Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El sistema del perro agente - Capítulo 74

  1. Inicio
  2. El sistema del perro agente
  3. Capítulo 74 - 74 El Legado Continúa
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

74: El Legado Continúa 74: El Legado Continúa —Doctor Laos, hemos llegado —anunció uno de los soldados que los acompañaban en la nave.

—Excelente.

Lleven estos cuatro contenedores y díganle a mi equipo que los preparen; ellos sabrán qué hacer.

Y, soldado —añadió el doctor con una severidad que hizo temblar al hombre—, tenga sumo cuidado con el contenido.

Es extremadamente frágil.

Si algo les sucede, conocerá la furia de nuestro señor Zeus.

El soldado tragó saliva con dificultad y asintió con un movimiento rígido de cabeza, apresurándose a llevar los cuatro contenedores en un carrito.

Dichos contenedores, con la apariencia de cápsulas polarizadas, albergaban a los cuatro jóvenes que habían sido raptados.

—¿Dónde estamos, doctor?

—preguntó Swang.

—Ah, es cierto, tú no conoces este sitio.

Es una base secreta que solo conocen los altos mandos.

Este lugar es el más importante para mí.

Aquí es donde todo empezó —dijo el doctor Laos mientras caminaba fuera de la nave, seguido por la doctora Swang, quien lo observaba con el ceño fruncido y una expresión pensativa.

¿A qué se refiere con que aquí empezó todo?

se preguntó mentalmente mientras el doctor continuaba su paseo con una extraña mezcla de excitación y nostalgia.

De la nave también descendió el imponente Zeus, acompañado por los heridos que habían logrado rescatar.

Con una voz resonante que denotaba autoridad, ordenó a otro grupo de soldados presentes en la ubicación secreta que los trasladaran a la sala médica.

Zeus se giró hacia sus demás líderes y les indicó con un gesto firme que mantuvieran un perfil bajo y se dirigieran a sus respectivas filiales.

Todos asintieron en señal de obediencia y se retiraron, a excepción de Aragón, a quien Zeus detuvo con un ademán.

—¿Lo trajiste?

¿Cómo está Larot?

—inquirió Zeus con preocupación.

—Está muy malherido, señor.

¿Qué podemos hacer por él?

—Llévalo con él.

De inmediato.

—¿Se refiere a esa persona?

—preguntó Aragón, con un tono de voz que revelaba cierta inquietud.

—Sí, a esa misma persona.

Si alguien puede ayudarlo, es él.

Ve de una vez.

Agendaré una cita con él ahora mismo.

Con una agilidad sorprendente, Aragón levantó la cápsula que contenía a Larot, utilizando su aura para extraerla suavemente de la nave.

Mientras tanto, Zeus sacó su teléfono móvil y realizó una llamada.

Al otro lado de la línea, una voz respondió con un tono sumiso: —Oh, es usted, mi señor.

¿En qué puedo servirlo?

—Maos, tengo a Larot.

Está estable, pero grave.

Necesito que juegues un poco con su cerebro.

Quiero que sea más obediente y, sobre todo, que lo hagas más fuerte.

Haz todo lo que esté a tu alcance —ordenó Zeus con voz imperiosa—.

Aragón lo está llevando en este momento.

No sospecha absolutamente nada de lo que haces, y espero que siga así.

—Entendido, mi señor —respondió Maos—.

Pero darle más fuerza de la que ya posee podría volverlo loco o incluso matarlo —advirtió con un deje de nerviosismo.

—Tonterías.

Sé que tú puedes hacerlo.

Hiciste un excelente trabajo con él en el pasado, y ahora lo necesito operativo y más fuerte, especialmente después de lo que sucedió con ese tal Urion.

—Que lo traiga a mi posición.

Me encuentro en el ala S de este recinto —indicó Maos.

—Lo enviaré de inmediato —respondió Zeus, y colgó la llamada.

Aragón salió de la nave, y Zeus le reiteró las instrucciones sobre a dónde llevar a Larot.

Antes de que se marchara, Zeus añadió con firmeza: —Déjalo con Maos.

Estará en buenas manos.

Y luego, te dirigirás a tu posición.

Es una orden directa mía.

Aragón asintió con la cabeza, aunque una profunda inquietud comenzaba a crecer en su interior.

Algo no le cuadraba.

El líder de la división de América se retiró hacia la ubicación que le había indicado su jefe, con una sensación de incertidumbre que lo acompañaría en el camino.

Zeus se dirigió hacia un ascensor con forma de cápsula, que se deslizaba en línea recta por una faja magnética.

El silencioso vehículo lo transportaría hasta donde se encontraba Laos, quien estaba llevando a cabo la crucial prueba para determinar si Aiden era el nexo necesario para la activación de los poderes y, así, poder crear su propio ejército.

En el interior del laboratorio, se desplegaban amplios espacios repletos de tecnología de punta, donde un nutrido grupo de científicos trabajaba con diligencia.

Sin embargo, una sección permanecía cerrada tras una gruesa puerta de metal.

—¿Por qué esa parte está cerrada?

—preguntó Swang, con curiosidad.

—Es un recuerdo de lo que le sucedió a mi padre —respondió el doctor Laos con un tono grave y una mirada que se perdió en la lejanía.

La escena se transformó, dando paso a una especie de recuerdo, como si se tratara de una película proyectada en la mente de Laos.

En ella, se veía a un profesor con un gran parecido a Laos, pero de mayor estatura.

Era su padre, el señor Eros Laos, un científico visionario que se había adelantado a su tiempo.

—Mira todo esto, mi querido hijo Richard —exclamó Eros con una sonrisa orgullosa—.

Todo esto es el avance científico hecho realidad.

Mientras hablaba, Richard observaba con fijeza a un grupo de niños conectados a una compleja máquina.

En el centro de la sala, una figura encapuchada permanecía inmóvil.

La intriga comenzaba a carcomer al joven Richard.

—¡Ah!

Te intriga saber quién está ahí, ¿verdad, hijo?

—dijo Eros, con una sonrisa cómplice—.

Siempre queriendo saberlo todo, igual que tu padre.

—Continuó, señalando la sala—.

Aquí, en Xerox —o Verox, como algunos prefieren llamarlo—, investigamos todo tipo de avances de vanguardia.

Y te estarás preguntando quién es esa persona.

Pues bien, él es mi llave para activar la máquina que otorgará poderes a todos esos niños que ves allí.

—¿Y por qué son niños casi de mi edad?

—preguntó Richard, que entonces tenía trece años.

—Porque, según mis investigaciones, los únicos capaces de aceptar estos poderes son los niños.

Cuanto más jóvenes sean, mejor.

Eso significa que deben tener menos de diecisiete años, de lo contrario, la máquina los eliminará, los convertirá en desechos o en aberraciones sin control.

A mis creaciones las he llamado Metalux.

Pero existen dos tipos, como ya te he explicado: los Anglux, que son creados sin imperfecciones y obtienen un poder sobrehumano, y los Reudux, las abominaciones que se vuelven locas o se deforman con una sed insaciable de destrucción.

—Sí, padre, ya me has contado eso —interrumpió Richard, con un dejo de impaciencia.

—Ahora, esto de aquí no te lo he dicho —prosiguió Eros, con un tono confidencial—.

En uno de mis tantos viajes, un sujeto me habló de una cámara donde se custodiaba una piedra oscura con la cual se podían obtener poderes ilimitados.

Lo malo es que estaba vigilada por un ser poderoso, así que solo pude conseguir estas piedras de colores.

Algún día me gustaría poner mis manos sobre ella para obtener poderes sin deficiencia alguna y crear un Metalux puro.

—Ah, ¿es por eso que deben ser jóvenes?

¿Y yo también podría ser un Metalux?

—inquirió Richard, con los ojos brillantes de curiosidad.

—Por supuesto que sí, hijo.

Pero el proceso es extremadamente doloroso.

¿Lo aceptarías?

—preguntó Eros, justo antes de accionar un enorme interruptor.

Al instante, los niños conectados a la máquina comenzaron a gritar de dolor.

Richard observó la escena con el corazón latiendo con fuerza.

Deseaba tener poderes, pero no quería experimentar el sufrimiento que veía reflejado en los rostros de esos niños.

—Creo que paso —dijo finalmente, con voz firme.

—Eres un cobarde, Richard.

Una decepción para mí —espetó su padre, con el rostro contraído por la ira y la decepción—.

Si no buscas el poder, siempre serás pisoteado por los demás.

Si yo pudiera, lo haría sin dudarlo.

—Pero, padre, yo tengo el mismo intelecto que tú —replicó Richard—.

Quizás pueda encontrar la forma de que los adultos también puedan obtener esos poderes, y que el proceso no sea tan doloroso.

—No —respondió su padre con sequedad—.

Pero si lo logras, tendrás mi respeto.

Pasaron días, luego meses, y finalmente años.

Pero Richard no lograba ningún avance; solo cosechaba errores.

Un Eros demacrado, apoyado en un bastón, lo encaró con desprecio: —Qué inútil eres, hijo.

No haces nada bien y, para colmo, vas a manchar mi reputación.

Eres un completo necio.

Ya te lo dije: no se puede crear un Metalux cuando uno ya es adulto.

O se nace con esa condición, o se es creado antes de los diecisiete años.

Ahora que tienes muchos más años, no has aprendido absolutamente nada.

Sigues siendo un niño débil de mente y carente de fuerza.

Debí haberte dado carácter cuando tuve la oportunidad.

Con furia, Eros golpeó a Richard en el rostro con el bastón, haciéndole sangrar la mejilla.

Richard se retiró del laboratorio, consumido por la rabia, arrojando documentos al suelo mientras observaba a su padre activando la máquina una vez más.

De repente, un grupo de figuras vestidas con trajes negros y máscaras irrumpió en el laboratorio con la clara intención de destruir la máquina.

En el forcejeo, uno de ellos empujó al anciano Laos, quien cayó dentro de la máquina justo cuando los líquidos que contenía se mezclaban, provocando una violenta explosión.

Richard, que regresaba en ese preciso instante, solo atinó a gritar: —¡No, padre!

Esa fue la última vez que lo vio con vida.

La explosión destruyó casi todo el laboratorio, arrasando con los años de investigación de su padre.

Lo único que sobrevivió fue un libro que Richard había guardado en su casa.

Desafortunadamente, el libro solo hablaba de unos seres capaces de abrir portales a otros lugares inaccesibles para los humanos, como lo que le había sucedido al joven Aiden.

No se describía su apariencia ni sus características, ya que su padre nunca había llegado a ver a ninguno de ellos.

Sin embargo, en las notas del libro se mencionaban las características de la sangre de estas criaturas.

Esa era la razón por la que habían realizado tantas pruebas en humanos, buscando rastros de esa sangre.

Con el tiempo, Richard se había cansado de esa búsqueda infructuosa.

Llegó a pensar que esos seres no eran de este mundo.

Pero al presenciar lo que sucedió cuando conectó al huérfano a la máquina, comprendió que eran reales y que quizás uno de sus padres había procreado un hijo con un humano.

—Debo investigar más ahora que tengo a uno de esos especímenes conmigo —se dijo el doctor Laos para sí mismo, con una determinación renovada—.

Ya lo verás, padre.

Te superaré y lograré la creación de Metalux adultos, adultos capaces de soportar ese poder sin experimentar dolor alguno.

Tal vez esa cosa negra que traje del otro lado del portal me sirva.

Todos lo serán.

El profesor se quedó sumido en sus pensamientos, observando la sección clausurada del laboratorio, cuando uno de sus ayudantes se acercó para informarle que los jóvenes ya estaban listos y conectados a las máquinas.

El doctor Laos salió de su ensimismamiento y se dirigió al lugar indicado.

Atravesaron una imponente puerta que se abrió por la mitad, revelando a los jóvenes tendidos en una especie de camas de metal, atados de pies y manos con grilletes.

En el centro de la sala, Aiden se encontraba sentado en una versión mejorada de la máquina que habían utilizado en Milán.

—Veo que estabas muy pensativo en esa sección en particular —observó Swang, con una sonrisa—.

Cuéntame qué te sucede.

Quizás pueda ayudarte.

—No lo creo —respondió el doctor Laos—.

Pero si todo sale bien, te lo contaré todo con lujo de detalles.

Sin más preámbulos, comencemos.

Mientras tanto, Zeus llegaba a las instalaciones.

Desde un nivel superior, en una especie de oficina acristalada, se sentó como un observador privilegiado, listo para presenciar el comienzo de su nueva era.

—Estas lista Brenda para empezar—dijo Richard, mostrándole un documento—.

Con esto iniciaremos el proceso.

Brenda le levantó el pulgar en señal de aprobación.

—Y si no sale bien… me lo contarás todo, Richard —añadió, dándole un beso en la cabeza.

El científico, con una nueva determinación, se dispuso a comenzar el proceso.

Sacó de sus bolsillos unos nano empaques en forma de cubos que contenían las piedras y los colocó en una máquina para que se restablecieran después del aullido del lobo Podbe.

Casi al instante, aparecieron unos robots recolectores con las rocas y se las entregaron a un grupo de ayudantes, quienes las colocaron cuidadosamente alrededor de la máquina.

Con sumo cuidado, Richard extrajo el nano Bot que contenía la piedra negra y lo guardó en su bolsillo.

—Bien, Brenda, ¿con qué color quieres que empecemos?

—preguntó el doctor.

—¿Hay alguna diferencia entre cada color?

—inquirió ella.

—Claro.

Cada color otorga una habilidad especial, según se indica en el libro de mi padre.

No todos los colores se pueden combinar, de lo contrario, el sujeto de prueba moriría —respondió él con seriedad.

—Pero ¿por qué no le pasó eso al muchacho?

—preguntó Brenda, refiriéndose a Aiden.

—Porque el muchacho tiene una sangre similar a la de uno de esos sujetos que mi padre utilizaba para potenciar su máquina.

—Ah, entiendo.

Por eso le hiciste esas pruebas de sangre antes de todo.

De lo contrario, lo hubieras matado —dedujo Brenda.

—Iba a ser un daño colateral, pero bueno… ¿qué color quieres utilizar para cada uno de esos tres?

—preguntó Richard, señalando a los tres jóvenes.

Los dos amigos de Aiden y Elena estaban allí, con batas de hospital como él, profundamente dormidos.

El doctor Laos comenzó su explicación: —La piedra roja otorga el poder… —Proveniente del fuego —interrumpió Brenda.

—No exactamente, pero existe una conexión —respondió el doctor con paciencia—.

La roja se relaciona con poderes a distancia, como la capacidad de lanzar rayos de energía concentrada desde las manos.

Es fascinante cómo se asemeja a la magia en su manifestación visual —comentó Swang, observando una muestra de la piedra con interés.

—Existe una similitud superficial, pero no es magia en el sentido tradicional —aclaró el doctor—.

Además de la proyección de energía, esta piedra confiere fuerza sobrehumana, agilidad incrementada y otras mejoras físicas sustanciales.

Aumenta las habilidades de combate, la resistencia física y la capacidad de permanecer bajo el agua por periodos prolongados.

Sin embargo, existen excepciones.

En raras ocasiones, el receptor del extracto líquido de esta piedra puede optar por expulsar una descarga masiva de energía, un último recurso devastador, o experimentar breves visiones del flujo temporal, vislumbres vívidos del pasado o del futuro inmediato.

Imaginemos, por ejemplo, a un joven guerrero que, tras ser inyectado con el líquido rojo, puede concentrar energía incandescente en sus puños para asestar golpes sísmicos o anticipar, por fracciones de segundo, los movimientos de su oponente, obteniendo una ventaja crucial en combate.

—La piedra ámbar, por otro lado, domina el reino de la mente: telequinesis, telepatía y todas las disciplinas psíquicas.

Permite, por ejemplo, levitar y manipular objetos con la mente, sondear los pensamientos de otros, proyectar ilusiones mentales tan convincentes que se confunden con la realidad e incluso establecer comunicación telepática a grandes distancias —continuó el doctor, mostrando una piedra de un color dorado profundo.

—La morada, en cambio, se centra en la magia en su forma más pura: concede la facultad de lanzar hechizos, controlar los elementos naturales, manipular las energías místicas y realizar rituales arcanos —explicó el doctor Laos.

—¡Ah!

¡Esta sí que es magia de verdad!

—exclamó Brenda, interrumpiéndolo de nuevo.

—Por favor, permíteme continuar con mi explicación —pidió el doctor, conteniendo un suspiro de exasperación.

—De acuerdo, de acuerdo —respondió Brenda, con un atisbo de impaciencia.

—Como decía —prosiguió el doctor—, la piedra azul otorga al portador la asombrosa capacidad de comunicarse con las máquinas, entender sus lenguajes y manipular sus funciones con el mero pensamiento.

No solo eso, sino que también permite ensamblar dispositivos complejos a partir de componentes básicos usando solo la mente, e incluso imbuir a estas creaciones con una forma de inteligencia artificial rudimentaria.

Imaginen la posibilidad de construir intrincados autómatas con la fuerza de la voluntad o de mantener un diálogo fluido con una computadora como si se tratara de un interlocutor humano.

Sin duda, esto le sería de gran utilidad a Lady —añadió Swang con una sonrisa socarrona.

—Finalmente —concluyó el doctor, sosteniendo una piedra de un verde esmeralda brillante—, la piedra verde es similar a la azul, pero abre las puertas a un vasto conocimiento alienígena avanzado.

Concede la capacidad de comprender y hablar lenguas extraterrestres, respirar en el vacío del espacio sin necesidad de equipo de soporte vital y, en algunos casos, manifestar poderes de origen desconocido, similares a la magia, pero con una naturaleza fundamentalmente distinta.

Las notas de mi padre sugieren que podría permitir la comprensión de tecnologías extraterrestres avanzadas o incluso la manifestación de habilidades biológicas únicas de otras especies, como la regeneración celular acelerada, la invisibilidad o la metamorfosis.

El doctor reflexionó en silencio por un momento, contemplando las piedras que lentamente se transformaban en líquido.

Brenda miró la máquina con determinación y sentenció: —Hagámoslo al azar.

Con un gesto preciso, presionó una secuencia de botones, activando el flujo de los fluidos a través de la intrincada maquinaria.

La sustancia comenzó a fluir, dirigiéndose con precisión hacia Aiden mientras el doctor, con mano firme, accionaba el interruptor principal.

Una potente oleada de energía recorrió el sistema, impulsando los fluidos hacia el cuerpo del chico con una fuerza brutal, despertándolo con un grito desgarrador.

Los colores, como un remolino caótico, se fusionaron al penetrar en él, pero al instante siguiente se separaron por completo, proyectándose hacia los otros tres sujetos.

Un único color, sin mezcla alguna, se introdujo en cada uno de ellos.

Cada uno sintió el mismo impacto punzante, un dolor abrasador que los hizo convulsionarse sobre las frías mesas de metal que los mantenían cautivos.

Una vez pasada la dolorosa experiencia, vieron que los tres jóvenes permanecían aparentemente iguales, sin cambios físicos visibles.

Sin embargo, la máquina, cortesía de Lady, mostraba una intensa actividad interna.

—Funcionó, Brenda.

Quizá en tiempos de mi padre no existía esta tecnología para verificar el éxito del proceso, pero ahora sí.

Si todo es correcto, podemos crear más —exclamó el doctor con una amplia sonrisa, celebrando junto a Swang.

Zeus salió de su escondite, aplaudiendo con entusiasmo.

—Lo ha hecho muy bien, doctor.

Ahora necesitaré más… —murmuró con una mirada ambiciosa que brillaba en sus ojos—.

Ahora tendré mi ejército y nadie me detendrá.

Laos respondió con una sonrisa enigmática: —Creo que tengo el lugar perfecto… o los lugares perfectos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo