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El sistema del perro agente - Capítulo 81

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81: Sin dejar huella 81: Sin dejar huella El departamento especial estaba revisando lo ocurrido, con algunas unidades de criminalística que habían llegado al lugar apoyándose mutuamente con Tecro.

Un equipo técnico había ingresado en la comisaría para restablecer la luz en el edificio.

Otro grupo, vestido con trajes blancos, entraba llevando bolsas con todos los policías abatidos, mientras Tecro y su equipo tomaban fotografías detalladas de la escena.

—¿Sabes qué pudo pasar?

—le preguntó el agente especial a Tecro.

—No, pero vi salir a la mujer que capturamos junto a un hombre.

Tomé una foto del carro y de la placa, pero necesito mejorar la imagen con un software.

—Hazlo, muchacho —respondió el agente especial, Carlo, un hombre entrado en sus cincuenta, con una voz grave y firme que denotaba experiencia.

—De inmediato —dijo Tecro, quien rápidamente transfirió la imagen a su tableta para comenzar a procesarla.

Mientras Tecro trabajaba, otra agente especial que acompañaba a Carlo intervino.

Era Mina, una mujer de unos treinta años, cuya mirada aguda reflejaba inteligencia y determinación.

—En cuanto vayas haciendo eso, ¿podrías contarnos el motivo del arresto de esa mujer?

Tecro levantó la vista brevemente antes de responder: —Uno de los oficiales que nos llamó indicó que había unos chicos que habían sido raptados del orfanato cercano.

—Sí, algo así.

Esa mujer estaba a punto de matar a la madre superiora.

No descartamos que haya tenido cómplices, pero solo la vimos a ella.

Era muy fuerte y escurridiza —explicó Tecro, concentrado en mejorar la calidad de la imagen.

Finalmente, levantó la tableta con una expresión de satisfacción.

—Listo.

Estos dos son los sospechosos, y además aquí está el auto en el que se fueron: verde oscuro, aunque parece que no tuviera placa.

—Bien, chico.

Nosotros nos haremos cargo a partir de ahora.

Pásanos la imagen —indicó Carlo.

Tecro les entregó la imagen, y Carlo dio órdenes precisas a otros agentes: —Vayan tras ellos.

Hay un auto que perseguir.

Los cinco carros que habían llegado al lugar emprendieron la persecución liderados por Carlo, mientras Mina enviaba la fotografía a la oficina central.

Sabía que los individuos de la imagen no parecían pertenecer a ese país, pero confiaba en que sus compañeros de la agencia internacional podrían verificar su identidad.

Dentro del automóvil, Paul y Vera discutían acaloradamente cuando notaron que varios autos negros polarizados comenzaban a seguirlos.

—¡Maldición!

¿Cómo sabían de nosotros?

—exclamó Paul, visiblemente alterado.

—¿Te olvidaste de no dejar cabos sueltos?

—le reprochó Vera con frialdad—.

No puede ser.

Tú acabaste con el último… A menos que alguien hubiera llamado a alguien más, pero eso es imposible.

¿O alguien estaba escondido en la zona?

¡Maldición!

Tenemos que perderlos.

Paul aceleró bruscamente, pasándose las luces rojas de los semáforos.

Por suerte, no había mucho tráfico debido a la hora.

Se metió por calles estrechas y recovecos, incluso pasando por el callejón donde todo había comenzado.

—Son muy molestos.

No se van —murmuró Paul entre dientes.

—Déjame intentar algo —dijo Vera, y al voltear hacia los asientos traseros, encontró varias armas.

Sacó una ametralladora y comenzó a disparar contra los autos que los seguían.

El agente Carlo, demostrando una habilidad sorprendente al volante, logró esquivar las balas.

Parecía que este veterano agente había sido corredor de autos en algún momento de su vida.

Los otros vehículos que lo acompañaban no tuvieron la misma suerte; algunos recibieron disparos en las llantas, mientras que otros tenían los vidrios frontales destrozados.

—¡Hagan acción evasiva!

—gritó Carlo a través de su radio.

La persecución era frenética.

Disparos resonaban por doquier, rompiendo la quietud de la noche.

Las personas en sus casas observaban atónitas desde las ventanas, temerosas de salir.

Incluso los trabajadores de la perrera municipal se agacharon al escuchar la balacera, cubriéndose instintivamente.

—Se me acaban las balas… ¡Maldición!

—gritó Vera mientras cambiaba rápidamente a una pistola.

Su voz era tensa, pero mantenía una calma calculada que contrastaba con la adrenalina del momento.

—¡Se acercan por la derecha!

—advirtió Paul, sus ojos fijos en el retrovisor mientras intentaba mantener el control del volante.

Carlo, desde su vehículo, activó el altoparlante y su voz resonó con autoridad: —Este es la brigada oficial.

Ríndanse de inmediato.

Soy el agente Carlo.

Tenemos sus caras en una imagen.

Ríndanse ahora.

Era evidente que Carlo era el único que aún seguía en persecución.

Los demás vehículos habían quedado atrás, víctimas de la implacable balacera.

—¿Tú y quién más?

—le gritó Vera con desdén, mientras buscaba algo debajo del asiento.

Encontró lo que parecía ser un lanzacohetes, y una sonrisa satisfecha cruzó su rostro.

Se giró hacia Paul y le indicó con firmeza—: ¡Acelera!

Paul pisó el acelerador con fuerza, y el auto rugió como una bestia desbocada, aumentando su velocidad considerablemente.

Sin embargo, Carlo no se dejaba intimidar y mantenía la distancia con habilidad sorprendente.

En ese instante, Vera sacó el lanzacohetes por la ventana de su lado.

Con una expresión fría y decidida, apuntó hacia el vehículo de Carlo.

—Adiós, señor agente —dijo con un tono casi casual antes de disparar.

El misil salió disparado del tubo con un rugido ensordecedor, impactando directamente contra el carro de Carlo.

Una explosión iluminó la noche, envolviendo el vehículo en llamas y humo.

—Tonto —murmuró Vera, riendo con desprecio mientras ambos seguían su camino de destrucción, alejándose rápidamente hacia las afueras del lugar.

—¡Ja, ja!

¡Los burlamos!

—exclamó Vera, triunfante, pero su euforia fue interrumpida por la voz seria de Paul.

—Esto no ha terminado.

¿No ves que nos tienen?

Maldición, tienen nuestros rostros.

Según lo que dijo ese agente, ya saben o pronto sabrán quiénes somos.

Debemos actuar rápido.

Paul tomó su teléfono y llamó al general.

Le explicó brevemente lo ocurrido, mencionando el gran imprevisto y el posible compromiso de toda la operación.

—Regresen de inmediato.

Yo me encargaré del asunto —respondió Uve, la voz del general, con un tono calmado pero firme.

Ambos siguieron conduciendo hasta llegar a la nave.

Destruyeron el auto en el que viajaban y abordaron la nave, dirigiéndose hacia donde se encontraba Zeus.

En la base secreta, Uve murmuró para sí mismo: —Estos tontos… Tomó el teléfono y marcó un número.

Al otro lado de la línea, una mujer con una voz misteriosa respondió: —¡Ah!

Es usted, Uve.

¿Qué desea de mí?

—Necesito que encuentres en la base de datos de este país y de otros posibles lugares, y retires la información de captura de estos dos.

O cámbiales los rostros para que no vengan tras mí ni me lleven ante el jefe —explicó Uve, su tono mezcla de urgencia y autoridad.

—Bien, eso te va a costar mucho dinero —respondió ella con frialdad.

—Siempre eres una víbora —replicó Uve, aunque sin perder la compostura.

—Lo sé, pero siempre cumplo con mi misión.

Además, si el señor Zeus se entera, te borrará del mapa —dijo la mujer, soltando una risa burlona.

—Bien, te daré el monto que quieras, pero hazlo de inmediato —insistió Uve.

—Me encanta cuando te pones nervioso, general.

Considéralo listo —respondió ella antes de colgar.

La mujer, sentada frente a una máquina con una pantalla gigante y unos lentes extraños que parecían moverse sobre sus ojos, comenzó a teclear una serie de códigos complejos.

Era la misma persona con quien Uve había hablado.

—¡Ah!

Estos dos siempre me cayeron mal, pero todo sea por el dinero y el general —murmuró para sí misma mientras presionaba una serie de teclas.

Con un último clic, logró cambiar la identidad de Paul y Vera, reemplazándola por la de dos personas desconocidas.

Satisfecha, envió un mensaje a Uve: “Trabajo completado.” Uve transfirió el dinero solicitado, y la mujer sonrió al ver la confirmación en su pantalla.

—Es un placer trabajar contigo —escribió ella antes de desconectarse.

Ya en la nave, Paul y Vera contactaron nuevamente al general.

Este les aseguró que todo estaba arreglado y que no tenían nada de qué preocuparse.

—Regresen de inmediato —ordenó Uve.

El avión aceleró aún más, cortando el cielo nocturno mientras se dirigían al lugar pactado.

Mientras tanto, en el hospital, el sheriff Jeff estaba a punto de dirigirse a la jefatura cuando los doctores salieron de la sala de operaciones.

Con expresiones cansadas pero aliviadas, uno de ellos se acercó a él.

—La paciente está estable.

Ya la hemos intervenido.

Ahora solo depende de ella si continúa viva o no —anunció el médico con profesionalismo, aunque su tono dejaba entrever cierta preocupación.

Jeff sintió cómo una oleada de alivio recorría su cuerpo, pero la tensión aún lo mantenía al borde.

Su mirada reflejaba preocupación mientras preguntaba: —¿Puedo verla?

El médico asintió con calma.

—Puede pasar, pero solo desde el espejo.

Jeff caminó hacia la sala indicada y, a través del cristal, observó a la madre superiora conectada a tubos y máquinas que emitían sonidos constantes y regulares.

Aquella imagen le provocó una tristeza inmensa, mezclada con una profunda sensación de impotencia.

Se quedó paralizado frente al vidrio, sus pensamientos inundados de culpa.

“Si yo hubiera estado contigo, nada de esto habría sucedido” , se repetía mentalmente.

Volviéndose hacia el médico, Jeff dijo con firmeza: —Ella estará bien aquí, doctor.

Por favor, asegúrense de tratarla con todo lo que tengan disponible.

—Así lo haremos, sheriff —respondió el médico con una inclinación de cabeza.

Con el corazón aún pesado, Jeff salió del hospital.

Afuera, se acercó a un agente que custodiaba un vehículo policial y le dijo con autoridad: —Este auto es necesario para un asunto policial.

Se subió al vehículo y condujo directamente hacia la jefatura de policía.

Sin embargo, al llegar, se encontró con una escena caótica: una multitud rodeaba el lugar, murmurando conmoción y horror.

Jeff bajó del auto rápidamente y se acercó a uno de los agentes que custodiaban la zona.

—¿Qué ha pasado aquí?

—preguntó con urgencia.

El agente tragó saliva antes de responder: —Al parecer, una pareja destruyó el lugar y mató a todos los que estaban aquí.

Fue… un baño de sangre.

Jeff sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

La noticia lo golpeó como un mazazo.

Todos muertos.

Sus compañeros, amigos, colegas… No podía creerlo.

Inmediatamente, comenzó a buscar a Tecro, intentando comunicarse con él por teléfono, pero sin éxito.

—No puede ingresar —le dijo otro agente al verlo acercarse al cordón policial.

—¡Tonterías!

¡Yo soy el jefe de esta sede!

—replicó Jeff con firmeza, apartando al agente y cruzando el cordón.

Dentro, finalmente encontró a Tecro, quien estaba revisando algunos restos de evidencia.

Al verlo, Jeff lo abrazó con fuerza.

—Muchacho, qué bueno que estás bien —dijo con sinceridad.

Tecro respondió con una leve sonrisa, aunque sus ojos mostraban el peso de lo ocurrido.

—Sí, señor, pero… el resto no tuvo esa suerte.

Cuando llegué, todo era un caos.

Lo siento mucho —respondió el joven criminalista con voz entrecortada.

—No fue tu culpa, muchacho —dijo Jeff, colocando una mano sobre su hombro—.

Pero dime, ¿lograron alcanzarlos?

¿Qué pasó con la persecución?

Tecro negó con la cabeza.

—No lo sé, señor.

Se perdió la comunicación con el agente Carlo.

Lo único que tengo es esta foto de quien ayudó a la mujer a escapar.

Le mostró la imagen a Jeff, quien se quedó atónito al verla.

Tecro notó su expresión y preguntó: —¿Por qué pone esa cara?

—Mira la foto —dijo Jeff, señalando la imagen.

En la fotografía aparecían Elsa y el conserje del orfanato.

—¿Cómo es eso posible?

—exclamó Tecro, confundido—.

¿Cómo?

¿Cuándo?

¿Por qué cambiaron la imagen?

Jeff frunció el ceño, su mente analizando rápidamente la situación.

—Al parecer, nos estamos metiendo con gente muy peligrosa, muchacho.

Gente que hará hasta lo imposible por no dejar cabos sueltos —dijo con gravedad.

Tecro lo miró, pensativo.

—Y me pregunto… ¿Para qué querrán a los huérfanos?

Y más aún, ¿por qué específicamente a chicos de hasta diecisiete años?

¿Será solo aquí o en otros lugares también?

Antes de que pudiera seguir reflexionando, la agente Mina llegó corriendo, visiblemente alterada.

—Recibí una llamada —dijo casi sin aliento—.

Esto no está ocurriendo solo aquí.

Los raptos de huérfanos están sucediendo en todas partes del mundo.

La noticia dejó a ambos hombres impactados.

El silencio se apoderó del lugar mientras intentaban procesar la magnitud de lo que enfrentaban.

—Señor, me llamaron al celular —dijo Tecro con urgencia mientras sostenía su teléfono en la mano—.

Era uno de nuestros vehículos, en realidad el único que queda operativo, y venía de regreso del orfanato.

Nos indicaron que la ciudad está patas para arriba.

Hubo una balacera, al parecer, además de varios autos destrozados como coladeras… y un carro que explotó, producto de lo que parece ser un misil.

—¡Oh, no!

¡Carlo!

—exclamó Mina, palideciendo al escuchar la noticia.

Sin perder un segundo, corrió hacia su auto y se marchó a toda prisa, decidida a buscar a su compañero.

Jeff, por su parte, permaneció inmóvil durante unos segundos, con la mirada perdida y una expresión de profundo dolor.

Finalmente, rompió el silencio: —No sé qué voy a decirles a sus familias… Todos eran buenos hombres y mujeres —murmuró con voz entrecortada, cargada de tristeza y culpa.

—Lo sé —respondió Tecro, bajando la mirada.

Sabía que no había palabras que pudieran aliviar el peso de esa pérdida.

El sheriff Jeff se quitó el sombrero lentamente, como si ese gesto simbolizara el luto que sentía en ese momento.

Luego, levantó la vista con determinación renovada.

—Pero ahora no pienso en nada más que llegar hasta las últimas consecuencias.

Por Ana, y por mis compañeros caídos —declaró con firmeza, su voz resonando con una mezcla de dolor y resolución.

Tecro lo miró con admiración y asintió con decisión.

—Cuenta conmigo, señor.

Yo lo acompañaré.

Esto no se quedará así —afirmó el joven criminalista, su tono reflejando una promesa inquebrantable.

En ese preciso instante, un ruido ensordecedor llenó el aire.

Era el sonido de una nave descendiendo.

Paul y su equipo habían llegado al lugar, trayendo consigo a los niños secuestrados.

Al bajar de la nave, se pudo ver cómo una cantidad enorme de naves similares comenzaba a rodear la zona, formando una escena imponente y sobrecogedora.

Desde una puerta del hangar, emergió Zeus, una figura imponente cuya presencia dominaba el lugar.

Con pasos firmes y una mirada poderosa, se acercó al grupo.

—Lo hicieron bien —dijo Zeus, su voz resonando con autoridad—.

Es hora de iniciar la fase final de nuestro grandioso plan.

Sacó su pulsera comunicadora y, tras activarla, habló con alguien al otro lado de la línea.

—Díganle al equipo científico que preparen a todos para la gran revelación —ordenó Zeus, sus ojos brillando con una intensidad casi sobrenatural.

El ambiente estaba cargado de tensión y expectativa.

Era evidente que algo monumental estaba a punto de ocurrir, algo que cambiaría el rumbo de todo para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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