Mark indicó que sí y se metió en la mente de Ernesto, diciéndole que sacara a los colaboradores de este estudio y que se fueran a tomar un gran descanso.

—Ah, y que nadie entre hasta que yo te lo diga con un chasquido de los dedos —añadió.

Ernesto, en trance, indicó que no había problema y comenzó a sacar a todos.

Algunos se preguntaban el porqué de ese accionar tan repentino, quién era el muchacho que lo acompañaba y quiénes eran esas chicas que estaban por allá, haciendo referencia al equipo C.

Dentro de la mente de Ernesto, Mark comenzaba a decirle que dijera cosas para no levantar sospechas como, por ejemplo: —Ellas van a realizar unas pruebas de seguridad en el ambiente, haciendo referencia a sus trajes de agentes.

Luego, este chico es el hijo de uno de los inversores y estará revisando a las jóvenes, así que nos tenemos que ir a un pequeño descanso.

Pueden tomarse el resto del día libre —indicó Ernesto.

Todos salieron, incluso Ernesto, que aún estaba bajo el control de Mark.

Al salir, Mark chasqueó los dedos y Ernesto salió del trance, pero con ganas de ir a su casa, tomó su carro y se marchó gracias a que Mark le había implantado esa acción.

—¡Excelente trabajo!

—le indicaron las otras, en especial Azulema, a quien le brillaban los ojos.

La única que no le lanzó halagos fue Leila, que balbuceaba diciendo: —Presumido.

—Bien, chicas, a lo que vinimos —indicó Azulema con voz firme—.

Abran las mochilas.

Los doce abrieron las mochilas y de ellas había partes de una máquina en cada una que se ensamblaban si las juntaban.

Así que la líder le pidió a Margaret que ensamblara todo, proyectando el plano por el chat mental que tenían.

De inmediato, la número uno del grupo utilizó su telequinesis para empezar con el armado.

Poco a poco, las cosas comenzaron a salir de las mochilas y se unían una a una, formando una especie de máquina en forma de grabadora gigante del tamaño de un muro y tan gruesa como un ropero.

Todas se quedaron sorprendidas al ver lo grande que era esa cosa y lo pesado que fue traerla.

—Vaya, vaya, con razón pesaba mucho esa cosa —indicaron Ada y Rachel.

—Bien, es hora de empezar.

Conecta la máquina a esa fuente principal que está por allá —le indicó Azulema a Rachel.

La máquina, en la parte trasera, tenía un compartimento por donde salía el enchufe.

Rachel sacó con su telequinesis el cable hasta que este llegó a la fuente, que estaba a cien metros.

—¡Vaya!, ¡qué tal cable!

—dijo Leila, asombrada.

—Ada, activa la máquina —le indicó Azulema.

De inmediato, la chica presionó unos botones como si se tratara de una computadora y luego apretó un botón rojo, tal como le especificaba mentalmente su jefa.

La máquina se encendió, y se dieron cuenta porque una gran luz verde apareció con un mensaje que decía: “Modo Activo”.

—Todo va saliendo bien —se decía a sí misma la jefa.

Es hora de empezar el paso dos.

La máquina se abrió y mostró cuatro compartimentos en total, dos por lado.

De ellos salieron una especie de cascos sin cables, como si fueran visores de realidad virtual.

—Como no está Brea en esta ocasión, contaré con mis cuatro siguientes: Margaret, Rachel, Martha y Sheila.

Ustedes utilizarán esos cascos.

Con ellos, todo se conectará a la red mundial para ingresar en la transmisión.

Incluso mandará un mensaje a todo aquel que no esté viendo para que vea lo que vamos a transmitir.

Aparte, recreará el lugar de los hechos proyectando el ambiente.

Pero, como saben, todo tiene un costo.

Si ven que su poder se está agotando, deberán rotar con otro miembro del equipo, ya que esta máquina es experimental y les quitará mucha energía —explicó Azulema.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—indicó Margaret a su jefa.

—Yo voy a ser la chica del noticiero.

De la parte superior de la máquina salió otro casco.

—Todas listas a mi marca —indicó Azulema, quien se colocó detrás de una mesa de noticias mientras las cámaras del lugar comenzaban a encenderse.

—¿No vamos a probar?

—indicó Ada.

—No hay tiempo que perder —respondió la jefa—.

Colóquense los cascos en tres, dos, uno…

¡ya!

—dijo Azulema mientras comenzaba la transmisión.

De pronto, todos los celulares, tabletas, computadores y televisores comenzaron a mandar notificaciones.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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