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El sistema del perro agente - Capítulo 94

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94: Una Revelación Extraña 94: Una Revelación Extraña Maldición, no esperé que ese can fuera tan fuerte.

Entonces, el contenido de esa cosa debe ser poderosa.

Debo anotarlo para decírselo a mi maestro.

No puedo hacer más.

Iré a buscar los artilugios que deben guardar por aquí, aunque no me hago muchas ilusiones.

Si resultan ser aburridos como estos juguetes… lo decía por los robots.

Se dirigió a uno de los ambientes a buscar, pero no encontró lo que quería.

Solo halló una gran bóveda con una puerta muy resistente y una especie de pantalla que la abría.

Sin embargo, cuando se disponía a acercarse, alguien lo tomó de la mano con firmeza.

—Oye, tonto, esta zona es restringida.

Además, debemos volver a nuestra sección.

El jefe nos llama —dijo una voz detrás de él.

Eliot giró rápidamente, sorprendido.

Era Travis, un compañero de equipo conocido por su carácter pragmático y su sentido del deber.

Su rostro estaba marcado por una expresión seria, casi impaciente.

—Ah, eres tú, Travis —respondió Eliot, intentando disimular su nerviosismo mientras retiraba su mano con brusquedad—.

Pero quería ver… Me deslumbró este lugar.

Travis suspiró, cruzándose de brazos.

Su mirada recorrió la habitación antes de posarse nuevamente en Eliot.

—Sí, es intrigante.

Esa puerta es donde guardan todo lo peligroso y desconocido.

Pero no es para nosotros.

Es mejor irnos antes de que nos vean aquí y nos llamen la atención.

—Pero yo quiero ver qué hay —insistió Eliot, con un tono que mezclaba curiosidad y frustración.

Travis lo agarró del brazo y lo jaló hacia la salida, sin darle tiempo a replicar.

—Luego el equipo quiere verte, y el jefe también.

Al llegar a una puerta blindada, Travis se detuvo y colocó un código en un panel digital.

La puerta se abrió con un siseo metálico, revelando una habitación amplia y bien iluminada.

Dentro, había cinco personas esperando.

Una de ellas, un hombre de unos cuarenta años con una cicatriz profunda en el ojo derecho, se levantó al verlos entrar.

—Hola, jefe, ya llegamos —anunció Travis, con un tono que denotaba respeto, aunque algo forzado.

—Qué bueno que llegan.

¿Cómo estás, agente I-Cinco?

—preguntó el líder, cuyo nombre era Olaf Inks.

—Ay, señor, no hay por qué ser tan corteses.

Aquí todos sabemos nuestros nombres —intervino Travis, con una media sonrisa burlona.

Olaf lo fulminó con la mirada.

—Así es la política —replicó con firmeza.

—Pero, jefe… —protestaron algunos de los presentes.

El líder los ignoró y continuó hablando.

—Estamos reunidos por lo que le pasó a tres de nuestros compañeros caídos en combate: I-Siete, I-Ocho e I-Nueve.

Una mujer llamada Anais Green, joven y de cabello castaño claro, interrumpió con un tono molesto: —Oiga, jefe, para usted solo somos números.

Si no recuerda, ellos eran Remi Reyes, Aldo Bras y Rocky Du.

Olaf suspiró, pero su expresión no cambió.

—Lo sé, muchacha.

Lo sé.

Pero para fines operativos somos números.

Ellos sabían los riesgos y peligros del trabajo.

Cris Rope, un muchacho de veintiocho años con un aire rebelde intervino: —Sí, jefe, pero sea un poco más empático.

Miguel Rojas, conocido como I-Tres, añadió con un tono cargado de frustración: —Jefe, sabemos que somos como carne de cañón porque no tenemos poderes, y cualquiera que los tenga acabará con nosotros.

Pero día a día nos esforzamos.

Olaf asintió lentamente, aunque su postura seguía siendo rígida.

—Si, jefe, no sea tan estricto con las normas.

Sabemos que usted es muy serio, así que nosotras dos no diremos nada —indicó Berta Woo, hablando también por Patricia Flex, I-Cuatro e I-Diez respectivamente, ambas de veinte años.

—Las normas están para cumplirse —replicó Olaf, con una frialdad que helaba el ambiente—.

Además, ahora tengo menos personal primario a diferencia de los cinco primeros escuadrones.

Solo puedo tener diez a mi cargo y el resto en reserva.

Tendré que promover a tres más.

Qué lástima, eran tres jóvenes promesas.

Tome nota, I-Uno, para luego hacer los cambios al equipo.

La mujer que escribía, de apariencia joven, pero con treinta y siete años, asintió en silencio.

—Señor, sigue con eso de los números —señaló Cris, visiblemente irritado.

—Bueno, fuera de que me hacen perder el tiempo, Eliot, cuéntanos qué pasó en esa cueva —ordenó Olaf, clavando su mirada en el joven.

Eliot tragó saliva, sintiendo cómo todas las miradas convergían en él.

Inspiró profundamente antes de hablar.

—Pues verá, señor, no recuerdo mucho.

Lo poco que sé es que unos monstruos con garras grandes nos atacaron y despedazaron a mis compañeros.

Más aún, se los comieron.

Por eso no pudieron encontrar sus cuerpos.

Los presentes quedaron horrorizados ante la crudeza de las palabras de Eliot.

Todos, excepto Olaf, quien permaneció impasible.

—Qué horrible —murmuraron algunos.

—Qué mal por ellos.

Hagamos un minuto de silencio —indicó Olaf, con un tono que parecía más protocolar que genuino.

Aunque estricto como una piedra, en el fondo, Olaf tenía un lado humano, o al menos eso era lo que pensaba Anais.

Cuando terminó el minuto de silencio, Olaf continuó: —Si eso es todo, pueden retirarse.

Y no se olviden de que mañana iniciaremos un entrenamiento más fuerte para volverlos más fuertes, además del uso de tecnología experimental.

Todos salieron del lugar.

Travis, preocupado por Eliot, intentó acercarse a él, pero el joven lo rechazó con un gesto brusco.

No quería compañía; necesitaba estar solo para procesar lo que había ocurrido y planear cómo abriría esa puerta misteriosa.

En otro lugar, Maos estaba en su laboratorio junto con Sir Larot, colocándole una nueva armadura mejorada.

De pronto, sintió una corriente de aire frío entrar por la ventana.

Se disponía a cerrarla cuando una voz lo detuvo.

—No es necesario.

Maos se giró rápidamente, alarmado.

—¿Quién eres?

Voy a llamar a seguridad —amenazó.

—Como te dije, no es necesario.

Quizá no me reconozcas por este aspecto que traigo, aunque es momentáneo.

El efecto pasará muy pronto… En tres, dos, uno.

Lo que cubría al ser comenzó a derretirse, revelando su verdadera forma.

—Ah, eres tú.

Pensé que habías desaparecido del mapa cuando la nave que transportaba el aparato chocó y no hubo sobrevivientes —dijo Maos, con una mezcla de sorpresa y alivio.

—Soy un tipo duro de matar —respondió el ente con una sonrisa enigmática—.

Veo que lograste obtener las piedras.

¿Cómo?

Maos explicó: —Todo se lo debemos al tonto de Laos.

Él se encargó de todo siguiendo lo que su padre le dejó en los escritos.

Incluso trajo más de lo necesario, además de enfrentarnos al guardián que se encontraba en la cueva.

—¿En serio?

¿Entonces tienen la roca negra también?

—preguntó el ente, con un brillo de interés en sus ojos.

—No, creo que no.

Solo tenemos toneladas de rocas para convertirlas en líquidas para la máquina y… bueno, un niño que puede abrir esas puertas.

—¿Un niño?

¿Acaso es un Lux?

—preguntó el ente, intrigado.

—No, luce más humano.

Así que un humano… Uno de los Lux tuvo crías con un humano.

—Muéstrame al muchacho.

Debo entrar en ese portal y obtener mi premio, lo que me devolverá a la normalidad.

—Quizá una cantidad grande de dosis de las piedras pueda volver a verte como antes —sugirió Lucas Maos.

—No creo.

Eso solo es momentáneo.

Pero la roca negra puede hacer maravillas sin usar a otro como intermediario.

Un poco sádicas son sus prácticas para dar poderes, pero si tenían una piedra negra, ¿por qué no la usaron desde un principio?

—cuestionó el científico.

—No se puede.

El monarca supremo lo decretó, y por eso colocó a cuatro bestias a proteger las minas y a la quinta, que era Urion, para cuidar la piedra negra.

Aunque ese pelele de Urion no es tan fuerte como los otros cuatro, pero en fin.

Vamos donde ese mocoso.

—No puedo.

Zeus no te pasa.

Además, es mejor para ti que pienses que estás muerto.

Así puedes sacar ventaja.

¿Y cómo?

—preguntó el ente.

—Pues puedo hacer cosas para ti en secreto, pero si me das más conocimiento, sé que lo tienes.

Es vasto.

¿Qué se siente estar sumergido dentro del cuerpo de un Lux combinado con todas las piedras, señor Eros?

El ente se tensó al escuchar ese nombre.

—Eros… Ese nombre no lo escuchaba hace mucho.

Desde ese accidente en el que me vi envuelto en ese líquido, pensé que moriría.

Pero Gol se fusionó con mi ser, y ahora tengo un vasto conocimiento.

—Bien, jugaré tu juego por ahora, Maos.

Pero si me traicionas, lo pagarás caro.

—Pero ya no me llames Eros.

Ya no soy más ese científico ni tampoco Gol.

Desde ahora, llámame Geros, y todo el mundo me conocerá así.

Qué bueno que mi tonto hijo siguió mi legado dándome el siguiente paso a mi venganza sin saberlo.

—Como usted ordene, señor.

Prepararé una visita con el muchacho una vez que se recupere —indicó Lucas.

—Excelente —dijo Geros, con una sonrisa diabólica—.

Veo que sí, señor.

También cree el ejército que pidió.

Solo le mostré a Zeus lo que quería ver.

Luego, cuando tenga más confianza, tomaremos todo ese ejército para nosotros.

Todo va de acuerdo al plan, y uno de mis ayudantes se encargará de esa agencia especial.

Será un ganar y ganar.

—Veo que aún tienes a ese sujeto después de tanto tiempo.

Lo conservo, Zeus, como su guardaespaldas personal —indicó Maos.

—Debería matarlo aquí mismo.

Por su culpa estoy como estoy —gruñó Geros.

—No se preocupe.

Este es solo un juguete para mí.

Está bajo mis órdenes, y con él podemos aniquilar a Zeus.

Ese sujeto debe sufrir y pagar por lo que hizo.

—Bueno, señor, parece que el muchacho entró en sí.

Pronto lo traeré ante usted para que pueda mantener su forma, y luego entraremos por la roca —concluyó Maos.

Geros rio diabólicamente, un sonido que resonó en la habitación como un eco oscuro.

El doctor científico Maos lo acompañó en su risa, ambos compartiendo una complicidad que auguraba planes terribles.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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