El sucio secreto de mi hermanastro alfa - Capítulo 141
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141: CAPÍTULO 141 141: CAPÍTULO 141 POV de Ryan
Estrellé el puño contra la pared con tal fuerza que el yeso se agrietó bajo el golpe.
Un escozor agudo me recorrió los nudillos y la sangre tibia ya me goteaba por la mano.
—¡Joder!
—maldije.
La palabra se me escapó antes de que pudiera detenerla.
Las últimas palabras de Anna no paraban de repetirse en mi cabeza, una y otra vez, como un bucle cruel del que no podía escapar.
Un error.
Había dicho que lo nuestro fue un error.
Por más vueltas que le daba en la cabeza, no tenía sentido, porque no era un error.
No para mí, no para mi lobo, no para ninguna maldita parte de mí.
Algo tenía que haber pasado.
Algo tenía que estar mal.
Podía sentir a mi lobo arañándome por dentro, tirando de mi pecho, instándome a ir tras ella, a no dejar que se marchara.
Pero en el fondo sabía que si lo hacía en ese momento, no acabaría bien.
Así que cogí las llaves del coche y salí.
Mi cuerpo funcionaba en piloto automático mientras conducía hacia el bar de Chris.
En cuanto entré, fui directo a la barra y pedí la bebida más fuerte que tuvieran.
El ardor del alcohol al bajar por mi garganta no alivió en lo más mínimo el dolor de mi pecho.
Seguí bebiendo, un vaso tras otro, mientras el local se llenaba de parejas que reían, se cogían de la mano y se besaban, como si me restregaran su felicidad por la cara.
Entraban chicas contoneándose con ropa que apenas podía calificarse como tal, enseñando piel, dedicándome sonrisas, inclinándose hacia mí, pegándose demasiado.
Se reían de cosas que yo ni siquiera oía, su perfume cargaba el ambiente y sus manos me rozaban a propósito.
Pero me las quité de encima.
Seguí bebiendo, forzando los límites, pero con la sangre de alfa de mis dos padres corriendo por mis venas, era casi imposible emborracharme.
La bebida más fuerte del bar apenas me dejó entonado.
Seguía siendo dolorosamente consciente de cada sonido, de cada olor, de cada segundo que se arrastraba lentamente.
Para cuando miré el reloj, ya pasaban de las nueve.
Llevaba casi dos horas sentado allí, y el ruido del bar empezaba a crisparme los nervios.
Mi teléfono sonó y, durante un estúpido segundo, el corazón me dio un vuelco pensando que podría ser Anna.
Lo agarré sin siquiera mirar la pantalla, pero era Chris.
Me preguntó si estaba en el bar porque le pareció verme en las cámaras desde su sala VIP.
Le dije que sí, pero que estaba a punto de irme, y colgué sin decir una palabra más.
Salí y caminé hacia mi coche, pero en cuanto abrí la puerta, dudé.
Estaba entonado, sin duda, pero lo suficiente como para saber que conducir no era una buena idea.
Así que saqué el móvil y, en su lugar, pedí un taxi.
Cuando el taxista se detuvo, ni siquiera le di la dirección de mi casa.
En vez de eso, le dije que me llevara a la Universidad Nivelle.
Ni mi cerebro ni mi cuerpo protestaron.
Simplemente… necesitaba verla.
No podía quedarme de brazos cruzados con este vacío que me corroía por dentro.
No después de haberla poseído, de haberla reclamado como mía, de haberla sentido entre mis brazos.
El dolor de cabeza me impedía pensar con claridad, así que me recosté en el asiento y cerré los ojos hasta que llegamos.
Cuando paramos, le dije al conductor que se dirigiera al edificio de la residencia femenina.
Sabía perfectamente dónde estaba.
La residencia masculina estaba en el edificio de al lado.
Le pagué al taxista y salí al aire fresco de la noche, observando cómo se alejaba el coche.
Me quedé allí de pie, mirando la entrada de su residencia, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Saqué el móvil y la llamé.
Me colgó.
Volví a llamar, pero esta vez saltó directamente el buzón de voz.
Apreté la mandíbula.
Tecleé un mensaje: «Baja.
Solo quiero verte.
Si no lo haces, montaré un numerito aquí mismo».
Su respuesta fue escueta: «Está bien».
Me guardé el móvil en el bolsillo y esperé.
Unos minutos después, la vi caminar hacia mí, con la capucha puesta, ocultando la mayor parte de su rostro.
Se detuvo a pocos pasos de mí.
—Ey —dije en voz baja.
—¿Qué haces aquí, Ryan?
—preguntó, con la voz baja pero cortante—.
No deberías estar aquí.
Mamá se fue hace poco, después de ayudarme a instalarme en mi nueva habitación.
—No puedo sacarte de la cabeza —admití, acercándome—.
Solo… déjame ver tu nueva habitación.
—No —dijo ella rápidamente, negando con la cabeza—.
Estás borracho.
Cuando estés sobrio, puede.
Pero ahora no.
Es tarde y no es apropiado meter a un hombre en la residencia de chicas.
—Anna… —empecé, con la voz ronca, pero ella me interrumpió.
—Vete a casa, Ryan.
Le cogí la mano, y mis dedos se cerraron alrededor de la suya antes de que pudiera apartarla.
Mi tono de voz bajó, teñido de una frustración que no pude ocultar.
—Llévame a tu habitación, Anna… o la encontraré yo mismo.
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