El sistema del perro agente - Capítulo 86
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86: Nivel Diez (2) 86: Nivel Diez (2) El can se abalanzó sobre otro de los robots, que estaba a punto de electrocutar el agua de la piscina donde todos los reclutas estaban refugiados.
Con un rápido movimiento, golpeó al robot con su ataque de garra, lo que provocó que este se defendiera.
Sin perder tiempo, Podbe volvió a utilizar su Cabezazo de Fuego, lanzando una llamarada azul que envolvió al robot y quemó sus circuitos internos hasta desactivarlo por completo.
Los chicos en el agua suspiraron aliviados, felices de no haber sido electrocutados.
“Lo bueno de ese ataque es que es efectivo.
Lo malo es que no puedo usarlo seguido; ya me gastó ochenta de mana”, indicó el can mientras recuperaba el aliento.
“Sí, eso es lo malo.
Pero como subiste al nivel nueve, tus valores se restauraron”, explicó Reia con calma.
“Eso es genial.
Entonces voy por esos dos”.
“No comas ansias, pequeño can.
Ya vienen ambos hacia ti”, advirtió la IA con tono serio.
“Bien, acabaré con los dos de una vez”, declaró el perro, preparándose para lanzar su ataque recién mejorado.
Ambos robots sacaron sus espadas, listos para atacar al valiente animal.
“Decidí usar mi habilidad de Dureza.
Eso nos ayudará un poco para que no me corten”, pensó el perro en voz alta.
“Quizá ese sea el siguiente en subir de nivel”, reflexionó mientras evaluaba la situación.
“Bien, lanzaré un ataque de Cabezazo de Fuego directo”.
Sin más preámbulos, el can se lanzó sobre los robots con determinación.
“¡Espera!”, gritó Reia, pero ya era tarde.
El perro se había lanzado hacia los robots, pero solo logró impactar a uno.
El otro, más inteligente, utilizó al robot desactivado como escudo para bloquear el ataque.
“Parece ser que ese es más inteligente”, comentó Reia con preocupación.
“Maldición, ahora tendré que esperar a que mi mana cargue hasta llegar a cuarenta.
Eso puede tardar un par de minutos”, murmuró el can, frustrado.
Mientras tanto, Lidia y Rino comenzaron a evacuar a todos del lugar, ayudando a los reclutas a salir de la piscina.
“Lo sabía.
Ese animal tiene poderes.
Ahora sí creo que el jefe lo mandó”, dijo Sanders, saliendo empapado y ajustándose el buzo deportivo.
“Sí, señor, tiene poderes.
Pero lo que importa ahora es salvaguardar a los demás”, respondió Lidia con firmeza.
“Tienes razón.
A ver, chicos, vamos ordenados hacia la puerta mientras el animal se encarga de acabar con el último robot”.
“Sí, su nombre es Podbe”, aclaró Rino en voz alta y clara.
“Bien, vámonos.
Démosle espacio a Podbe.
Aunque el sitio es amplio, no queremos ser un problema para él”, añadió Lidia.
Todos asintieron y comenzaron a salir despacio del lugar, animando al perro mientras se retiraban.
El robot intentó seguir a los estudiantes, pero el perro se interpuso rápidamente para cubrirlos.
“¿Por qué el perro no ataca?
Con eso acabó a los otros tres”, preguntó uno de los reclutas mientras observaba la escena.
“Sí, es cierto”, dijo Rino pensativo.
“Me imagino que debe esperar a que su mana vuelva.
Al parecer, ese ataque gasta mucha mana y necesita recargar.
Quizá lo podamos ayudar”, reflexionó Lidia en voz baja.
Los chicos corrieron hacia sus casilleros, sacaron sus armas y comenzaron a disparar al robot, quien los miró con su esfera central cada vez más roja, como si estuviera entrando en un estado de furia.
“Gracias”, pensó Podbe dentro de sí.
“Bien dicho, pero necesitaremos más tiempo para cargar”, le respondió Reia desde su conexión mental.
“¿Cuánto más, Reia?”, preguntó el can con urgencia.
“Un poco más”, respondió ella con calma.
Los otros cadetes, al ver lo que hacían Rino y Lidia, decidieron sacar sus armas y unirse al ataque contra el robot.
Este, con una precisión casi sobrenatural, bloqueaba todos los disparos, cortándolos con sus afiladas espadas como si fueran mantequilla.
“¡Sigan, chicos!”, gritó Lidia mientras observaba a Podbe permanecer inmóvil en su lugar, como si estuviera esperando el momento perfecto para actuar.
“Ya, Reia, ¡un poquito más!”, exclamó el can con urgencia.
“¡Se acaban las balas, maldición!”, murmuró Rino, compartiendo la frustración de los demás al ver cómo sus municiones se agotaban rápidamente.
Finalmente, todos los cadetes se quedaron sin balas.
El robot aprovechó ese momento de vulnerabilidad y comenzó a correr hacia ellos con velocidad letal.
“¡Reia, es ahora o nunca!”, indicó el perro, quien, sin dudarlo, corrió con todas sus fuerzas hacia el robot, aprovechando su descuido para lanzarle su ataque especial.
El robot estuvo a punto de alcanzar a los cadetes, pero justo antes de que pudiera asestar un golpe mortal a Rino, comenzó a desplomarse, víctima del devastador impacto del Cabezazo de Fuego.
Todos los presentes estallaron en vítores y aplausos, emocionados por la victoria.
Sin embargo, Podbe, exhausto por el combate y hambriento tras tanto esfuerzo, se echó al suelo, jadeando.
“Felicidades, ahora eres nivel diez”, anunció Reia con entusiasmo.
“Tienes tres puntos de experiencia en forma de pata de perro.
Han aparecido en la pantalla”.
“Y otra vez te lo digo: cumpliste con las misiones.
Has ganado doscientos puntos de experiencia por destruir a los robots, llevando tu total a doscientos de quinientos puntos.
Felicidades, has ganado una actualización de habilidad”.
“Qué bueno.
Después lo vemos, Reia.
Ahora quiero comer”, dijo el can con determinación, levantándose de un salto y corriendo hacia donde Lidia y Rino le habían indicado previamente.
“¡Oh, no!
¡La cocina!”, exclamó Sanders, horrorizado al imaginar lo que podría suceder.
“Bien, déjelo”, dijeron todos los cadetes al unísono, agradecidos por haber sido salvados por ese valiente animal.
El perro, dominado por el hambre, irrumpió en la cocina pasando por el comedor, directo hacia una olla gigantesca llena de salsa de tomate y carne molida.
Con voracidad insaciable, devoró todo el contenido hasta saciarse por completo.
Luego, satisfecho, salió de la olla, eructó sonoramente y se echó al suelo, patas para arriba, completamente relajado.
“¡Pero qué animal tan poderoso!
Y además glotón”, comentó Sanders, incrédulo.
“Será mejor no hacerlo enojar.
Me pregunto adónde fue a parar toda esa comida”.
Sanders, sintiéndose culpable por su comportamiento anterior, se acercó al perro y le pidió disculpas.
Podbe, siempre amigable, respondió con un lengüetazo en la mejilla del instructor.
Sanders se limpió la cara, un poco incómodo, pero no molesto.
“Está bien, está bien”, murmuró el entrenador.
“Puedes estar aquí todo el tiempo que quieras.
Y ustedes dos lo supervisarán”, les dijo a Lidia y Rino, quienes sin chistar aceptaron la responsabilidad.
El instructor no era malo; simplemente, la vergüenza que le había hecho pasar el can lo había llevado a actuar de manera estricta.
En el fondo, sabía que debía reconocer el valor del animal.
“Debo reportar el mal funcionamiento de estos robots al equipo D”, indicó Sanders mientras salía del comedor, dejando atrás una atmósfera de alivio y camaradería.
Una vez que todo volvió a la calma, Podbe se conectó internamente, contactándose con Reia en sus formas humanas.
“Bien, Reia, ¿qué tienes que decirme?”, preguntó el perro con curiosidad.
“Bien, muchacho, el sistema se ha actualizado.
Aún no descifro la marca de media luna que tienes en la frente, pero tu cuadro de estadísticas se ha renovado.
Mira”, dijo Reia mientras proyectaba una pantalla holográfica frente a Podbe.
En la pantalla apareció una especie de pata de perro dividida en cinco almohadillas.
En cada una de ellas se mostraban las siguientes categorías: Fuerza, Vitalidad, Intelecto, Percepción y, en la almohadilla central, un espacio dedicado a sus habilidades especiales.
Al pasar el cursor sobre cada categoría, un recuadro emergente indicaba la cantidad de puntos asignados.
“La almohadilla del centro muestra tus habilidades especiales, junto con una descripción detallada de cada una y los puntos necesarios para actualizarlas.
Además, hay un árbol de habilidades que te permite desbloquear nuevas capacidades según los puntos de habilidad que acumules.
Por ejemplo, aquí está Rayo, un poder que lanza un rayo láser desde tu hocico”, explicó Reia con entusiasmo.
“Interesante.
Lo llamaré Aliento de Rayo “, bromeó el can, soltando una risita traviesa.
“Pero es casi igual a como estaba antes”, añadió con tono pensativo.
“Sí, pero ahora tu vida y mana han aumentado.
Ambas barras están en doscientos por haber subido al nivel diez”, señaló Reia.
“Ajá, pero es lo mismo”, volvió a decir Podbe, encogiéndose de hombros.
“Espera, aún hay más.
Pero lo único nuevo es esta media luna que aparece en otro recuadro.
Mira el recuadro de la derecha”.
Podbe observó el recuadro mencionado, pero todo estaba bloqueado.
“No sé cómo activarlo”, admitió la IA con curiosidad.
“Tendremos que averiguarlo en el camino.
Por ahora, hagámonos más fuertes”, declaró el can con determinación.
“Está bien.
Ganemos más batallas para conseguir más puntos”, respondió Reia con una sonrisa.
“Por ahora, subamos los puntos que tengo disponibles”, sugirió Podbe.
“Subamos de nivel la Dureza “, propuso el can.
“Bien, subiendo la Dureza …”, anunció Reia mientras ajustaba los valores en el sistema.
“Dureza de nivel dos: antes duraba quince minutos, ahora pasa a una hora.
Al usarla, puedes formar una especie de armadura invisible que cubre el cuerpo del que la invoca o dársela a un compañero, aunque en ese caso dura la mitad del tiempo.
Consume cincuenta de mana”.
“Eso sí es interesante.
Ahora vamos con las habilidades”, dijo Podbe, emocionado por las nuevas posibilidades.
“Tenemos tres puntos disponibles.
Necesitaré más fuerza.
Enfrentarme a Sir Larot no fue fácil con mi forma actual”, reflexionó el can.
“Tienes razón.
Subamos un punto en Fuerza, uno en Vitalidad, lo que nos dará más agilidad y resistencia.
Y el último…
¿qué tal entre Intelecto y Percepción?”, preguntó Reia.
“Quizá ser más inteligente me ayude esta vez.
Luego, luego puedo subir Percepción en el siguiente nivel o en alguna misión que surja”, pensó el perro en voz alta.
“A Intelecto será”, concluyó Reia.
“Nuevas técnicas adquiridas”, anunció Reia mientras mostraba a Podbe dos habilidades recién desbloqueadas en su interfaz.
“Intelecto de tres puntos más cinco de fuerza generó la técnica de aumento de rango de alcance del enlace a doscientos metros”.
“Eso casi no es una habilidad.
Es solo el enlace con Aiden”, comentó el can con un tono algo ofuscado, como si esperara algo más impresionante.
“Y la otra técnica: Recuperación nivel uno.
Puedes curar heridas una vez al día gracias a subir la vitalidad a cuatro”, añadió Reia con entusiasmo.
“Bien, eso mejora las cosas.
Al menos no tendré que tomar una bebida amarga como la que hace Eduard”, bromeó Podbe, recordando alguna experiencia desagradable.
“Me pregunto dónde estarán los otros.
Debemos apurarnos en encontrar a Podbe”, le indicó el can a Reia.
“Trabajo en eso, pero no puedo.
No tengo esa amplitud de onda para saber dónde está”, admitió Reia con frustración.
“Espero que Adía lo haga.
Dijo que iba a recuperar sus memorias o algo así”, reflexionó Podbe en voz alta mientras se preparaba para retirarse.
“Bien, vámonos, muchacho”, dijo Lidia mientras Rino asentía.
El entrenamiento había terminado de forma inusual, pero finalmente había concluido.
Estaban cansados y regresaron a sus habitaciones, donde Lidia sugirió: “Quizá esta noche lo llevas contigo, Rino”.
“¿Qué?
¿Pero por qué yo?
¡Tú no lo vas a llevar!”, protestó Rino antes de que Lidia lo interrumpiera con un beso rápido en la mejilla y se marchara.
El muchacho quedó mudo, paralizado por el gesto inesperado, hasta que Podbe ladró y le jaló la camisa para sacarlo de su estupor.
“Bien, muchacho, ni modo.
Se salió con la suya ella.
Dormirás conmigo y mis compañeros por hoy”, dijo el perro con tono travieso mientras ambos se dirigían a los dormitorios de los varones.
Al llegar, Rino abrió la puerta.
La habitación era sencilla: tres camas alineadas, un escritorio compartido y un baño básico.
“Bien, Podbe, tú dormirás en el suelo”, ordenó Rino con firmeza.
Sin embargo, el perro ignoró por completo la instrucción y se subió a la cama sin vacilar.
“¡No, Podbe, al suelo!”, insistió Rino, exasperado.
Pero sus mandatos solo lograron despertar la atención de sus dos compañeros de cuarto, quienes ya estaban acostados en sus respectivas camas.
“¡Cállate, Walters!”, le dijeron al unísono, claramente molestos por el ruido.
“Sí, cállate”, añadieron con desdén, sin tener idea de las hazañas recientes de Podbe, ya que habían estado en otra clase durante el incidente.
“Perdón, ya me callo”, murmuró Rino, resignado.
Dejó que el perro se durmiera cómodamente a sus pies y apagó la luz.
Por su parte, Lidia estaba colocándose el pijama cuando sus amigas, que habían estado en la misma clase que ella, comenzaron a hacerle preguntas sobre su misión de campo.
“¿Aparte de estar con ese gran perro?
¿Por qué no lo trajiste?”, preguntó una de ellas con curiosidad.
“Bueno, se lo dejé con Rino”, respondió Lidia con naturalidad.
“Nos comentaste que fue muy bien, pero algo arriesgada.
Espero que no tengas que salir mucho, aunque sí volverías a ese pueblo por…”, continuó la chica, dejando la frase en el aire.
“¡Ah!
¿Tienes un enamorado, señorita Cooper?
¡Cuenta los detalles!”, exclamó una de las chicas con picardía.
“¿Qué?
¡No!
Eso no pasaría jamás.
Rino es como un hermano, un amigo para mí”, aclaró Lidia rápidamente, sonrojándose un poco.
“Si no ves lo que dice, tontita.
Hablamos de un extranjero”, intervino otra amiga con una sonrisa traviesa.
“Bien, su nombre es Tecro, y nos hemos estado chateando desde que lo vi”, admitió Lidia, bajando la mirada con timidez.
“¿Es verdad?
¿No te has contactado con él?”, preguntó una de las chicas sorprendida.
Lidia tomó su teléfono y revisó los mensajes.
Su expresión cambió drásticamente al leer el último mensaje de Tecro.
“¡Oh, no!
¡Eso no puede ser cierto!”, exclamó, alarmada.
“¡Llamaré a Marie un momento, chicas!”.
Marie estaba conversando con su jefe sobre los pormenores de cómo podría despertar a Nick.
La situación la tenía inquieta; no le gustaba engañar a la gente ni plantar información falsa en sus mentes.
Era algo que iba en contra de sus principios, pero sabía que formaba parte de su trabajo.
“Lo sé”, le decía el jefe con calma, aunque su tono era firme.
“Pero así es nuestro trabajo, y tú lo sabes”.
En ese momento, Marie recibió una llamada de Lidia.
Después de escuchar atentamente, respondió: “Mire, señor, lo que pasó en el lugar del niño Aiden, aparte de lo de los orfanatos que desaparecen niños, fue un atentado.
Pero hay algo más: la imagen que tenemos fue alterada, según lo que le comentó un elemento policial a Lidia, la cadete”.
“¿Podrán arreglar esa foto?
Quizá pueda ser una pista para saber dónde empezar a buscar”, sugirió Marie con urgencia.
“Bien, Marie, mándala a Adrián.
Él quizá pueda mostrarnos la versión original”, ordenó el jefe sin dudarlo.
El líder del equipo D recibió la imagen y comenzó a trabajar en ella de inmediato.
Con habilidad y precisión, reconfiguró la fotografía hasta devolverla a su estado original.
Una vez terminada, se la envió de inmediato a Marie.
Al ver la imagen restaurada, el jefe frunció el ceño.
“Esos dos me resultan conocidos”, murmuró pensativo, señalando a dos figuras que aparecían en la fotografía.
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