El sistema del perro agente - Capítulo 73
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73: Encuentros Viejos y Nuevos 73: Encuentros Viejos y Nuevos La nave en la que viajaban Azulema y su equipo se acercaba rápidamente a la dirección indicada.
Leila, con un gesto de preocupación, se dirigió a Azulema: —Pero, ¿cómo vamos a llevar a alguien más?
En este lugar no cabe nadie más.
Apenas entramos nosotros, y Mark va apretado contigo.
Azulema soltó una risa ligera antes de responder: —Tranquila, niña, ya veremos cómo lo hacemos.
No te amargues, que te vas a arrugar.
Leila frunció el ceño y, un tanto ofendida, respondió: —No estoy molesta, y tampoco me estoy arrugando… ¿o sí?
Rosa, quien iba sentada cerca, le echó un vistazo rápido y le dijo con una sonrisa pícara: —No, aunque te estás pareciendo un poco a una pasa.
—¿De veras?
—preguntó Leila con incredulidad.
—Es solo una broma —intervino Ada, intentando contener una carcajada.
Rosa y Ada estallaron en risas al ver la expresión ofendida de Leila, quien murmuró algo ininteligible mientras cruzaba los brazos y miraba por la ventana.
—Bien, chicas, hemos llegado.
Este es el lugar —anunció Margaret desde la cabina, mientras la nave comenzaba a descender.
La nave, que había viajado en modo furtivo, cambió a su forma visible.
Delante de ellos solo se veía una casa solitaria rodeada de polvo y silencio.
La puerta de la nave se abrió con un ligero zumbido, y Azulema descendió primero, llevando de la mano a Mark.
A través de la nube de polvo levantada por el aterrizaje, varias siluetas comenzaron a hacerse visibles.
Cuando el aire se despejó, una voz sorprendida se escuchó entre el grupo: —¡Oh!
No lo puedo creer… ¡Has vuelto!
—dijo una mujer que miraba directamente a Adía con asombro.
Adía, la maga del equipo, respondió con una ligera inclinación de cabeza: —Sí, parece que sí.
Pero necesitaré un favor tuyo cuando lleguemos a la base.
Azulema, al notar el ambiente de reunión, intervino: —Bueno, ya habrá tiempo para ponernos al día.
Desde el fondo del grupo, una voz familiar y sarcástica interrumpió: —Nuevo chico.
¡Ezequiel, veo que no cambias!
—Era el líder del equipo B, que avanzaba hacia ellos con una sonrisa burlona.
Miró a Azulema y añadió: — Ya deberías tener un hijo.
Azulema entrecerró los ojos, claramente fastidiada, y respondió con sarcasmo: —Ah, eres tú, viejo amargado.
Como siempre, eres igual que las cucarachas: nunca mueres.
—Viniendo de ti, lo tomaré como un cumplido —dijo Ezequiel, encogiéndose de hombros mientras se giraba para saludar a Leila—.
Hola, niña, cómo has crecido.
Veo que ya te cambiaron por otro —añadió en tono sarcástico.
—No, señor Ezequiel, no es así —respondió Leila, un poco ruborizada, mientras evitaba su mirada.
Ezequiel entonces se inclinó hacia Mark, que observaba la escena con nerviosismo, y le preguntó: —¿Y tú?
¿Cómo te llamas, jovencito?
—Mi nombre es Mark, señor.
Mucho gusto —respondió el chico, extendiendo tímidamente la mano.
Ezequiel rió y le estrechó la mano con fuerza, diciendo: —Vamos, no muerdo… al menos no como tu jefa.
Mark sonrió nervioso, pero Azulema lo notó e inmediatamente le apretó el hombro con una fuerza mayor a la necesaria.
—¡Auch!
—exclamó el chico, tratando de disimular el dolor.
—¡Lo siento, Marky!
¡De verdad lo siento!
—se disculpó Azulema, algo avergonzada.
—Jefa, ¿qué le hace a Mark?
—preguntaron entre risas Rosa y Ada mientras bajaban de la nave.
Mientras tanto, Gat, otro integrante del equipo B, se acercó al grupo con una sonrisa socarrona.
—Vaya, chico, eres realmente afortunado.
¡Te envidio tanto!
Un escuadrón lleno de chicas lindas que, encima, se preocupan por ti.
Maldito afortunado —murmuró con tono exagerado, inclinando la cabeza hacia abajo como si estuviera resignado.
Las chicas del escuadrón C miraron a Gat con desdén, pero algunas no pudieron evitar lanzarle miradas coquetas.
Sin embargo, el ambiente ligero se rompió con el sonido de algo golpeando una superficie: —¡No digas tonterías!
—exclamó Lidia, quien había tirado una revista contra la cabeza de Gat.
Cruzó los brazos, claramente molesta, y agregó: — Toda mujer es hermosa, no solo por su belleza externa, sino también por lo que llevan dentro.
¡Y deja de coquetear!
Gat se giró hacia ella con una expresión traviesa y respondió: —Vaya, no sabía que tenías sentimientos por mí.
Lidia se sonrojó de inmediato y negó con vehemencia: —¡No!
No es lo que yo estaba diciendo… Rino, quien había estado observando la escena, intervino para defender a Lidia: —¡Oye, eso no fue lo que quiso decir!
—dijo con el ceño fruncido.
Gat, sin perder su tono burlón, sonrió y comentó: —Ah, entiendo… Parece que hay alguien en tu vida, ¿eh?
—Le guiñó un ojo a Lidia antes de añadir: — O quizás es este chico.
Lidia, confundida y sonrojada, intentó responder, pero sus pensamientos se enredaron.
—No, él es solo mi mejor amigo.
Además… bueno, estoy hablando con alguien… Rino bajó la mirada, sintiendo cómo un nudo se formaba en su pecho.
Pensó para sí: ¿Solo su amigo?
Pero yo creía que… Gat, notando la incomodidad de Rino, le puso una mano en el hombro y le susurró: —Creo que tienes que esforzarte más, chico.
Por primera vez, las palabras de Gat no sonaron burlonas, y Rino lo observó mientras se alejaba hacia el grupo de chicas del escuadrón de Azulema.
Leila se acercó a Gat y le dijo: —Bueno, yo no soy como las otras que andan embobadas con Mark.
Al terminar, se sonrojó ligeramente.
Parecía evidente que a la chica le gustaba Gat, pero él solo respondió: —Bueno, niña… —y, sin más, se alejó para hablar con las demás, dejando a Leila con cara de tonta.
Poco a poco, su expresión cambió a una de enojo.
Por otro lado, Margaret se dirigió a Eduard: —¿Tienes tu brebaje?
Sin embargo, antes de que él respondiera, Margaret notó algo y exclamó sorprendida: —¡Vaya, viejo!
¿Qué le pasó a tu brazo?
—Pues verás, es una larga historia.
Te la contaré en el viaje.
Y, sobre tu primera pregunta, no, no tengo más.
Se acabó.
Espero conseguir los ingredientes en la base —respondió Eduard con calma.
—Bueno, ya que no soy de esas que entran en la mente para saberlo todo… —añadió Margaret con un tono irónico.
Mientras tanto, Ada observaba a dos científicos, Gin y Dani, y les preguntó: —¿Y ustedes quiénes son?
Veo que llevan la insignia de Radar en sus trajes.
Gin y Dani intercambiaron miradas nerviosas, pero Dani respondió por ambos: —Pues verá, señorita, éramos de esa compañía, pero ahora nos dimos cuenta de todo lo malo que hacen.
Por eso decidimos trabajar con ustedes.
—Ya veo.
Bueno, serán una buena adición a nuestro equipo.
Claro, si el gran jefe lo permite —comentó Ada, con un tono sarcástico que puso a ambos aún más nerviosos.
En otro rincón, Leila se acercó a una chica vestida de blanco y le preguntó: —Hola, ¿y tú quién eres?
¿Cómo te llamas?
Reia la miró de reojo y respondió con frialdad: —¿Y tú quién eres?
—No me cambies la pregunta.
Yo te la hice primero —insistió Leila con energía.
Sin embargo, Reia desvió la mirada, ignorándola por completo.
Estaba más preocupada por encontrar a sus amigos que por interactuar con Leila.
—Pero qué grosera… —pensó Leila, conteniendo un suspiro—.
Yo vengo con las mejores intenciones.
Además, la vi sola y quería saludarla.
De seguro es tímida o algo así… aunque me ignoró como si nada.
Bueno, conozco peores… —al terminar este pensamiento, recordó a Sheila con un pequeño escalofrío.
Tomando aire, Leila volvió a intentarlo.
Le tocó suavemente el hombro y dijo con una sonrisa: —Mi nombre es Leila.
Mucho gusto.
Reia, después de reflexionar un poco, decidió no ser tan cortante.
—Soy Reia… ¿Eso era lo que querías saber?
—respondió con una voz rígida.
Leila sintió algo extraño al tocar a Reia.
Sin querer, había logrado entrar en su mente.
No era su intención hurgar en los pensamientos de nadie, pero con solo ese breve contacto, había percibido muchas emociones, imágenes de un niño y un perro, y otras escenas más inquietantes, como salidas de una película de terror.
—Reia, yo… sin querer entré en tu mente.
No hago esas cosas, pero no sé cómo pasó, y bueno… —intentó explicarse Leila, pero fue interrumpida.
Un fuerte chasquido de dedos resonó en la sala, captando la atención de todos.
Fue Marie, quien, con ayuda de Tron, el robot, había creado ese sonido.
Después de aclararse la garganta, dijo con firmeza: —Si ya terminaron de socializar, necesitamos volver a la base con información crucial para nuestro jefe.
Así que, ¡andando!
En el chat mental grupal de las chicas telepáticas, comenzaron los comentarios.
—¿Y esta qué se cree?
—Solo porque es la mano derecha del jefe… Azulema interrumpió: —Bueno, chicas, tiene razón.
Debemos hacer lo que el jefe pidió.
Todos subieron a la nave.
Al entrar, notaron que el espacio era reducido.
Adía, al contar los asientos, comentó: —Pero son pocos asientos.
¿Cómo entran todas ustedes?
—Pues verás, Margaret y Rachel van piloteando la nave, y las otras están aquí conmigo —explicó Azulema.
—Sí, pero igual falta un asiento… —Ah, el muchacho viene conmigo, en mis piernas —respondió Azulema con una sonrisa.
—Amigo, sí que te luciste.
Mi nivel de envidia está a otro nivel —bromeó Gat, mientras Mark se ponía nervioso.
—Bueno, yo… —No hay problema —interrumpió Tron, que en un momento se transformó en una fila de asientos para que los demás pudieran sentarse.
—¡Guau!
Ese robot es interesante —comentaron Lidia y Rino.
—Y no va a serlo.
El sujeto que lo creó es un genio —añadió Eduard con admiración.
—Ese presumido tecnólogo… —murmuró Azulema, refiriéndose al creador de Tron.
Cuando todos estuvieron acomodados, Adía señaló un asiento vacío: —Mira, chico, aquí hay un asiento libre.
Mark iba a tomarlo, pero Azulema lo detuvo con un rápido movimiento.
—Él se siente más cómodo conmigo —dijo, jalándolo de regreso y asegurando el cinturón de seguridad alrededor de ambos.
—Parece un bebé crecido —comentó Ezequiel con una sonrisa burlona.
—Nada de pobre chico, es muy afortunado.
Yo quisiera estar ahí con esa mujer grande… —fantaseó Gat en su mente.
Leila, molesta por la actitud de Gat, pensó: —Tonto… ni bola me da.
Pero bueno, ¿qué podrá ser lo que Reia ha tenido que vivir?
Cuando todos estuvieron listos, Margaret habló por los parlantes: —Si ya están acomodados, nos vamos.
La nave comenzó a vibrar, el motor sonó con fuerza y, finalmente, despegó, desapareciendo en el aire a toda velocidad.
En el trayecto, todos comenzaron a explicarse entre sí lo que habían tenido que pasar, mientras Azulema activaba un enlace mental con los presentes, excepto con Gin y Dani, que estaban aún a prueba.
Sin embargo, cada vez que intentaba incluir a Reia en el enlace, algo le impedía establecer contacto.
—¡Qué raro!
—dijo la jefa para sí misma—.
¿Qué estará pasando?
Es la primera vez que no puedo enlazarme con alguien…
Bueno, no importa, no la conozco.
Me enfocaré en hablar con los que si conozco y están presentes en esta nave.
Dentro de la mente de todos, Azulema les explicó que el enlace mental se limitaba a los miembros de la agencia para entender mejor la situación.
No mencionó que no había logrado conectar a Reia.
Marie comenzó a detallar todo lo que habían vivido, mientras Azulema explicaba la misión que ella y su equipo habían realizado, asegurándose de no exponer la agencia ni los peligros globales que enfrentaban.
—¡Ah!
Entiendo —respondió Azulema, observándolos con atención—.
Así que por eso están todos tan sucios.
—No tuvimos tiempo de cambiarnos de ropa ni nada por el estilo —aclaró Ezequiel—.
Fueron demasiadas cosas al mismo tiempo, pero cuando lleguemos a la base, lo haremos.
—Me gusta tu atuendo de maga —comentó Azulema a Adía—.
Te hace ver misteriosa.
—¡Ah!
Esto es solo un viejo atuendo —respondió Adía con una sonrisa—.
En la base me pondré algo más apropiado.
Ambos grupos comprendieron lo que el otro había vivido, mientras Margaret indicaba que estaban próximos a llegar a la base.
—¿Un perro con poderes y un niño?, ¿eh?
—comentó Ada, asombrada—.
¡Qué cosa más loca!
—Al parecer quieren crear más Metalux.
¡Malditos!
Haciendo sufrir a más niños… —dijo Mark con seriedad.
—Podemos ayudar a encontrar a ese chico, Aiden —sugirió Adía con determinación—.
Necesitaremos toda la ayuda posible.
Si quieres, puedes venir con nosotros.
No descansaré hasta encontrarlo.
Mientras tanto, Azulema reflexionaba para sí: Interesante… Esa chica es una inteligencia artificial hecha humana.
Quizás por eso no pude conectarme con ella.
Lo que no sabía era que Leila sí había logrado establecer un contacto sutil.
En sus pensamientos, Leila también reflexionaba: Es una inteligencia artificial humana… Pero vi cosas en ella.
Vagas, pero intensas, como si fueran recuerdos de vidas pasadas.
Finalmente, la nave aterrizó en un hangar cuya ubicación no fue revelada.
Al descender, los operadores del hangar, vestidos de blanco, saludaron: —Buenas tardes, señorita Margaret.
Ella ya había anunciado su llegada, y los operarios les permitieron abrir la puerta para desembarcar.
Mientras todos bajaban, los técnicos comenzaron a inspeccionar la nave.
Una gran puerta se abrió al otro lado del hangar, y un hombre entró al lugar.
—¿Quién es ese viejito?
—preguntó Gat, provocando que Ezequiel le diera un ligero golpe en la cabeza.
—¡Más respeto!
Ese es el gran jefe, Drake West —explicó Ezequiel.
—Nunca lo había visto en persona… —susurró Gat, sorprendido, al igual que otros jóvenes presentes.
—Por lo general, no se muestra mucho —añadió Marie.
Todos inclinaron la cabeza en señal de respeto, mientras el jefe se acercaba con una presencia imponente y una voz firme.
—Marie —dijo, observándola detenidamente—.
Veo que has traído un grupo inusual.
Seguro te preguntas por qué estoy aquí en persona.
La razón es lo que mencionaste en tu llamada.
Luego se dirigió al grupo.
—Tranquilos, chicos, pueden levantar la mirada.
No hay necesidad de tanto formalismo.
El jefe examinó a Reia detenidamente.
—¿Así que esta es la chica artificial, la inteligencia artificial humana?
—preguntó, acercándose a ella—.
A simple vista, parece una persona normal, de carne y hueso, como nosotros.
—Señor, con su permiso —intervino Marie—, necesitamos recuperar al niño que llaman Aiden.
Es clave para el proyecto que crea Metalux.
Sé que, con ayuda del equipo C, hemos limpiado los rastros para que el mundo no se entere, pero… —Marie, conoces el protocolo —la interrumpió el jefe.
—Sí, lo sé, pero a veces pienso que el mundo debería saber —respondió Marie, con voz firme—.
No es justo ver cómo lastiman a niños y animales por su propio beneficio.
Me siento sucia de solo saber que les hacemos un favor a esas compañías, que quedan libres e impunes.
—Entiendo tu punto, Marie, pero podemos hablar de eso en otro momento —replicó Drake.
Antes de que pudiera continuar, Adía intervino.
—¡Debemos rescatar a esos niños!
Sé que Zeus tiene soldados fuertes bajo su mando y todos los recursos para crear más Metalux.
No podemos quedarnos de brazos cruzados.
—Es cierto, señor.
Incluso yo perdí un brazo en esta misión —añadió Eduard.
—Si mis mejores equipos no pueden hacer nada, ¿qué sentido tiene mandar más soldados?
—respondió Drake con frialdad.
—Con todo respeto, no podemos rendirnos —insistió Ezequiel—.
Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde.
—Lamentablemente, el problema es aún mayor —dijo Drake—.
Se reportan desapariciones masivas de niños en las últimas horas.
—¿Más niños?
—preguntó Adía, alarmada—.
Si usted no quiere intervenir, al menos nosotros sí lo haremos.
—Siempre fuiste así de impulsiva, Adía… ¿Acaso estás recuperando tus memorias?
—le preguntó Drake.
—No, todavía no, pero vine para recuperarlas —respondió ella con determinación.
—Quizás deberíamos estudiar a esta muchacha para entender cómo funciona… —insinuó el jefe, mirando nuevamente a Reia.
—Ella es una persona —intervino Leila, con voz firme—.
Disculpe, señor.
Antes de que Drake pudiera acercarse a Reia, algo inusual sucedió.
Una luz azul comenzó a rodearla, iluminándola intensamente mientras su cuerpo se encogía hasta desaparecer.
Todos se reunieron alrededor, sorprendidos, observando cómo algo comenzaba a formarse en el suelo.
—¿Tú?
—se escuchó en el lugar.
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