El sistema del perro agente - Capítulo 96
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96: Fuera Competencia 96: Fuera Competencia Zeus dirigió a sus nuevos soldados con poderes hacia diversas partes del mundo, enviándolos sigilosamente para eliminar a su competencia sin dejar rastro.
El general Ube fue el encargado de algunas operaciones junto con sus dos hombres, quienes casi le costaron el pellejo debido al desastre que ocasionaron en Arnoldstein.
“Espero que esta vez no fallen”, les indicó Ube a Erika y Paul mientras les entregaba unas pulseras que controlaban a los sujetos bajo el dominio de Maos.
Ambos estaban en la base de Aldos, en África.
“¿Cómo va todo, señor?”, preguntó Aldos a Ube.
“Bien.
Todo va de acuerdo al plan.
Mis dos soldados comandarán el apoyo junto con la tropa que nos envió el gran jefe”, respondió el general de operaciones.
“Bien, Uve.
Tendré una reunión importante.
No quiero que me molesten.
Hagan su trabajo con sumo cuidado y discreción.
Ya saben cómo yo digo: ‘La supervivencia es un arte, y yo soy su maestro'”.
El líder de Radar en África salió de la habitación con una mirada amenazadora que dejaba claro que no dudaría en acabar con todos ellos si algo salía mal.
“Ya oyeron al señor.
Prepárense para realizar los preparativos y acabar con la competencia”, ordenó el general.
Erika se cruzó de brazos, molesta.
“¿Por qué tenemos que llevar a estos que ni hablan?” Paul rodó los ojos.
“Son soldados con poderes y están adiestrados para ser letales gracias al control que Maos les impuso.
¿No prestas atención, tonta?” Ella sonrió con malicia.
“Pero a mí me gusta ver las cosas explotar.
Me apasiona.” Él suspiró.
“Ya ve, señor.
Ella es una loca.” Ube intervino con firmeza.
“Dejen de pelear.
Es hora de ponerse a trabajar.
Colóquense sus trajes.
Yo los estaré monitoreando desde aquí.
Y ya saben lo que pasó en Arnoldstein.
No quiero otro desastre.
¿Les quedó claro?
Es una orden.” Ambos asintieron con la cabeza.
De inmediato, todos comenzaron a colocarse máscaras que cubrían completamente sus rostros.
Era hora de avanzar.
Erika, Paul y cinco chicos más ingresaron a una de las compañías llamada Capalax, una empresa que se encargaba de avances tecnológicos en salud pero que, en secreto, fabricaba armas para el continente.
Entraron por las habitaciones apagando todos los servicios eléctricos por unos instantes.
Dispararon a todo lo que se movía en su camino, dejando un rastro de sangre.
Apagaron cámaras para no alertar a los guardias con ayuda del genio que los ayudo a ocultar sus identidades la vez pasada.
Tomaron el elevador y descendieron.
Vera, una de las acompañantes, rompió el silencio.
“¿Por qué todas las cosas buenas siempre están abajo?” Paul respondió con sequedad.
“Arriba solo están los tontos líderes de la empresa dando la falsa cara de la compañía.
Abajo es donde se parte el lomo experimentando y armando lo que en verdad venden, sin ser descubiertos.” Llegaron al último piso subterráneo y encontraron a muchos científicos trabajando en sus laboratorios.
Erika sonrió con crueldad.
“Es su turno, pequeñas sabandijas”, les indicó a los soldados que los seguían.
Estos salieron del elevador y comenzaron a sembrar el caos.
Quemaban, congelaban, rompían y cortaban a los pobres científicos sin piedad.
Erika y Paul observaban desde la puerta del elevador.
Ella se relamía los labios con placer.
“Guau, sí que son sádicos.
Ni yo soy así, pero me gustaría tener esos poderes para serlo.” Él la miró con desprecio.
“Qué loca eres, Vera.” “Y a ti no te gusta ver la sangre correr ni la cara de tus víctimas, ¿verdad?” replicó ella.
“No, no me gusta.
Solo mato por órdenes”, respondió él fríamente.
“Además, recuerda que solo hasta los diecisiete años pueden obtener poderes con esa máquina que usan los científicos en Radar o como desea llamarse estos días.
Así que no puedes tenerlos.” Erika sacó una espada y cortó a un científico que intentaba escapar.
“Es verdad.
Yo disfruto hacer sufrir a mis enemigos, pero esos mocosos ni siquiera saben lo que están haciendo.
Están siendo controlados por los grandes, como Zeus.” En ese momento, Paul recibió una llamada de Ube por el auricular.
“Verifiquen si hay algo que valga la pena y tráiganlo.” “Entendido, señor”, respondió Paul antes de dirigirse a uno de los soldados.
“Tú, ve y busca algo importante.
Esta cosa te ayudará.” Activó un pequeño robot escáner y le entregó varias cápsulas recolectoras.
“Tú quedas a cargo”, dijo señalando al más alto.
“Revisen todo.” Erika lo miró con curiosidad.
“¿A dónde tan apresurado?” “Vamos a ver al líder de esta compañía”, respondió él mientras ambos subían al ascensor.
Al llegar al piso más alto, se encontraron con el jefe fundador de la empresa y sus accionistas, quienes aún no sabían del peligro que acechaba en su edificio.
La mujer conocida como la Camaleona Cibernética, experta en cambiar su cabello y rostro para no ser reconocida, había hecho bien su trabajo.
Algunos decían que lo hacía porque tenía la cara destruida; otros, porque así resultaba más difícil de encontrar.
Fuera cual fuera la razón, era muy hábil como hacker, aunque no tanto como Adrián, quien había logrado reconstruir la imagen alterada por ella sobre ambos sujetos por Paul y Erika en Arnoldstein.
Las puertas del ascensor se abrieron siguieron por el corredor y al final del pasillo había una puerta grande custodiada por dos tipos armados eran los guardias, Erika se sonrió para luego las puertas abrirse, revelando a los dos sujetos imponentes que custodiaban con cuchillos clavados en la cabeza.
El empresario gritó: “¡¿Quién anda ahí?!” Los accionistas temblaban de miedo.
Erika y Paul entraron.
Ella miró a Paul.
“¿Puedo?” “Ve por ellos”, respondió él simplemente.
Erika sacó dos grandes espadas ninja de su espalda y comenzó a acabar con todos a diestra y siniestra.
Finalmente, acorraló al líder en una esquina y le voló la cabeza.
Luego, se quitó el casco y lamió la sangre de sus enemigos.
“¿Qué haces?” preguntó Paul, horrorizado.
“Es un ritual que me gusta hacer cuando acabo con mis enemigos: beber un poco de su sangre.” “Qué asquerosa eres”, murmuró él, pensando que estaba completamente loca.
“Bien, nos vamos”, dijo Paul, llamando a los cinco soldados que los acompañaban.
Dejaron unas bolas de billar en el suelo y saltaron por la ventana del decimotercer piso con un gancho.
Activaron las bombas con un botón, haciendo que todo el edificio comenzara a colapsar.
Se retiraron con el botín y subieron a su nave.
“Esta vez hicieron un buen trabajo”, indicó el jefe.
“Sin testigos.” Mientras tanto, en las noticias, se informaba que la empresa Capalax había sido destruida por lo que parecía un reactor en mal funcionamiento, gracias a una nota entregada por la Camaleona.
Y así, varios incidentes similares comenzaron a suceder por todo el mundo.
En lo que parecía un salón de clase, Melisa estaba junto a sus dos acompañantes tratando de encontrar alguna pista sobre estos casos y determinar si tenían algo en común.
En una de las fotos, se podía ver al sheriff Jeff herido, rodeado de bolsas negras con cadáveres.
“Melisa, ¿te encuentras bien?” preguntó Creg, preocupado al verla inmersa en el tablón lleno de hilos y notas que había armado como si fuera un detective resolviendo un caso.
“Creo que ya voló”, comentó Ian, tratando de hacerse el gracioso.
“Espero que me dé de la que usa.” “No te hagas el payaso, muchacho”, le reprendió Creg mientras seguía llamando a la chica sin respuesta.
“Chocolate caliente”, anunció el profesor, entrando con su ayudante trayendo bebidas y bocaditos para todos.
Vio que Melisa no hacía ni una mueca y dijo: “Ay, no, de nuevo.” “¿Qué quiere decir, profesor?” preguntaron sus dos amigos presentes.
“Cuando está en ese modo, piensa como un detective tratando de armar las piezas del rompecabezas por sí misma.
Y si creo que lo que sigue después no les va a gustar.” Melisa volteó y los miró a los muchachos.
“Muchachos, prepárense.
Nos vamos a embarcar en una aventura, aunque sea peligrosa.” “Me lo temía”, dijo el profesor tomando su chocolate.
“Sé dónde pueden estar estos individuos, y los voy a exponer.
Así ese grupo de agentes especiales tenga que intervenir, todo saldrá a la luz”, indicó ella.
Y dirigiéndose al profesor, añadió: “Puede llamar a Michelle.
Tengo un trabajo para ella.”
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