El sistema del perro agente - Capítulo 75
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75: El Inicio de la Jugada 75: El Inicio de la Jugada —Tengo el lugar perfecto —dijo el doctor Laos con una sonrisa calculadora—.
Como estos niños son huérfanos, podemos empezar con los orfanatos.
¿Cómo se llamaba aquel del que vino el Aiden y su grupo?
Ah, sí…
la Orden del Sol.
Zeus asintió con satisfacción.
—Excelente.
Así nadie sospechará.
¿Quién va a abogar por unos huérfanos?
—indicó con desprecio—.
Eres un genio.
Se levantó de su asiento y continuó con voz firme: —Enviaré a mis hombres a trabajar mientras usted adecua este lugar con la ayuda del equipo de Lady para producir más Metalux en masa.
El doctor Laos frunció el ceño, intrigado.
—¿Y cómo piensa hacerlo, jefe?
Zeus esbozó una sonrisa maliciosa y respondió con tono casual: —Si las cosas se dan por las buenas, haré que los adopten.
Pero si tardan demasiado…
tendré que usar el plan B.
Su mirada adquirió un brillo siniestro antes de darse la vuelta y marcharse.
Richard, el doctor, no perdió tiempo y se puso en contacto con Lady para coordinar la reestructuración del lugar.
Necesitaban acondicionarlo para que más personas pudieran usarlo simultáneamente.
Mientras tanto, la doctora Swang, acompañada de varios asistentes, se encargaba de trasladar a los muchachos a celdas especiales, diseñadas específicamente para contener a individuos con habilidades.
—Asegúrense de atar al mocoso de cabello largo.
No quiero que intente abrir un portal para escapar —ordenó ella con frialdad.
Los asistentes asintieron y procedieron de inmediato.
—Regresaré en un rato.
Quiero ver qué poderes han desarrollado los otros tres —añadió antes de retirarse.
Zeus sacó de su bolsillo un reloj holográfico negro, un modelo más avanzado diseñado por Lady.
Activó el dispositivo y se comunicó con su equipo.
En la proyección apareció un hombre con casco, quien se cuadró al instante.
—Los quiero a todos en mi sala de juntas en quince minutos —ordenó Zeus.
—De inmediato, señor —respondió el hombre con voz firme.
Quince minutos después, la sala permanecía a oscuras.
Un golpe seco en la puerta interrumpió el silencio.
Zeus, sentado en una gran silla que más bien parecía un trono, permitió la entrada.
Las puertas se abrieron y la estancia se iluminó, revelando un amplio salón con capacidad para un centenar de personas.
Un grupo de hombres, todos vestidos con trajes similares a los de fuerzas especiales y cascos con viseras que ocultaban sus ojos, entró en formación y realizó una reverencia.
—Basta de formalidades —dijo Zeus con desdén—.
Es hora de que hagan algo grande por mí, como lo han hecho siempre.
Uno de los soldados, quien parecía ser el líder del equipo, dio un paso al frente.
Su voz sonaba grave y experimentada.
—¿Se refiere a traer más sujetos de prueba, señor?
—Así es —afirmó Zeus.
El soldado titubeó un momento antes de continuar.
—Señor, la situación se ha complicado.
Conseguir especímenes de la calle, tanto niños como animales, se ha vuelto difícil.
La gente comienza a sospechar por las desapariciones.
Antes de que Zeus pudiera responder, otro soldado lo interrumpió con tono autoritario.
—¡Silencio, soldado!
Estás ante la presencia de nuestro señor —advirtió.
Este último, a diferencia de los demás, llevaba una insignia en el hombro, lo que indicaba su rango superior.
Zeus lo miró con interés y luego se dirigió a otro soldado, uno más joven, de complexión distinta.
—¿Y tú quién eres?
El joven titubeó, sintiendo el peso de la mirada de Zeus sobre él.
—Soy…
soy el teniente Fernández, señor.
—Así que teniente Fernández…
—Zeus sonrió de forma calculadora—.
Tienes razón, pero ahora estamos de suerte.
Lo ocurrido en la sede de Milán ha quedado en el olvido, gracias a una mano caritativa.
Se rio, sin que el equipo supiera que hablaba de ellos mismos.
—Ahora haremos algo más sutil…
y quizás hasta fácil.
Irán a los orfanatos de todo el mundo y adoptarán niños, hasta los diecisiete años, como siempre lo han hecho.
Ya no quiero animales.
Quiero seres humanos.
¿Entendido?
Un silencio incómodo se apoderó de la sala.
Fernández tragó saliva antes de atreverse a preguntar: —¿Y qué pasa si los trámites tardan o si no quieren entregarlos?
Zeus inclinó levemente la cabeza, su sonrisa se ensanchó con un deje de diversión.
—Buena pregunta, soldado.
En caso de que no cooperen…
aplicarán la opción B.
Ya sabe cuál es, ¿verdad, general Ube?
El general asintió con la cabeza, sin necesidad de palabras.
—Ah, antes de que se vayan…
—Zeus activó su reloj holográfico—.
Quiero que empiecen por este lugar.
La Orden del Sol.
En sus pulseras comunicadoras tienen las coordenadas.
El equipo asintió, comprendiendo la misión.
—Bien, pueden marcharse todos, menos usted, Fernández —ordenó Zeus con voz imponente.
Uve salió de la habitación, pero antes de cruzar la puerta, le dio una palmadita en el hombro a Fernández, insinuándole que tuviera suerte.
Los demás soldados también se retiraron en silencio.
Una vez que la sala quedó despejada, Zeus descendió de su posición elevada y se acercó al teniente con una mirada gélida.
—Está bien que tome la iniciativa y se preocupe por la misión —dijo con tono controlado—, pero exijo respeto como su máxima autoridad.
Antes de que Fernández pudiera reaccionar, sintió el impacto de un fuerte puñetazo en el rostro.
El golpe lo derribó al instante, dejándolo sin aliento.
Su visión se tornó borrosa mientras su cuerpo intentaba procesar el dolor.
—Vuelva a interrumpirme o a contradecir mis decisiones, y no quedará nada de usted —sentenció Zeus con frialdad—.
Sírvame bien y lo haré brillar.
Solo pido cero fallas.
¿Entendido?
Fernández, aún aturdido, se incorporó lentamente.
El aire volvió a llenar sus pulmones mientras escupía un poco de sangre.
Con la mandíbula apretada, respondió: —Sí, señor.
—Bien, soldado.
Cumpla su misión y váyase de una vez.
El teniente salió del recinto, llevándose consigo el dolor físico y una nueva comprensión de su superior.
Mientras avanzaba por el pasillo, sus pensamientos eran un torbellino.
¿Qué tan fuerte es este hombre?
Siempre creí que su poder residía en su voz autoritaria y en su posición como jefe de toda la compañía, pero…
de un solo golpe me tumbó.
¿Quién es realmente este sujeto?
Cuando se reunió con los demás soldados, el general Uve se acercó con los brazos cruzados y una expresión severa.
—¿Ves?
Te dije que no lo cuestionaras ni lo interrumpieras —comentó en tono grave—.
El señor Zeus es una persona peligrosa.
Yo solo sigo sus órdenes sin vacilar, incluso si creo que están equivocadas.
Lo hago por el dinero, nada más.
Tú, en cambio, no tienes idea de lo que es capaz.
Y ahora, con solo un descuido, mira cómo te dejó el rostro.
No vuelvas a hacer eso.
Pide permiso antes de hablar —añadió con un dejo de advertencia.
Fernández suspiró y asintió, aún adolorido.
—Sí, lo sé…
Ahora me queda más claro para quién trabajamos, señor.
—Bien.
Es hora de que todos se vistan como civiles y vayan a por ellos —ordenó Uve.
Los soldados, en un movimiento coordinado, se cambiaron sus uniformes militares por ropa común.
Para asegurarse de no ser reconocidos en caso de fallar la misión, tomaron una tecnología desarrollada por Lady: unas píldoras especiales que alteraban sus rasgos faciales temporalmente.
La transformación fue casi instantánea.
El general Uve, un hombre de avanzada edad al servicio de Zeus, dejó ver su rostro curtido por los años.
Su bigote gris y su cabello corto degradado en el centro revelaban rastros de su pasado, con los costados aún oscuros.
Fernández, por su parte, tenía el cabello rubio en el centro y negro en los costados, con ojos azules que ahora resaltaban aún más debido a la hinchazón provocada por el golpe de Zeus.
Tras ingerir las píldoras, sus rostros cambiaron.
Con la nueva identidad asegurada, los soldados, más de un millar, abordaron diferentes naves y partieron hacia los destinos marcados en el mapa.
Fernández recibió su asignación: debía dirigirse al orfanato de donde provenían Aiden y sus amigos.
—Genial, me toca un pueblito en Austria —murmuró con ironía mientras la nave despegaba con rumbo fijo.
Mientras tanto, en el laboratorio, el doctor Richard Laos le dio instrucciones detalladas a Lady.
—Necesito que realices estos cambios lo antes posible —dijo con seriedad.
Lady asintió sin titubear.
—Haré lo necesario.
—Excelente —respondió el doctor.
Luego, sin agregar más, salió del laboratorio.
Antes de alejarse, echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie lo seguía.
Al no detectar a nadie, presionó un botón oculto en la pared.
Un panel se deslizó silenciosamente, revelando una puerta secreta.
Ingresó al pequeño cuarto oculto tras ella.
En el centro de la habitación había un altar.
Con sumo cuidado, colocó sobre él una piedra negra que había extraído de la guarida de Urion.
La observó con fascinación, casi con devoción.
—Te mantendré aquí hasta que descubra qué hacer contigo —murmuró—.
Serás la clave para crear algo superior a lo que hizo mi padre.
Puede que finalmente encuentre la forma de implantar esto en una persona adulta.
Pero debo ser cauteloso…
hasta que estés lista.
Sus ojos brillaron con ambición.
Imaginaba el poder que podría alcanzar.
—Pronto…
seré un ser poderoso —susurró.
Y entonces, estalló en una carcajada endemoniada que resonó en la oscuridad del cuarto.
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