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El sistema del perro agente - Capítulo 76

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76: El Desencubrimiento 76: El Desencubrimiento El equipo con el que viajaba Melisa la dejó en su casa, junto con Creg e Ian.

Los tres bajaron del helicóptero, no sin antes despedirse del profesor y su acompañante.

Se dirigieron hacia el interior del apartamento de Melisa.

Ella abrió la puerta y les dijo: —Bueno, chicos, pueden coger lo que quieran de la cocina.

Yo iré a tomar un baño después de estar en esa polvareda.

Si ustedes quieren, aquí abajo también hay un baño de invitados, y creo que hay ropa de la otra vez que dejaste, Creg.

Ian, puedes usar la ropa que ya no usa mi hermano, que es casi de tu misma edad.

Está por ese pasillo.

Melisa subió al segundo piso para bañarse, mientras los otros dos, movidos por el hambre que les dejó la aventura, empezaron a comer, aunque más Creg que Ian.

Luego, se turnaron para bañarse y cambiarse.

Mientras tanto, Melisa ya había terminado de bañarse y se secaba el cabello con la secadora.

Miró su armario y comenzó a buscar su traje especial: un vestido negro con detalles rojos para ir al canal.

No creía que lo que le había dicho esa mujer fuera cierto, y mucho menos que la noticia ya estuviera en boca de todos.

Se cambió, se arregló, pintándose los labios y retocándose las cejas.

Luego, bajó y les dijo a los chicos: —Debemos ir al canal.

No puedo contactarlos porque no tengo teléfono en casa, solo tenía ese celular.

En el camino al canal, tendré que comprar otro.

—Bueno, todos debemos ir —indicó Ian, que ya se había puesto ropa negra que encontró en el armario del hermano de Melisa, mientras guardaba su ropa sucia en una bolsa.

Creg, por su parte, estaba con una camisa hawaiana rosa con flores naranjas.

Todos salieron y tomaron un taxi.

Melisa le indicó al conductor que primero los llevara a la tienda y luego al canal de noticias, dándole la dirección que tenía apuntada en un papel.

El taxista introdujo los datos en la computadora de su taxi y arrancó, una vez que todos subieron al asiento trasero, con ella y los chicos.

Pasaron por un centro comercial, y Melisa le indicó al taxista que se detuviera y los esperara.

Dejó el taxímetro corriendo y le dijo: —Ya regresamos rápidamente.

El taxi se estacionó, y los tres bajaron.

En la tienda donde vendían celulares, algunos cuchicheaban mirándola a ella.

—¿Es o no la de la noticia?

—decía uno.

—Se parece —indicaron otros.

Melisa se había arreglado de tal forma que no parecía la misma persona que aparecía en la pantalla, pero sus conocidos sabían quién era, a pesar del maquillaje que llevaba.

El vendedor se acercó y les preguntó qué buscaban.

Melisa le dijo a Creg: —Esto lo dejo en tus manos.

El de Ian lo pago yo —añadió, porque sabía que Ian no ganaba mucho como chofer.

Creg buscó los celulares que les parecieron adecuados, y después de indicarle cuáles quería, pasaron a la caja a comprarlos.

En la fila había más o menos diez personas.

Melisa, impaciente, no podía vivir sin tecnología y necesitaba contactarse con su jefe.

La gente seguía hablando a sus espaldas, preguntándose si era ella la del noticiero.

Melisa comenzó a sospechar, ya que todos la miraban, pero Creg le indicó que no le diera importancia.

Cuando llegaron a la caja, la cajera comenzó a hablar sobre las características de los equipos que estaban llevando.

Melisa, impaciente, le respondió: —¿Sabe qué?

Deme los equipos —y sacó su tarjeta de crédito para pagar.

Subieron rápidamente al taxi, mientras la cajera los seguía para darles su recibo.

El señor del taxi arrancó, y en el camino, iban configurando sus teléfonos, especialmente Creg, que sabía sobre esas cosas.

Melisa, por su parte, no podía dejar de morderse las uñas, nerviosa e impotente por no poder contactarse con el canal.

No quería pedirle su teléfono al taxista, un extraño.

Llegaron al estudio, y Melisa estaba algo molesta por el precio que marcaba el taxímetro.

Discutió un poco con el chofer, pero al final, indicó que no había más que hacer y pagó.

Al entrar al estudio, mientras se dirigían a la oficina de su jefe, todos los que pasaban le comentaban cosas como: “¡Qué buena noticia!”, “¡Acabaste con todo, nena!”, “El jefe debe estar feliz con los resultados”, “¡Arrasaste en el rating!”, “¡Qué buen show!”.

Ella se sentía admirada, pero a la vez sorprendida, porque nadie le preguntó si ya se estaba tomando alguna acción al respecto.

Un repartidor, que parecía un practicante, pasó por ahí y le preguntó: —Señorita Melisa, ¿y para cuándo salen los boletos?

—¿Boletos?

—respondió ella, sorprendida.

Pero antes de poder continuar y preguntarle al chico sobre los boletos, la puerta de la oficina se abrió, y su jefe le indicó: —Ven, pasa.

Melisa entró sola a la oficina, ya que Creg e Ian se quedaron afuera a esperarla.

El jefe había dicho: “Melisa, pasa”, y ellos no fueron invitados.

—Está bien, chicos, espérenme aquí —les indicó ella antes de entrar.

—Felicitaciones por tu trabajo, muchacha.

Te daré el especial del noticiero de las ocho, que es el más visto.

La forma en la que contaste la noticia fue tremenda.

Tus días en el campo terminaron, ahora estarás en la pantalla chica —le expresó su jefe.

—Pero jefe, a mí me gusta ir tras la noticia, no ser la imagen de ella.

Quiero salir y verla con mis ojos, investigarla como toda una reportera, no sentarme y calentar el asiento —respondió Melisa.

—Ja, ja —rió el jefe—.

Pero no era eso lo que querías en un primer momento, ¿qué cambió?

Además, quería pedirte algo.

—Bueno, no sé, jefe, creo que esta noticia me cambió.

¿Qué es lo que quiere pedirme?

—Ah, sí, ya que tu noticia fue un éxito, seguro habrás pedido boletos para tu jefe.

Melisa seguía sin entender lo de los boletos.

—¿Boletos?

—dijo, extrañada.

—Sí, Melisa, los boletos para la obra que se va a estrenar muy pronto, esa de una guerra especial entre un monstruo y un perro.

Melisa se dio cuenta de que todo lo que Marie le había dicho era cierto: habían encubierto la verdadera noticia, cambiando la historia por una especie de obra teatral o algo por el estilo.

Bueno, le seguiré la corriente al jefe, pensó, algo molesta.

—¡Ah!

Sí, jefe, lo siento, pero aún no han decidido dónde se va a hacer, por eso no hay boletos.

Pero cuando los tenga, se los haré llegar —le indicó ella.

El jefe, contento, respondió: —Lo esperaré con ansias.

Melisa le dijo que se iba, que tenía unas cosas que hacer antes de decidir y ver otras noticias.

—Está bien, chica, solo piénsalo.

Te daré un par de días para que lo consideres.

Serás la cara de la noticia en el gran noticiero de la noche.

—Sí, jefe, créame que lo haré.

Nos vemos —respondió Melisa, mientras salía de la oficina y cerraba la puerta.

Afuera, la esperaban Creg e Ian.

—Creo que debes ver esto —le dijeron los dos, preocupados.

Le mostraron el video del que todos hablaban, colocándolo en el teléfono de Creg.

—No lo puedo creer.

Esa zorra tenía razón.

Todo lo encubren y han usado algo para que yo diga esas cosas…

¿cómo inteligencia artificial?

—comentó Melisa, furiosa.

Creg le indicó: —Eso no era inteligencia artificial, aún le falta mucho para llegar a hacer ese tipo de cosas.

Parece una tecnología muy avanzada.

—No importa —respondió ella, aún molesta y frustrada—.

El mundo debe saber la verdad.

Agarró a ambos de la mano y les dijo con determinación en los ojos: —Debemos investigar.

Tú, Creg, ve por un equipo nuevo, y tú, Ian, ve por una camioneta de la compañía nueva.

Nos vemos afuera en veinte.

Debemos encontrar la verdad y no encubrirla como lo hace esa agencia.

Zeus debe caer, y yo me encargaré de eso.

Expondré a los malos y a estas agencias misteriosas.

Y si se preguntan por qué el video ya no causó efecto en ellos, es porque el tiempo de control mental que traía consigo el video había expirado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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