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El sistema del perro agente - Capítulo 72

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72: El Sorteo Inesperado 72: El Sorteo Inesperado Una vez concluida la misión y, tras recuperar un poco la compostura, el equipo comenzó a abandonar el set de televisión, no sin antes guardar cuidadosamente las partes de la máquina en cada mochila.

Mark, siempre caballeroso, sostuvo la puerta para que todos pudieran salir.

Las chicas le agradecieron con sonrisas, y su jefa, con un gesto más afectuoso, le jaló los cachetes mientras exclamaba con cariño: —¡Ese es mi Marky!

Todo un caballero y una ternurita.

Leila, que observaba la escena desde atrás, no pudo evitar torcer el gesto y pensar para sí misma: “Lamebotas.” Cuando todos estuvieron afuera, Mark cerró la puerta tras de ellos.

Azulema, con su habitual autoridad, dio la indicación: —En marcha.

Regresemos a la nave.

—Pero la nave está lejos —intervino Margaret con algo de preocupación.

Azulema, sin perder un ápice de su determinación, respondió con energía: —Pues qué mejor momento para empezar nuestro entrenamiento físico que caminando hasta allá.

Hoy me di cuenta de que nos falta mejorar el estado físico.

Sé que lo equilibramos con lo mental, pero para ser guerreras completas, debemos trabajar ambos aspectos.

Mientras hablaba, su mirada se posó en Sheila, insinuando que era una de las que más necesitaba mejorar en ese ámbito.

—Solo Margaret y yo estamos bien en ambos terrenos —continuó Azulema con firmeza—, así que ¡a caminar!

Quizá hasta trotaremos un poco.

Y cuando lleguemos al cuartel, comenzaremos un entrenamiento como se debe.

¡Muévanse, señoritas!

El grupo, aún algo descompuesto por el juego mental que habían enfrentado al usar la máquina, empezó a caminar lentamente.

—Vamos, chicas, apresuren el paso.

Esta misión es urgente —apremió Azulema, aumentando la velocidad de sus pasos.

Mientras avanzaban, las integrantes del equipo no podían evitar preguntarse cuál era la urgencia que les había mencionado su jefe.

—Creo que las chicas se preguntan… o al menos sus caras de cansancio lo indican.

Quieren saber qué es lo tan importante para que tengamos que apresurarnos así —comentó Margaret, dirigiéndose a Azulema.

La líder asintió y, alzando la voz para que todas la escucharan, explicó: —El jefe nos ordenó recoger a alguien.

—¿Recoger a alguien?

—repitió Leila con incredulidad mientras se giraba hacia Rosa, quien caminaba a su lado—.

¿Qué somos ahora, un servicio de Uber o algo por el estilo?

¿Nos han degradado o qué?

—Tranquila, seguro es alguien importante —respondió Rosa en un intento de calmarla, aunque ella misma tenía dudas—.

Además, no podemos estar tan lejos… ¡Apresúrate!

Ada, que iba un poco más adelante, se giró para animar a Rosa.

—¡Vamos, estamos quedándonos atrás!

Mark, por su parte, intentaba mantener el ritmo junto a Azulema, quien caminaba con una rapidez sorprendente.

Incluso Margaret y Rachel se esforzaban por mantenerse a la altura.

Azulema, sin perder su característico tono bromista, lanzó un comentario que hizo que el chico se pusiera visiblemente nervioso: —¿Qué pasa, Marky?

¿Te estás cansando?

Si quieres, puedo cargarte en mi espalda.

—Estoy bien —respondió él rápidamente, aunque sus mejillas enrojecieron ante la insinuación.

—Usted siempre quiere acapararlo, jefa.

¡Déjeme a mí llevarlo!

—dijo Margaret mirando al muchacho con una expresión seria, mientras Mark, claramente incómodo, retrocedía un poco, asustado por la actitud de la agente.

—Dejen de hablar del chico como si fuera una cosa —protestó Rachel, casi sin aliento por intentar seguirles el ritmo.

Al llegar junto a Mark, lo tomó del brazo y añadió con firmeza—: Esta vez vienes conmigo.

Margaret y Azulema retrocedieron con visible molestia, pero no tardaron en comenzar una discusión.

La tensión aumentó cuando ambas intentaron jalar al muchacho en direcciones opuestas.

—¡Jefa, compórtese!

—exclamó Martha, que recién llegaba al grupo.

Pero en lugar de detenerse, añadió con picardía—: Bueno, yo también quiero, así que… —dicho esto, agarró una de las piernas de Mark.

—¡Oye!

—intervino Sheila, mientras tomaba la otra pierna del muchacho.

En cuestión de segundos, Teresa, Alicia y Samanta también se unieron al jaloneo, cada una buscando asegurarse de estar cerca del joven.

La escena era caótica: parecía que todas habían recuperado fuerzas por el simple hecho de competir por Mark.

Justo cuando el alboroto alcanzaba su punto máximo, Ada llegó junto con Rosa y Leila.

Con un gesto decidido, Ada utilizó su telequinesis para lanzar un par de piedritas que encontró en el suelo, logrando llamar la atención del grupo.

—¡Chicas!

—dijo Ada, haciendo un ruido con la garganta para imponer silencio—.

Seamos civilizadas.

¿Qué les parece si jugamos a decidir por turnos quién pasa tiempo con Mark?

—¡Sí!

—interrumpió Rosa rápidamente, sacando un puñado de papelitos de su bolsillo—.

Aquí tengo los nombres de todas.

Los metemos en esta bolsa, y el nombre que salga primero podrá estar con él durante cuatro horas.

Después seguimos con la siguiente, y así sucesivamente.

—¿Qué?

¿Ustedes también se prestan para estas tonterías?

—protestó Leila, cruzando los brazos con evidente molestia—.

Además, ¿qué tanto le ven a ese enano?

Las demás se volvieron hacia Leila con expresiones de indignación.

Una de ellas respondió con tono desafiante: —¡Es de tu tamaño!

Además, está en crecimiento y es muy lindo.

El comentario fue respaldado por las demás, que dirigieron a Leila miradas tan furiosas que la joven no pudo evitar retroceder un paso, intimidada.

En su interior, pensó: “Al parecer todas pierden la cabeza por los chicos.

Debe ser algún instinto maternal… ¿Qué se le va a hacer?” Mark, que yacía en el suelo, desarreglado tras la disputa, miró a Leila con ojos suplicantes, como pidiendo ayuda.

Sin embargo, en su mente, el muchacho se debatía si esta atención excesiva era algo bueno o malo.

—Yo… ¿es que no tengo opinión?

—preguntó tímidamente Mark, con voz entrecortada, mientras lágrimas de frustración asomaban a sus ojos.

Todas lo miraron con una mezcla de desaprobación y advertencia, y el chico, sintiendo la presión, cerró la boca de inmediato.

—Me parece bien la idea del sorteo —intervino Azulema, tomando la palabra para calmar los ánimos—.

Pero en vez de cuatro horas, ¿qué tal si cada una pasa un día entero con él?

Las dos primeras tendrán cuatro horas, pero después cada turno será de un día completo.

¿Están de acuerdo?

—¡Sí!

—exclamaron todas emocionadas, aunque Rachel añadió en tono burlón: —Pero nos falta contar a Brea.

Seguro le están ardiendo las orejas por esto.

—A mí no me metan en sus juegos locos —replicó Brea, dándose la vuelta para ignorar al grupo.

—Bueno, nosotras contamos como una sola —dijeron Teresa, Alicia y Samanta al unísono, riendo entre sí.

Ada tomó nota de todas y comenzó a enumerar: —Bien, entonces somos: la jefa, Margaret, Rachel, Martha, Sheila, Rosa, las tres chicas como una sola —añadió entre risas—, Brea, y yo.

—Correcto —confirmó Azulema, cerrando el trato.

“No vale usar trucos mentales ni telequinesis, chicas”, indicó Margaret con una sonrisa irónica.

Rosa sacó un lapicero y escribió los nombres en pequeños papeles mientras Ada los metía en una bolsa, agitándola con energía para mezclarlos bien.

“Leila, como eres la más joven, te toca sacar los nombres”, dijo Ada con un tono de mandato.

Leila negó con la cabeza, retrocediendo un paso.

“No quiero.

¿Por qué yo?” Azulema, con los brazos cruzados, intervino con firmeza.

“Es una orden”.

La joven suspiró, aceptando a regañadientes.

“Como sea…” murmuró mientras se acercaba con cautela a la bolsa.

Metió la mano y sacó un papelito.

“Rachel”, leyó en voz alta.

Rachel se levantó de inmediato, levantando los brazos con entusiasmo.

“¡Sí!

¡Soy la primera!” Leila continuó sacando los papeles uno por uno hasta terminar la lista.

Cuando finalizó, miró a Ada.

“¿Ya puedo irme?”, preguntó con un dejo de hastío.

“Sí, gracias”, respondió Ada, y Leila se alejó rápidamente, visiblemente incómoda.

Ada tomó la lista y, con aire organizado, comenzó a leer en voz alta: “Primera, Rachel.

Segunda, Sheila.

Tercera, el trío de Teresa, Alicia y Samantha.

Cuarta, Margaret.

Quinta, Rosa.

Sexta, Brea, aunque ella no está… se lo diremos después”, añadió Ada antes de continuar.

“Séptima, yo misma.

Octava, Martha.

Y, por último… la jefa”.

“No, no, no… ¡Eso no puede ser!” protestó Azulema, cruzando los brazos con frustración.

“¡Tengo que esperar un montón!

¿No podemos repetir el sorteo?” Las demás la miraron con seriedad y dijeron un firme “no” al unísono.

Azulema hizo un puchero mientras Margaret le daba unas palmaditas en el hombro para consolarla.

“Suerte para la próxima”, le dijo con una sonrisa burlona.

“¡Mi Marky!

No lo tendré a mi lado por mucho tiempo…” lamentó Azulema, mirando una imagen del joven siendo llevado lejos mientras ella se imaginaba de rodillas, llorando dramáticamente.

Mark, por su parte, pensaba en su situación.

“Solo me ven como un trofeo”, se dijo con pesar.

Aunque una voz en su cabeza replicó: “Tiene sus ventajas…” y esbozó una sonrisa traviesa.

“Sí, tienes razón.

Estar rodeado de chicas hará que los demás me envidien”.

Desde el exterior, su risa resonó sola, lo que llamó la atención de Leila.

“¿Qué le pasa?”, preguntó desconcertada.

Las demás lo miraban embelesadas.

“Hasta su risa es hermosa”, murmuraron en voz baja.

“¿Y a partir de cuándo empezamos todo esto?”, preguntó Ada, cambiando el tema.

Azulema no respondió con palabras.

En cambio, levantó a Mark del suelo en un movimiento inesperado y declaró con una mirada desafiante: “A partir de mañana”.

Sin perder un segundo, salió corriendo hacia la nave con el chico en brazos, mientras las demás la perseguían, gritando que aquello era injusto.

Ya en la nave, Margaret tomó los controles y despegó.

El camuflaje se activó automáticamente mientras recibía mentalmente las coordenadas del destino.

En otro lugar, en una base secreta, el jefe observaba una pantalla llena de imágenes del terreno de una reciente batalla.

“¿Alguna señal de actividad?”, preguntó con seriedad.

“Negativo, jefe.

No hay nadie”, respondió un subordinado, señalando las imágenes que mostraban un campo vacío y devastado.

“Qué extraño…”, murmuró el jefe, cruzando los brazos.

“Marie, ¿dónde estás?”, se preguntó en voz baja.

“Envía al escuadrón K para limpiar la zona”, ordenó finalmente.

“Sí, señor”, respondió su asistente, comenzando a realizar llamadas.

El jefe estaba sumido en sus pensamientos cuando su teléfono privado sonó inesperadamente.

Lo tomó con rapidez.

“¿Quién es?

¿Cómo conseguiste este número?” “Cuánto tiempo sin escucharte, jefe”, respondió una voz familiar.

“¿Adía?

Pensé que te habías ido a encontrarte contigo misma después de aquel incidente”.

“No es el momento para hablar de eso”, replicó Adía con tono firme.

“Estoy aquí con el equipo y algunos aliados que podrían interesarte… uno en particular, se decía en su mente, es Reia, la IA hecha humana, quien podría ayudarte con el asunto del agente B12.” “Eso suena interesante.

No me dejes con la duda”, dijo el jefe, intrigado.

“Es mejor que lo veas en persona.

Necesitamos transporte para regresar a la base”.

El jefe suspiró.

“Está bien.

Veré quién está cerca para recogerte”.

Ambos colgaron, y el jefe marcó otro número.

“Azulema, necesito que me hagas un favor…”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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