El sistema del perro agente - Capítulo 87
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87: El pasado de Adía (1) 87: El pasado de Adía (1) Nos encontrábamos en un lugar árido, como un desierto infinito donde el viento arrastraba granos de arena dorada bajo un cielo despejado.
Frente a nosotros, dos facciones se preparaban para la guerra: una con un estandarte azul ondeando al viento y otra con uno rojo flameando con orgullo.
Ambas cargaban armas rudimentarias: palos y espadas sin la destreza artesanal de las que existieron en la Edad Media.
Arcos precarios colgaban de algunos hombros, mientras los combatientes vestían pieles de animales, cuyas costuras toscas apenas cubrían sus cuerpos.
La batalla comenzó con un rugido ensordecedor.
Los hombres chocaron entre sí, y el sonido metálico de las espadas resonó en el aire.
Cuerpos caían en ambos bandos, tiñendo la arena de carmesí.
Entre los guerreros del bando rojo destacaba una joven de cabello oscuro y ojos fieros.
Con cada golpe, demostraba una habilidad excepcional; ningún enemigo escapaba de su camino.
Un joven compañero le gritó desde atrás: “¡Deja algo para los demás!” Ella simplemente le guiñó un ojo y continuó combatiendo con una energía inagotable.
Finalmente, el bando contrario, diezmado, optó por huir.
Los pocos supervivientes corrieron hacia el horizonte, dejando el campo de batalla en manos del bando rojo.
Al ver su victoria asegurada, los guerreros lanzaron un grito triunfal que resonó en toda la llanura.
Al caer la noche, el bando rojo celebró su triunfo con comida abundante, bailes y risas.
En un rincón del campamento, un grupo de jóvenes conversaba animadamente.
Uno de ellos comentó: “Esa chica es realmente ruda”.
Otro asintió y añadió: “Claro, es la hija del jefe”.
Un tercero intervino con una sonrisa irónica: “Amigo, ella es inalcanzable”.
“Además”, interrumpió otro, “no es una dama como mi Rachel.
La hija del jefe siempre anda con su traje de batalla, desarreglada como si fuera un soldado más.
Miren esas greñas”, se mofó una muchacha señalando a la distancia.
Pero antes de que pudieran continuar, una voz firme y autoritaria resonó desde la oscuridad: “Si los puedo oír, tontos.
Y deberían estar practicando.
Podría haber otro ataque en cualquier momento.
Debemos estar siempre alerta”.
Los jóvenes se quedaron paralizados al darse cuenta de que Adía, la hija del jefe, había escuchado cada palabra, incluso desde el otro extremo del campamento.
Sin decir más, Adía se alejó de lo que parecía ser una especie de mercado o feria improvisada en el campamento.
Entró en una gran tienda de campaña roja, donde una voz profunda la saludó: “Ah, por fin llegas, mi querida hija Adía”.
Era su padre, el jefe.
“Eres como el hijo varón que siempre quise tener, pero tu madre solo me dio mujeres”, dijo con una mezcla de orgullo y nostalgia.
“Sí, como digas, padre”, respondió Adía con indiferencia.
“Como eres la hija más joven, ya tus hermanas han conseguido esposos.
Solo faltas tú”, continuó el jefe.
Adía frunció el ceño y replicó: “Padre, no necesito esas formalidades.
Sé defenderme sola.
No necesito a un hombre a mi lado”.
Las hermanas mayores de Adía, sentadas junto a sus maridos, comenzaron a murmurar.
Una de ellas intervino: “Ya ves, padre, ella siempre es así con los muchachos”.
La otra añadió: “Debes crecer y tomar clases de modales.
Además, pronto cumplirás quince años”.
Adía las miró con desdén y declaró con firmeza: “Yo no deseo estar al servicio de nadie.
Soy libre como el viento, y no hay nadie en esta aldea que pueda vencerme”.
Las hermanas comenzaron a vociferar, apoyadas por sus maridos, quienes veían a Adía como un soldado más del ejército.
El jefe levantó la mano y ordenó: “Silencio”.
La sala se sumió en un silencio sepulcral.
“Déjenme solo con mi hija”, dijo el jefe.
Todos salieron, incluido Dormant, su mano derecha.
El jefe miró a Adía con una mezcla de amor y preocupación.
“Niña, sé que te esmeras por ser la mejor.
Incluso cuando tu madre no quería que fueras una guerrera, yo te alenté.
Pero este reino está en guerra con varias facciones y grandes ejércitos, como los bárbaros o los del sur.
Necesito que tengas un prometido y tengas hijos para que nuestro linaje perdure.
Así son nuestras leyes.
Además, le prometí a tu madre que cuidaría de todas nuestras hijas y que serían tratadas como reinas”.
“Pero, padre, no quiero ser prisionera como mis hermanas, encerrada entre lujos y cuidando niños.
Sabes que soy del tipo que no puede quedarse quieta.
Necesito pelear para demostrar mi valía.
No quiero ser el perro faldero de nadie”, protestó Adía.
“Lo sé, niña, pero las reglas de nuestro rey dicen que, si no eres hombre, no podrás reinar”, explicó el jefe.
“Pero eso no importa.
Ya tienes a tus dos hermanas mayores.
Que ellas reinen, y yo combatiré”, refutó Adía.
“No, mi niña.
Debe haber un rey por cada uno de nuestros territorios, así como el número de hijas que tengo.
Mañana vendrán los pretendientes a pedir tu mano, y es una orden”, dijo el jefe con tono firme.
“¡No me comprendes, padre!
¡No seguiré esas tontas tradiciones!”, exclamó Adía en un arranque de cólera.
Sin decir más, salió molesta de la tienda.
El padre se quedó triste, sabiendo que debía mantenerse fuerte por su pueblo.
En el camino, Adía comenzó a patear piedras con frustración.
De repente, escuchó a unos soldados hablar sobre un ataque en las afueras del lado este del territorio.
“Perfecto”, pensó.
“Esta es la oportunidad que necesito para sacarme todo este coraje”.
Montó rápidamente un caballo y se dirigió al lugar mencionado.
Vestía una especie de armadura rudimentaria, llevaba un arco y un prototipo de escudo.
Al adentrarse en el territorio, no vio a nadie al principio.
Sin embargo, de entre unos arbustos emergieron figuras encapuchadas realizando un ritual en torno a un pozo.
Curiosa, Adía salió de su escondite para investigar.
Dos de los encapuchados intentaron detenerla, pero solo lograron quitarle un casco que llevaba puesto.
“Es solo una chica”, dijeron.
Con movimientos precisos, Adía los noqueó.
Más encapuchados aparecieron, pero ella los derrotó uno a uno hasta llegar al pozo.
“Bien, ríndanse y dejen de hacer lo que sea que estén haciendo”, ordenó, levantando su báculo.
Los cuatro que permanecían en el pozo exclamaron: “¡Por el rey azul!” Adía los noqueó también.
Una vez vencidos, Adía se acercó al pozo.
Parecía vacío, excepto por una pequeña luz brillante en el fondo.
“¿Qué será?”, se preguntó.
De pronto, la luz se intensificó y la jaló hacia abajo.
Adía intentó resistirse, pero era tarde.
La luz la succionó, y ella gritó mientras descendía.
En ese momento, se arrepintió de no haber seguido combatiendo y de no haber disculpado a su padre por su mala actitud.
Deseaba vivir en un mundo donde pudiera ser ella misma.
La luz iluminó el cielo antes de desvanecerse.
Adía quedó cubierta por la tierra del fondo, convirtiéndose en una especie de roca fosilizada.
Muchos años después, un grupo de arqueólogos buscando tumbas descubrió la roca en la que estaba la figura de una niña.
El arqueólogo, intrigado, la llevó a la empresa en la que trabajaba en Estados Unidos.
Al llegar, tocó la puerta y anunció: “Tengo un gran descubrimiento”.
Las puertas se abrieron, y una mujer lo saludó: “Bienvenido, profesor Halls.
Espero que sea importante.
El jefe espera”.
Caminaron por un amplio pasillo hasta llegar a una puerta dorada.
Ella la abrió y dejó que el profesor entrara, cerrando la puerta tras él.
“Bien, profesor, ¿qué tiene para mí?”, preguntó una voz proveniente de una persona sentada de espaldas en un escritorio.
“Espero que sea algo bueno, no como lo que trajo la última vez”.
“Le aseguro que no, señor Ras.
Es algo que podría ser de su interés”, respondió Halls mientras levantaba la sábana que cubría la roca.
“Puedo darle un millón por ella”.
“¿Qué es eso?”, preguntó Ras, volteándose hacia él.
“Es una niña en una roca”, explicó Halls.
“¿Y eso cree que me pueda servir?”, preguntó Ras, examinando la escultura con un monóculo.
“Señor, no estaba buscando cosas raras para sus investigaciones.
No es por eso que nos hizo recorrer el mundo en busca de artefactos”, argumentó Halls.
“¿Y para qué querría yo una roca?
Ya tengo varias”, respondió Ras, señalando una habitación llena de artefactos y piezas de arte.
“¿Qué hace especial a su roca?” “Esta roca, señor, está viva.
Con nuestras máquinas, pudimos determinar que data de más de mil años y sigue viva.
Le hicimos una lectura, y está viva”, explicó Halls.
“Pero sigo sin verle utilidad, señor.
Esa cosa no puede servir a menos que tenga forma de liberar o sacar a esa chica.
Podría presentarla como una pieza viviente en mi museo”, reflexionó Ras.
“Espere, señor”, interrumpió alguien que entraba a la oficina.
Era Eros Laos, padre de Richard Laos.
“Señor, recuerda nuestra investigación”, dijo, mostrando una máquina y revisando la escultura.
“Esta persona atrapada en la roca es una jovencita de catorce o quince años.
Podría ser el futuro de lo que estamos buscando.
Parece ser una guerrera, lo que podría ser un buen inicio para las pruebas que estamos realizando”.
“Pruebas que han fallado.
Casi todos mis hombres han muerto o se han convertido en abominaciones”, recordó Ras.
“Señor, pero en el último estudio vi que, mientras más jóvenes sean, la probabilidad de éxito aumenta a un setenta por ciento.
Además, si libero a esta jovencita de esa roca, no tendrá que preocuparse de interferencias como las fuerzas policiales por robo o rapto”, argumentó Laos.
Ras miró al profesor Halls y a la escultura.
“No tengo nada que perder.
Pero si fallas esta vez, no solo perderás el trabajo”, amenazó, haciendo un gesto como si le fuera a cortar la cabeza.
“¿De qué están hablando?”, preguntó Halls.
“Nada que le incumba.
Es preferible que no diga nada, tome el dinero que pide por esa escultura y se vaya”, indicó Ras.
“Sí, pero…”, intentó protestar Halls.
“Dije que se puede ir tranquilo o por las malas”, interrumpió Ras.
“No, ya me voy a trabajar, señor.
Ya sabe, con total discreción, o ya sabe qué puede pasar”, advirtió Laos.
“¿Es una amenaza acaso?”, preguntó Halls.
“Yo que tú aceptaría lo que dijo y regresaría a trabajar si quieres seguir en este negocio de búsqueda”, sugirió Eros Laos.
“Tómelo como quiera”, dijo Ras, volviéndose hacia su escritorio.
“Si sigue aquí luego de contar hasta tres…” Comenzó a contar.
“Yo que tú corro y salgo de aquí”, recomendó Laos.
Cuando Ras llegó al dos, Halls sintió una corazonada, como si algo malo fuera a suceder, pero decidió quedarse.
“Uno, cero”, dijo Ras, sacando un arma y disparándole en la cabeza a Halls.
“Le dije que no se demorara”, comentó Laos, viendo el cuerpo sin vida del doctor.
“Ya vio lo que me hizo hacer, pero no importa.
Llame a limpieza, señorita Hill”, ordenó Ras por un comunicador en su escritorio.
“Bien, doctor, ya tiene su sujeto de prueba.
¿Cómo va a sacarla de la roca?”, preguntó Ras.
“Eso déjemelo a mí y a mi socio”, respondió el doctor.
“Ya sabe, si no resulta, usted seguirá.
Ahora váyase de mi oficina.
Quiero resultados”.
“Sí, señor”, dijo el doctor.
Antes de salir, recordó: “No se olvide de que, si llegara a funcionar, también deberá dar ese poder a mis tontos hijos, que piden ser problemáticos.
Esto les servirá de lección como castigo por desobedecerme”.
“Ahora váyase”, ordenó Ras.
El doctor Laos salió de la oficina murmurando: “Vaya sujeto.
Encima quiere poner a sus hijos en este proyecto, castigarlos con las probabilidades de que sufran o no.
Bien, es hora de trabajar”.
Llevaba una carpeta con documentos que decía: Proyecto Zero.
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