El sistema del perro agente - Capítulo 98
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98: Busca y encontraras (1) 98: Busca y encontraras (1) En la cafetería, Jeff, junto a Tecro y un grupo de hombres que se habían unido a ellos, comenzaron a buscar información sobre los sujetos que atacaron la estación de policía y secuestraron a los niños.
No podían quedarse de brazos cruzados; había demasiado en juego.
Uno de los hombres levantó su teléfono con una expresión seria.
“Tengo algo”, anunció después de recibir una llamada.
“Un amigo dice que vio a dos personas con las características que mencionó Tecro en un desierto de África.
Nos enviará las coordenadas cifradas, por si esas personas interceptan la información”.
Tecro, siempre metódico, pasó los datos por su algoritmo offline.
Después de unos minutos de silencio tenso, levantó la vista y asintió.
“Kenia”, dijo simplemente, con un tono que no dejaba lugar a dudas.
“Así que Kenia, ¿eh?” reflexionó Jeff en voz alta, frotándose la barbilla mientras sus ojos brillaban con determinación.
“¿Qué dicen, muchachos?
¿Nos vamos para allá?” Los hombres intercambiaron miradas cargadas de incertidumbre.
Uno de ellos, un hombre corpulento con cicatrices en el rostro, rompió el silencio.
“¿Y cómo piensas ir para allá?”, preguntó con escepticismo.
Jeff lo miró directamente a los ojos, su voz firme como una roca.
“Tengo contactos.
Además, el dinero no es lo importante aquí.
Lo que importa es acabar con esos individuos que invadieron nuestro pueblo, asesinaron a nuestros amigos y se llevaron a los niños.
¿Quién está conmigo?” Tecro fue el primero en responder.
Puso su mano sobre la mesa, sus dedos temblaban ligeramente, pero su voz era decidida.
“Después de todo, Jeff siempre me ha cuidado.
Estoy contigo”.
Uno a uno, los demás hombres siguieron su ejemplo, colocando sus manos sobre la de Tecro en un gesto de unidad.
“Bien”, dijo Jeff, satisfecho, mientras sacaba su teléfono.
Marcó un número y esperó pacientemente.
“Hola.
Sé que no hablamos muy poco, pero me debes un favor.
Con esto, saldaremos cuentas para siempre”.
La voz al otro lado de la línea sonó cansada, pero resignada.
“Está bien.
Pero con esto, estamos a mano”.
“Sí”, confirmó Jeff antes de colgar.
Luego se volvió hacia los hombres.
“Vayan a la pista de aterrizaje cinco a las ocho de la noche.
Nos despediremos de nuestras familias esta tarde.
Si tienen miedo, no vengan.
Lo entenderé”.
Mientras los hombres se dispersaban para alistarse, Jeff visitó el hospital.
En la habitación, Ana, la madre superiora, yacía conectada a máquinas que monitoreaban su frágil estado.
Jeff tomó su mano entre las suyas, sus nudillos blancos por la presión.
“Ana”, murmuró, su voz apenas un susurro.
“Sé que la venganza no es buena, pero necesito quitarme este dolor.
Por ti, por mis compañeros, por los niños…
Haré algo que quizá me arrepienta, pero te quiero con toda mi alma”.
Besó su mano con ternura antes de salir de la habitación, dejando atrás una promesa silenciosa.
A las ocho en punto, diez de los veinte hombres que habían estado en la cafetería se presentaron en la pista de aterrizaje.
“¿Y los demás?”, preguntó Jeff, aunque ya conocía la respuesta.
“No vendrán”, respondió uno de los hombres con un encogimiento de hombros.
“Bien”, dijo Jeff, ajustándose el cinturón.
“Seremos doce en total, incluyendo a Tecro y a mí.
Vamos a acabar con esos malditos”.
En la pista, un avión pequeño aguardaba con la puerta abierta.
Los hombres subieron uno a uno, y desde la cabina del piloto emergió una joven de veintiún años.
Su cabello largo, negro con puntas moradas, contrastaba con su tez clara.
Sus ojos cafés, coquetos pero decididos, escrutaron a los pasajeros.
Era Michele, la sobrina de Jeff.
“Hola, tío Jeff”, saludó ella con una sonrisa forzada.
“Espero que con esto quede saldada nuestra deuda”.
Jeff la observó con atención.
“Si me ayudas con esto, todo estará olvidado.
¿Qué hiciste con tu cabello?” “Bueno, quise cambiar de look.
El rubio era muy llamativo”, respondió ella con un tono ligero, aunque sabía que su tío no se dejaría engañar fácilmente.
“¿Andas en algo, jovencita?” preguntó él con una ceja levantada.
Ella cambió rápidamente de tema.
“Bien, destino Nairobi, Kenia, entonces”.
“¿Y tus padres saben a dónde vas?” “No, pero ya soy mayorcita.
Además, papá tiene una flota entera de aviones.
Que le falte uno no será un problema”.
“Tienes razón”, admitió Jeff, aunque no parecía del todo convencido.
Michele presentó a su copiloto, Choy Jox, un joven de ascendencia japonés de veintidós años con una presencia calmada y amigable.
Su cabello negro y liso, junto con sus ojos cálidos, inspiraban confianza.
Saludó a Jeff con un apretón de manos un poco tembloroso.
“Tranquilo, mi tío no muerde.
Además, hoy está de civil”, bromeó Michele.
Choy sonrió tímidamente.
“Mucho gusto, señor.
Buen viaje”.
Luego, Jeff presentó a Tecro Wong, el es mi compañero, quien se mostró un tanto avergonzado al decir que vivía con él.
“Ah, así que tú eres el compañero de mi tío y vives con él pregunto ella.
Pensé que era huraño, pero veo que ahora tiene compañía” insinuó ella.
“No seas tonta, niña”, gruñó Jeff.
“Él vive conmigo porque trabajamos juntos además le alquilo una habitación.
Además, esto lo hago por Ana, que está grave en el hospital.
Cuanto menos sepas, mejor”.
Michele asintió, su tono ahora serio.
“Entiendo, tío.
Pobre la señorita Ana Lang”.
El avión despegó con un rugido suave.
Durante el vuelo, Tecro repasó las características de los responsables del caos en Arnoldstein, mientras Jeff planeaba su próximo movimiento.
Michele, por su parte, navegaba las noticias en su tableta.
Leyó titulares escalofriantes: “Peligro en la ciudad: acaban con la vida de varios policías de forma macabra en la estación”.
Otro decía: “Hieren de gravedad a la madre superiora del orfanato”.
Y otro más: “Secuestran a huérfanos del orfanato de Arnoldstein”.
“Oh, no”, murmuró Michele para sí misma.
“¿Qué está pasando en este mundo?
¿Tendrá alguna conexión con lo que vivimos antes?” Su copiloto, Choy Jox, la observó con curiosidad mientras ajustaba algunos controles en la cabina.
Sus ojos oscuros brillaban con un destello de interés detrás de sus gafas de aviador, y su expresión calmada contrastaba con el tono inquisitivo de su voz.
“¿Qué pasa, Michele?
¿A qué deuda se refería tu tío cuando dijo que quedaría saldado?” Michele dejó escapar un suspiro suave, como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
Finalmente, se giró hacia él, apoyando el codo en el reposabrazos de su asiento mientras miraba por la ventana del avión.
El cielo nocturno estaba salpicado de estrellas, pero su mente parecía perdida en otro lugar, en otro tiempo.
“Bien, te lo contaré porque eres mi mejor amigo”, comenzó, su tono ligero pero cargado de nostalgia.
“Cuando era adolescente, hice algo increíblemente estúpido.
Tomé prestada una avioneta de mi padre sin permiso.
No tenía experiencia real, solo unas cuantas horas de vuelo que me había colado a hacer cuando nadie miraba.
Pensé que sería divertido, ya sabes, sentirme libre…
Pero todo salió mal”.
Hizo una pausa, como si las palabras pesaran más de lo que quería admitir.
“Estrellé la avioneta en el granero del viejo Tom.
Por suerte, no me lastimé, pero el granero quedó hecho trizas.
Mi padre habría descubierto todo de inmediato si no hubiera sido por mi tío Jeff”.
Choy arqueó una ceja, intrigado.
“¿Qué hizo tu tío?” “Él llegó antes que nadie”, continuó Michele, su voz ahora más baja, casi un murmuró.
“Me encontró sentada en medio de los escombros, temblando y llorando como una niña pequeña.
Me dijo: ‘¿Cómo has sido tan imprudente?
Podrías haber muerto o matado a alguien’.
Yo solo podía rogarle: ‘Por favor, tío, ayúdame.
Si mi padre se entera, me castigará de por vida'”.
Se detuvo un momento, recordando la mirada severa pero compasiva de Jeff.
“Él sabía que estaba en un dilema.
Su carrera como policía y su ética estaban en juego.
Pero también sabía que si no me ayudaba, mi padre me metería en problemas mucho peores.
Así que tomó una decisión: reportó la avioneta como robada y convenció a todos de que había sido un acto delictivo externo.
Mis padres solo tuvieron que pagar por las reparaciones del granero, y yo…
bueno, yo no terminé en prisión”.
Choy silbó impresionado, inclinándose hacia atrás en su asiento.
“Guau, qué loca historia.
Ojalá yo tuviera un tío policía”.
Michele rodó los ojos, aunque una sonrisa traviesa asomó en sus labios.
“Sí, claro, cállate ya, Choy”, le dijo con fingida molestia, intentando cambiar de tema.
El joven piloto levantó las manos en señal de rendición, riendo suavemente.
“Está bien, está bien, no diré nada más.
Pero tu tío parece un tipo bastante genial”.
El avión comenzó a descender lentamente, y Michele activó el altavoz para anunciar la llegada.
“Atención, hemos aterrizado en Nairobi.
Todos abróchense los cinturones para el aterrizaje final”.
Una vez en tierra, los hombres bajaron del avión uno a uno, cada uno cargando consigo una mezcla de determinación y nerviosismo.
Jeff se acercó a Michele, quien permanecía junto a la escalerilla del avión, observándolo con una mezcla de admiración y preocupación.
“Ve tranquila”, le dijo él con firmeza, su voz cargada de autoridad, pero también de ternura.
“Ya pagaste tu deuda.
Ahora déjanos hacer lo que debemos”.
Michele lo miró a los ojos, viendo en ellos una determinación inquebrantable, una resolución que no dejaba espacio para la duda.
Sabía que no había forma de disuadirlo, que su tío estaba decidido a enfrentar lo que fuera necesario para cumplir su misión.
Sin decir nada más, asintió ligeramente y regresó al avión, dejando a los hombres listos para enfrentar lo que les esperaba en Kenia.
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