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El sistema del perro agente - Capítulo 82

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82: El Regreso del Can 82: El Regreso del Can —Tecro, pero ¿cómo puede ser esto posible?

—murmuró mientras señalaba a uno de los presentes—.

Llama a tu oficina.

Diles que han intervenido la imagen y colocado a personas que no son los autores de este horrendo suceso.

El agente asintió y rápidamente marcó desde su celular.

El lugar era un caos absoluto.

La agente Mina llegó al sitio junto con otros dos compañeros, pero lo que encontraron fue devastador: todos los vehículos de su unidad estaban destrozados, algunos con impactos de bala; los agentes que iban adelante habían perdido la vida, y los que viajaban atrás estaban gravemente heridos.

—Llamen a una ambulancia —ordenó Mina con urgencia, y uno de sus compañeros se comunicó de inmediato con emergencias.

Siguiendo el rastro de destrucción dejado por Paul y Vera, llegaron hasta el automóvil donde viajaba Carlo.

El vehículo estaba completamente destrozado, envuelto en llamas furiosas.

—Usen el extintor del carro, y tú, llama también a los bomberos —indicó Mina con firmeza, distribuyendo órdenes entre sus acompañantes.

Una vez que las llamas fueron sofocadas, descubrieron dentro del auto un cuerpo completamente incinerado.

—¡Oh, no, Carlo!

—exclamó Mina con lágrimas en los ojos, su voz temblorosa por la rabia y la tristeza—.

¡Esos malditos pagarán por esto!

Miró su celular nuevamente, observando la imagen de quienes supuestamente habían ocasionado la masacre.

Pero algo no cuadraba.

Se llevó una mano a la boca, incrédula.

—¿Cómo?

¿Por qué?

—susurró, confundida—.

¿Cómo es esto posible?

Decidió marcar a Tecro de inmediato.

Él le explicó que alguien había alterado las imágenes.

Parecía que los culpables no querían dejar rastro alguno, y los verdaderos rostros de los implicados solo existían en la memoria de quienes los habían visto aquella noche.

—Maldición… ¿Quiénes son estas personas?

—murmuró Mina, apretando los puños con frustración.

A la mañana siguiente, Jeff, Tecro y sus cuatro compañeros que habían estado en el orfanato se preparaban para asistir al funeral de sus camaradas caídos.

No podían usar la comisaría como punto de reunión, ya que estaba siendo investigada por la brigada especial, que había tomado el control de la ciudad para realizar un examen exhaustivo sobre el peligroso caso.

Durante el trayecto, Tecro permanecía absorto, recordando los rostros de los atacantes.

Aunque la escena había ocurrido en penumbras, intentaba reconstruir sus rasgos moviendo las manos en el aire, como si dibujara invisiblemente.

—¿Estás bien?

—le preguntó uno de sus compañeros al notar su ensimismamiento.

Pero Tecro seguía concentrado, sumergido en sus pensamientos.

—Una máscara de oso… Creo que vi una máscara de oso en la cabeza del sujeto —murmuró, caminando lentamente mientras intentaba hilvanar los detalles.

—Tranquilo, muchacho.

No te estreses más.

Estamos fuera de la jugada por ahora, además no tenemos un lugar fijo desde donde operar —dijo Jeff, sacando a Tecro de su trance.

Los demás se acercaron, curiosos.

—¿Qué están planeando ustedes dos?

—preguntó uno de ellos.

Jeff les explicó que irían tras los responsables del ataque a sus compañeros de la estación.

Los cuatro asintieron sin dudarlo.

—Estamos contigo, jefe.

Te seguiremos a donde sea necesario —afirmó uno de ellos con determinación.

La ceremonia comenzó poco después.

Los familiares de las víctimas llegaron abatidos por el dolor.

Jeff y sus compañeros ofrecieron sus condolencias con respeto.

Luego, en el cementerio, se realizó el entierro correspondiente.

Con un saludo solemne, despidieron a sus camaradas caídos mientras sus cuerpos eran depositados en la tierra.

Una vez concluida la ceremonia, los cuatro se acercaron a Jeff.

—Bien, jefe, ¿cuándo iniciamos?

—Dejemos que este día sea para reflexionar.

Mañana nos veremos en la cafetería de Jobru para planear nuestro siguiente movimiento.

Descansen, jóvenes —respondió Jeff con calma.

Todos asintieron.

—Entendido —dijeron al unísono antes de retirarse.

Jeff miró a Tecro.

—¿Quieres que te lleve a tu casa?

—Señor, mi casa prácticamente era la oficina —respondió el joven con un dejo de melancolía.

—Cierto, se me olvidaba que también eres huérfano.

Bien, puedes venir a mi casa, pero primero haremos una parada en el hospital.

Ambos subieron al auto civil de Jeff y partieron rumbo al hospital para visitar a Ana.

En el hospital, Jeff entró a la habitación donde Ana permanecía inmóvil en la cama, conectada a una máquina que monitoreaba sus signos vitales.

A su lado, sentada con expresión serena pero cansada, estaba Elsa, siempre leal y protectora.

Ambos se saludaron con un asentimiento respetuoso.

Elsa observó a Tecro detenidamente y esbozó una sonrisa nostálgica.

—Mira cómo has crecido, muchacho.

La última vez que fuimos al orfanato no te reconocí.

Todavía recuerdo cuando eras un pequeño problemático… Y mírate ahora, todo un joven que trabaja con la ley —dijo ella con calidez, lo que provocó que Tecro se sonrojara ligeramente.

—Gracias, hermana Elsa —respondió el joven, algo incómodo pero agradecido.

Elsa solía ser estricta con los demás, pero el atentado al orfanato parecía haber mermado parte de su energía habitual.

—Sí… Y espero poder encontrar a esos dos —dijo Jeff, mostrándole a Elsa la fotografía en la que aparecían ella y el conserje del orfanato—.

Aunque ya lograron escapar de nosotros, colocando a ustedes como señuelos.

Elsa examinó la imagen con atención, frunciendo el ceño.

—Vaya… No sé mucho de tecnología, pero me pregunto por qué querían tan desesperadamente a esos niños.

Además, traían unas caras muy diferentes a cuando los vimos —comentó, ajustándose el brazo enyesado con cuidado.

Jeff se acercó a la madre superiora, quien estaba sentada junto a Ana, sosteniendo delicadamente su mano.

—Te prometo que haré que esos dos paguen con todo el peso de la ley —declaró con firmeza.

La madre superiora se levantó lentamente, soltando con cuidado el brazo de Ana, y se acercó a Elsa.

—Cuídala —le pidió Jeff con voz grave.

—Está bien —respondió Elsa con determinación—.

Pero no se vaya a hacer daño.

La madre superiora lo espera.

—No te preocupes, no pienso morir sin antes atrapar a los causantes de este caos —aseguró Jeff, mirándola con decisión—.

Avísame cuando se levante.

Ya tienes mi número.

Elsa asintió con la cabeza mientras ambos salían de la habitación, dejando atrás el leve zumbido de las máquinas que mantenían a Ana con vida.

En otro lugar, un grupo de personas se encontraba reunido en un hangar.

Entre ellos estaban Adía, Eduard, Ezequiel, Gat, Marie, Lidia, Rino y los dos científicos desertores de Radar.

Frente a ellos había un perro, cuya presencia generaba curiosidad y confusión.

—¿Es Podbe?

—preguntó Adía, señalando al animal.

El perro solo la miró fijamente, como si comprendiera cada palabra.

—¿Dónde está Reia?

¿Y por qué tienes una media luna invertida en la frente?

—continuó Adía, llena de preguntas.

Las otras chicas del grupo se acercaron al cachorro con entusiasmo.

—¡Ay, es un perrito!

¡Un cachorrito tan bonito!

—exclamaron, emocionadas.

—¿Qué hace este perro aquí?

—preguntó el jefe del grupo, dirigiéndose a Marie.

—¡Qué bonito cachorrito!

—exclamó Leila, acercándose al animal con curiosidad.

Cuando tocó al perro, la media luna invertida en su frente comenzó a brillar intensamente.

De repente, Leila se quedó inmóvil, como si algo dentro de ella hubiera cambiado.

Su voz resonó en la sala, pero no era solo la suya.

Era como si varias voces hablaran a través de ella.

—¿Qué le pasa?

—preguntó Mark, alarmado.

—No lo sé —respondió Margaret, desconcertada.

Azulema intervino con una mezcla de asombro y fascinación.

—Parece ser que esta chica me sorprende.

Tiene el poder de conectar mentes.

Veamos qué nos dice.

Leila, o más bien las voces que ahora emergían de ella, comenzaron a hablar.

—Hola, soy Reia.

He vuelto a estar junto a este perrito —dijo una voz clara y suave.

—Y yo soy Podbe —añadió otra voz, más profunda y resonante.

Adía, aún incrédula, insistió: —¿Cómo es posible esto?

—No lo sé —respondió una de las voces—, pero apenas nos tocó, hizo que pudiéramos establecer un vínculo contigo.

Rosa y Ada intercambiaron miradas emocionadas.

—¡Es genial!

Nuestra amiga es algo de otro mundo —dijeron al unísono.

Eduard, siempre analítico, no pudo evitar preguntar: —Podbe, ¿por qué tienes una media luna invertida en la frente?

El perro inclinó la cabeza hacia un lado, como si reflexionara sobre la pregunta.

Las voces que hablaban a través de Leila respondieron: —No lo sé.

No puedo ver mi propia cara.

Entonces, Leila miro el rostro del can, y las voces confirmaron: —Sí, es cierto.

No sabemos a qué se debe ese suceso.

—Oigan, ¿qué pasó?

Lo último que supimos es que te fuiste junto con Urion a una de esas puertas y desaparecieron —preguntó Ezequiel, mirando al perro con curiosidad.

El jefe frunció el ceño mientras escuchaba atentamente.

—Oigan, Marie, esa no es la voz de Nick —indicó, dirigiéndose a ella con tono serio.

—Sí, jefe, eso es lo que intentaba decirle —respondió Marie rápidamente—.

Tal vez el subconsciente del agente B-Doce se encuentra dentro de ese perro, y por eso no despierta.

—Interesante… —murmuró el jefe, acariciándose la barbilla pensativamente.

Adía se inclinó hacia el perro, su expresión llena de expectativa.

—Entonces, cuéntanos, ¿qué fue lo que pasó?

Las voces dentro de Leila comenzaron a hablar nuevamente, resonando como un eco en la sala.

—Bien, se los contaré a través de esta chica.

Antes de que nos desvinculemos o pase algo inesperado, no sé cuánto durará esta conexión —explicaron las voces.

La narración comenzó, clara y evocadora.

—Estábamos en un lugar blanco, como si fuera el espacio mismo.

Yo y el guardián Urion estábamos luchando.

Él explotó, y la explosión inminente envolvió todo el lugar.

En ese momento, yo, Podbe, regresé a mi forma de perro cuando el sistema comenzó a reiniciarse.

Pero luego de convertirme en el can, desaparecí junto con todo lo demás.

Pensé que había muerto definitivamente.

Sin embargo, una nube en forma de mujer me envolvió.

Creo que era la misma que vimos dentro de Aiden cuando abrió el portal.

Me dijo: ‘Aún no es tiempo de morir, pequeño.

Tienes mucho que hacer’.

Me envolvió en su energía, y me hizo recordar a mi madre perruna.

Cuando desperté, estaba aquí con ustedes.

Eso es lo que pasó —concluyó Podbe a través de Leila.

—Entiendo… —dijeron los demás, asintiendo lentamente.

—No hay tiempo que perder.

Debemos ir por Aiden.

La nube mujer me indicó antes de desvanecerse que un mal se aproxima, y necesitaremos toda la ayuda posible —continuó narrando el can con urgencia.

Reia, proyectando su voz a través de Leila, añadió: —Vaya, no pensé volver al sistema.

Me gustó ser humana por un rato.

Pero, en fin, tampoco sé qué signifique esa luna invertida en la frente de Podbe.

Lo averiguaré.

Ambas voces concluyeron al unísono: —Démonos prisa y vayamos por Aiden.

Con esas palabras, las voces se desvanecieron, y Leila recuperó el conocimiento.

Parpadeó confundida, mirando a su alrededor.

—¿Qué fue eso?

—preguntó, llevándose una mano a la cabeza.

Azulema se acercó rápidamente para sostenerla, asegurándose de que no se cayera.

—Tranquila, niña.

Parece que tienes que aprender a controlar esa conexión.

Nadie del equipo puede hacer algo así.

Tendré que entrenarte más —dijo Azulema con firmeza, aunque su tono era amable.

El jefe interrumpió, su voz grave y autoritaria llenando la sala.

—Bien, debemos darnos prisa.

El plan de Zeus seguramente ya se ha puesto en marcha.

Por eso han ocurrido esos robos de huérfanos en todo el mundo.

Adía dio un paso al frente, su mirada decidida.

—Jefe, ¿me da permiso para que Azulema retire el sello de mi mente?

Vi que era inútil sin poder utilizar mis poderes al máximo.

Hubo un enemigo muy fuerte en el equipo de ese sujeto, y no pude contra él.

Azulema intervino rápidamente.

—Pero es algo doloroso.

¿Lo podrás aguantar?

—Sí —respondió Adía con firmeza, su mirada reflejando determinación.

El jefe asintió después de unos segundos de silencio.

—Veo que estás decidida.

Lo apruebo.

Azulema, prepara lo que sea necesario para ayudarla.

Necesitaremos toda la ayuda posible si es que hay algo peor que Urion en camino.

—Si no hay de otra —dijo Azulema, cruzándose de brazos.

Luego se volvió hacia Adía—.

Ven conmigo, entonces.

Agarró a Adía del brazo y le indicó a Mark: —Prepara el área uno B.

Por su parte, el jefe se retiró, murmurando para sí mismo.

—Iré al laboratorio del líder D.

Tal vez tenga algo para mi mano.

Y me llevaré a estos dos científicos conmigo.

Ya les encontraré un propósito.

Con esas palabras, salió del hangar, dejando a los demás preparándose para lo que venía.

—Oigan, viejo, en tu ausencia Ray estuvo haciendo tus cosas —comentó Gat, dirigiéndose a Ezequiel con una sonrisa traviesa—.

Es un sujeto muy intenso; no puedes decirle que baje sus revoluciones.

Ezequiel negó con la cabeza.

—No, Ray es un buen sujeto y sabe lo que es bueno para el equipo.

Por eso lo puse a cargo durante mis vacaciones —explicó con tono firme, aunque amigable.

Gat levantó las manos en señal de rendición, riendo ligeramente.

—Bueno, ya que… Reunámonos con la pandilla —dijo mientras se retiraba junto a Ezequiel, dejando atrás el eco de sus pasos.

Por otro lado, Marie, la secretaria, se acercó a Lidia y Rino con una orden clara.

—Chicos, encárguense de ese perro —les dijo, señalando a Podbe, quien estaba sentado tranquilamente en el suelo.

—Sí, señora —respondieron ambos al unísono.

Rino se inclinó y, con delicadeza, levantó al can en brazos como si fuera un pequeño cachorro preciado.

El resto del equipo de Azulema comenzó a retirarse, siguiéndola en silencio.

Todavía estaban exhaustos después de haber usado sus poderes intensamente, y sabían que necesitarían esperar a que Eduard les proporcionara un poco de su “jugo milagroso” para recuperar fuerzas.

Mientras tanto, el jefe se volvió hacia Marie, su expresión seria pero calmada.

—Bien, Marie, tenemos que hablar —indicó mientras caminaban hacia una puerta más grande, diferente a la que habían tomado los demás.

Dentro de su mente, Podbe y Reia intercambiaban pensamientos en silencio.

—Podbe, ¿qué fue lo que pasó?

—preguntó Reia, su voz mental llena de curiosidad—.

No me explico cómo pudimos proyectar nuestras voces dentro de esa chica.

Necesito investigar más.

Además, debo ponerme al corriente con tu sistema.

Algo le ha pasado; todo este espacio me resulta diferente.

Debo saberlo todo si vamos a enfrentarnos a tipos tan fuertes como ese tal Sir Larot.

—Entendido —respondió Podbe en su forma de niño, asintiendo con seriedad—.

Entraré en modo de reposo por ahora.

Haz lo que te digan estos humanos.

El niño-perro cerró los ojos, concentrándose, mientras su cuerpo parecía relajarse en un estado de calma vigilante.

Todos los presentes comenzaron a separarse, cada uno con tareas específicas en mente.

Sabían que debían prepararse al máximo para rescatar a Aiden y a los otros huérfanos.

El tiempo apremiaba, y la amenaza que se cernía sobre ellos era demasiado grande como para subestimarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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