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El sistema del perro agente - Capítulo 79

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79: Promesas Pasadas 79: Promesas Pasadas Ni modo, tendré que rescatarla o acabar con ella, depende de las órdenes del general.

Llamo por teléfono a Uve.

“Señor, logramos terminar la extracción, pero la tonta de Vera fue apresada por la policía; es una miembro muy impulsiva”, indico él.

“¿Qué pasó, Paul?

¿Qué hizo esta vez esa muchacha?”, contestó el general con un tono severo, casi como si ya estuviera cansado de las imprudencias de Vera.

“Señor, recuerde que no funcionó el plan original.

Pues, como la directora del orfanato no le hizo caso, Vera hizo una rabieta y decidió ir por ella para exterminarla.

Pero al parecer, la madre fue más astuta y llamó por teléfono a la policía, quienes vinieron de inmediato y la capturaron”, explicó el teniente con voz contenida, tratando de no sonar culpable.

“Ya veo”, indicó el general tras un breve silencio cargado de pensamientos.

“¿Qué hago?

¿La dejo ahí para que purgue su condena, o quiere que la libere?

Solo le digo que no tomó la píldora cambia rostros”, expresó Paul, esperando instrucciones claras.

El general permaneció en silencio durante unos segundos, reflexionando cuidadosamente antes de responder.

Finalmente, dijo: “Tienes que rescatarla con cautela y no dejes cabos sueltos.

Yo después me encargaré de ella personalmente”.

Su tono era directo, firme, sin lugar a réplicas.

Paul no tuvo más opción que aceptar la misión de rescatarla.

Llamó a su equipo para que le dieran un aventón hasta la estación de policía.

Mientras tanto, la ambulancia llegaba al orfanato.

Subieron a la madre superiora mientras los médicos comenzaban a tratar sus heridas.

Jeff, visiblemente angustiado, les preguntó a los doctores: “¿Se pondrá bien?”.

Ellos intercambiaron miradas inciertas antes de responder: “No lo sabemos, señor.

Tiene signos vitales muy bajos, además de haber perdido mucha sangre.

Haremos todo lo posible por ayudarla.

Por ahora, la tenemos que estabilizar”.

La colocaron en una cápsula médica, una especie de óvalo futurista que flotaba ligeramente, y la ingresaron en la ambulancia, que partió de inmediato hacia el hospital.

“Señor”, dijo Tecro con voz calmada, “ella es fuerte.

Va a estar bien”.

Intentaba consolarlo mientras observaba al hombre llorar desconsoladamente en el lugar.

“Debí haber llegado antes”, murmuró Jeff, culpándose en silencio.

“Pero usted no sabía que iba a pasar esto”, respondió Tecro con dulzura, tratando de aliviar la carga emocional del sheriff.

“Si algo le llega a pasar…

yo no sabría qué hacer si ella…”, balbuceó Jeff, incapaz de completar la frase.

“Es mejor que siga a la ambulancia, señor.

Yo avisaré por radio que su segundo al mando se encargue de interrogar a la prisionera”, indicó el joven con determinación.

“Bien, vamos detrás de ella.

Gracias, muchacho”, dijo el sheriff antes de subir a su auto y manejar a toda prisa, tratando de alcanzar a la ambulancia.

Por otro lado, Paul esperaba en un punto acordado donde le enviaron un auto verde oscuro de cuatro puertas, diseñado para cinco personas.

Tomó el vehículo y se dirigió a la comisaría.

Mientras tanto, en la comisaría, el segundo al mando tenía frente a él a Vera.

Ordenó que la ataran a la silla con cadenas, pues esta persona era conocida por ser extremadamente fuerte y escurridiza.

Luego, indicó que le lanzaran un balde con agua helada, lo cual provocó que Vera despertara con una expresión de furia contenida, clavando sus ojos en ellos como si pudiera fulminarlos con la mirada.

“¿Quiénes se creen, malditos?” Decía Vera, tratando con todas sus fuerzas de zafarse de las cadenas que le sujetaban los brazos.

El segundo al mando de Jeff comenzó a hacerle preguntas directas: “¿Quién eres?

¿Qué hacías en el orfanato?

¿Por qué querías matar a la madre superiora?”.

Pero Vera, con una sonrisa torcida y desafiante, respondió: “No te diré nada, inútil oficial.

Así me tortures, no hablaré”.

Mientras decía esto, se reía locamente, como si disfrutara del caos que había provocado.

En ese momento, un policía ingresó a la oficina y le indicó al oído: “Señor, no hay nada en la base de datos sobre esta mujer.

Debe ser de otro país”.

“Entiendo”, murmuró el segundo al mando, frunciendo el ceño mientras procesaba la información.

“Tal vez deberíamos preguntar a la agencia y ver si conocen algo de ella en otro lugar”, sugirió el policía.

“Sí, señor”, respondió el subordinado antes de retirarse.

Poco después, entró otro oficial y preguntó: “¿Qué sabemos hasta ahora sobre lo que hacía en el orfanato?”.

“Señor, lo único que pudimos ver es a las hermanas amarradas a una especie de cuerdas.

Además, los niños, desde bebés hasta los diecisiete años, no se encuentran en el lugar según el reporte”, explicó el nuevo muchacho que acababa de entrar.

El segundo al mando se quedó pensativo.

“¿Cómo es posible que se llevaran a tantos?

¿Lo tenían planeado desde antes, o cómo pudieron lograrlo?”, se preguntaba en voz baja, intentando encontrarle lógica a la situación.

Vera, por su parte, los miraba con odio contenido, incapaz de liberarse.

“¡Suéltenme, o ya verán su castigo!”, les gritó con furia.

El oficial, sin inmutarse, respondió: “Yo no te tengo miedo.

Ya encontraremos la forma de que hables.

Pronto vendrán de la agencia a verte, y entonces cambiará tu expresión de felicidad”.

De repente, se escuchó un sonido extraño, y todas las luces de la comisaría se apagaron.

En medio de la oscuridad, Vera soltó una carcajada endemoniada: “Creo que ya vienen por mí.

No debieron meterse conmigo…

van a morir”.

Mientras tanto, en el hospital, el alguacil y el chico retratista de criminalística llegaban justo cuando ingresaban a la madre superiora Ana a la sala de operaciones.

Jeff intentó acercarse para preguntar algo, pero el doctor lo detuvo con firmeza: “No puede pasar.

Nosotros nos encargamos desde aquí”.

Luego cerró la puerta que conducía a la sala de operaciones, dejando a Jeff paralizado, observando cómo su mejor amiga desaparecía tras las puertas metálicas.

“Yo juré protegerla…

yo…”, murmuró Jeff, cayendo lentamente al suelo, destrozado por dentro al ver a Ana en ese estado tan crítico.

Los recuerdos del pasado comenzaron a inundar su mente, transportándolo a una época más inocente y feliz.

Podía verse a sí mismo de niño, corriendo detrás de una niña vestida con un delicado vestido rosa y el cabello suelto ondeando al viento.

Era Ana.

Jeff llevaba un conjunto con tirantes y una camisa amarilla con rayas azules, y corría con la lengua afuera, tratando de alcanzarla por el pastizal de un bosque cercano.

“¡Vamos, Jeff!

¡Corre más rápido!

¿Es que no me puedes alcanzar?”, lo retaba Ana con una risa cristalina que resonaba entre los árboles.

“¡Eres muy ágil para ser una chica!”, exclamó él, jadeando mientras seguía persiguiéndola.

De pronto, Ana se detuvo frente a un pequeño conejo que saltaba entre la hierba.

Jeff, al llegar a ella, tropezó con una piedra y cayó sobre la muchacha.

Se miraron cara a cara, ambos sonrojados por el accidente.

“Te atrapé, Ana”, dijo el joven Jeff, rompiendo el hielo del momento con una sonrisa tímida.

Eso era exactamente lo que Ana quería: que el joven se fijara en ella.

Sin embargo, una voz femenina llamó a lo lejos: “¡Ana!”.

La niña se levantó rápidamente, dejando a Jeff aún sonrojado.

“Ya tengo que irme”, dijo Ana con una sonrisa.

“Mi madre me llama.

Nos vemos, Jeff”.

“Sí, nos vemos al rato”, le dijo el chico, o al menos intentó decirlo antes de que el momento se desvaneciera.

Pasó el tiempo, y aquellos dos niños ahora adolescentes seguían jugando a perseguirse con otros amigos.

Sin embargo, esta vez Jeff aprovechaba cada oportunidad para tomar de la mano a Ana cuando nadie los veía.

Ambos querían mantener su relación en secreto, pues sabían que, si alguien los descubría, correrían con el chisme hacia los padres de Ana.

En la oscuridad de la noche, frente a un riachuelo junto a un árbol donde habían grabado sus nombres, se besaban con ternura.

“Me haces tan feliz”, le decía Jeff con voz suave, mientras ella lo miraba con esos ojos que parecían expresar exactamente lo mismo.

Pero un día ocurrió algo que no tenían planeado: estalló una guerra civil en el país.

Los padres de Ana fueron seleccionados para ir a pelear, al igual que el padre de Jeff.

Cuando la guerra terminó, solo el padre de Jeff regresó a salvo.

Ana, devastada por la noticia, tuvo que irse a vivir con sus tías.

En el camino hacia la estación, Jeff intentaba convencerla con desesperación: “Por favor, quédate.

Yo siempre te protegeré.

Quédate a mi lado”, suplicaba un joven Jeff de diecisiete años, con lágrimas en los ojos.

“No puedo, Jeff.

Sabes que no puedo.

Aún soy menor de edad y no tengo cómo mantenerme.

Además, mi madre siempre dijo que, si les pasaba algo, debía ir con sus hermanas”.

Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras trataba de contener el dolor.

“Por favor, no lo hagas más difícil”, murmuró Ana con voz temblorosa.

“Volveré a verte”, le indicó él, también con los ojos llorosos.

“No lo sé…

espero que sí”, respondió ella con incertidumbre.

“Entonces es una promesa”, dijo Jeff, extendiendo el dedo meñique.

Ana, conmovida, entrelazó su meñique con el de él.

“Es una promesa”, confirmó, antes de subir al tren que comenzó a avanzar lentamente.

El muchacho corrió tras el tren, gritando con todas sus fuerzas: “¡Te amo, Ana!”, mientras la máquina se alejaba, llevándose consigo el eco de su despedida.

Pasaron los años, y Ana regresó convertida en una de las hermanas de la orden del sol.

Un día, un hombre joven vestido con un traje de policía se acercó a ella.

“Hola, ¿no te acuerdas de mí?”, le preguntó.

Ana lo miró sin reconocerlo, pues habían pasado demasiados años.

“Soy yo, tu Jeff”, dijo él con una mezcla de esperanza y nostalgia.

“Ana, ¿recuerdas que quedamos en volvernos a ver cuándo tuvieras la mayoría de edad y pudiera solventar todo?

Ahora trabajo en la estación de policía.

Sé que no gano mucho, pero en un futuro podré darte lo que te mereces”, le dijo el joven, tratando de revivir aquella promesa del pasado.

Lo siento mucho, Jeff, pero no puedo cumplir esa promesa.

Hice un voto de castidad y de estar siempre al servicio del Señor”, respondió Ana con calma, aunque sus ojos revelaban un profundo conflicto interno.

“No podemos ser lo que antes fuimos.

Solo podemos ser amigos”, concluyó, dándole la espalda para seguir su camino junto a las otras monjas.

Jeff se quedó paralizado, viendo cómo la figura de Ana desaparecía entre las demás hermanas.

Su corazón se rompía en mil pedazos, pero entendió que la vida de Ana ya había tomado otro rumbo, uno que no podía compartir con él.

“Sabes, Ana…

Yo siempre estaré a tu lado.

Incluso así, sin poder hacer nada, yo te amo”, le gritó Jeff con desesperación mientras ella se alejaba.

“Siempre cuidaré de ti.

Aunque ya no pueda tenerte como mi esposa, estaré contigo pase lo que pase”, seguía gritando mientras la joven cruzaba las puertas del orfanato.

Su voz se perdía en el aire frío de la tarde, pero sus palabras parecían resonar en su propio corazón destrozado.

Jeff cayó de rodillas al suelo, desconsolado y abatido, frente a la reja del orfanato.

Su patrulla permanecía aparcada detrás de él, silenciosa testigo de su dolor.

Las lágrimas corrían por su rostro mientras miraba hacia el edificio donde Ana había desaparecido, sabiendo que su amor ahora solo podía ser un sentimiento guardado en lo más profundo de su alma.

Regresamos al presente, en el hospital.

En la sala de espera, Jeff estaba inquieto, caminando de un lado a otro como un león enjaulado.

Tecro regresó del auto policial tras intentar comunicarse con el segundo al mando, pero nadie contestaba.

Solo se escuchaba la estática del radio, un sonido hueco que parecía burlarse de su preocupación.

Intentó contactar también con otros compañeros de la oficina, pero tampoco obtuvo respuesta.

“Señor, algo sospechoso pasa en la comisaría.

Nadie contesta.

Absolutamente nadie.

¿Usted cree que esa chica haya acabado con ellos?”, preguntó Tecro, visiblemente nervioso, mientras jugaba con el botón del comunicador en su mano.

“No, no creo, muchacho.

Pero debemos ir a investigar”, respondió Jeff con determinación, aunque una sombra de preocupación cruzó su rostro.

“No, señor.

Usted quédese con la madre.

Yo iré a ver qué pasa.

Cualquier cosa, lo contactaré”, dijo Tecro con firmeza, colocando una mano en el hombro de Jeff para tranquilizarlo.

“Eres un buen amigo, Tecro.

Gracias”, respondió el jefe de policía con gratitud, dándole una palmada en el brazo antes de despedirse.

Tecro asintió con una leve sonrisa y subió al auto, encendiendo el motor y partiendo rumbo a la jefatura de policía.

El ruido del motor se desvaneció en la distancia mientras Jeff volvía a la sala de espera, donde el silencio parecía pesar más que nunca.

Se dejó caer en una de las sillas de plástico duro, inclinándose hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas.

Su mente era un torbellino de pensamientos: el debate de Ana entre la vida y la muerte, querer saber el porqué del accionar de esa mujer que capturaron, entre otras cosas.

Todo parecía converger en un punto incierto y peligroso.

“Cada uno tiene la oportunidad de un nuevo comienzo.

No importa hacia dónde te dirijas; si avanzas con amor y felicidad, siempre encontrarás un nuevo amanecer”.

Estas palabras resonaron en su mente como un eco lejano, recordándole que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hay esperanza eso era lo que su amada Ana siempre decía.

Jeff cerró los ojos y respiró profundamente, tratando de encontrar algo de paz en medio del caos.

Sabía que, pasara lo que pasara, haría todo lo posible por proteger a quienes amaba.

Porque ese era su juramento, su promesa, su razón de ser.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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