El sistema del perro agente - Capítulo 91
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91: El inicio del ejercito 91: El inicio del ejercito “Bien, excelente.
El primer grupo terminó; no hubo ninguna baja”, dijo el doctor Laos mientras observaba los monitores con una expresión calculadora.
Los otros prisioneros, al escuchar el eco distante del dolor proveniente de la sala experimental, se miraron entre sí con ojos desorbitados por el miedo.
Los guardias pasaron como sombras implacables, llevándose al segundo grupo hacia el laboratorio, mientras regresaban al primero a otra celda, esta vez más fortificada, con gruesas barras de acero que parecían suspirar bajo el peso del sufrimiento contenido.
“Que pase el segundo grupo”, ordenó el doctor con un tono frío y mecánico.
Los robots obedecieron al instante, arrastrando a los jóvenes hacia lo desconocido.
Otra vez, el aire vibró con los gritos ahogados de los huérfanos, resonando como un eco interminable.
Aiden, por su parte, sentía ese dolor canalizado en su propio cuerpo, multiplicado por cada grito.
Intentaba controlarlo, pero su mente estaba en otro lugar, sumida en un abismo de pensamientos oscuros.
De pronto, la nube en forma de mujer apareció frente a él, etérea y luminosa, susurrándole: “Tranquilo, muchacho.
Sé que eres valiente.
Resiste.
Pronto vendrán a salvarte”.
Su voz era un bálsamo que calmaba temporalmente el caos en su interior, dándole fuerzas para enfrentar una y otra vez el ciclo infernal que se repetía con cada grupo.
“Bien, tomemos un descanso”, anunció el doctor Laos, abandonando el laboratorio con paso apresurado.
Nadie notó cómo desaparecía en su escondite secreto, donde encontró algo inesperado: el ratón que creyó muerto estaba más vivo que nunca, cubierto por una coraza brillante, como si fuera un caparazón resistente.
Laos sonrió con malicia.
“Así que esa cosa funciona sin necesidad del muchacho…
y funcionó con un animal viejo”, murmuró, sus ojos brillando con ambición.
Ahora solo necesitaba un conejillo de indias humano.
“Doctor, volvamos a seguir con el proceso”, indicó Swang por teléfono, su voz cargada de urgencia.
“El jefe Zeus está impaciente”.
“Ya voy”, respondió Laos, guardando nuevamente la roca negra en su bolsillo.
“Esta roca es interesante.
No se necesita un catalizador para activarla, pero debo seguir realizando más pruebas”.
Mientras tanto, varios grupos habían regresado, pero uno de los últimos permanecía en silencio, paralizado por el temor.
“Oigan, yo no creo poder”, balbuceó un joven llamado Karl, su voz temblorosa rompiendo el silencio.
“¿Por qué tienes miedo?”, preguntó otro huérfano a su lado, tratando de infundirle valor.
“Es que yo acabo de cumplir dieciocho años hoy”, confesó Karl, sus manos temblando mientras agarraba el borde de la mesa.
“Según lo que escuché al doctor y a los ayudantes decir, hasta los diecisiete o moriremos o, peor aún, nos convertiremos en abominaciones”.
Su voz era un susurro desesperado.
Otro chico, también mayor de edad, tradujo María, compartiendo la misma preocupación.
“¿Qué pasa?
¿Por qué la demora?”, preguntó uno de los guardias, su tono impaciente cortando el aire.
Karl se aferraba a la mesa con desesperación, negándose a moverse.
“¿Qué pasa contigo, mocoso?
Avanza, que no tengo todo el tiempo”, gruñó Swang, su mirada severa clavándose en él.
“No puedo, señora”, respondió el chico, su voz apenas audible.
“¿Por qué?”, insistió ella.
“Es que yo y unos cuantos más hemos cumplido dieciocho en el transcurso del viaje”.
Swang sacó una máquina similar a un escáner y la pasó sobre el último grupo.
Cinco tenían la edad mencionada.
“Maldición”, masculló.
“Bien, lleven a los demás al laboratorio mientras pienso qué voy a hacer con estos cinco”.
“¿Qué pasa?
¿Por qué la demora?”, preguntó el doctor Laos al entrar.
“Doctor, estos cinco tienen dieciocho.
O se convierten en monstruos horrendos o mueren.
O mejor aún, acabemos con su miseria en este instante”, sugirió Brenda, su tono frío como el hielo.
Pero Laos tenía otros planes.
Era como si alguien le hubiera enviado un regalo: el suero negro finalmente tendría sus primeros sujetos de prueba adultos.
“No, Brenda.
Déjalos.
Experimentaré con ellos.
Quizá los convierta en algo útil.
Ya pensaré.
Déjalos ahí y continuemos con el último grupo”.
La mujer lo miró escéptica, pero aceptó y se retiró del lugar de las celdas.
Antes de que Laos saliera, activó los robots contenedores con su brazalete, sumiendo a los chicos en un sueño profundo, y les indicó: “Llévenlos aquí”, señalando las máquinas que conducían al laboratorio secreto.
“Ya terminé con todos los mocosos.
Ahora veamos qué poderes tienen”, murmuró Laos para sí mismo.
Pero antes de que pudiera continuar, Zeus ingresó al lugar de las celdas y le dijo: “De ahora en adelante, Maos se encargará”.
“¿Señor?”, protestó Laos, incrédulo.
“Dije que él se hará cargo”, repitió Zeus, su mirada fija y autoritaria.
“Bien, como quiera.
Usted es el jefe”, respondió Laos, retirándose a regañadientes.
Swang también estaba a punto de salir de la sala cuando Maos la detuvo, agarrándola del brazo.
“Siempre es bueno contar con una amiga”, le dijo, mostrando una sonrisa sínica.
La mujer dudó por un momento.
¿Debería seguir a Laos, quien ya no lideraría el proyecto, o continuar bajo las órdenes de Maos, un hombre en quien no confiaba?
Pero servir a Zeus podría significar ganar puntos para ser nombrada doctora en jefe algún día.
“Bien, me quedo”, dijo finalmente, suspirando.
“Pero con una condición: igualdad en el crédito por el trabajo”.
El hombre aceptó, estrechando su mano.
Zeus les indicó a ambos que quería ver los resultados de la siguiente fase y se retiró.
“¿Qué quería decir con eso?”, murmuraron los amigos de Aiden cuando lo trajeron de vuelta a la celda.
El muchacho estaba casi desmayado de pie, pero siempre atado.
“Pero, ¿qué te han hecho, Aiden?”, se preguntaba Elena en su interior, luchando contra el impulso de ir a consolarlo.
“Oigan, chicos, ¿están bien?”, preguntó Billy, seguido por María, quien repitió la pregunta en otros idiomas.
Ninguno respondió.
“Debe ser como nosotros, que nos quedamos así por un buen tiempo”, indicó María.
Elena tomó valor y se acercó a Aiden.
“Si puedes oírme, lamento lo que hice.
Por mi culpa estamos atrapados.
Si no te hubiera conocido, esto no habría pasado”, se lamentó ella, lágrimas resbalando por sus mejillas.
“Así que hay que llevarlos a un estado de casi muerte o infligirles daño para que reaccionen y activen sus poderes”, le dijo Brenda a Maos, una vez que le contó lo que había descubierto.
“Bien, mocosos, levántense”, ordenó Maos, y de inmediato todos los presentes obedecieron.
“Hoy tendré que llevarlos al límite para activar sus poderes.
Claro, menos los infantes de meses hasta los cuatro años, quienes irán a reeducación, ya que, si bien tenían el veneno de las máquinas araña, es mejor capacitarlos desde cero.
El resto, vengan conmigo”.
Abrió las rejas, y todos salieron sin objetar.
“Pero, ¿qué está pasando?”, exclamaron Billy, Elena y María al observar que los chicos, antes obstinados y renuentes a seguir las órdenes de los científicos, ahora los seguían como mansos corderos.
“Pareciera que están bajo el control mental”, indicó Swang.
“Este maldito Maos ya tenía todo preparado”.
Se decía a sí misma, furiosa.
“Swang, encárgate de los menores de cinco años.
Llévalos a otra área.
De momento no sirven, o puede ser que sus poderes sean incontrolables.
Haz que los robots los cuiden”, indicó Maos, quien se iba con los demás por una puerta.
“¿Quién se cree ese?
Yo no soy niñera de nadie.
¿No que íbamos a ser iguales?”, protestó Swang, molesta.
“Mejor me quedaba con Laos”, murmuró, arrepentida.
“Hazlo, o luego vienes al lugar que tengo preparado para el entrenamiento”, indicó el científico loco.
Laos, mirando por la cámara espía que había colocado, murmuró: “Ese maldito Maos.
¿Qué hizo con mis sujetos de prueba?
Les agregó alguna especie de control.
Lo tenían todo preparado desde que mi padre murió.
Ese sujeto estuvo haciendo experimentos en secreto.
Según tengo entendido, algunos salieron y otros no porque no tenía los escritos de mi padre y, además, porque se le acabaron las piedras”.
Se decía el doctor Laos.
“No importa.
Ahora que tengo a estos cinco, comenzaré a crear mis propios soldados.
El señor Zeus me hizo a un lado como cualquier cosa.
Este es mi legado, el experimento que mi padre logró realizar.
Ambos lo pagarán caro.
Lo juro”.
Mientras generaba dosis extraídas de la roca negra, se rio desenfrenadamente, un sonido que resonó en toda la habitación.
Mientras tanto, Maos, con todos los reclutas bajo su control, los llevó a un campo que parecía una zona de guerra.
De la nada, emergieron muchos robots humanoides de color rojo, emergiendo del suelo.
En vez de cabeza, tenían un disco con una esfera giratoria, dos brazos con pinzas donde deberían estar las manos y varios artilugios en las espaldas.
Algunos traían escudos, otros espadas y otras armas.
Maos se dirigió al robot líder y le dijo: “Instructor, es hora de que entrenes a estos chicos.
Debes hacerlo rápido y sin piedad.
Llévalos al límite.
Es la única manera de que muestren sus poderes.
Además, el señor Zeus los quiere ya”.
El robot entendió el mandato y formó a los demás.
“¡Vamos a por ellos!”, indicó Laos a los jóvenes, dando la orden sin un ápice de emoción.
En eso, se escuchó un grito: “¡Ataquen!”.
Los muchachos corrieron hacia los robots, gritando con furia contenida.
Ambos bandos chocaron en una explosión de caos y energía.
A pesar de no sentir dolor ni emociones debido al suero que les aplicó Laos y al control mental impuesto por Maos, el combate era brutal.
Llegó Brenda y preguntó: “Señor Lucas”, refiriéndose al nombre real de Maos.
El hombre la miró de reojo.
Ella tragó saliva y repitió: “Doctor Maos, ¿qué está pasando aquí?”.
Sorprendida, observó el campo de batalla, donde los jóvenes comenzaban a mostrar sus poderes tras ser llevados al borde de la muerte por la avalancha de robots.
“Lo que ves aquí es la formación del primer ejército de seres con poderes de nuestro señor todopoderoso Zeus.
Con ellos, conquistará el mundo”.
Maos se echó a reír desenfrenadamente, mostrando el campo de batalla, que parecía haber sido devastado por una tormenta de bombas.
“Eso es impresionante”, dijo Swang.
“Pero esos chicos ni tienen sentimientos ni sienten dolor.
¿Cómo es posible?” “Es un coctel de venenos de mi parte”, respondió Maos.
“Si esto sigue así, en menos de una semana tendremos el ejército activo”.
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