El sistema del perro agente - Capítulo 84
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84: Encuentros y Desencuentros 84: Encuentros y Desencuentros Adrián Walls escuchaba que una voz familiar decía.
“¿Cómo estás, viejo amigo?”, indicó Eduard con una sonrisa apenas perceptible.
Oh, eres tú… o medio tú, mejor dicho”, respondió Adrián al notar el brazo que faltaba a Eduard.
La frase fue pronunciada con un tono ligero, casi como si intentara quitarle peso a algo que ambos sabían era importante.
Frente a él estaba Adrián, un hombre de la misma edad que Eduard, aunque su apariencia lo diferenciaba completamente.
Vestido como todo un científico, llevaba una bata blanca impecable, guantes metálicos que cubrían sus manos y unos lentes gruesos que sugerían una visión reducida.
Su estatura era promedio, contrastando con la figura alta y delgada de Eduard.
“Esto es una herida de una batalla”, explicó Eduard, señalando el espacio vacío donde antes había estado su brazo.
“Ya veo”, dijo Adrián, ajustándose los lentes mientras observaba con curiosidad.
“Aunque tus brazos siempre me parecieron diferentes a la fisonomía humana debido a tu gen alienígena, pensé que eran poderosos e irrompibles.
Pero veo que no.” Eduard sonrió con cierta melancolía.
“Bueno, así como a ti se te otorgaron habilidades tecnológicas avanzadas, a mí se me brindó conocimiento sobre cosas fuera de este mundo, conocimiento que he compartido contigo.
A pesar de que mi cuerpo tiene diferencias notables, sigo siendo humano en esencia.” Adrián asintió lentamente, procesando las palabras.
Luego, con un tono práctico, preguntó: “Entonces, ¿quieres que te haga una prótesis para cubrir ese brazo?
Tengo muchos modelos aquí.” El líder de la unidad D hizo un gesto hacia una mesa cercana llena de herramientas y dispositivos complejos.
“No, no me gustaría tener implantes tecnológicos en mi cuerpo”, respondió Eduard con firmeza.
Hizo una pausa antes de continuar: “Pero recuerdas aquello que te pedí que intentaras fabricar, ¿verdad?” Adrián entrecerró los ojos tras sus gafas.
“¿Te refieres al regenerador de materia que me pasaste las referencias?
Gracias a tu intelecto alienígena, logré descifrarlo, aunque fue complicado.
No hay tecnología que no pueda descifrar cuando conecto mis pensamientos directamente con las máquinas.” “¿Lo tienes o no?” preguntó Eduard con impaciencia mal disimulada.
Adrián no respondió de inmediato.
En lugar de eso, caminó hacia un mueble cercano, abrió las puertas y extrajo un dispositivo rectangular del tamaño de una mano.
Lo colocó sobre la mesa de trabajo y presionó un botón en su superficie.
De inmediato, el artefacto comenzó a escanear el cuerpo de Eduard.
Un leve zumbido llenó el laboratorio mientras unas letras aparecían en la pantalla del dispositivo: Escaneo completo.
Creación de parte faltante en progreso.
Eduard cerró los ojos, esperanzado pero nervioso.
“Espero que funcione”, pensó para sí mismo.
Entonces, como si fuera magia, comenzó a brotar un nuevo brazo en el lugar donde antes había vacío.
Era como si un personaje verde de anime cobrara vida frente a ellos.
La máquina emitió un pitido suave y mostró el mensaje final: Proceso terminado.
Eduard miró su brazo nuevo con asombro.
Lo movió lentamente, flexionando los dedos y girando la muñeca.
Una oleada de emoción lo invadió.
Los dos científicos que lo acompañaban también observaron el suceso con sorpresa y admiración.
“Bien, si ya terminaste, tengo trabajo que hacer”, indicó Adrián, volviendo a su habitual frialdad.
“Siempre tan frío, amigo”, respondió Eduard con una risa suave.
“Pero gracias.
Pensé que esto no iba a funcionar, pero no debí dudar de ti.
Ahora, por favor, sal de mi laboratorio.
Tengo muchas cosas que hacer.” Antes de que Adrián pudiera responder, Eduard añadió: “Ah, espera.
Te traje a estos dos.
Son ex científicos de Radar.” Gin interrumpió rápidamente: “Ex científicos, sí.
Ya no pertenecemos a esa compañía.” Adrián se ajustó unos lentes especiales que tenía al costado, similares a los que usan los oftalmólogos, y procedió a escanear a los recién llegados.
Las gafas mostraron información en tiempo real: Personas interesantes.
Posible apoyo.
Coeficiente intelectual un poco por encima de lo normal.
El científico asintió levemente, guardando sus pensamientos para sí mismo.
“No me sorprenden mucho”, dijo Adrián tras analizar a los recién llegados con sus gafas especiales.
“Pero si tú los trajiste y quieres que se unan a la organización, tendrán que pasar algunas pruebas.
Tal vez haya vacantes en el Escuadrón O, donde están todos los científicos que nos apoyan y no tienen poderes.” Hizo una pausa antes de añadir: “Llamaré a alguien para que los lleve.” Adrián presionó un botón oculto debajo de la mesa desde donde había estado trabajando.
“Becky, ven aquí a mi oficina”, ordenó con su tono habitualmente directo.
Al instante, una voz femenina respondió al otro lado del intercomunicador.
Las puertas del laboratorio se abrieron automáticamente, y una joven entró apresuradamente.
Era Becky Wright, una chica de cabello corto azul, lentes redondos y una expresión algo despistada.
Llevaba el uniforme característico del equipo D: una bata blanca impecable que contrastaba con su torpeza evidente.
Entró balbuceando: “Becky Wright reportándose, señor.” Sin embargo, sus pasadores estaban desamarrados, lo que provocó que tropezara y cayera al suelo con un golpe sordo.
“¿Estás bien, señorita?”, preguntó Eduard con genuina preocupación al ver a la muchacha, que parecía tener apenas dieciocho años.
“Ay, Becky, siempre tan descuidada y torpe”, comentó Adrián mientras se llevaba una mano a la frente, como si ya estuviera acostumbrado a este tipo de escenas.
“¿Qué voy a hacer contigo?” “Lo siento, señor.
Mil disculpas”, respondió Becky rápidamente.
Se incorporó con torpeza, se ató los cordones y ajustó sus lentes, que habían caído durante el incidente.
A pesar de su nerviosismo, intentó mantener una postura profesional.
“Bien, Becky, puedes llevar a estos dos caballeros al área del Escuadrón O para que les hagan unas pruebas”, indicó Adrián, volviendo a centrarse en su trabajo.
“Sí, claro, señor”, respondió ella, acercándose a los tres hombres para presentarse formalmente.
Cuando llegó frente a Gin, este quedó completamente embobado.
La joven era bella, aunque su torpeza le daba un aire encantador.
Su cabello azul combinaba perfectamente con sus ojos claros, resaltados detrás de los cristales de sus lentes.
Para Gin, fue amor a primera vista.
“Es toda una diva”, murmuró Gin en voz baja, casi sin darse cuenta.
Mientras tanto, Becky extendió su mano hacia Dani y se presentó con amabilidad: “Yo soy Becky.
Aunque para la agencia soy conocida como la Agente D-Doce, supongo que no debería decir mi nombre real, pero al jefe se le olvida… Mucho gusto.” Dani, notando la distracción de su compañero, le dio un codazo.
“Tonto, pon atención”, le susurró.
“Lo siento, ¿qué me perdí?”, preguntó Gin, sacudiendo la cabeza para volver al presente.
“Hola, gran E”, saludó Becky a Eduard con una sonrisa tímida.
“Hola, muchachita.
Veo que has crecido”, respondió Eduard con calidez.
Becky se sonrojó levemente ante el comentario.
“Bueno, es hora de que los lleves”, interrumpió Adrián, impaciente.
“Necesito concentrarme en estas cosas que estoy haciendo.” “Qué patán”, pensó Dani para sí mismo mientras seguía a Becky hacia la salida.
“Síganme por aquí”, indicó la joven, guiando a los dos ex científicos fuera del laboratorio.
Una vez que se fueron, Eduard se despidió brevemente: “Bien, nos vemos.
Siempre es un gusto verte, viejo amigo, aunque no hables mucho.” Con eso, salió del lugar, sintiéndose completo ahora que tenía sus dos brazos nuevamente.
“Ahora que tengo mis dos brazos, iré a por los cultivos para preparar más brebajes.
Espero que los muchachos los hayan cuidado bien en mi ausencia.” Al ingresar a su unidad, Eduard encontró los cultivos en perfecto estado.
El clima estaba claramente controlado, creando un ambiente que parecía transportar a un mundo natural lejos del frío concreto que rodeaba el lugar.
Las plantas florecían con vitalidad, como si estuvieran en un bosque mágico en lugar de un laboratorio subterráneo.
“Qué bueno que estos chicos hayan cuidado de mis hermosas plantas”, murmuró Eduard con satisfacción mientras comenzaba a cosecharlas cuidadosamente.
Sin embargo, justo cuando estaba concentrado en su tarea, sintió algo frío presionando contra su espalda.
Una voz desconocida resonó detrás de él: “Quieto.
Aquí no te llevarás nuestros cultivos.” Eduard se levantó lentamente, ya que había estado arrodillado arrancando las plantas con cuidado.
Al voltear hacia su agresor, hizo una serie de caras graciosas involuntarias.
La persona que lo apuntaba no pudo contenerse y comenzó a reír a carcajadas.
“¡Vaya, vaya!
¡Eres tú, niño!”, exclamó Eduard al reconocer al pequeño intruso.
Era un chico de unos nueve o diez años, vestido con una camisa blanca impecable, un short verde y botas marrones desgastadas.
Su cabello era de un tono verde vibrante, y sus ojos, de un naranja intenso, brillaban con energía juvenil.
“¡Ven, dale un abrazo a tu jefe!”, dijo Eduard con una sonrisa cálida.
El niño dejó caer el objeto con el que lo había amenazado y se lanzó feliz hacia él.
“¡Es verdad!
¡Has vuelto, jefe!”, gritó el pequeño mientras rodeaba a Eduard con sus brazos.
Este le devolvió el abrazo con fuerza, sintiendo una mezcla de alivio y orgullo.
“Me contaron que no tenías brazo por la batalla, pero veo que es mentira”, comentó el niño, señalando el brazo recién regenerado de Eduard.
“Claro que no.
Le pedí ayuda a mi amigo Adrián, y como ves, ya lo recuperé”, respondió Eduard con una sonrisa confiada.
“¿Cómo has estado, pequeñín?”, preguntó el hombre mientras observaba al niño con afecto.
El nombre del pequeño era Floud Rest.
Aunque su apariencia inocente podía engañar, Floud era uno de los miembros más fuertes de su equipo y ocupaba el sexto lugar en la jerarquía del grupo.
“He estado bien.
Estuve cuidando los campos de cultivos esperando que mi líder volviera”, indicó Floud con orgullo, inflando el pecho.
“¿Y dónde están tus compañeros?”, preguntó Eduard, mirando a su alrededor.
“No lo sé.
Todos salieron y me dejaron a cargo de nuestro lugar”, respondió el niño encogiéndose de hombros.
Eduard frunció el ceño ligeramente.
“Otra vez lo dejaron solo… Pobre muchacho.
Tiene mucha fuerza, pero creo que debo entrenarlo mejor.
No debí haberme ido sin antes hacerlo.” “Oigan, Floud, ¿quieres ayudarme a preparar brebajes?”, le propuso Eduard con una sonrisa traviesa.
“¿Esa cosa amarga que haces con estas plantas?”, preguntó el niño, haciendo una mueca de disgusto.
“Aunque esa cosa, al prepararse, bota un olor horrendo, y nada se compara con su sabor.” “Pero si no estás haciendo nada, acompáñame, y te daré una misión”, sugirió Eduard con un brillo astuto en los ojos.
“¿Una misión?
Suena interesante.
¿Y qué me darás a cambio?”, preguntó Floud con curiosidad.
“Este chico no es tonto”, pensó Eduard para sí mismo.
En voz alta, respondió: “Bien, me ayudas y cumples la misión, y te ayudaré a controlar tus poderes.” “¿Entrenamiento?
¡Eso me gustaría!
Está bien, usted es el jefe”, aceptó Floud emocionado.
Ambos se pusieron manos a la obra.
Claro, Floud se colocó una máscara para evitar inhalar los vapores repugnantes que emanaban durante la preparación del brebaje.
Una vez que terminaron, Eduard le entregó varios frascos y le dio instrucciones precisas.
“Llévales estos brebajes al equipo C.
Es importante que lleguen intactos”, dijo Eduard con seriedad.
El joven salió corriendo tan rápido como sus piernas le permitieron.
Llegó a un pasadizo y encontró una puerta.
Tocó con decisión, y una voz femenina respondió desde el otro lado: “Soy la Agente C-Uno.
¿Qué desea?” La mujer miró por la mirilla, pero no vio a nadie.
Confundida, preguntó: “¿Dónde está?
No se oculte.” “Mire más abajo, agente.
Soy yo, E-Seis”, respondió Floud con una vocecita clara.
La mujer se quedó muda por un momento.
“Creo que no me van a abrir”, murmuró Floud para sí mismo cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe y lo jalaron hacia adentro.
“¡Pero qué cosita tan mona!”, exclamó la mujer mientras otras chicas del equipo también comenzaron a rodearlo, jalándolo de los cachetes con entusiasmo.
“¡Oigan!, ¡qué pasa!
¿Por qué me están jalando?”, protestó Floud, mareado y confundido.
“¿Qué pasa, chicas?
¿A qué se debe este alboroto?”, interrumpió Azulema, entrando en la sala.
Al ver al pequeño Floud, su rostro se iluminó de inmediato.
Lo sacó de las manos de las demás mujeres, dejando a Mark a un lado, y lo abrazó con fuerza.
“¡Pero qué niño tan bonito!
¿Y tus padres?”, preguntó Azulema mientras lo apretujaba contra su pecho.
Floud, sin poder respirar, intentaba moverse, pero ella lo apachurraba aún más.
Finalmente, Azulema lo soltó y se disculpó: “¡Ay, lo siento!
¿Cómo te llamas, pequeñín?” “¡Déjenlo!”, indicó Leila con firmeza mientras apartaba a las demás mujeres de Floud.
“¡Par de locas!
Dejen que respire.
El niño estaba morado por tanto jaloneo.” Una vez que Floud pudo recuperar el aliento y su alma pareció regresar a su cuerpo, se enderezó, tratando de recuperar algo de dignidad.
Con voz temblorosa pero decidida, dijo: “Soy Floud, del equipo E, y vengo a traerles estos brebajes para que se recuperen.” Luego, murmuró para sí mismo: “Pero de haber sabido que todas eran mujeres y estaban locas, mejor me quedaba.
Ya va a ver el jefe por no advertirme.” “Oh, así que eres un agente como yo”, comentó Leila, observando al niño con curiosidad.
“Veo que tú eres la cuerda en este circo”, respondió Floud, todavía despeinado y visiblemente incómodo.
“Eh, discúlpenlas”, intervino Mark, quien estaba agachando la cabeza cerca de una puerta, evitando involucrarse demasiado en el caos.
“Sí, hazle caso a él.
Esto le pasa todos los días”, añadió Leila con una sonrisa traviesa.
“Estas mujeres deberían conseguir marido si tanto quieren tener un hijo.” Floud soltó una risita nerviosa junto con ella, sintiéndose más relajado ahora que el ambiente se había calmado.
“Lo sentimos, estábamos apenadas”, dijeron las demás mujeres, avergonzadas por su comportamiento.
“Bueno, me voy”, anunció Floud, listo para escapar de allí lo antes posible.
Pero antes de irse, recordó algo importante.
“Ah, tome esto también, señorita Adía.
El jefe me pidió que se lo entregara.” Floud le tendió una botella a Adía, quien la aceptó con una pequeña sonrisa.
“Gracias”, dijo Adía con sinceridad.
Las demás también agradecieron al niño por su entrega.
“No quieres un postrecito”, ofreció Azulema, quien aún se sentía culpable por lo ocurrido y quería compensarlo de alguna manera.
En el fondo, casi todas las chicas del equipo C se emocionaban con los chicos jóvenes porque anhelaban tener un hijo del cual cuidar, pero debido a su oficio como agentes, habían decidido posponer o renunciar a formar familias.
Tal vez algún día… Cuando Floud levantó la mirada, vio un rico flan sobre la mesa.
Al muchacho le encantaba todo lo dulce.
“Está bien, pero me lo llevo para el camino”, respondió, agarrando el postre y saliendo corriendo del lugar tan rápido como sus piernas le permitieron.
“¡Qué simpático niño!”, comentaron todas mientras tomaban el brebaje que Floud les había entregado.
Sin embargo, cada una sintió una amargura intensa al tragar el líquido.
Una vez que todas se recuperaron del sabor desagradable, Mark interrumpió el momento.
“Bien, señorita Azulema, ya está todo lista.
Es por lo que venía, pero el alboroto causado por la llegada de Floud nos retrasó.” “¡Ay!
¡Este es mi Marky!”, exclamó Azulema, jalándole un cachete al muchacho con cariño.
“Bien, a lo que venimos”, indicó Adía con seriedad.
Era directa como siempre, tal como la líder del equipo C la conocía.
“Bien, Marky, puedes retirarte.
Tú, Margaret, y ustedes dos —debido a que Brea no está—, Martha y Sheila, síganme”, ordenó Azulema con autoridad.
La sala se cerró de golpe tras ellos, y Azulema indicó a Adía que se sentara en el suelo, adoptando la posición del loto.
“Siéntate aquí”, le dijo mientras señalaba el centro del círculo que formaban las mujeres.
Las demás hicieron lo mismo, rodeando a Adía.
Azulema se colocó frente a Adía, Margaret a su derecha, Martha a su izquierda y Sheila detrás de ella.
“Empecemos”, indicó Azulema a las tres mujeres que rodeaban a Adía.
Las tres se tomaron de las manos y comenzaron a levitar lentamente, llevando consigo a Adía, quien flotaba sin entender qué estaba ocurriendo.
“Pero ¿qué pasa?”, preguntó Adía, confundida y algo asustada.
“Concéntrate”, le indicó Azulema con calma.
“Cierra tus ojos y relájate.
Nosotras nos encargamos, pero vas a sentir un gran dolor al hurgar en tus memorias del pasado.
Espero que estés preparada, como la vez que me pediste que borrara tu pasado.” “Como ya te dije, lo aguantaré sin dudarlo.
Necesito traer a Aiden de regreso.
Me preocupa ese muchacho.
Tomaré el riesgo”, respondió Adía con determinación.
Sin más palabras, Azulema asintió.
“Bien, prosigamos.” Afuera del lugar, después de su inesperada aventura, Floud estaba sentado en un rincón comiendo su flan con tal intensidad que parecía estar desquitándose por el susto que había pasado.
“Jefe, ¿por qué me hizo eso?
Casi pude morir en ese sitio feo.
Ya va a ver”, murmuraba entre bocado y bocado con lagrimitas en los ojos, cada vez que una cucharada de flan dulce entraba en su boca.
A pesar de su enfado fingido, el postre lo calmaba poco a poco.
Mientras tanto, volvamos a la sala donde se encontraban las cinco mujeres.
Adía repetía en voz baja: “No pasa nada”, tratando de mantenerse serena mientras escuchaba a Azulema hablar.
La maga abrió los ojos por un momento y observó a las cuatro mujeres a su alrededor.
Sus miradas estaban iluminadas por destellos que parecían emanar desde el centro de sus cuerpos hasta sus ojos, como si fueran faros de energía pura.
“Cierra los ojos, Adía”, le ordenó Azulema con firmeza, pero calma.
“Este ritual psíquico es muy demandante y fuerte.
Necesitamos concentrarnos al máximo.” Adía obedeció sin dudarlo, cerrando los ojos nuevamente y dejándose llevar por las instrucciones de la maga.
Su respiración comenzó a acompasarse, y su cuerpo se relajó mientras las energías de las cuatro mujeres empezaban a fluir en perfecta sincronía.
Pasaron unos minutos en los que el silencio llenó la habitación, solo interrumpido por el leve murmullo de las energías mágicas que chispeaban en el aire.
Luego, las energías de las cuatro mujeres se elevaron hacia el techo, formando una especie de nube brillante que flotaba sobre Adía.
De repente, esa nube descendió rápidamente hacia ella, introduciéndose en su cuerpo con una fuerza sorprendente.
Los ojos de Adía se abrieron de golpe, revelando un brillo intenso que parecía provenir de otro mundo.
Sin embargo, no eran sus propios ojos los que controlaban su mirada.
Había entrado en un trance profundo, como si su alma hubiera sido arrancada de su cuerpo físico y transportada a otro plano.
“¿Dónde estoy?”, murmuró Adía con voz distante, mirando hacia un horizonte desconocido.
Una luz cálida y envolvente la atrajo como un remolino, rodeándola por completo.
Antes de que pudiera reaccionar, fue absorbida por esa luz y desapareció dentro de ella, dejando atrás su cuerpo físico en la sala.
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