El sistema del perro agente - Capítulo 83
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83: El precio del poder 83: El precio del poder Antes de que las naves con los huérfanos llegaran, Zeus descendió a lo que parecía un subsuelo.
Allí se encontró con Maos, quien estaba frente a un tanque de rehabilitación.
Dentro del tanque, flotando en un líquido verdoso, se hallaba Sir Larot.
Desprovisto de armadura o cualquier prenda, excepto un bañador y un casco que cubría completamente su rostro, el hombre mostraba un cuerpo musculoso propio de un atleta, con varias cicatrices marcadas en su piel: algunas cruzaban su espalda, mientras una larga y profunda surcaba su pecho como un recordatorio de batallas pasadas.
—Y bien, doctor, ¿cómo está el paciente?
—preguntó Zeus al entrar al laboratorio, su voz resonando con autoridad en la fría sala.
—Está bien.
Ya lo estabilicé, y creo que se recuperará en un par de días —respondió Maos con calma, ajustando algunos controles en el panel del tanque.
—Bien.
Ahora quiero que actives su control mental para que sea más obediente a mis órdenes —indicó Zeus, su tono firme y exigente.
—Sí, señor.
Como usted diga —respondió Maos, presionando un botón ubicado fuera del tanque.
De inmediato, pequeñas arañas metálicas emergieron de un tubo conectado al tanque.
Se deslizaron rápidamente por el cuerpo de Larot, adhiriéndose a su piel.
Comenzaron a inyectar un líquido extraño que provocó que el cuerpo de Larot se retorciera de dolor.
Sus movimientos eran bruscos e involuntarios, como si ejecutara un extraño y macabro baile bajo el efecto del veneno.
Una vez concluido el proceso, las arañas se desintegraron dentro del líquido del tanque, y el cuerpo de Larot volvió a la normalidad.
—Listo, señor.
Este sujeto pudo soportar el doble de la dosis que le administré anteriormente.
No creo que aguante una tercera —informó Maos, observando el tanque con una mezcla de fascinación y preocupación profesional.
—Mientras me sea útil, lo mantendré a mi lado.
Si deja de serlo, lo desecharé como todos los demás juguetes que tengo —declaró Zeus con frialdad, su mirada calculadora fija en el cuerpo inmóvil de Larot—.
Ahora, con respecto al otro asunto… Muy pronto llegarán nuestros nuevos invitados.
Doctor, cuénteme cómo va su experimento para el control masivo.
—Ya realicé las pruebas con el equipo, y bueno, está listo para probarse.
Todo marchaba de acuerdo con lo planeado —respondió Maos, ajustando sus gafas mientras hablaba.
—Es una buena noticia.
Pronto, antes de que Laos se dé cuenta, coloque esos dispositivos en la máquina para controlar a mi nuevo ejército.
Ya sabe que no confío mucho en Laos ni tampoco confiaba en su padre.
Solo los tengo para que cumplan mis propósitos —dijo Zeus, su sonrisa torcida revelando su desprecio hacia aquellos que consideraba simples herramientas.
—Lo sé, señor.
Si ese oscuro ser hubiera traído ese aparato, quizá no habríamos necesitado del catalizador que es ese niño que abre portales.
Bueno, al menos encontró a ese chico; si no, no podríamos avanzar con su plan de dominio mundial —comentó Maos, su tono neutro pero cargado de implicaciones.
—Lo sé —respondió Zeus, su voz baja pero llena de determinación.
Hizo una pausa, como si recordara algo desagradable.
—No sé qué habrá pasado con lo que nos prometió esa cosa aberrante, pero en fin… Me daba asco su presencia.
Termine con los preparativos.
Yo esperaré a las naves —ordenó Zeus antes de retirarse, con una sonrisa maligna dibujada en su rostro.
Una vez solo, Maos dejó escapar un suspiro mientras continuaba trabajando en sus pequeñas arañas.
—Ay, ese monstruo alienígena… ¿Qué será de él?
Me daban unas ganas de investigarlo, de saber de qué estaría compuesto.
Espero que siga vivo.
Esa cosa era muy poderosa.
Quizá pueda construir más como él.
Menos mal que ese tonto de Laos no se enteró; si no, me quitaba la idea —murmuró para sí mismo, concentrado en preparar las arañas para infiltrarlas en la máquina que pronto controlaría a los próximos soldados del ejército de Zeus.
En su laboratorio secreto, Laos estaba analizando un trozo negro de roca que había traído consigo.
Frente a él, sobre una mesa cubierta de polvo, descansaban unos escritos antiguos que su padre había escondido en ese lugar.
Con cuidado, tomó un pedazo microscópico de la roca y lo convirtió en líquido, vertiéndolo luego en una jeringa.
—Veamos si este compuesto puede crear superhumanos sin necesidad del muchacho o si requiere algo más —murmuró para sí mismo mientras inyectaba el líquido en un ratón viejo.
El animal comenzó a retorcerse violentamente antes de caer patas arriba, inmóvil, como si estuviera muerto.
—Qué mal… —suspiró Laos, decepcionado, mientras guardaba la gran roca en una vitrina.
En ese momento, su teléfono sonó.
Era Swang.
—Doctor, ya todo está listo.
Además, los especímenes de los huérfanos han llegado —informó Swang con voz firme.
—Estoy en el baño —respondió Laos—.
Ya voy para allá.
Mientras salía de su guarida, murmuró para sí mismo: —Pronto yo también me convertiré en un Metalux, Padre.
Ya verás que no soy un inútil.
Arriba, Swang observaba a los tres adolescentes que acababan de despertar, evaluando qué poderes habían adquirido.
—Pequeños bribones, ya se levantaron.
¿Estuvo cómoda su celda?
—preguntó con sorna.
Elena se llevó una mano a la cabeza, confundida.
—¿Dónde estamos?
¿Dónde está Aiden?
—preguntó, mirando a su alrededor.
—Mira para allá —dijo Billy, señalando hacia un rincón de la habitación.
Elena giró la cabeza y vio a Aiden atado con grandes grilletes en sus manos y piernas, además de un casco que le cubría completamente los ojos.
—¡Aiden!
¿Qué le has hecho, bruja vieja?
—gritó María, furiosa.
—Más cuidado con lo que dices, jovencita —advirtió Swang con frialdad.
Elena intentó acercarse a la reja, pero fue repelida por un campo eléctrico que la lanzó hacia atrás.
—Tonta —dijo Swang con desdén—.
¿Crees que sería fácil salir de aquí?
Muestren de una vez los poderes que les hemos otorgado.
Ahora son Metalux.
¡De una vez!
—¿Qué poderes?
No me siento poderosa —protestó Elena, mientras María y Billy la ayudaban a levantarse.
—Parece que aún no pueden manifestarlos correctamente.
Les haremos unas pruebas más tarde para ver qué habilidades han adquirido.
Pero antes, recibirán compañía muy pronto —anunció Swang antes de retirarse del lugar.
—¡Aiden!
¡Aiden!
—gritaron los tres adolescentes al unísono—.
¿Estás bien?
—¿Quién es?
—preguntó Aiden, desorientado.
—Somos nosotros: Billy, Elena y yo, María —respondió ella con urgencia.
—¿Dónde estamos?
¿Y por qué no puedo moverme ni verlos?
—preguntó Aiden, su voz cargada de frustración.
—Aiden, estos lunáticos te usaron como un catalizador para activar su máquina.
Dicen que nos dieron superpoderes o algo así, pero no nos sentimos super —explicó Billy con ironía.
—Pobre… Mira lo que te han hecho.
Tú eres quien más sufre aquí —añadió María con tristeza—.
Ni siquiera puedes moverte.
—Debe ser para que no puedas escaparte por uno de tus portales.
Creo que eso es lo que quieren evitar —razonó Elena.
—¿Y Podbe?
¿Dónde está?
—preguntó Aiden, preocupado.
—¿Qué no te acuerdas?
Tú perro y Urion fueron llevados a uno de tus portales, y no sabemos nada de él.
Luego nos capturaron y nos trajeron aquí —explicó Billy con urgencia.
—Ya veo… —suspiró Aiden, su voz cargada de preocupación—.
Pero lo que me preocupa es que dijo que tendríamos compañía.
¿Eso quiere decir que habrá más chicos como nosotros aquí?
¿O qué?
—preguntó María, mirando a su alrededor con desconfianza.
De repente, una especie de compuerta se abrió en las jaulas contiguas.
Todo parecía una prisión, y de las celdas emergieron unas resbaladeras metálicas por las que comenzaron a caer un montón de niños de diferentes partes del mundo.
—¿Quiénes son?
—preguntó Billy, observando a los recién llegados con asombro.
—Son chicos de nuestra edad o menores.
Algunos son mayores, pero no pasan de los diecisiete —indicó Elena, tratando de contarlos mientras se movían.
—Más personas… —murmuró Aiden, frustrado—.
¿Qué piensan hacer trayendo a más chicos?
—Hola, ¿alguien está bien?
—gritó María desde su posición, intentando llamar la atención de los nuevos prisioneros.
—Creo que no te escuchan —respondió Billy, frunciendo el ceño.
—¡Hola!
—volvió a gritar María, pero nadie respondió.
De pronto, una onda extraña recorrió el lugar, y los recién llegados comenzaron a moverse lentamente, como si despertaran de un profundo sueño.
—Vaya, ¿qué fue eso?
—preguntó Elena, sorprendida.
—Billy, ¿qué pasa?
—preguntó Aiden desde su posición.
—Parece que todos están despertando —respondió Billy, observando cómo los chicos comenzaban a reaccionar.
—¿Eres tú, Billy?
—se escuchó una voz entre los miles de huérfanos que había en la sala.
—¿Quién es?
—preguntó Billy, buscando entre la multitud.
—Soy yo, Max.
Estoy por aquí —respondió una voz, y una mano se levantó entre pilas de niños.
—¿Max?
¿Pero qué haces aquí?
—preguntó Billy, incrédulo.
—Pues no lo sé.
Lo último que recuerdo es que nos fuimos a dormir, y un objeto cayó del cielo, haciendo que todos nos quedáramos dormidos —explicó otro chico.
—¡Peter!
—exclamó María, reconociendo su voz.
—¿María?
¿Estás aquí?
¿Cómo?
—preguntó Peter, sorprendido.
—Estamos todos —respondió otro de los presentes.
—¿Ana?
¿Eres tú?
—preguntó María.
—Sí, estoy yo, Margaret, Ximena y las demás.
Al parecer nos raptaron a todas y nos trajeron a este lugar horrendo —indicó Ana con preocupación.
—¿Y por qué están con batas clínicas?
¿Y ese es Aiden?
¿Qué hace atado ahí?
¿Qué nos van a hacer?
—preguntó otra chica, temiendo lo peor.
—Batas clínicas… Ustedes también las traen puestas —le indicó María.
— Pero ¿cómo?
¿Qué nos van a hacer?
¿Estamos en una secta de pervertidos o qué?
—intervino otra chica que acompañaba a Ana, su voz temblorosa y llena de miedo.
Otra joven, con lágrimas en los ojos, exclamó: —¡Nos van a sacar los órganos!
¡No quiero quedarme sin órganos!
¡Soy muy joven para morir así!
Una tercera voz se escuchó desde el fondo del grupo, apenas un susurro ahogado por el pánico: —No quiero morir… El miedo comenzó a propagarse como una oleada entre los prisioneros.
Algunos lloraban en silencio, otros se abrazaban intentando calmarse, mientras el terror de lo desconocido se apoderaba de ellos.
La idea de que pudieran estar allí para ser utilizados como simples piezas desechables llenaba el aire de desesperación.
—No, cálmense.
Nada de eso ocurrirá tranquilícense ya —interrumpió Billy, intentando tranquilizar a todos—.
Pero veo que no solo somos de nuestro orfanato.
Veo caras nuevas, y al parecer hablan otros idiomas.
Billy se dirigió a los chicos que estaban cerca de él en su idioma y les explicó lo que había ocurrido en su orfanato.
—Oh, ya veo… —respondió uno de ellos—.
Tengan cuidado; no toquen las rejas, están electrificadas —advirtió Billy.
—¿Y entonces por qué nos capturaron?
—preguntó Max, confundido.
—Al parecer, lo que escuché es que nos quieren dar poderes o algo por el estilo —intervino María, tratando de recordar las palabras de Swang.
—Sí, y creo entender que solo buscan a jóvenes menores o hasta los diecisiete años, por lo que veo a nuestro alrededor —añadió Billy.
—Sí, por acá —dijo uno de los chicos, señalando a su alrededor—.
Y bueno, en mis manos tengo un bebé de cinco meses —agregó otro joven, levantando una mano para mostrar al pequeño.
María trataba de traducirles a algunos lo que decían, ya que no todos entendían su idioma.
La situación era caótica, pero todos compartían la misma incertidumbre y miedo ante lo desconocido.
—Y a lo otro que te dije… —continuó Ana, señalando hacia Aiden—.
¿Por qué lo tienen atado a esa placa con un casco?
—Es para que no se pueda escapar —explicó Billy con seriedad—.
Tiene la habilidad de crear portales.
—¿Portales?
Eso es ridículo —respondió Ana, incrédula—.
Eso solo se ve en los videojuegos o en la ciencia ficción.
—Eso es genial —intervino Max, y otros chicos del orfanato, junto con los recién llegados, asintieron emocionados mientras María traducía sus palabras.
—Bueno, al parecer nosotros también fuimos expuestos a algo que nos dio poderes.
Nos lo dijo una doctora malvada —añadió Elena, su voz cargada de preocupación.
—¡Qué genial!
Yo también quiero superpoderes —exclamaron varios chicos con entusiasmo.
—No los querrían si supieran lo doloroso que es el proceso —advirtió Billy, mirándolos con gravedad—.
Además, usan a Aiden como su fuente de energía.
Algunos seguían encantados con la idea de tener poderes, otros sentían miedo, y otros mostraban pena por Aiden, especialmente aquellos que lo conocían bien.
—¿Tienen alguna forma de escapar?
—preguntó uno de los presentes.
—No, si no, ya nos hubiéramos ido —respondió Billy con frustración.
—Quiero volver a mi cuarto —dijeron otros, comenzando a llorar.
El lugar se convirtió en un caos absoluto.
Algunos gritaban, otros lloraban, y otros se peleaban debido al hacinamiento en las celdas.
Swang entró nuevamente y, usando un megáfono, les ordenó: —¡Cállense, mocosos!
Todos la miraron, pero nadie obedeció.
Swang sonrió con frialdad y activó una palanca que envió una pequeña corriente eléctrica a través de las jaulas, haciendo que los niños se retorcieran de dolor.
—¡Eres una loca psicópata!
—gritó Ana, furiosa.
—¡Eso es abuso infantil!
¡Te acusaré con las autoridades!
—añadió Ximena, su amiga, mientras otros coreaban: —¡Sí, eso es verdad!
Swang se cruzó de brazos, imperturbable.
—Lo que digan me vale.
Si no quieren otra descarga, cállense.
Nadie vendrá por ustedes.
Pronto serán parte de un plan mayor bajo nuestro amo, el señor todopoderoso Zeus.
Bien, ahora que tengo su atención, vamos a empezar —dijo con una sonrisa maligna dibujada en su rostro.
Luego se dirigió a dos robots humanoides: —Ustedes, traigan al muchacho con cuidado.
No se vaya a escapar.
—Entendido —respondieron los robots antes de dirigirse a sacar a Aiden de su celda.
—¡Oye!
¡No se lo lleven todavía!
¡No me he disculpado con él!
—gritó Elena, intentando detenerlos.
Uno de los robots la empujó bruscamente, y Aiden fue arrastrado fuera de la celda.
Pero justo antes de que cerraran la reja, Elena se puso de pie, furiosa, y lanzó una bola de fuego hacia la puerta.
La chica se quedó paralizada, sorprendida por lo que acababa de hacer.
—Esa fui yo… —se dijo a sí misma, incrédula.
—¿Cómo lo hiciste?
—preguntaron Billy y María al unísono.
Desafortunadamente, la bola de fuego no era lo suficientemente fuerte como para destruir la reja.
Swang observó la escena con interés, tomando nota mentalmente.
—Ya veo… Estos poderes se activan cuando se sienten acorralados y no pueden hacer nada, sintiéndose indefensos.
Lo anotaré para compartirlo con Laos —murmuró para sí misma.
—Si tú puedes hacer eso, ¿qué podemos hacer nosotros?
—preguntó Billy, mirando a Elena con curiosidad.
—Pero, ¿cómo lo hiciste?
—insistió María.
—No lo sé… Solo sentí impotencia y molestia, y salió —respondió Elena, confundida por su propia capacidad de expulsar fuego de sus manos.
—¡Qué genial!
Yo también quiero —dijo uno de los chicos prisioneros.
—¿Y si se puede cambiar de poder?
Por ejemplo, volar u otras cosas —comentó otro, dejando volar su imaginación.
Pronto, la mayoría de ellos comenzaron a desear tener poderes.
—¡Tranquilos!
Y silencio.
Pronto les tocará su turno —advirtió Swang con frialdad, disfrutando del caos que había creado.
Swang apretó un botón en su brazalete, y varios robots voladores armados comenzaron a sacar a los chicos de las celdas.
Algunos huérfanos intentaron resistirse, pero María les infundió ánimo con voz firme: —Tranquilos, estaremos aquí para ustedes cuando salgan.
No tengan miedo.
Uno a uno, los grupos de huérfanos fueron saliendo de las celdas, sus rostros llenos de incertidumbre y temor.
Mientras tanto, Maos activó un ducto desde el que emergió una araña gigante, aunque no tan grande como para quedar atascada en el conducto.
Esta lanzó pequeñas arañas que se infiltraron entre los tubos donde se introduciría el líquido derivado de las piedras, conectándolo hacia los futuros soldados de Zeus.
Luego, la araña desapareció por el mismo ducto por el que había llegado.
El nuevo laboratorio estaba equipado con cientos de mesas verticales con agarraderas en los brazos y piernas, acompañadas de cascos, diseñadas para albergar a más de mil personas simultáneamente.
La máquina donde se sentaba Aiden había sido actualizada con más tubos, gracias al equipo de ingenieros liderado por Lady, quienes habían trabajado rápidamente para optimizarla.
Laos llegó al laboratorio, y los ayudantes comenzaron a organizar a los huérfanos.
—Bien, que el primer grupo ingrese —ordenó con voz firme.
Los ayudantes, con la asistencia de los robots vigías, guiaron a los chicos hacia sus lugares designados.
Cada uno fue colocado cuidadosamente en las sillas equipadas con cascos, mientras los más pequeños eran llevados a dispositivos especiales adaptados para bebés.
Sí, bebés.
En el pasado, también habían experimentado con ellos.
Casos como Leila y Mark, quienes tenían apenas tres meses cuando fueron sometidos al experimento, demostraban hasta qué punto estaban dispuestos a llegar.
Al parecer, Laos hijo había realizado pruebas utilizando los restos del anterior activador vivo.
Estas pruebas dieron lugar a la creación de algunos Metalux, aunque otros sujetos resultaron ser “desechos”, incapaces de sobrevivir o de desarrollar habilidades útiles.
—Doctor, parece ser que los poderes de los chicos se activan cuando sienten ira, impotencia o miedo al no poder defenderse.
También ocurre cuando perciben que sus vidas están en peligro.
Eso fue lo que sucedió con una de las chicas: manifestó bolas de fuego por las manos —informó Swang con frialdad, su voz desprovista de emoción.
—Entiendo.
Lo pondré en mis anotaciones —respondió Laos sin darle demasiada importancia, su mente estaba ocupada en otros detalles técnicos.
—Siempre debe ser con ese muchacho de los portales, ¿verdad?
—preguntó Swang, refiriéndose a Aiden.
—Otra vez con esa pregunta, Brenda… Sí, ya te dije: siempre debe haber un activador.
Las últimas veces que lo intenté fue con los restos del último activador que quedó, pero no funcionó del todo bien.
Solo algunos sobrevivieron, otros ni siquiera lo lograron, tanto niños como animales.
Todo por culpa de esos agentes especiales que aparecieron de la nada.
Los aborrezco.
Ellos mataron a mi padre —respondió Laos con amargura.
Una pequeña imagen del pasado cruzó por la mente del doctor.
Recordó cómo varios sujetos vestidos de negro, con una insignia que llevaba un triángulo invertido y una “S” en su interior, irrumpieron en la base de su padre.
Liberaron a los niños, pero uno de ellos provocó que su padre explotara junto con la máquina, aunque logró llevarse al intruso consigo, según lo que Laos vio en uno de los videos recuperados.
Sacudió la cabeza para alejar esos recuerdos y miró hacia arriba, donde Zeus observaba desde una especie de oficina elevada, disfrutando del espectáculo.
—Bien, que la grandiosa obra comience… Tres, dos, uno —anunció Laos antes de activar la máquina.
Zeus sonrió con satisfacción mientras observaba las cámaras de vigilancia de la prisión.
Había visto cómo Elena utilizó sus poderes por primera vez, lanzando una bola de fuego contra la reja.
Estaba complacido.
Todo iba según lo planeado.
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