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El sistema del perro agente - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Misión Opcional
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9: Misión Opcional 9: Misión Opcional Mientras caminaban bajo la luz temblorosa de la linterna que portaba Aiden, Podbe y él se preguntaban quién podría ser esa misteriosa persona que había tomado posesión del artefacto en el que viajaba Reia.

Era una incógnita que los atormentaba, pero no tenían forma de responderla; ni siquiera Reia lo sabía.

Las imágenes que habían vislumbrado eran borrosas, y la figura de la persona permanecía envuelta en sombras.

—¡Oigan, un momento!

—exclamó Podbe con su voz aguda pero amigable—.

Aiden, ¿esas pequeñas heridas no te duelen?

Además, tu ropa está… bueno, digamos que sigue a la moda, aunque está hecha jirones.

Detengámonos frente a ese manantial para que al menos limpies esas heridas y evites que se infecten.

Y no, no estoy bromeando, aunque dicen que la saliva de los perros puede curarlas.

Aiden sonrió débilmente mientras se acercaba al agua cristalina.

Se inclinó para mojar sus manos y lavar las marcas rojas que surcaban su piel.

—Bueno, creo que con toda la adrenalina que corría por mis venas no sentía nada, pero ahora que paramos y me eché un poco de agua, sí arden —admitió con una mueca.

Reia lo observó con atención y aseguró que solo eran unos cuantos raspones.

—¿Y tú no tienes frío?

—preguntó ella, notando cómo la brisa nocturna acariciaba sus brazos desnudos.

—Sí, debe ser eso, aunque no se nota mucho —respondió Aiden, examinando su reflejo distorsionado en el río.

Frunció el ceño y añadió—: Pero no siento frío.

Quizá sea porque hemos estado caminando sin parar.

En ese preciso instante, un sonido interrumpió el silencio de la noche.

Un gruñido profundo resonó en el aire, seguido por otro.

Aiden giró rápidamente hacia Podbe, quien tenía la cabeza gacha y las orejas caídas.

—¡Oye!

Al parecer tienes hambre —dijo Aiden, riendo suavemente.

Sin embargo, antes de que pudiera terminar la frase, su propio estómago respondió con un rugido igual de insistente.

—Creo que ambos tenemos —añadió, llevándose una mano al abdomen mientras sonreía con resignación.

Podbe ladeó la cabeza y le preguntó con un ladrido esperanzador si no traía algo de comer en esa mochila suya.

Aiden recordó entonces que había guardado unas barras de cereal y unas cuantas galletas de almendra.

—Bueno, esto nos ayudará a matar el hambre por el momento, amiguito —dijo, sacando los alimentos y compartiéndolos con el can.

Después de devorar unas cuantas galletas, reemprendieron la marcha, adentrándose nuevamente en la negrura del bosque.

A medida que avanzaban, el amanecer comenzó a teñir el cielo de tonos cálidos, disipando las sombras que habían dominado la noche.

La luz dorada se filtraba entre las hojas de los árboles, iluminando su camino.

Ahora podían distinguir claramente los troncos robustos y el sendero serpenteante que se extendía ante ellos.

Aunque Aiden no era una persona propensa al miedo y Podbe era un aventurero nato, la claridad del día les infundía una sensación reconfortante de seguridad.

Aiden apagó su linterna y continuaron su travesía a pie por el vasto bosque, donde la vida bullía a su alrededor.

Árboles gigantescos se alzaban como guardianes antiguos, pastizales ondulaban con la brisa y campos de flores pintaban el paisaje de colores vibrantes.

Un río serpenteaba junto ellos, y podían ver animales silvestres correteando: ardillas saltarinas, mapaches curiosos y pájaros que cantaban melodías matutinas.

Caminaron durante horas, o al menos eso les pareció, pues lo único que divisaban era verde por doquier.

Empezaron a sospechar que estaban dando vueltas en círculos, pero afortunadamente, Reia los guiaba con precisión.

Subieron y bajaron una montaña imponente, cansados pero agradecidos de que Aiden hubiera traído agua potable suficiente para ambos.

Luego de atravesar praderas extensas, un pequeño valle pintoresco y montañas escarpadas, llegaron a Arnoldstein pasada la tarde, casi al anochecer nuevamente.

—¡Mira, Podbe!

¡Ahí hay una civilización!

¡Nos salvamos!

—exclamó Aiden, jadeando por el esfuerzo, pero con una chispa de entusiasmo en los ojos.

Reia señaló hacia adelante y les indicó que podían descansar allí.

También sugirió buscar algún transporte que les permitiera cruzar la frontera.

—¿Y cómo piensas que podemos cruzar la frontera?

—preguntó Aiden, frunciendo el ceño—.

No traigo ningún documento encima, y además no tengo mucho dinero.

Dudo que dejen subir a Podbe.

—Tranquilo —respondió Reia con calma—.

Encontraremos una salida.

Por lo pronto, debemos descansar.

Y creo que Podbe está con hambre otra vez.

Aiden miró a su compañero peludo, que ya olfateaba el aire en busca de comida, y no pudo evitar soltar una carcajada.

La gente los observaba con curiosidad, sorprendida de que el muchacho hablara en voz alta a su perro como si fuera un ser humano.

Aiden, al notar que se había convertido involuntariamente en el centro de atención, bajó la mirada y sintió un calor incómodo subir por su cuello.

Reia, percibiendo su incomodidad, le sugirió con calma: —Sería mejor que solo hablaras por la mente y no anduvieras gritando como si estuvieras loco.

El niño agachó aún más la cabeza, dejando caer sus hombros con resignación.

—Sí, lo sé —murmuró en voz baja—, pero aún no me acostumbro a esto.

No es como si pudieras espiar mis pensamientos o algo así, ¿verdad?

—No, niño, así no es cómo funciona —respondió ella mentalmente, su voz resonando clara y tranquilizadora dentro de su mente.

Luego de este pequeño episodio, Aiden se dirigió hacia una de las posadas cercanas.

Entró con paso decidido, aunque un tanto nervioso, y preguntó cuánto costaba pasar la noche y si había algún transporte disponible hacia Italia.

La señora de la posada, una mujer de mediana edad con un delantal bordado y una expresión maternal, lo miró con cierta desconfianza.

—Eres muy joven para andar solo —dijo ella, frunciendo ligeramente el ceño—.

¿Dónde están tus padres?

El costo es de cuarenta y cinco euros la noche, pero no aceptamos mascotas.

Aiden salió del lugar molesto y frustrado.

Comenzó a recorrer una posada tras otra, repitiendo la misma pregunta.

En cada uno de los cinco o seis locales que visitó, recibió respuestas similares: no aceptaban animales y requerían que viniera acompañado por un adulto.

El chico llevaba consigo apenas veinte euros, dinero que había ahorrado vendiendo adornos hechos a mano en el orfanato.

Con cada negativa, su angustia crecía.

Desesperado, caminaba sin rumbo fijo cuando, en uno de los pasajes adoquinados, chocó accidentalmente con una joven de unos veintitantos años.

Ella tenía el cabello marrón claro, recogido en una cola alta que brillaba bajo la luz del atardecer.

Sus ojos, grandes y expresivos, parecían contener destellos dorados que le daban una apariencia amigable y cálida.

Su piel bronceada era tersa como la crema, y su sonrisa, aunque tímida, irradiaba confianza.

Podbe, siempre sociable, comenzó a lamerle las manos y a mover la cola con entusiasmo.

—¿Por qué tan solo, muchacho?

—preguntó ella con una voz suave pero curiosa—.

¿Este es tu perrito?

Aiden asintió, todavía un poco cohibido.

La joven continuó: —He escuchado que has estado buscando dónde quedarte y además quieres cruzar la frontera.

¿Acaso estás huyendo de algo?

¿Tus padres saben de esto?

Bueno, si no quieres responder, no hay problema.

Yo, a tu edad, también andaba por ahí metiéndome en aventuras hasta que terminé por estos lares.

Pero veo que no estás solo; tienes buena compañía —añadió, señalando a Podbe con una sonrisa.

La joven hizo una pausa antes de continuar: —Yo te puedo ofrecer posada y un transporte hacia Italia.

Serían sesenta euros.

Sus palabras encendieron una pequeña llama de esperanza en el corazón de Aiden, pero al mismo tiempo lo llenaron de dudas.

Antes de responder, Reia intervino en su mente con un tono de advertencia: —Ten cuidado con los humanos, Aiden.

No todos son lo que parecen.

No menciones que te has escapado; solo dile que necesitas llegar al país vecino.

Aiden asintió mentalmente y respondió a la joven: —Bueno, solo te diré que debemos llegar a Italia y que solo traigo conmigo veinte euros.

La joven lo miró con una mezcla de compasión y astucia.

Su expresión cambió sutilmente, adquiriendo un matiz maquiavélico que hizo que Aiden se pusiera en guardia.

—¿Así que veinte nada más?

Pues bien, me tendrás que ayudar si quieres que te deje quedarte y te lleve al destino que deseas —dijo ella, inclinándose ligeramente hacia él con una sonrisa enigmática.

Aiden tragó saliva, intentando disimular su nerviosismo.

—¿Qué cosa?

No es nada malo, ¿no?

—No, para nada —respondió ella con un tono ligero, aunque sus ojos seguían brillando con intención—.

Solo tendrás que ayudarme a llevar algunos pedidos a unas casas esta noche, y con eso estaremos a mano para partir mañana.

Tengo que hacer unas cosas por allá, así que nos conviene a ambos.

Aiden intercambió una mirada rápida con Podbe, quien movía la cola con inocencia, ajeno a la tensión que crecía entre los humanos.

“Bien, un trato es un trato”, dijo Aiden con determinación mientras ambos se dieron la mano.

—Por cierto, mi nombre es Adía —añadió ella con una sonrisa amigable, aunque sus ojos seguían teniendo ese brillo calculador.

—Yo soy Aiden, y él es mi compañero Podbe.

Encantado de conocerte —respondió el chico, intentando parecer seguro a pesar de la incertidumbre que sentía.

Salieron del estrecho pasaje adoquinado y llegaron frente a una casa de dos pisos que parecía haber vivido mejores días.

La estructura estaba hecha de piedra y tierra, con grietas visibles en las paredes y una puerta grande de madera desgastada por el tiempo.

Un establo al costado albergaba grandes pilas de heno que olían a campo fresco.

—Bueno, chicos, este es hogar, dulce hogar —comentó Adía con un tono irónico pero cálido.

—Bueno, al menos tiene techo —dijeron los tres, Reia, Aiden y Podbe, casi al unísono, compartiendo una mirada cómplice.

Adía les indicó que entraran.

Al cruzar el umbral, se encontraron con una mesa polvorienta que parecía haber sido usada como mostrador en algún momento.

A su izquierda, un baño pequeño apenas iluminado por una bombilla amarillenta; a la derecha, una cocina a leña con un comedor rústico para cinco personas.

Una escalera de piedra conducía hacia arriba, donde supusieron que estarían las habitaciones.

—Para empezar, suban las escaleras —les indicó Adía con un gesto de la mano.

Al llegar al segundo piso, vieron tres puertas.

Adía señaló hacia la derecha.

—La de la derecha es mía, y la otra la pueden usar ustedes.

Eso quiere decir que la tercera puerta es el baño.

Aiden abrió la puerta asignada y descubrió una habitación modesta: una cama vieja cubierta de mantas raídas, unas cuantas telarañas colgando de las esquinas y un escritorio con una lámpara oxidada.

—¿Y por esto vamos a pagar sesenta euros?

—dijo Reia con un tono sarcástico que hizo reír a Aiden.

—Bien, puedes dejar tus cosas en el cuarto, nadie se las va a llevar, y repórtate abajo para tu tarea —dijo Adía desde el pie de la escalera.

Aiden dudó por un momento en dejar sus pertenencias, pero pensó que si tenía que cargar algo pesado, no podría hacerlo con una mochila a cuestas.

Después de dejar sus cosas en la habitación, bajó las escaleras y encontró a Adía detrás del mostrador, rodeada de diez bolsas grandes.

—Pues bien, muchacho, tienes que entregar esta noche estos diez encargos sin abrir las bolsas ni ver lo que hay dentro.

Aquí están las direcciones de cada una.

Si lo haces, mañana nos vamos a Italia.

En ese momento, un mensaje parpadeó en el sistema de Podbe, y Reia lo leyó en voz alta: Misión opcional: Entrega los diez encargos a tiempo.

Recompensa: Cinco puntos de experiencia por cada entrega.

—¡Guau!

Eso es genial.

Nos ayudará a mejorar las habilidades de Podbe —exclamó Aiden con entusiasmo.

Luego, miró a su compañero peludo y añadió—: ¿Y por qué ahora una misión opcional?

Este sistema tuyo, amigo perro, es un tanto inusual.

Podbe ladeó la cabeza, como si estuviera reflexionando sobre la pregunta, y ambos, niño y perro, se quedaron mirándose mutuamente durante un instante.

Finalmente, se dijeron a sí mismos: —¿Qué estamos esperando?

Necesitas hacerte más fuerte, así que manos a la obra.

Luego, volviéndose hacia Adía, anunciaron con decisión: —Entendido, comencemos.

Adía sacó una pequeña caja de debajo del mostrador y les entregó dos botellas de agua y tres paquetes con galletas.

—Esto es para el camino.

Va a ser una gran noche para ustedes, y puede que no regresen a dormir —añadió con una risa traviesa que dejó a Aiden y Podbe un tanto intrigados.

Esperanzados pero cautelosos por el último comentario de Adía, salieron de la casa dispuestos a realizar las entregas.

Mientras cerraba la puerta tras ellos, Adía se preguntó por qué el chico tenía algunos raspones en la cara y en las rodillas, y por qué su ropa estaba medio rasgada.

Supuso que probablemente había estado en alguna pelea, como tantos niños de su edad.

Sin darle más importancia, se encogió de hombros y regresó al interior de la casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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