El sistema - Capítulo 34
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
34: Resultado 34: Resultado El teléfono no volvió a sonar.
Eso fue lo primero.
Y lo más inquietante.
Tomás no se movió.
Esperó.
Siempre esperaba la segunda reacción.
Pero no llegó.
Silencio.
El hombre los miró.
—¿Y ahora?
—preguntó.
Martina no respondió.
Algo no cerraba.
—No reaccionaron como antes —dijo.
Tomás asintió.
—No.
Pausa.
—Se están adaptando.
Eso era inevitable.
Siempre lo era.
El dispositivo vibró.
Pantalla: “INTERVENCIÓN FINALIZADA” Nada más.
Martina frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
Tomás no respondió.
Porque no lo creía.
—¿Qué hago ahora?
—dijo el hombre.
Silencio.
Esa ya no era una pregunta técnica.
Era personal.
—Nada —respondió Tomás.
—Esperar.
El hombre negó.
—No puedo.
Pausa.
—Si saben lo de mi hija… Silencio.
Martina lo miró.
—¿Dónde está ahora?
—En la escuela.
Eso tensó todo.
—¿Sola?
—Con otros chicos.
No alcanzaba.
—Vamos —dijo Martina.
Tomás la miró.
Eso no estaba en la misión.
—No es parte de esto.
—Ahora sí —respondió ella.
Silencio.
Eso era una decisión.
Otra desviación.
Tomás dudó.
Un segundo.
Dos.
Y entonces… asintió.
—Vamos.
El hombre no dudó.
Se levantó.
Urgente.
Salieron.
El mundo seguía igual.
Pero ellos no.
El auto llegó rápido.
Tránsito pesado.
Tiempo en contra.
Martina miraba por la ventana.
Tensa.
—Esto no es parte del sistema —dijo.
Tomás negó.
—Sí lo es.
Pausa.
—Solo que no estaba en el plan.
Eso la hizo mirarlo.
—Entonces es peor.
Correcto.
Llegaron.
Escuela.
Entrada abierta.
Gente saliendo.
Hora de salida.
Demasiado movimiento.
—¿Cuál es?
—preguntó Martina.
El hombre señaló.
—Ahí.
Niña.
Mochila.
Esperando.
Sola Silencio.
Eso no estaba bien.
—¿Siempre espera sola?
—preguntó Tomás.
—No.
Pausa.
—Nunca.
Eso fue suficiente.
Algo cambió.
Martina avanzó.
Directo.
Sin dudar.
Tomás la siguió.
Más lento.
Observando.
Siempre observando.
La niña levantó la mirada.
Confusión.
—¿Eres Sofía?
—preguntó Martina.
La niña asintió.
—Sí.
Pausa.
—Papá me dijo que espere acá.
Silencio.
El hombre llegó.
—Sofi.
La abrazó.
Fuerte.
Demasiado.
Alivio.
Pero también miedo.
Tomás miró alrededor.
Algo no cerraba.
Demasiado fácil.
Demasiado limpio.
Y entonces lo vio.
Un auto.
Motor encendido.
Ventanas oscuras.
A pocos metros.
Esperando.
No era casual.
—Nos tenemos que ir —dijo.
Martina lo miró.
—¿Por qué?
—Ahora.
Sin explicar.
El tono alcanzó.
Se movieron.
Rápido.
El hombre con la niña.
Martina cubriendo.
Tomás atrás.
Siempre atrás.
El auto arrancó.
Demasiado tarde.
Se acercó.
Rápido.
—¡Corré!
—gritó Martina.
Se movieron.
Caos.
Gente.
Gritos.
El auto frenó brusco.
Puerta que se abre.
Figura que baja.
Demasiado organizado.
No era improvisado.
Tomás reaccionó.
Intercepción.
Golpe.
Desvío.
El hombre cayó.
Pero no retrocedió.
Otro más.
Esto no terminaba ahí.
Martina protegía a la niña.
El padre bloqueando.
Mal.
No estaba preparado.
Error.
Tomás se movió.
Rápido.
Más preciso.
Neutralizó al segundo.
Breve.
Suficiente.
—¡Suban!
—gritó.
Auto propio.
Puertas abiertas.
Entraron.
Arranque— Salida.
Rápida.
Atrás.
El otro auto no siguió.
Eso fue lo raro.
No insistieron.
Silencio.
Pesado.
Martina respiraba agitada.
La niña llorando.
El hombre en shock.
Tomás manejando.
Mirada fija.
—Esto no fue una reacción —dijo.
Nadie respondió.
—Fue una consecuencia.
Silencio.
—De lo que hicimos.
Martina lo miró.
—¿Decís que… Pausa.
—esto lo provocamos nosotros?
Tomás no dudó.
—Sí.
Silencio.
Eso cambió todo.
Porque ya no estaban jugando con el sistema.
Estaban afectando el mundo real.
Y en ese mundo los errores… no desaparecían.
Dejaban marcas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com