El sistema - Capítulo 1
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1: Tomás 1: Tomás Capitulo 1 Tomás Nadie miraba a Tomás Rivas dos veces.
Ni el mozo que le servía el café, ni la pareja que discutía en la mesa de al lado, ni el hombre que revisaba su celular en la barra.
Y eso era exactamente como él quería que fuera.
El bar era común, incluso un poco descuidado.
Luces blancas, paredes gastadas y un televisor viejo colgado en una esquina.
Nada que llamara la atención.
Nada que quedara en la memoria.
Tomás apoyó la taza en el plato con cuidado y miró la pantalla de su notebook.
Una máquina vieja, lenta para cualquiera… menos para él.
Sus dedos se movían sin apuro, pero con precisión.
En la pantalla, números.
Transferencias.
Rutas invisibles de dinero viajando de un país a otro en segundos.
Millones.
No había emoción en su cara.
Solo concentración.
Para cualquiera, sería incomprensible.
Para él, era rutina.
Respiró hondo, dio un sorbo al café y ejecutó un último comando.
Listo.
Otra operación limpia.
Cerró una ventana.
Abrió otra.
Y entonces algo cambió.
Un pequeño retraso.
Nada grave.
Pero no debería estar ahí.
Frunció el ceño.
Revisó la conexión.
Todo normal.
Revisó los procesos.
Nada extraño.
Pero el sistema… no respondía igual.
Entonces apareció.
Una línea de texto.
Negra.
Simple.
Fuera de lugar.
“Sé quién sos.” Tomás no se movió.
No parpadeó.
No reaccionó como lo haría cualquier otra persona.
Pero por dentro, algo se tensó.
Eso no era posible.
Nadie debía poder llegar hasta ahí.
Nadie debía siquiera saber que ese sistema existía.
Sus dedos volvieron al teclado, esta vez más rápidos.
Rastreo.
Origen de la señal.
Nada.
Vacío.
Como si el mensaje no hubiera venido de ningún lado… o de todos al mismo tiempo.
Eso era peor.
Mucho peor.
Tomás cerró la notebook lentamente.
Por primera vez en mucho tiempo, no terminó su café.
Dejó un billete sobre la mesa y se levantó.
Cuando salió a la calle, el aire le pareció distinto.
Más pesado.
Miró a su alrededor.
Gente normal.
Autos.
Ruido.
Todo igual.
Pero ya no lo era.
Alguien había cruzado una línea que no se debía cruzar.
Y lo más peligroso no era que supieran quién era.
Era que sabían cómo encontrarlo.
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