El sistema del perro agente - Capítulo 80
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80: Ataque en la Oscuridad 80: Ataque en la Oscuridad En la oficina de policía, el silencio y la oscuridad dominaban el ambiente.
Los oficiales que estaban dentro —un total de veinte— comenzaron a preguntarse qué podría haber ocurrido.
Algunos decían: “Seguro es un cortocircuito”.
“Este lugar ya es antiguo”, comentó uno, mientras otro añadía: “Aunque le hicieron una remodelación hace un par de años”.
“¿No será que alguien viene por ella?” indicó un tercero.
“Tonterías”, dijo el segundo al mando con firmeza.
“Vayan por las linternas y carguen sus armas”.
“Sí, señor”, respondieron los demás al unísono.
“Señor Dónovan, ¿y la prisionera?” preguntó un joven oficial.
“Que dos se queden cuidándola.
No dejen que nadie ingrese por esa puerta.
Los demás, conmigo”.
“Sí, señor”, respondieron nuevamente.
A los dos que se quedaron con Vera les dejaron una linterna, mientras los demás salían a investigar lo que había pasado.
“Ustedes, chicos, vayan a revisar el generador de respaldo.
Mientras tanto, ustedes revisen el cableado afuera.
Nosotros los cubriremos desde adentro, vigilando la puerta principal”.
De inmediato, todos se dispersaron hacia sus posiciones asignadas.
Los que salieron descubrieron que los cables habían sido cortados.
“Señor, los cables han sido cortados”, comenzaron a decir por los radios.
Pero no se escuchaba nada del otro lado.
“¿Qué dice, oficial?
No le entiendo”, indicó Dónovan.
“Señor, parece ser que la señal radial ha sido comprometida”, le explicó uno que estaba a su costado.
En ese momento, el oficial que estaba afuera haciendo señales se quedó inmóvil y cayó al suelo con un cuchillo incrustado en su espalda.
“Nos atacan”, gritó uno que estaba junto al caído, tratando de apuntar con la luz de su linterna en todas direcciones mientras sostenía su pistola con firmeza, al igual que los otros tres que lo acompañaban.
Las linternas se apagaron de golpe.
Se escucharon varios disparos y gritos desgarradores hasta que, de nuevo, solo hubo silencio.
Desde dentro, Dónovan iluminó hacia afuera y solo pudo ver a los muchachos tendidos en el suelo.
“¿Qué está pasando?” se preguntaban los presentes, confundidos al no ver a nadie allá afuera.
El equipo que iba con el segundo al mando no podía comunicarse ni con los que habían ido al generador ni con los que estaban adentro vigilando a la prisionera.
En el generador, los otros oficiales intentaban encender el motor cuando sintieron que la máquina explotó.
En medio del humo, una sombra se movía tan rápido que era imposible enfocarla con las linternas.
Uno a uno, los oficiales caían.
“Diez menos, faltan once”, murmuró Paul, vestido con un traje negro y una máscara en forma de oso, mientras limpiaba sus cuchillos, que extraía del cuerpo de cada oficial caído.
Dónovan y su equipo escucharon los gritos que venían del generador, además de la explosión.
Abrieron la puerta y solo vieron el humo salir del cuarto.
Cuando el humo se disipó, observaron a sus compañeros tirados en el suelo, con múltiples heridas en la espalda.
“Están muertos”, indicó uno de los que entraron, con la voz quebrada y temblorosa, tocando a cada uno de ellos como si aún esperara encontrar algún signo de vida.
Se escuchó un estruendo, y todos se colocaron alrededor de Dónovan, formando un círculo con él en el centro.
Caminaron así hasta la sala donde estaba Vera.
Antes de llegar a la sala, Paul apareció frente a ellos, vestido con su traje que ocultaba completamente su identidad.
Los policías sacaron sus armas, apuntándole y gritándole que no se moviera.
Él ignoró las advertencias y comenzó a moverse por todo el ambiente como si nada lo afectara; las balas parecían atravesarlo sin tocarlo.
Luego, se abalanzó sobre ellos, cortando la garganta a uno y clavando su cuchillo repetidamente en el estómago de otro.
Uno a uno, los oficiales caían bajo los ataques precisos de Paul, hasta que solo quedó Dónovan.
Este intentó defenderse, pero Paul le quitó el arma y lo inmovilizó sujetándolo de los brazos, formando una especie de triángulo.
Los dos chicos que estaban con Vera se encontraban aterrorizados.
Sacaron sus armas para investigar quién era cuando, de repente, el vidrio de la habitación se rompió y vieron un cuerpo salir despedido hacia la mesa.
Era el segundo al mando, gravemente herido y tendido sobre la mesa, incapaz de moverse.
Los dos oficiales dispararon hacia el lugar por donde había entrado el cuerpo, pero recibieron una navaja en la cabeza cada uno, cayendo instantáneamente.
“Bien, ¿a quién debo mi salvación?” dijo Vera con tono elocuente.
“Como si no lo supieras”, respondió Paul, quitándose la máscara de oso.
El hombre entró y retiró las cadenas que sujetaban a Vera usando una espada que llevaba en la espalda.
“¡Ah!
Eres tú, Paul.
Gracias”, dijo ella mientras sacaba un cuchillo del cinturón de Paul y lo clavaba en el cuello de Dónovan.
“No tenías que hacer eso”, dijo Paul.
“Sí, pero no me gusta su cara de sabelotodo.
Además, le hice un favor”.
“Bien, salgamos de aquí.
Debemos volver con los demás”.
“Pero qué buen espectáculo has montado, jefecito”, le respondió Vera con una sonrisa.
“Después de todo, yo no soy la única loca”.
Paul la tomó del brazo y la jaló fuera de la jefatura.
Ambos subieron al auto sin percatarse de que Tecro les había tomado una foto escondido entre las sombras.
“Bueno, esta foto no será nítida porque no usé el flash, pero con los programas que tengo, quizá pueda averiguar quiénes son”.
Tecro esperó a que se fueran.
Una vez que abandonaron el lugar, vio que todo estaba apagado.
Encendió la luz de su celular y descubrió a sus compañeros afuera, muertos.
Asustado, decidió entrar.
Dentro, encontró más cuerpos esparcidos por todas partes; parecía una carnicería.
Todo el lugar estaba destruido.
Intentó llamar a Dónovan, pero este no contestó.
Entró a la sala de interrogatorios y vio a los más jóvenes tendidos en el suelo, y en la mesa, a Dónovan con un corte profundo en el cuello.
“Esto es repulsivo”, murmuró Tecro, sintiendo una mezcla de tristeza y rabia por lo que habían hecho a sus compañeros.
Intentó llamar a Jeff, pero tampoco tuvo éxito.
“Parece que algo está bloqueando las señales.
Tendré que salir afuera”.
Cuando salió, vio que habían llegado varios autos con agentes especiales.
Uno de ellos se acercó y le indicó que los habían llamado para llevarse a una persona para interrogatorio.
“¿Trabajas aquí?” le preguntó.
Tecro mostró su credencial y respondió: “Caballeros, creo que han llegado tarde.
Miren lo que ha pasado”.
Uno de los agentes le pidió al conductor que iluminara la oficina con los faros del vehículo.
Al ver hacia adentro, lo único que se distinguía eran cuerpos de oficiales tendidos en el suelo y un baño de sangre que cubría el piso.
La escena era macabra.
Tecro sentía una profunda tristeza que le oprimía el pecho.
Quería llorar, pues conocía muy bien a todos aquellos compañeros con quienes había compartido tantas aventuras en la jefatura.
Cada rostro inmóvil le recordaba momentos de camaradería y risas que ahora parecían pertenecer a otro mundo.
En ese momento, su teléfono sonó.
Era Jeff.
“Tecro, ¿alguna novedad con la capturada?” preguntó el sheriff con urgencia.
Tecro tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta por la impotencia de lo que acababa de presenciar.
“Lo siento, señor.
Esa mujer se escapó.
Nuestra oficina está destruida, y nuestros amigos… están muertos”, respondió con voz temblorosa, cargada de dolor y frustración.
Jeff, al otro lado de la línea, quedó paralizado por unos segundos.
No podía creer lo que estaba escuchando.
La rabia comenzó a arder dentro de él como un fuego incontrolable.
“Esa maldita pagará por esto”, dijo finalmente, con una determinación que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.
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