El sistema del perro agente - Capítulo 7
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7: El Huérfano Perdido 7: El Huérfano Perdido Era un nuevo día en Estiria, Austria.
En uno de los pintorescos pueblitos de este estado, el gran sol se alzaba majestuoso en el cielo, aunque el aire fresco del otoño aún persistía, disipando lentamente la humedad dejada por la lluvia de la noche anterior.
Las hojas de los árboles comenzaban a transformarse, pintando el paisaje con tonos dorados, rojizos y ocres, como si la naturaleza misma quisiera celebrar la llegada de una nueva estación.
En el orfanato de la Orden del Sol, todos los niños eran llamados para el desayuno, un ritual matutino que marcaba el inicio de sus estudios dentro de las acogedoras instalaciones.
En una habitación con cinco camas, cada una fabricada con robusta madera de roble, los colchones de una plaza estaban cubiertos con sábanas blancas impecables.
Cada cama tenía una almohada un tanto dura y una frazada calientita que ofrecía consuelo en las frías noches otoñales.
En cuatro de las camas descansaban niños profundamente dormidos, pero la quinta estaba vacía.
Aiden ya no estaba allí.
Su amigo Billy, siempre ingenioso, había colocado unas cuantas almohadas bajo las mantas para simular que Aiden seguía durmiendo, asegurándose de que nadie sospechara de su huida.
Esas almohadas las había sacado del gran armario ubicado en la esquina, junto a la puerta, donde se guardaban almohadas, sábanas, colchas, frazadas y otros artículos de cama.
Al lado de este armario había otro destinado a la ropa de los chicos.
Junto a cada cama se encontraba una cómoda, diseñada para guardar pequeñas pertenencias como medias, zapatos y pantuflas, aunque algunos niños aprovechaban ese espacio para esconder comida y algún que otro libro.
La habitación era amplia, permitiendo que los chicos se movieran con comodidad y tuvieran suficiente espacio para organizarse.
Sin embargo, había un inconveniente: los servicios higiénicos estaban al final de cada corredor, lo que significaba que debían levantarse temprano para evitar largas esperas.
Este detalle añadía un toque de urgencia a sus mañanas, pero también fomentaba la disciplina y la paciencia entre los niños, cualidades que la hermana Beatriz siempre intentaba inculcarles.
La hermana Beatriz era una mujer bonita y carismática, cuyos grandes ojos marrones irradiaban calidez y comprensión.
Su piel trigueña, suave y luminosa, reflejaba su origen y su vida al aire libre.
Vestida con su hábito de monja, un atuendo sencillo pero elegante, compuesto por una túnica larga y un velo que enmarcaba su rostro con delicadeza, Beatriz emanaba una serenidad y una gracia que inspiraban confianza y respeto entre los niños del orfanato.
Su presencia era siempre reconfortante, y su sonrisa, un faro de esperanza para los pequeños que cuidaba con tanto esmero, iluminó la habitación cuando ingresó para despertar a los muchachos.
Hoy era un día especial.
—Levántense, chicos, hoy es el gran día de la adopción y quizá todos puedan tener un nuevo hogar —dijo Beatriz con emoción genuina, su voz resonando como una melodía tranquilizadora en la habitación.
Vio cómo los cuatro chicos se levantaban lentamente, frotándose los ojos con los puños y bostezando, entre ellos Billy.
La monja frunció ligeramente el ceño al notar que el niño en la cama al costado de Billy no se movía.
Antes de que pudiera llamar a Aiden, Billy, con el corazón latiendo a toda prisa, se apresuró a intervenir.
—Hermana, Aiden está un poco cansado por lo de ayer, pero yo me encargo de levantarlo para que llegue a tiempo al desayuno —dijo Billy con una voz fuerte y decidida, aunque por dentro temblaba de nervios.
—Bien, gracias, Billy, tú siempre tan responsable y amable con los demás —dijo la hermana Beatriz con una sonrisa cálida.
—Así es —respondió Billy con voz temblorosa, tratando de ocultar su nerviosismo tras una máscara de seguridad.
La hermana Beatriz continuó: —Bueno, muchachos, recuerden bañarse y ponerse el mejor traje para esta ocasión especial.
Los veo en el comedor.
No lleguen tarde.
Les volvió a recordar sobre el día de hoy, nuevamente emocionada, pero también con un toque de tristeza en su voz: —Nos romperá el corazón ver que ya no estarán con nosotros, pero así es la vida.
Podrán tener un buen comienzo y, como decimos aquí en la Orden del Sol: Cada uno tiene la oportunidad de un nuevo comienzo.
No importa hacia dónde te dirijas; si avanzas con amor y felicidad, siempre encontrarás un nuevo amanecer.
Una vez dicho esto, se retiró con paso tranquilo, dejando a los niños sumidos en sus pensamientos.
—¡Uf!
—exclamó Billy, limpiándose el sudor frío que perlaba su frente.
Por fin pudo dar un suspiro y relajarse un poco, sintiendo cómo el alma le regresaba al cuerpo.
No sabía hasta cuándo podría seguir con el engaño, ya que no era bueno mintiendo, y en cualquier momento lo descubrirían.
El peso de la culpa comenzaba a asentarse en su pecho, aunque intentaba convencerse de que lo hacía por Aiden.
Los demás chicos del cuarto, que tenían su misma edad o la de Aiden, no le dieron mayor importancia al asunto.
Todos, en sus pijamas blancas con rayas verdes, polos de manga larga y pantalones, además de unas medias calentitas de color blanco, bajaron de sus camas y se dirigieron a bañarse.
Billy también tuvo que ir, aunque un poco asustado por lo que acababa de pasar.
Se lamentaba internamente por no decir la verdad, y peor aún, si las hermanas se enteraban, lo iban a castigar limpiando los baños por un mes o algo así.
Una vez listos y cambiados, todos los chicos se dirigieron al comedor que se encontraba en el primer piso, bajando las escaleras, ya que no había ascensores, o estaban en mantenimiento por lo viejos que eran.
El comedor era muy grande, con cinco o seis mesas largas de madera robusta, donde convivían tanto los niños como las niñas.
Las mesas estaban dispuestas en filas ordenadas, permitiendo que todos los niños pudieran sentarse juntos y compartir sus comidas en un ambiente de camaradería.
Las sillas, también de madera, eran resistentes y cómodas, diseñadas para soportar el uso diario de los pequeños.
Había una cocina amplia al fondo del comedor, donde trabajaban cinco o seis hermanas encargadas de la preparación de las comidas.
La cocina estaba equipada con grandes estufas, hornos y una variedad de utensilios que las hermanas utilizaban con destreza para preparar los alimentos.
El aroma de pan recién horneado y guisos caseros llenaba el aire, creando una atmósfera acogedora y familiar.
Cada muchacho tenía que acercarse con su bandeja a la recepción de la cocina para recibir su ración del día, como en casi todos los comedores del mundo.
Las bandejas eran de metal, resistentes y fáciles de limpiar, y los niños las sostenían con cuidado mientras avanzaban en la fila.
Todos los chicos tenían que formar una cola ordenada para poder coger sus alimentos, esperando pacientemente su turno mientras charlaban y reían entre ellos.
Las hermanas, siempre amables y sonrientes, servían generosas porciones de comida, asegurándose de que cada niño recibiera una comida nutritiva y balanceada.
De repente, alguien le susurró a Billy por detrás.
Era María, una de las amigas más cercanas de Billy y Aiden, quienes se conocían desde hacía tiempo en el orfanato.
María, una chica de doce años como Aiden, destacaba por sus ojos azules, brillantes y llenos de curiosidad, que parecían reflejar el cielo en un día despejado.
Su tez era suave y aterciopelada, como la piel de un durazno, y su cabello rubio caía en cascada hasta sus hombros, con rulos en las puntas que le daban un aire juguetón y encantador.
María tenía una personalidad simple pero siempre alegre, irradiando una energía positiva que contagiaba a quienes la rodeaban.
Su gran sonrisa, franca y luminosa, era capaz de iluminar cualquier habitación y levantar el ánimo de sus amigos en los momentos más difíciles.
Siempre dispuesta a ayudar y a compartir una palabra amable, María era una presencia constante y reconfortante en la vida de Billy y Aiden, aportando un toque de calidez y alegría al orfanato.
Sin embargo, su curiosidad no tardó en aparecer, y le preguntó a Billy por Aiden.
Al principio, él trató de decirle que andaba por ahí, pero ella sabía cuándo Billy mentía y le pidió que le dijera la verdad.
Finalmente, él cedió y le confesó que el día anterior Aiden se había escapado.
—¡Ah!
Ya veo, entonces logró escapar ese chico soñador y un tanto loco —dijo ella, entre feliz y molesta porque no se había ido con ella—.
Bueno, te ayudaré a ocultar el secreto, pero no será nada sencillo.
Ahí viene la hermana que pasa la lista todos los días, y si ve que no está, la que se va a armar.
—Ya sé, tengo una idea.
Cuando lo llame, le diremos que fue al baño y que le dio diarrea de repente —sugirió María, riendo con picardía.
—No creo que se lo crea, además todos se burlarían de él —respondió Billy, preocupado por cómo podría afectar eso a Aiden.
—Bien, nada de diarrea —expresó ella, descontenta pero resignada—.
Solo diremos que fue al baño y ya.
Una vez obtenido su desayuno, se sentaron juntos en una de las mesas con otros compañeros.
En ese momento, la hermana Bertha entró a pasar lista.
Para su buena suerte, la hermana estaba apurada por los preparativos y no hizo preguntas, aceptando sin sospechar la excusa de los dos niños de que su compañero se había ido al baño.
Una vez terminado el desayuno y después de haberse arreglado, todos los niños se formaron con sus trajes impecables.
Las niñas llevaban zapatos negros bien lustrados, medias largas blancas para protegerse del frío, una falda verde oscuro con rayas que caía justo por encima de las rodillas, una blusa crema de manga larga, un saco gris que les daba un aire formal y una corbata roja que contrastaba vivamente con el resto del atuendo.
Los varones llevaban zapatos negros relucientes, pantalón verde oscuro bien planchado, camisa crema, corbata roja y saco gris, todos luciendo impecables y listos para el día.
La madre superiora Ana, la misma que encontró a Aiden aquel día en la puerta del orfanato (aunque Aiden no lo sabía), se encargó de organizar a los niños.
Ana, una señora de al menos cincuenta años, vestía su hábito verde y crema, que simbolizaba su dedicación y compromiso con la orden.
Llevaba muchos años a cargo del orfanato, desde que la anterior madre se retiró, y era conocida por su disciplina y rectitud.
Aunque un poco baja de estatura, su presencia era imponente gracias a sus ojos grandes y azules, cristalinos como el mar, que parecían ver a través de las almas.
Su piel era blanca como el marfil, y su cabello castaño, aunque no se veía porque siempre llevaba su toca.
Su toca era diferente a las de las demás, con forma de paloma con las alas extendidas, simbolizando paz y esperanza.
Ana se movía con una gracia y autoridad que inspiraban respeto y obediencia entre los niños.
Su voz, aunque firme, tenía un tono de calidez que tranquilizaba a los pequeños, asegurándoles que estaban en buenas manos.
Con una mirada rápida pero minuciosa, se aseguraba de que todos estuvieran en su lugar, listos para el día que les esperaba.
Cada detalle estaba bajo su control, desde la alineación de las filas hasta el brillo de los zapatos, reflejando su dedicación incansable y su amor por los niños.
Ana comenzó a hablarles a todos con voz firme pero cálida, captando la atención de cada niño y niña: —Niños y niñas, hoy es un día muy importante para sus vidas.
Hoy será el día en que encuentren un hogar y puedan tener un futuro lleno de posibilidades, así que muestren lo mejor de ustedes mismos.
Recuerden siempre: Cada uno tiene la oportunidad de un nuevo comienzo.
No importa hacia dónde te dirijas; si avanzas con amor y felicidad, siempre encontrarás un nuevo amanecer.
Con esa última frase, les indicó a todos que pasaran al campo para iniciar el evento y recibir a los posibles candidatos.
Los niños se movieron con una mezcla de nerviosismo y emoción, formando filas ordenadas mientras seguían a la madre superiora.
María y Billy, sin embargo, intercambiaron miradas preocupadas.
—Ay, Aiden, ¿dónde andarás?
—susurró María, con un tono de preocupación en su voz.
Mientras tanto, en ese mismo callejón donde todo había comenzado, volvió a llegar la señorita Marie.
Vestía su traje negro impecable y su abrigo marrón, que ondeaba ligeramente con el viento otoñal.
Uno de los trabajadores, vestido con un traje igualmente oscuro, se acercó a ella y le preguntó: —Señorita, ¿cómo sigue el agente?
—Es reservado —respondió Marie con un tono neutro, aunque sus ojos reflejaban una leve preocupación.
Otro trabajador intervino, admirado: —¡Guau!
Señorita, qué rápido llegó desde la base.
—Bueno, como saben, tenemos nuestros recursos y un gran aparato en caso de emergencias, el cual no se puede utilizar muchas veces porque debe cargarse y aún está en pruebas —explicó ella con calma, aunque su postura sugería que no quería dar demasiados detalles.
Luego, miró a los seis trabajadores, todos vestidos con trajes negros elegantes, casi ceremoniales, y preguntó: —¿Han tenido algún avance con el caso?
Los trabajadores bajaron la mirada, incómodos, antes de responder al unísono: —Lastimosamente, no hay ninguno.
Marie frunció ligeramente el ceño, pensativa.
Después de unos segundos, declaró con determinación: —Lo único que nos queda es llamar a un experto, uno de los agentes que pueda ayudarnos con esto y que sea un buen rastreador.
Uno de los trabajadores comenzó a hablar, pero antes de que pudiera terminar su frase, Marie lo interrumpió con decisión: —Sí, al mejor de todos.
Estoy hablando del agente B.
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