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El sistema del perro agente - Capítulo 90

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90: El pasado de Adía (4) 90: El pasado de Adía (4) Llegó el día de la primera prueba.

El equipo formado por diez Metalux fue enviado a combatir al ejército enemigo.

Todos vestían trajes negros de combate y cascos que cubrían sus rostros para no ser reconocidos.

No portaban ninguna bandera de ninguna nación, puesto que era una misión ultrasecreta.

Fueron llevados a las costas de Corea para rescatar a una doctora que había creado un dispositivo capaz de desactivar y controlar armas enemigas.

El territorio era hostil, y la misión resultaba extremadamente arriesgada.

Un simple cartero llegó al lugar con un sobre que contenía una carta del tarot.

Luego de dejarla en una casa, se marchó.

De ella emergieron los diez integrantes del equipo, entre ellos Adía, listos para cumplir la misión.

“Bien, manos a la obra.

Los quiero a todos listos”, dijo Milo, quien era el jefe de la misión.

“Qué engreído es ese sujeto”, comentó uno de los miembros.

“Pues qué esperabas del hijo del dueño”, añadió otro.

“A callar y a trabajar”, ordenó Milo, quien había escuchado los murmullos.

“Entramos en territorio enemigo”, anunció uno de los soldados.

“Por suerte, tenemos a este chico Adrián; él se encargará de lo tecnológico”.

“Apresúrate, nerd”, le dijo otro.

“Ya está, señor”.

“Tú y tú, entren”, les dijo Milo a una joven llamada Azulema y a un joven llamado Ezequiel.

“Tú vienes conmigo, Eduard, al igual que Adía.

Ustedes cuatro, prepárense en la otra puerta”.

Los cinco ingresaron al edificio que estaba frente a ellos.

“¿Por dónde, cerebrito?”, le preguntó Milo a Adrián, quien sacó una especie de computadora con un radar.

“El objetivo está en el cuarto piso”.

“Bien, ya oyeron, todos al cuarto piso.

Los otros escucharon lo que dijimos por radio: preparen la salida”, respondieron del otro lado.

En el camino hacia el cuarto piso, encontraron un par de guardias que fueron abatidos por Milo.

“Oigan, solo deben neutralizarlos, no matarlos”, indicó Adía.

“Esto es una guerra, y tú sabías eso cuando te enrolaste”, le respondió Milo.

“Cuidado”, advirtió Azulema mientras levantaba los cuerpos de los guardias caídos para usarlos como escudos.

“Vaya, buen trabajo, niña”, comentó Milo.

“Ya nos descubrieron.

Adiós al efecto sigilo; hora de actuar”, indicó Milo.

“Azulema, quiero que protejas a Adrián.

Eduard y yo nos encargaremos de repartir golpes”.

“¿Y yo qué hago?”, preguntó Adía.

“Pues tú protégenos a nosotros”, respondió Ezequiel antes de ir a enfrentar a algunos enemigos.

“Bien, hemos llegado al cuarto piso”.

Abrieron la puerta y encontraron a la científica custodiada por varios guardias, quienes fueron rápidamente repelidos.

“Salgamos de aquí”, dijo la científica mientras comenzaba a llamar a los otros cuatro.

Solo se escuchaba interferencia.

“¿Qué pasa?

¿Por qué no puedo comunicarme con ellos?”, dijo Milo preocupado.

En ese momento, un par de granadas fueron lanzadas al edificio, destruyendo gran parte de este.

Continuaron lanzando hasta que el edificio quedó reducido a escombros.

“Ja, ja, ¿quiénes son?”, preguntó un hombre que llegó al lugar.

Era Ming Hung.

“No lo sé, señor, pero lanzaban algo como magia sin usar ningún aparato, aunque logramos repelerlos.

Bien, lleven sus cuerpos para que nuestros científicos vean cómo obtuvieron esos poderes”.

De inmediato, los hombres de Ming se llevaron a los cuatro muchachos fallecidos.

Ming y algunos de sus hombres comenzaron a inspeccionar la zona.

En eso, vieron una esfera en medio de los escombros.

“Gracias por salvarnos, Adía”, le dijeron todos desde dentro de la esfera.

“Esos bastardos se llevan a nuestros amigos”, dijo Milo, furioso.

“Están muertos”, confirmó Azulema, tratando de leer sus mentes.

“Bien, libéranos de esta burbuja y ataquemos”.

“Así que había más”, dijo Ming, quien llamó por radio a alguien.

Pronto aparecieron un montón de soldados y tanques.

“¡Disparen!”, ordenó Ming.

“¡Cúbranse!”, gritó Adía mientras volvía a colocar otro domo protector.

“Son demasiados”, dijo Ezequiel.

“No vamos a poder”.

“Señor, ya tenemos a la científica.

Es hora de irnos”, informó uno de los soldados.

“No”, respondió Milo, saliendo de la esfera de Adía y dejándolos sin protección.

Corrió hacia los enemigos como un rinoceronte, destruyendo un par de tanques mientras golpeaba a los demás sujetos que podía.

“¿Qué hacemos, Adía?”, preguntaron los otros.

“No sé qué quieren que haga.

No estoy al mando”, respondió ella mientras intentaba colocar otra barrera.

“¿Y si llamamos a Ras para una extracción?”, sugirió Eduard.

“Bien, Adrián, comunícame con Ras”.

Rápidamente, el chico creó un radio y llamó a Ras.

“Señor, ya tenemos a la científica, pero su hijo no sigue el protocolo y comenzó a atacar a las fuerzas enemigas.

Además, fuimos comprometidos.

Hay demasiados enemigos.

Milo es indestructible y fuerte, pero no somos iguales.

Tuvimos cuatro bajas”.

Ras le indicó que hicieran todo lo necesario para salir del lugar y regresar al punto de extracción.

“¿Y su hijo?”, preguntó Adía.

“Pues, si no va a seguir órdenes, que aprenda.

Quizá el enemigo lo diseque o torture.

Con eso aprenderá.

Prioridad: la científica”.

Adía sabía cómo era Ras, así que no tuvo más opción que usar sus poderes para salvar al tonto de Milo y al resto del equipo.

Usó un impulso eléctrico que desactivó momentáneamente a los tanques que quedaban y luego levantó un muro de tierra frente a Milo y las fuerzas enemigas.

“¿Qué haces?”, preguntó Milo mientras golpeaba el gran muro que se había erigido en el lugar.

“Ella me indicó que te protegiera”, respondió Adía, colocándose en el medio y comenzando a recitar un conjuro.

“Espero que esto funcione”.

El muro se rompía debido a los golpes de Milo.

Cuando finalmente cayó, el ejército enemigo fue a buscarlos, pero no encontraron a nadie.

“Señor, ¿qué vamos a decirle al general?”, preguntó uno de los soldados.

“No lo sé”, respondió Ming, asombrado por lo sucedido.

En una especie de nave, se formó una esfera, y de ella salieron Adía y los demás.

Milo estaba insoportable porque no lo dejaron terminar con el ejército.

Sin embargo, Adía usó una fuerte descarga eléctrica para noquearlo.

La nave partió con destino a la base.

En la base, Ras dio las gracias al equipo por rescatar a la científica.

“Los teníamos a nuestra merced”, dijo Milo, molesto, después de ser llamado a una reunión.

“Y nos sacaste de la jugada”, le dijo a Adía.

“Déjenme solo con mi hijo”, ordenó Ras.

“Tonto, casi haces que maten a tu equipo en la misión.

Si sigues con esa actitud, te retiraré del equipo.

Debes calmarte o no harás nada bien por ti.

Solo actúas por impulso, como cuando le arrancaste el brazo a ese chico.

¿Te refieres a tu débil hijo?

Me estoy cansando de ti, Milo.

Deberías haberte quedado capturado.

Si no fuera por Adía, no estaríamos teniendo esta conversación.

Eres indestructible, y las balas no te hacen nada, pero hay otras cosas, como la electricidad, que sí.

Si te hubieran capturado, ellos no son como yo, que soy más blando.

Te habrían sacado los intestinos mientras estabas despierto para saber cómo funcionas.

Pero, papá…” “Nada de papá.

Desde ahora, serás relegado.

Adía tomará el mando de las misiones”.

Milo salió molesto de la sala, dibujando su puño en el concreto de la pared con un golpe fuerte.

Pasaron más misiones, y Milo seguía siendo renuente hacia las órdenes.

Adía tuvo que salvarlo una y otra vez.

“Ya me estoy cansando de tus cosas, Milo”, le dijo ella.

“La próxima vez no te volveré a salvar”.

“Doctor Maos, está listo para la función.

Es hora de empezar el show”, dijo Milo.

En la última misión, Milo hizo lo que siempre hacía: ir tras el ejército enemigo.

Pero ocurrió una gran explosión de la que no pudo escapar.

Adía le contó a Ras lo sucedido.

El hombre no hizo ningún gesto y regresó a su oficina.

Sí, le dolió, porque ya había perdido a sus dos hijos: a Milo de verdad, y a Drake, simplemente porque no era valioso para él.

“Creo que el legado termina conmigo”, dijo Ras.

Al día siguiente, el señor Ras estaba en su oficina como de costumbre cuando algo lo tomó por sorpresa, y murió instantáneamente.

Luego se escuchó: “Está hecho el trabajo en la habitación”.

De la empresa de Ras Industrias comenzaron a arder explosiones por doquier.

Las personas fueron evacuadas, menos el señor Ras, que desapareció entre las llamas y explosiones.

“¿Y ahora qué será de nosotros?”, preguntaron Azulema y los demás, mirando a Adía.

“No lo sé”, respondió ella.

Entonces vieron a una persona caminar hacia la luz de un farol.

“Pues, ¿qué les parece servir a un bien común?

No como peones de un tablero, sino como agentes, mis agentes”, dijo la persona que se reveló ser Drake.

Adía estaba contenta por eso y decidió unirse a él con los chicos.

Luego se vieron más recuerdos de Adía cuando ya era agente trabajando para Drake, reclutando más sujetos como ellos y otros que no tenían poderes.

Hubo un breve paso de felicidad en su vida con su pareja, teniendo una vida con dos hijos.

Otro momento mostró un trágico instante cuando el hijo mayor explotó en una misión, dejando al menor fuera de su vida y haciendo que Azulema le borrara la memoria para no recordar esos trágicos momentos porque no pudo soportar la pérdida.

Por eso, Adía era despreocupada una vez que Azulema le colocó el bloqueo mental.

En la sala, en el presente, de los ojos de Adía brotaban lágrimas y más lágrimas, al igual que las de todas, quienes sentían todo lo que había pasado su compañera de armas.

“Me pregunto qué está pasando”, indicó Ada, ya que no podían ver qué ocurría dentro del lugar que estaba cerrado, pero se esparcía una atmósfera pesada que hacía que los que estaban afuera sintieran como si la gravedad los atrajera al suelo.

La fuerza de todas esas emociones encontradas era abrumadora.

Azulema le gritó: “¡Adía, debes dejar ir el dolor y mirar al frente!

¡Debes hacerlo!”.

“Eso hago”, decía ella.

“Pues hazlo con más fuerza, amiga”, le indicó Azulema, haciendo que las otras tomaran sus manos con más firmeza alrededor de Adía.

“¡Vamos, regresa aquí!”.

Todas las imágenes comenzaron a pasar rápidamente por la mente de Adía hasta que llegó a un momento en que se reencontró con su padre.

“Papá, ¿qué haces aquí?”, preguntó ella.

“Hija, sé que siempre fuiste un espíritu libre.

Libérate de tus culpas, pero fue mi culpa que perdieras a tu padre”.

“No fue tu culpa, mi pequeña niña”, le dijo su padre.

“Tú eres tú, y eres una guerrera.

Así que demuéstrale al mundo quién eres, mi joven soldado”.

Los ojos de Adía mostraron un brillo ensordecedor que cegó la habitación.

Todas cayeron al suelo, y en el medio, una vez que se disipó la luz, apareció una Adía con más determinación y fuerza.

“Gracias, Azulema”, dijo Adía mientras la ayudaba a levantarse del suelo.

“De nada, amiga.

Recuerda que, al haber roto ese bloqueo, todos los que te conocieron alguna vez recordarán lo sucedido”.

“Lo sé”, dijo ella.

“Lo único malo, amiga, es que te ves aún joven y no aparentas tu edad.

¿Cómo lo haces?”, le preguntó Azulema, sonriendo, luego de recomponerse.

“Pues no lo sé.

Creo que es un secreto mágico”, respondió Adía, y ambas se rieron junto con las chicas que estaban con ellas, quienes poco a poco se reincorporaban.

“Bien, es hora de buscar a Aiden”, dijo Adía con determinación en los ojos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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