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El sistema del perro agente - Capítulo 88

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88: El pasado de Adía (2) 88: El pasado de Adía (2) En una habitación iluminada por una luz intensa, se veía a un científico con bata blanca y máscara cubriéndole completamente el rostro, protegiendo cada centímetro de su piel.

“Hola, Gol”, dijo Eros Laos mientras entraba en el cuarto llevando consigo la escultura de Adía.

“¿Qué me traes, socio?”, preguntó Gol, un hombre cuya voz sonaba metálica bajo su equipo protector.

“Esto”, respondió Laos, señalando la escultura.

“Tú, que sabes muchas cosas y me diste acceso a esta tecnología en pleno año sesenta, cuando ningún país había logrado crear algo así.

Bueno, los rusos lo intentaron, pero fracasaron”, añadió con una risa irónica, recordando viejos cómics.

“El señor Ras no quiere más fracasos”, comentó Gol mientras examinaba la escultura.

“Además, tenemos una paciente que parece provenir de una época de guerras antiguas, a juzgar por su vestimenta.

Es joven, tal vez entre catorce y quince años.

Tal vez funcione, o será otra pérdida.

Hemos probado con soldados, incluso con jóvenes de dieciocho, pero siempre terminamos en errores tras errores.

El jefe ya está exigiendo resultados”.

Gol tocó la escultura y cerró los ojos.

“Puedo sentir una sed de pelea en ella.

Será una buena candidata”.

“Y dime, ¿por qué llamaste Metalux a estas cosas que estamos creando?”, preguntó Laos.

Gol suspiró antes de responder, sumergiéndose en recuerdos del pasado.

“Como ya te dije la primera vez que nos conocimos…”, comenzó Gol, y fragmentos de su historia emergieron en su mente.

Recordó cómo era un científico investigador de artefactos antiguos y objetos extraterrestres hasta que encontró una nave alienígena.

Su ocupante, herido y huyendo de su planeta natal, le ofreció ayuda para crear “el arma perfecta” a cambio de refugio.

“Mi raza es avanzada, pero fusionar nuestros poderes místicos con los humanos es complicado.

En nuestro mundo, solo los más hábiles pueden tomar estos líquidos sin morir, y lo hacen desde una edad temprana.

Por eso insistí en que debían ser jóvenes.

Salvo, claro, si tuvieras la piedra negra, pero esa cosa es imposible de obtener, además de estar custodiada por un guardián”.

“Es cierto”, interrumpió Eros, “pero tampoco tenías otra opción.

Estabas herido en un planeta hostil, y por eso ocultas tu forma horrenda de alienígena”.

“Sí, tienes razón.

Hicimos un trato, y desde entonces hemos trabajado arduamente para mejorar este país con armas avanzadas para esta época.

Pero aún no has cumplido lo que prometiste: el humano perfecto, aquel con la fuerza para destruir y gobernar bajo nuestro mando”.

“Y respecto a por qué les puse Metalux…

Fue por las piedras preciosas, que en tu planeta consideran metales.

Decidí agregar ‘metal’ delante de ‘Lux’.

Ja, ja”, explicó Laos con sarcasmo.

“No tan tonto como lo pusiste a los defectuosos, Reudux”, replicó Gol.

“Por reducción de su estado humano a nada más que cosas sin cerebro.

Y ahora, ¿qué pondrás?

¿Anglux para los que salgan bien?”, dijo Gol con tono burlón.

“Vaya, vaya, el tiempo que llevas aquí ya te enseñó el sarcasmo”, comentó Laos.

“Un poco.

Bueno, es hora de trabajar”.

Gol sacó un par de líquidos de una mesa y los arrojó sobre la escultura.

De pronto, esta comenzó a disolverse, revelando a una joven Adía dormida.

“Excelente.

No dejas de sorprenderme”, dijo Laos.

“Es que algo así me pareció haber visto en mi planeta natal”, indicó Gol.

“Gol, ¿tu llave para activar la máquina está lista?”, preguntó Laos.

“El diseño de tu máquina es precario, pero no se podía hacer mucho con los componentes actuales de esta época.

Además, tuvimos que traer algunos miembros de la realeza que saben abrir portales para conseguir más piedras”, explicó Gol.

“Vaya, engañar a los tuyos para usarlos como baterías humanas.

Qué despiadado eres, señor Gol”, comentó Laos.

“No me importa la vida.

Ya te lo dije: yo solo sirvo a la ciencia, tratando de ser un ser superior y algún día poder acabar con los que me traicionaron.

En la nave había sujetos que me perseguían, pero logré escapar, aunque casi exploto al llegar a este primitivo planeta”.

Gol digitó en lo que parecía una computadora portátil, y una voz robótica respondió: “Buenos días, señor Gol.

¿Qué puedo hacer por usted?”.

Gol tecleó unos códigos, y la máquina anunció: “Protocolo Xen activado”.

“Preparen a la mocosa”, indicó Gol por un comunicador cercano a la mesa.

Las personas del otro lado entendieron y se llevaron a la chica para cambiarle la vestimenta.

En lo que parecía una celda, se escuchaban voces de dos muchachos discutiendo.

“Ya ves, te dije que padre se iba a molestar.

Eso no fue nada, Drake.

Lo volvería a hacer.

Ese tonto se cree con derechos sobre nuestras vidas”, dijo uno de ellos.

“Por tu culpa, Milo, estamos encerrados aquí.

Deberías comportarte como el mayor”, respondió el otro.

La chica despertó debido al ruido de la discusión.

“Espera, hermano, parece que despertó nuestra invitada”, dijo Drake.

Adía abrió los ojos y vio a dos chicos frente a ella.

Uno tenía cabellera rubia y ojos verdes, el más joven, y el otro tenía cabello castaño y ojos rojos.

Ambos estaban vestidos con batas de hospital.

“Hola, mi nombre es Drake, y el tuyo es…”, dijo el joven.

La chica se tocó la cabeza y notó que estaba vestida igual, con los pies descalzos.

Al acercarse, Drake intentó hacerle una llave que lo tumbó al suelo.

Luego miró a Milo, quien le dijo: “Oigan, tranquilos, no queremos hacerte daño”.

La chica comenzó a hablar, pero en un idioma extraño, abalanzándose sobre Milo y tirándolo contra los barrotes, doblándole el brazo.

“¡Auch!

Eso dolió”, dijo Drake mientras se levantaba.

“Oigan, déjenlo, no te ha hecho nada”, gritó.

La chica seguía hablando en un idioma incomprensible para ellos.

Intentaron comunicarse con señas, pero ella no hizo caso.

Finalmente, algo la electrocutó, haciéndola caer al suelo.

Milo recuperó el aliento y vio a su hermano.

“¿Estás bien?”, preguntó.

“Sí, idiota, estoy bien”, respondió Milo, molesto.

“Maldita tonta”, murmuró mientras se preparaba para golpearla.

En ese momento, escucharon aplausos.

“Pónganle cadenas en pies y piernas a esa chica”, ordenó Ras a uno de sus secuaces.

“Vaya, vaya, quién diría que esta jovencita sería toda una proeza de la fuerza, dejando a ustedes dos incompetentes sin poder hacer nada”, dijo su padre, entrando al lugar.

“De ti, Drake, el suave, todo lo puedo esperar.

Tu madre te consentía demasiado y no dejaba que libraras tus propias peleas.

Tienes trece años, aunque yo a esa edad ya cazaba y combatía.

Pero tú, Milo, tienes diecisiete, eres el mayor, y no pudiste con ella.

Patético.

¡Silencio, tontos!”, exclamó su padre.

“Padre, ¿por qué nos encerraste con ella?

¿No nos vas a perdonar por eso?”, preguntó Drake.

“Ah, todavía preguntas mediocres.

Hurtaron una tienda, mi tienda, y así quieres que te perdone.

Técnicamente, también es suya”, dijo Milo.

“Eres un tonto, me das vergüenza, Milo, y encima traes contigo a tu hermano, que seguramente fue a cubrirte.

Si van a hacer algo, háganlo bien.

Mancillan mi apellido, y este será su castigo.

Solo vine para desearles suerte: si salen vivos de esto, los perdono; si no, fueron un daño colateral”, dijo Ras, saliendo del lugar.

“Así que esta jovencita habla en una lengua extinta”, dijo Laos.

“Toma, colócale este collar”, indicó Gol a uno de los ayudantes.

“Ahora tenemos que esperar a que se levante de nuevo.

Así inconsciente no funcionará; tiene que estar despierta”, dijo Gol.

“Bien, regresaremos”, indicó Laos, y ambos salieron.

Luego de un rato, la chica se levantó de nuevo, pero esta vez estaba encadenada de pies y manos, con una cadena que inmovilizaba sus articulaciones.

“Hola de nuevo”, dijo Drake.

“¿Qué tienen miedo, Drake?

No puede moverse, ¿ves?

Esas cosas son pesadas”, comentó Milo.

“Malditos, ¿quién son y dónde estoy?”, preguntó Adía.

“Puedes hablar nuestro idioma”, indicó Drake.

“Pues claro, con ese collar puede hablar nuestro idioma.

Todo gracias a esos dos científicos locos”.

“Oigan, no somos tus enemigos.

Mi nombre es Drake, y este es mi hermano Milo.

No somos tus enemigos; estamos en el mismo problema que tú, bueno, lo que sea que nos quieran hacer”, dijo Drake.

La chica pensó en no hablar, pero luego respondió: “Yo soy la gran Adía, hija de Dormant el Grande”.

“¿Dijiste Dormant el Grande?

Ese tipo fue una leyenda en los libros de historia.

Lástima que fue vencido.

Una lástima”, dijo Drake.

“No, mi padre no puede haber sido vencido.

Era un tipo imponente y poderoso, y tenía todo un ejército a su mando”, indicó ella.

“Al parecer, estuviste congelada en el tiempo, princesita.

Tu padre fue traicionado por sus yernos, que se aliaron con la facción roja después de que perdiera a su hija”, añadió Milo.

“Así que yo soy la razón de que mi padre perdiera”, dijo Adía, mientras lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.

Drake quiso acercarse a consolarla.

Primero fue lentamente hasta que llegó a ella y la abrazó.

Era la primera vez que ella sentía algo así, aparte de su padre.

“¿Qué es este sentimiento que siento?”, se preguntó la muchacha en su mente.

“Vaya, te enamoraste de la bárbara”, dijo Milo, notando cómo ella se sonrojaba al recibir el abrazo de su hermano.

“No, no me he enamorado.

Yo soy un espíritu libre; no busco marido”, replicó rápidamente Adía, soltándose del abrazo.

“Bien, veo que ya todos están despiertos.

Pasarán a ser parte de la historia, bueno, más que tú, niña, que ya eres parte de la historia.

Pero serán algo grande”, decía Laos.

“O quizá no sobrevivan”, añadió Gol.

“¿Y ese sujeto cubierto?”, preguntó ella.

“No lo sé.

Siempre está así.

Algunos dicen que tuvo quemaduras graves; otros dicen que nació sin piel”, dijo Drake.

“Bueno, basta de tanta cháchara.

Es hora de iniciar un gran hito para la historia”.

Llevaron a los chicos a unas mesas de metal con grilletes.

“Coloquen a los sujetos en ellas”, ordenó Laos.

Los tres fueron colocados, aunque con Adía fue diferente porque intentó escapar, pero fue reducida.

Una vez colocados en las mesas, Drake, que estaba al lado derecho de Adía, le dijo: “¿Tienes miedo de morir, Adía?”.

“No aguantaré cualquier tortura como una guerrera”, respondió ella firmemente, aunque su expresión mostraba otra cosa.

“Sabes, sé que lo que dices no es verdad, y está bien sentir miedo a veces.

Yo también lo siento.

Espero verte del otro lado”, le dijo tiernamente.

Sus palabras hicieron que el corazón de la chica latiera fuertemente.

Sentía algo por Drake.

“Bueno, también te veo del otro lado”, dijo Milo, que estaba a la derecha de Adía.

“Sí, hermano, como sea”.

“Iniciemos con el experimento”, dijo Laos, y entró otro sujeto encapuchado, amarrado a una silla.

Le inyectaron varios tubos con líquidos que pasaban por su cuerpo, haciendo que se retorciera de dolor, gritando tan fuerte que se escuchaba por todo el lugar.

Se abrió un compartimento detrás de él, y el líquido comenzó a dirigirse hacia los tres.

“Vayan a recolectar.

Tienen dos minutos”, les dijo Gol a unos trabajadores que iban con picos, palas y carretillas, como si se dirigieran a una mina.

Los líquidos ya estaban cerca de los tres, y al entrar en sus cuerpos, sintieron un dolor inmenso que resonó en todo el laboratorio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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