El sucio secreto de mi hermanastro alfa - Capítulo 187
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187: CAPÍTULO 187 187: CAPÍTULO 187 POV de Anna
Sonreía con aire de suficiencia y, cuanto más me miraba, más inquieta me ponía, con el estómago revuelto porque en el fondo no dejaba de pensar que quizá Sophie de verdad tenía algo que ver con todo este lío.
Sin embargo, seguía sin estar segura y, como no había ninguna prueba razonable, no podía decir ni una palabra.
No podía arriesgarme a estropear la relación que su padre y el mío tenían solo por una sospecha o desinformación, así que me quedé callada, aunque su mirada sobre mí hacía que sintiera el pecho tan oprimido como si se estuviera cerrando sobre sí mismo.
Justo cuando llamaron a Ryan y llegó el momento del traspaso oficial del cargo, mi teléfono sonó de repente.
El sonido, agudo en mis oídos, me hizo dar un respingo y mi pulso se aceleró.
Abrí el bolso rápidamente y lo saqué para mirar la pantalla, donde vi parpadear un número desconocido.
Fruncí el ceño, preguntándome quién podría estar llamándome en un momento así.
Colgué la llamada inmediatamente, pero volvió a entrar, vibrando con más fuerza, como si la persona que llamaba no pensara detenerse.
Miré a mi alrededor con nerviosismo, no quería molestar a nadie con el timbre, y finalmente suspiré y me levanté.
Decidí salir para atender la llamada, asegurándome de que nadie se diera cuenta.
Al empezar a caminar hacia la puerta, volví a cruzarme con la mirada de Sophie y me estaba sonriendo; esa misma sonrisa malévola se dibujaba en sus labios, como si supiera algo que yo ignoraba.
Me dio un vuelco el corazón, pero la ignoré y seguí avanzando mientras mi mente iba a mil por hora.
Una vez fuera, encontré una zona más apartada y me pegué el teléfono a la oreja.
—¿Hola?
—dije en voz baja.
No hubo respuesta.
—¿Hola?
—repetí, esta vez más alto, mientras miraba a mi alrededor.
Aún nada.
Fruncí el ceño.
—¿¡Hola!?
¿Puede oírme?
Pero de nuevo solo hubo silencio; ni una voz, ni una palabra.
Gruñí por lo bajo y bufé, apartando el teléfono de la oreja y pulsando el botón de colgar antes de darme la vuelta para volver adentro.
Justo cuando estaba a punto de volver a entrar, el teléfono sonó de nuevo.
Me quedé helada, mirándolo fijamente.
Ahora me temblaban las manos.
Con un suspiro de frustración, contesté.
—¿¡Hola!?
—espeté, con la voz cargada de irritación.
Esta vez, tras un instante de silencio, creí oír algo débil, como estática.
—¿Puede oírme?
—pregunté rápidamente, adentrándome en el pasillo para encontrar un lugar más silencioso, con la esperanza de que la señal fuera más clara.
—¿¡Hola!?
¿Me oye ahora?
—insistí, y mis pasos resonaban mientras, sin darme cuenta, me encontraba en lo alto de una escalera silenciosa y mis dedos temblaban.
Y entonces… oí risas.
No era solo una, sino varias voces riendo, de forma cruel y aguda; una sarta de risas malvadas que me recorrió la espalda con un escalofrío e hizo que se me erizara la piel como si gotas de hielo cayeran sobre ella.
—¿Eh?
—susurré confundida, con la voz temblorosa—.
¿¡Qué está pasando!?
¿Quién es?
Pero las risas solo se hicieron más fuertes, burlonas, aterradoras.
Antes de que pudiera siquiera reaccionar, antes de que mi mente pudiera procesar lo que sucedía, una mano salió de la nada y me empujó con fuerza por la espalda.
Abrí los ojos de par en par, mi cuerpo se tambaleó hacia delante y mis pies resbalaron en el borde de la escalera.
Grité, con la voz quebrada, mientras caía rodando.
Mi cuerpo golpeaba dolorosamente los escalones, una y otra vez; cada impacto me atravesaba con un dolor agudo mientras mis pensamientos se descontrolaban.
Mis manos arañaban el aire, desesperadas por aferrarse a algo, pero no había nada, solo los fríos y duros escalones golpeándome una y otra vez.
—¡No…, por favor!
—grité, con mi voz perdida en el vacío del hueco de la escalera.
Me daba vueltas la cabeza mientras rodaba sin poder hacer nada, y entonces me golpeó el dolor más agudo de todos: en el estómago.
Sentí como si algo se desgarrara dentro de mí, una sacudida brutal de agonía que me hizo gritar aún más fuerte.
Las lágrimas inundaron mis ojos al instante.
Mi cabeza se estrelló contra el rellano del final con un golpe seco y repugnante, y mi visión se nubló mientras la sangre empezaba a empapar mi vestido, extendiéndose con rapidez, cálida y aterradora.
Jadeé, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada.
Me temblaban las manos mientras me las llevaba instintivamente al estómago.
El dolor allí era insoportable, punzante, profundo.
Y lo último que noté antes de que todo se volviera negro fue la espantosa imagen de mí misma, tendida en un charco de mi propia sangre, con mis dedos temblorosos resbalando sobre el rojo mientras la oscuridad me engullía por completo.
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