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El sistema del perro agente - Capítulo 78

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78: Plan B Entonces Será 78: Plan B Entonces Será Todos los presentes en la nave de Paul y Vera comenzaron a vestirse con trajes oscuros de camuflaje, ajustándose armas y accesorios con movimientos precisos y metódicos.

El ambiente estaba cargado de tensión, pero también de determinación.

—Al final tuvimos que optar por el plan B.

Deberíamos haberlo hecho desde un principio —murmuró Paul mientras se colocaba el último equipo necesario para la misión.

Su voz tenía un tono de frustración apenas disimulado, como si lidiara internamente con la sensación de haber perdido el control de la situación.

Mientras tanto, en el orfanato, la noche caía lentamente sobre el edificio.

La directora, conocida por todos como la madre superiora, se puso de pie frente a los niños reunidos en filas perfectamente alineadas.

Con su característica serenidad, pronunció aquella frase que siempre acompañaba las despedidas nocturnas: —No importa hacia dónde te dirijas; si avanzas con amor y felicidad, siempre encontrarás un nuevo amanecer.

Sus palabras resonaron como una bendición silenciosa, casi hipnótica, antes de que los huérfanos fueran enviados a sus habitaciones.

Todos se movilizaron con rapidez, obedeciendo la orden sin rechistar.

Las monjas y novicias guiaban a los grupos de niños, asegurándose de que cada uno llegara a su destino en orden.

Una vez en sus habitaciones, los pequeños cumplieron con la rutina habitual: lavaron sus dientes, se pusieron sus pijamas y se prepararon para dormir.

Las madres supervisaban atentamente, apagando las luces solo después de asegurarse de que todo estuviera en orden.

En cada piso había una vigilante asignada, cuyos turnos rotaban estratégicamente para evitar que los muchachos intentaran escapar, tal como había ocurrido con Aiden y otros dos compañeros tiempo atrás.

Además, habían instalado rejas en todas las ventanas, sustituyendo las antiguas mallas que ya no ofrecían suficiente seguridad.

—Buenas noches a todos —se escuchó decir desde el pasillo, seguido del suave clic de los interruptores al apagarse las luces.

Sin embargo, en una de las habitaciones, algunos chicos aún permanecían despiertos, murmurando entre ellos.

Era la misma habitación donde alguna vez Aiden y Billy compartieron sueños y conversaciones nocturnas.

Ahora, los ocupantes actuales discutían en susurros, llenos de curiosidad.

¿Qué estarían haciendo sus compañeros que ya no estaban allí?

¿Qué libertades tendrían fuera de aquel lugar?

A pesar de las restricciones, el orfanato no era un sitio tan malo.

Les daban tres comidas al día, les enseñaban lo básico y, sobre todo, tenían una cama donde descansar.

Pero la inquietud de explorar más allá de esas paredes seguía latente en sus corazones jóvenes.

De pronto, un sonido agudo rompió el silencio.

Una de las ventanas estalló en mil pedazos, dejando entrar una pequeña bola metálica que rodó lentamente por el suelo.

Los niños, sorprendidos, intercambiaron miradas confusas.

¿Qué era eso?

Sin embargo, antes de que pudieran acercarse demasiado, la esfera comenzó a emanar un humo denso y blanco que rápidamente llenó la habitación.

Uno a uno, los chicos cayeron dormidos, sus cuerpos inertes desplomándose plácidamente dondequiera que estuvieran.

La vigilante del piso, alertada por el ruido, corrió hacia la habitación.

Pero apenas abrió la puerta, sintió un pinchazo agudo en la nuca.

Todo se volvió negro.

Un pequeño robot en forma de abeja, equipado con un aguijón lanzador de dardos tranquilizantes, había cumplido su misión.

El caos comenzó a extenderse por el orfanato.

Por todas partes, esos diminutos artefactos invadían las habitaciones, dejando a su paso una estela de sueño profundo.

Algunos niños gritaban, despertados por el estruendo o por el contacto con el humo, pero era demasiado tarde.

Uno tras otro, todos sucumbieron.

Elsa se percató del ruido proveniente de los gritos de los niños y algunas hermanas antes de que el silencio cayera como un manto pesado, producto de los dardos lanzados por las abejas robots.

Alarmada, Elsa estaba a punto de gritar para alertar a la madre superiora cuando, de repente, una patada brutal impactó contra su rostro.

El golpe fue tan violento que la lanzó varios metros hacia atrás.

Aturdida, Elsa giró la cabeza, justo a tiempo para ver a una figura alta y esbelta, vestida con un traje oscuro.

Era evidente que se trataba de una mujer.

—Esto es por no inmiscuirse —dijo la intrusa con frialdad antes de dispararle un dardo tranquilizante directamente en el cuello.

—¿Dónde está la otra?

—preguntó Vera, quien había sido la responsable de neutralizar a Elsa.

Sin perder tiempo, Vera abrió la puerta de la oficina de la madre superiora con brusquedad, pero el lugar estaba vacío.

Comenzó a registrar cada rincón, moviendo papeles y abriendo cajones, pero no encontró ni rastro de ella.

—¡Maldición!

¿Dónde está esa…?

—masculló entre dientes, frustrada, antes de ser interrumpida por una voz conocida.

—¿Qué haces aquí?

Tenemos trabajo que hacer —dijo Paul, apareciendo detrás de ella con su característico tono autoritario.

Vera lo miró con desdén, cruzándose de brazos.

—Tú tanto como yo tenemos cuentas pendientes con ella, pero no es el momento ni el lugar —respondió Paul, anticipándose a cualquier réplica.

—Ya habrá otra ocasión —replicó Vera, aunque su tono dejaba claro que no estaba satisfecha.

Con un gesto de rabia contenida, pateó el escritorio y salió de la habitación sin decir una palabra más.

Mientras tanto, los otros miembros del equipo seguían con la operación.

En cada piso, las monjas eran rápidamente inmovilizadas gracias a una especie de dispositivo en forma de tortuga que lanzaba sogas magnéticas.

Estas sogas, al detectar a su objetivo, adherían dos piezas metálicas a cada lado de los brazos de las víctimas, formando una cuerda que las sujetaba firmemente a la pared.

Con la ayuda de unos lentes de contacto avanzados, los soldados ya tenían un recuento preciso de cuántas personas cumplían con el perfil buscado.

Desde la nave que los esperaba afuera, comenzaron a sacar unas cápsulas similares a las que habían utilizado para capturar a Aiden y sus amigos, pero esta vez en mayor cantidad.

Los soldados desactivaron sus dispositivos de camuflaje y comenzaron a coordinarse mediante brazaletes comunicadores.

Los robots recibieron órdenes específicas para cada piso, moviéndose con precisión mecánica.

Rápidamente, comenzaron a recoger a los muchachos uno por uno, introduciéndolos en las cápsulas y llevándolos a la nave.

—¿Cómo vamos con la extracción?

—preguntó Paul a través del comunicador.

Uno de los ayudantes respondió de inmediato: —Vamos bien, señor.

Ya falta menos de la mitad para completar la carga.

—Excelente.

Cuando terminen, avísenme.

Voy a regresar a la nave —ordenó Paul.

—Sí, señor —respondió el soldado al instante.

Paul comenzó a dirigirse hacia la salida, pero antes de subir a la nave, se volvió hacia Vera.

—Sígueme —le dijo con firmeza.

Sin embargo, Vera se negó rotundamente.

—No.

Si no está aquí, debe estar en otro lugar del complejo.

Iré a buscarla —respondió con determinación antes de marcharse.

Paul soltó un suspiro exasperado mientras observaba cómo se alejaba.

—Esa mujer es más problemática que yo —murmuró para sí mismo antes de subir finalmente a la nave.

En otro rincón del orfanato, la madre superiora permanecía arrodillada en la capilla, terminando sus oraciones nocturnas.

En sus manos temblorosas sostenía un documento antiguo, amarillento por el paso del tiempo.

Sus labios se movían en silencio mientras pedía perdón.

—Perdóname por no decir algunas verdades… como la del muchacho Aiden —susurró con voz entrecortada.

En ese papel, tenía información crucial sobre el origen de Aiden: quién era su madre y adónde debía ir cuando alcanzara cierta edad.

Ese día, cuando lo encontraron, también hallaron este documento junto a él.

Debía habérselo entregado antes, pero nunca supo cómo reaccionaría el muchacho.

De pronto, un grito agudo resonó en el aire, rompiendo el silencio de la noche.

Era Elsa, quien sucumbió instantes después ante el efecto paralizante del dardo tranquilizante.

La madre superiora cerró los ojos con fuerza, sabiendo que algo terrible estaba ocurriendo en el orfanato.

La madre superiora guardó el documento dentro de un bolsillo oculto en su hábito.

Lentamente, se levantó de donde había estado arrodillada rezando, abrió la puerta de la capilla y se quedó paralizada al ver una nave flotando frente a la entrada del orfanato.

—¿Quién puede ser?

¿Nos estarán atacando?

—murmuró para sí misma, mientras su mente comenzaba a maquinar ideas terribles sobre lo que podría estar ocurriendo.

Pensó en la posibilidad de que fueran mafias dedicadas a secuestrar niños para venderlos o, peor aún, para traficar con sus órganos.

Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras intentaba mantener la calma.

De inmediato, sacó su celular y marcó el número de Jeff.

El teléfono timbraba una y otra vez hasta que, finalmente, él contestó.

—¿Hola?

¿Jeff?

Algo pasa… —comenzó a decir ella con urgencia, pero antes de poder explicar lo que estaba ocurriendo, sintió cómo una mano fuerte y fría rodeaba su cuello desde atrás, levantándola del suelo.

El celular cayó al piso con un golpe seco.

Del otro lado de la línea, Jeff intentaba escuchar algo coherente.

—¿Hola?

¿Hola?

¿Ana, me escuchas?

—preguntó preocupado, justo antes de que un taconazo brutal de Vera destrozara el dispositivo, cortando la llamada abruptamente.

—Por fin nos vemos —dijo Vera con desprecio, apretando aún más el cuello de la madre superiora—.

Así que no te gustó mi actuación ni aceptaste mi dinero, ¿eh?

Pues ahora pagarás caro por tu rectitud.

En la comisaría, Tecro miró a Jeff con preocupación.

—Señor, ¿qué fue eso?

—preguntó, señalando el teléfono que aún sostenía su jefe.

—Era la madre superiora, pero no entendí lo que quería decir.

La llamada se cortó… Sonaba asustada —respondió Jeff, visiblemente alterado.

Sin perder un segundo, dio una orden tajante: —Tecro, debemos ir.

Activa la alarma, aunque sea medianoche.

Tecro obedeció de inmediato, sabiendo lo importante que era la madre superiora para Jeff.

Ambos se conocían desde niños, y esa cercanía hacía que el jefe de policía estuviera especialmente ansioso por protegerla.

—Sí, señor —respondió Tecro mientras activaba la alarma y contactaba a otras unidades.

—Pronto, Tecro.

Tú vendrás conmigo.

Necesito llegar al orfanato de inmediato —ordenó Jeff mientras ambos subían rápidamente a la unidad policial.

—¡Vamos, vamos, de prisa!

¡Es una emergencia!

—gritó Jeff, activando las sirenas y pasándose las luces en rojo mientras conducían a toda velocidad hacia el lugar.

Por la radio, otros oficiales reportaban que también estaban en camino.

Mientras tanto, en el orfanato, Vera mantenía a la madre superiora suspendida en el aire, asfixiándola con fuerza.

La pobre mujer luchaba desesperadamente por respirar, pero su rostro comenzaba a tomar un tono azulado debido a la falta de oxígeno.

Sus ojos, llenos de terror, reflejaban la impotencia de quien sabe que está viviendo sus últimos momentos.

—Vas a morir aquí, y nadie te salvará —siseó Vera con frialdad—.

Me esmeré en hacer una buena actuación, y nada… Ni siquiera el dinero logró que cumplieras con mi objetivo.

Eres demasiado recta, madre.

Pero nadie vive solo de bondad.

Rézale a tu Dios a ver si te salva.

La madre superiora ya estaba perdiendo la conciencia cuando, de repente, el sonido estridente de las sirenas de la policía inundó el aire.

—Señor Fernández, es la policía —informó uno de los soldados a través del comunicador.

Paul, quien estaba coordinando la operación desde otro punto, soltó una maldición en voz baja.

—¡Maldición!

¿Qué has hecho, Vera?

—se dijo a sí mismo, frustrado.

Luego, activó su propio comunicador para verificar el estado de la misión.

—¿Cómo vamos con la extracción?

—Solo queda este último piso —respondió uno de los soldados.

—Bien.

Terminen lo antes posible y camuflen todo, incluso la nave.

Debo atender algo —ordenó Paul con urgencia—.

Y si en cinco minutos no vuelvo, nos vemos en el punto de reunión.

—Sí, señor —respondió el soldado al instante.

—Nadie me dice que no.

Ni siquiera el tonto de Paul —murmuró Vera con desprecio, mientras mantenía a la madre superiora al borde de la inconsciencia.

La mujer ya estaba casi sin oxígeno cuando, de repente, una voz autoritaria resonó en el aire: —¡No se mueva!

¡Suelte a la señora o abriremos fuego!

—advirtió uno de los dos policías que acababan de llegar, apuntando sus armas directamente hacia ella.

Vera giró lentamente, aun sujetando a la madre superiora como un escudo humano.

Con una sonrisa sádica, les dijo: —¿Esto es lo que quieren?, ¿eh?

Pues disparen si pueden.

No me importa.

Antes de que los policías pudieran reaccionar, Vera sacó un objeto filudo de su cinturón y, con un movimiento rápido y preciso, hizo un corte profundo en el abdomen de la madre superiora.

Luego, con fuerza sobrehumana, lanzó el cuerpo inerte de la mujer hacia los oficiales, quienes apenas tuvieron tiempo de apartarse para evitar ser golpeados por el impacto.

Ambos policías abrieron fuego inmediatamente, pero Vera era rápida y ágil.

Esquivaba las balas con movimientos calculados, como si hubiera anticipado cada disparo.

Sin embargo, una de las balas logró impactar contra la visera de su casco, rompiéndola y revelando su rostro.

—¡Maldición!

—gruñó Vera, llevándose una mano al casco mientras intentaba recuperar el control de la situación.

Buscó frenéticamente en su bolsillo la píldora que le permitiría cambiar de rostro y escapar, pero antes de que pudiera hacerlo, llegó un carro a toda velocidad, embistiéndola con fuerza brutal.

El impacto la derribó al suelo, dejándola vulnerable.

En cuestión de segundos, varios oficiales la rodearon y la esposaron con rapidez.

Era Jeff quien conducía el vehículo, acompañado de Tecro.

Ambos bajaron del auto de inmediato al ver a la madre superiora tendida en el suelo, con sangre brotando de su abdomen y signos vitales alarmantemente bajos.

—¡Pronto, llama una ambulancia!

—ordenó Jeff con urgencia, mientras intentaba reanimar a Ana, presionando con fuerza sobre la herida para detener la hemorragia.

Su voz temblaba de miedo y frustración, reflejando cuánto significaba esa mujer para él.

Tecro obedeció al instante, marcando el número de emergencias mientras observaba la escena con el corazón acelerado.

A lo lejos, Paul observaba todo desde las sombras, meneando la cabeza con una mezcla de irritación y resignación.

—Esa tonta… Siempre es impulsiva y loca cuando no le dan la razón —murmuró para sí mismo, cruzándose de brazos.

Luego, soltó un suspiro pesado—.

Bueno, dejaré que se la lleven.

Aunque veo que ni siquiera utilizó el camuflaje.

Qué descuido.

Una pequeña sonrisa irónica se dibujó en su rostro mientras observaba cómo más patrullas llegaban al lugar.

—Ni modo, ella se lo busco —dijo en voz baja, desapareciendo entre las sombras mientras planificaba su próximo movimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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