Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El sistema del perro agente - Capítulo 85

  1. Inicio
  2. El sistema del perro agente
  3. Capítulo 85 - 85 Nivel Diez 1
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

85: Nivel Diez (1) 85: Nivel Diez (1) Podbe estaba junto a Lidia y Rino cuando, de pronto, el líder de los cadetes hizo su aparición.

Era un hombre alto, musculoso, con una mirada que imponía temor.

Los detuvo y les preguntó, con tono severo, qué hacían con ese animal.

Rino, tembloroso, respondió que el jefe los había puesto a cargo del can.

“Tonterías, no me mienta, recluta”, espetó el hombre.

“El jefe no parece ser el tipo de persona al que le gusten los animales.

Además, deberían haber empezado su entrenamiento esta tarde en clase”.

“Pero señor, es verdad”, intervino Lidia, intentando defenderse.

El hombre se colocó detrás de ambos y, sin más palabras, los llevó diciendo: “Ya lo veremos”.

Al llegar, entraron en un lugar que parecía un gimnasio, pero era mucho más espacioso.

Contaba con camerinos, máquinas de ejercicio, una piscina, una zona de lucha y cuatro carriles que rodeaban todo el recinto, donde los cadetes corrían con determinación.

“Vayan a cambiarse, pónganse el equipo de gimnasia.

Es una orden.

El perro se queda aquí”, ordenó el entrenador con voz firme.

Los dos jóvenes no tuvieron nada que objetar y se dirigieron cada uno a los vestidores.

Al salir, ambos llevaban un polo blanco, un short azul y unos tenis negros.

“Bien, vayan a correr”, les dijo el entrenador mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

“¿Pero, señor?”, protestaron ambos chicos casi al unísono.

“¡Ah, no!

Van a hacerlo.

Correrán hasta que la suela de sus zapatos esté lisa.

¡Es una orden, cadetes!”, exclamó Sanders, tocando un silbato con fuerza.

Rápidamente, Lidia y Rino comenzaron a correr, y Podbe, fiel a su naturaleza leal, se unió al ejercicio.

Aunque el pobre animal tenía un poco de hambre, su energía no decayó.

“Oigan, pequeño, no tienes que estar aquí con nosotros.

Puedes ir allá; hay comida”, dijo Lidia al escuchar el rugido de la panza del animal.

“No le digas eso.

Si el entrenador Sanders se entera, se molestará”, indicó Rino mientras mantenía el ritmo de su carrera.

“¿Qué hace ese animal en el campo?”, exclamó Sanders, frunciendo el ceño.

Luego señaló a algunos reclutas y les ordenó: “Sáquenlo de ahí”.

Pero el perro, ágil como siempre, sorteó a los cadetes que intentaban atraparlo, evadiéndolos sin esfuerzo.

“¡Ya sé!”, dijo Sanders con una sonrisa astuta.

“¡El que atrape a ese perro y lo traiga ante mí ganará doble ración de comida!” Los presentes escucharon la propuesta y, motivados por el incentivo, se lanzaron tras Podbe.

“¡Corre, pequeño!”, gritó Lidia mientras observaba cómo el can, aún con hambre, demostraba ser más rápido que todos ellos.

“¡Oigan, ustedes dos!

¿Por qué trajeron un perro al campo?

Pero si lo atrapo, hoy comeré doble y además demostraré que soy el más rápido”, declaró un cadete con arrogancia.

El chico persiguió al perro con determinación, pero no pudo alcanzarlo.

Podbe, juguetón, le hizo fintas y, cuando el muchacho cayó al suelo, le lamió la cara con inocencia.

“Suerte para la próxima, super atleta”, bromeó Rino entre risas.

El chico, molesto porque todos se burlaban de él por creerse superior y no poder atrapar a un simple perro, llamó a dos de sus amigos para intentar rodear al can.

Los tres pensaron que finalmente lo tendrían, pero Podbe utilizó su habilidad de “dureza” para protegerse.

Cuando los tres se abalanzaron sobre él, sintieron un dolor inmenso, como si hubieran chocado contra una placa de metal.

Los demás cadetes estallaron en carcajadas aún más fuertes.

“Tontos muchachos, ni siquiera pueden con un perro, y así quieren ser reclutados en alguna de las unidades”, comentó el entrenador Sanders con desdén.

“Ah, ¿sí?

¿Por qué no lo atrapa usted?”, replicó el chico arrogante, cruzándose de brazos.

“¡Sí, es verdad!”, comenzaron a corear todos los demás reclutas, uniéndose a la provocación.

“Bien, lo haré”, dijo el entrenador Sanders con determinación mientras comenzaba a perseguir al can.

“Uy, no creo que pueda.

Pero va a quedar en ridículo”, le comentó Rino a Lidia con una sonrisa burlona.

“Bueno, él se lo buscó”, respondió ella encogiéndose de hombros.

El entrenador ya estaba a punto de atrapar al perro, pero Podbe, con su astucia característica, se las ingeniaba para escapar.

Finalmente, llegaron a la piscina, donde Sanders resbaló y cayó al agua.

Los demás cadetes estallaron en carcajadas.

“¿No que no, entrenador?”, dijeron los tres chicos que habían intentado atrapar al can, mientras los otros solo reían sin parar.

“Ese perro es rápido, pero algo lo protege.

Debe ser un perro con poderes.

Quizá tenga algo que ver esa media luna invertida en su frente”, se decía a sí mismo Sanders mientras salía empapado de la piscina.

Luego, mirando directamente a Lidia y Rino, añadió: “Oigan, ustedes dos.

Ya veo por qué el jefe los mandó aquí.

Aún no les creo que haya sido él, pero creo entender por qué ese animal tiene poderes”.

“Puede ser”, indicó Lidia, tratando de mantener la calma bajo la intensa mirada del entrenador.

“Señor, fue vencido por un perro.

Ya déjelo ir”, sugirió Rino con cautela.

Sin embargo, Sanders, molesto por el desafío implícito, sacó un control remoto y presionó un botón.

Una puerta metálica se abrió de golpe, y de ella emergieron varios robots de entrenamiento.

“Voy a poner a prueba a ese perro.

Si se muere, bueno, fue mi culpa y solo es un perro normal.

Pero si no…”, dejó la frase en el aire, mirando fijamente a los jóvenes.

“¿Pero si no…?”, preguntó Rino, intrigado.

“Lo dejará quedarse aquí, y no tendremos que seguir corriendo.

Además, lo alimentará con lo que el perro pida”, completó Lidia, cruzándose de brazos con decisión.

Rino le hacía señas frenéticas para que se callara, pero estaba demasiado cansado de dar tantas vueltas; simplemente no estaba hecho para correr largas distancias.

“Bien, es un trato”, declaró Sanders, extendiendo su mano hacia Lidia para sellar el acuerdo.

De pronto, salieron unos veinte robots de combate listos para enfrentarse al can.

“Vaya, sí que hiciste enojar a ese sujeto”, comentó Reia, apareciendo de repente.

“¿Reia?

¿Qué haces aquí?”, preguntó Podbe sorprendido.

“¿No estabas revisando cosas del sistema?”, continuó el perro a través de su enlace mental.

“Sí, pero ya terminé.

Luego te explico.

Me dio curiosidad ver esto.

Quizá pueda ayudarte a subir algunos niveles como parte de tu entrenamiento”, le respondió ella con una sonrisa traviesa.

En ese momento, una notificación apareció en el sistema.

Reia la leyó en voz alta para Podbe: “Se te presenta un reto no muy común como este.

Vence a toda la flota de robots y podrás subir de nivel, además de ganar algún premio extra”.

“Vaya, cuando quiere, este sistema es de ayuda”, comentó el can con ironía.

“Pero eso quiere decir que serán oponentes difíciles”, añadió Reia, observando atentamente a los robots.

Los robots, diseñados como esferas con extremidades largas y una esfera roja en el centro que parecía ser su ojo, comenzaron a acercarse al can, lanzando pequeños rayos desde sus manos mecánicas.

Rápidamente, el perro esquivó todos los ataques y saltó sobre los robots, golpeando uno a uno la bola roja, que Reia había identificado como su punto débil.

Con cada impacto preciso, los robots caían derrotados gracias a las indicaciones precisas de Reia.

“Bien, ya acabé con los veinte, y solo usé mi fuerza y agilidad”, declaró el perro, algo decepcionado por la facilidad con la que había derrotado a los robots.

“Y bueno, la barra de experiencia casi subió a la mitad”, le informó Reia con una sonrisa satisfecha.

Bien, en ese caso deberé usar “Mordedura de Acero “, anunció el can con decisión.

Acto seguido, activó su habilidad especial, sujetándose de los brazos mecánicos de los robots para columpiarse sobre ellos, provocando que los propios robots se golpearan entre sí.

Uno tras otro, los robots caían derrotados hasta que solo quedó uno, al cual Podbe neutralizó sin dificultad.

“Vaya, has subido de nivel.

¡Ahora estás en el nivel ocho!”, exclamó Reia con entusiasmo.

“Pero veo que la misión aún no termina”.

Todos los cadetes dejaron de realizar sus actividades para aplaudir y animar a Podbe, quien se había convertido en el centro de atención.

Sin embargo, el entrenador Sanders estaba furioso.

No podía permitirse perder ni ser humillado ante sus alumnos por un simple perro.

Con una mirada cargada de determinación, ajustó la perilla del control remoto, saltando directamente del nivel avanzado al experto.

Una advertencia apareció en el sistema: “A la ya mencionada misión se le ha agregado un mensaje: debes tener cuidado o puedes sucumbir a la ira de los robots.

Trata de sobrevivir al menos un minuto, que es lo que duran en ese estado”.

“Sigue sorprendiéndome este sistema”, comentó Reia mientras leía el mensaje en voz alta.

“No creo que sean tan fuertes”, declaró Podbe con confianza.

“No seas engreído, Podbe”, le advirtió Reia con seriedad.

De pronto, los robots comenzaron a transformarse, combinándose entre sí para formar cuatro oponentes humanoides.

Cada uno portaba un arma diferente: dos llevaban dobles espadas afiladas, y los otros dos empuñaban bastones eléctricos coronados por esferas brillantes que chisporroteaban con energía.

Los cuatro robots rodearon al can, preparándose para atacar.

“Creo que esto se va a poner feo”, murmuró Reia con preocupación.

“Bueno, trataré de esquivarlo todo”, respondió el can mientras las primeras espadas pasaban rozándolo peligrosamente.

“¡Oigan!

¡Más despacio!

¡Esas cosas están filudas!”, exclamó el perro en su mente mientras intentaba evitar los ataques.

Uno de los robots blandió su bastón eléctrico y electrocutó a Podbe, lanzándolo hacia una colchoneta cercana donde cayó con un golpe sordo.

Una pila de pelotas de pilates rodó sobre él, amortiguando su impacto.

“¡Huy!, ¡qué bueno que amortiguaron mi caída!”, dijo Podbe con ironía mientras sacudía su cuerpo.

“Profesor, eso no puede seguir así.

¡Esos robots son peligrosos!

¡Podrían matar al perro!”, gritó Lidia, alarmada.

El profesor Sanders, sin embargo, restó importancia al asunto.

“Tonterías, mírenlo.

Ese perro los está esquivando como si nada”.

“Prestarme ese control”, exigió Rino, acercándose al instructor con determinación.

“¿Qué?

¿Estás tratando de golpear a un instructor?

Serás expulsado”, amenazó Sanders, fulminando al joven con la mirada.

“Por favor, instructor, apáguelo.

Ya ganó usted”, suplicó Lidia desesperada.

El profesor iba a acceder cuando, de repente, palideció.

“¡Oh, no!”.

“¿Qué quiso decir con ‘oh, no’, señor?”, preguntó Rino, frunciendo el ceño.

“El control se bloqueó.

No puedo apagarlo ni bajar la intensidad”, admitió Sanders, tratando de ocultar su nerviosismo con sarcasmo.

“Es mi culpa.

El pobre animal está perdido”.

“No solo él”, intervino Lidia al ver cómo uno de los robots atacaba a los estudiantes y otro se dirigía hacia ellos.

“¡Están fuera de control!”, exclamó el instructor, arrepintiéndose de inmediato de haber tomado tal decisión.

“¡Pronto, todos salgan del campus deportivo!”.

Pero ya era demasiado tarde.

Uno de los robots con espadas bloqueó la salida principal, mientras los otros tres arrinconaron a los estudiantes, acorralándolos cerca de la piscina.

La tensión en el aire era palpable, y el miedo comenzaba a apoderarse de todos.

“¿Qué piensan hacer?”, preguntó Rino con urgencia mientras observaba cómo los robots avanzaban hacia ellos.

“¿Qué no es obvio?

Quieren tirarnos a la piscina y electrocutarnos con esos bastones”, respondió Lidia, señalando las armas chisporroteantes de los robots.

“Vamos, Podbe.

¡Tienes que levantarte!

Los chicos están en problemas”, le urgió Reia al perro, quien aún estaba recuperándose del impacto anterior.

“Bien, no queda de otra.

Usaré mi Cabezazo de Fuego contra ellos”, anunció el can con determinación.

Se puso de pie de un salto y corrió hacia uno de los robots, embistiendo con toda su fuerza.

Sin embargo, el ataque no surtió efecto.

El robot giró rápidamente y, con su bastón eléctrico, lanzó una descarga que volvió a derribar a Podbe.

“¡Ay, Reia!

No sé qué puedo hacer.

Mi mejor ataque no sirvió”, se lamentó el perro mientras sacudía su cuerpo para recuperarse.

“Quizá necesitas más potencia.

¿Por qué no usas el Corte de Garra Dorada?”, sugirió Reia con rapidez, tratando de ofrecer una solución.

“Bien”, aceptó Podbe.

Esquivó hábilmente el siguiente ataque del robot y lanzó su garra dorada, pero solo logró hacer un pequeño rasguño en el pecho del oponente.

“No sirvió de nada”, murmuró el perro, frustrado.

“Podbe, ya pasó el minuto.

El sistema me acaba de enviar una notificación”, informó Reia mientras revisaba el mensaje.

“Dice: ‘Has sobrevivido un minuto.

Como agradecimiento, recibe una mejora de habilidad'”.

“¿Qué tal si mejoramos la habilidad de Cabezazo de Fuego?”, propuso el can mientras esquivaba otro ataque del robot.

“Bien, ahí vamos.

Actualizando habilidad”, anunció Reia con entusiasmo.

“Cabezazo de Fuego ahora es nivel dos.

Al actualizar el nivel, puede incendiar lo que esté enfrente con una abrasadora llamarada de fuego azul.

Disminuye la mana a cuarenta en cada uso”.

“Bien, tratemos de nuevo”, dijo Podbe con renovada confianza.

“Bien, robot, este es el round dos”, declaró el can mientras se preparaba para atacar.

“Bueno, Podbe, sería el tres”, lo corrigió Reia con una sonrisa.

“El que sea”, respondió él, concentrándose en su objetivo.

“Cabezazo de Fuego “, gritó mientras embestía al robot.

Una llamarada azul envolvió al oponente, quemando sus circuitos internos hasta desactivarlo por completo.

“¡Excelente, Podbe!”, exclamó Reia con alegría.

“Tu barra de experiencia subió a la mitad”.

“Eso quiere decir que, si destruimos a los tres restantes, subiré al nivel diez”, dijo el perro emocionado, moviendo la cola con energía.

“Posiblemente”, confirmó Reia.

“Bien, hagámoslo”, declaró el can con decisión, listo para enfrentar a los siguientes enemigos.

Pero antes de continuar, el sistema volvió a enviar otra notificación.

“Espera, otra más”, indicó Reia mientras leía rápidamente el mensaje.

“Dice que debemos proteger a los estudiantes y acabar con estos robots”.

“Esas misiones sí me gustan”, comentó el can con una sonrisa traviesa.

“Ahora serán tres bonificaciones”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo