El sucio secreto de mi hermanastro alfa - Capítulo 198
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198: CAPÍTULO 198 198: CAPÍTULO 198 POV de Anna
Tres días después de todo el fiasco que ocurrió en la sala del hospital, por fin llegó el momento de que me dieran el alta.
No podía decir que no estuviera aliviada.
El nuevo doctor que se hizo cargo después de que el Dr.
Kellan se fuera, dijo que ya estaba bien, que mis heridas habían sanado y mis signos vitales estaban estables.
Y, sinceramente, me sentía bien.
Ya no me dolía tanto la cabeza y el mareo casi había desaparecido.
Lo único que todavía se sentía extraño era lo callados que se habían vuelto todos sobre ese día.
Nadie quería hablar de ello.
Era como si todo el asunto se hubiera borrado, como si todos hubiéramos decidido colectivamente fingir que el cuerpo de Ryan nunca cambió.
Me presioné las sienes con las manos, intentando convencerme de que solo había sido una alucinación.
—No pudo ser real —murmuré—.
Debí de estar soñando despierta o algo así…
Cuando llegamos a casa, el aroma familiar de la comida de la Omega Agnes inundó la casa, y me quedé helada por un segundo.
¿La Omega Agnes?
No se suponía que estuviera aquí.
Recordaba claramente que se había ido hacía años después de casarse y mudarse al extranjero.
Pero cuando vino corriendo hacia mí con los brazos abiertos, sonriendo tan radiantemente, no pude evitar devolverle la sonrisa.
—¡Mi niña!
—exclamó, envolviéndome en un cálido abrazo—.
¡Oh, mírate!
¡Cuando me enteré de lo que pasó, lo dejé todo y vine directamente para acá!
Tenía que prepararte tu plato favorito.
¡Has perdido peso!
Reí suavemente.
—Omega Agnes, no puedo creer que estés aquí.
Pensé que te habías ido para siempre.
Se apartó lo justo para mirarme.
—¿Irme?
Sí.
¿Para siempre?
¡Nunca!
No cuando mi Anna me necesita.
—Me dio unas palmaditas cariñosas en las mejillas y sentí una cálida opresión en el pecho.
Sentaba tan bien ver una cara familiar.
La abracé de nuevo, aspirando el aroma a especias y a hogar.
—Siempre hueles a comida —dije, riendo entre dientes.
—Y tú sigues hablando por los codos —respondió ella, riendo.
Todos se aseguraron de que estuviera bien: Mamá se preocupó por mí, Papá les dijo a los guardias que estuvieran en alerta máxima, la Abuela y el Abuelo no paraban de decirme que descansara, y para cuando por fin llegué a mi habitación, estaba agotada.
Pero en el momento en que entré, me detuve.
La habitación se veía… diferente.
Como si perteneciera a otra persona.
Había cortinas nuevas, sábanas nuevas, incluso ropa nueva colgada ordenadamente en el armario.
Todo parecía perfecto, demasiado perfecto, pero no lo sentía como mío.
Fruncí el ceño, caminando lentamente por la habitación.
Intenté recordar cuándo había comprado estas cosas nuevas, pero mi mente estaba en blanco.
Aun así, le resté importancia.
Quizá Mamá había redecorado.
O quizá yo había ido de compras y simplemente lo había olvidado.
De todas formas, siempre me había encantado comprar cosas al azar.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis pensamientos.
Me giré y la abrí, y en el momento en que lo hice, un aroma familiar y masculino me golpeó.
Ese aroma.
Mi estómago se contrajo al instante.
Ryan.
Estaba allí de pie, con aspecto tan cansado, los ojos un poco hinchados, la camisa ligeramente arrugada, pero aun así tan jodidamente guapo que se me secó la garganta.
—Hola —dijo en voz baja.
—Hola —respondí con torpeza, sin saber qué decir.
No había hablado con él de verdad desde aquel día.
Todo en él me hacía sentir inquieta, no en el mal sentido, sino… complicado.
Me entregó una pequeña bolsa.
—Toma.
—¿Qué es esto?
—pregunté, cogiéndosela.
—Tu móvil —dijo—.
Estaba en el cajón del hospital.
—¡Oh!
—Se me iluminaron los ojos en cuanto vi lo que había dentro de la bolsa—.
¡Mi móvil!
—exclamé, cogiéndolo rápidamente.
Al hacerlo, nuestros dedos se rozaron, solo por un segundo, pero fue suficiente para que una extraña chispa me recorriera, caliente y eléctrica, deslizándose bajo mi piel.
Me quedé paralizada por un instante, con el roce persistiendo más de lo que debería, mientras mi pulso se aceleraba salvajemente e intentaba no mirarlo.
La mirada de Ryan no ayudaba en absoluto.
Me estaba mirando tan intensamente que hizo que mi corazón se acelerara aún más.
Desesperada por romper la tensión, saqué el móvil por completo y lo abracé contra mi pecho, fingiendo que esa era la razón de mi cara sonrojada.
—Oh, Dios mío, he echado muchísimo de menos esta cosa —dije rápidamente, forzando una risita.
Los labios de Ryan se curvaron ligeramente, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo pero decidiera dejarlo pasar.
Esa sonrisa ladina y silenciosa suya solo hizo que mi corazón latiera aún más rápido.
—Gracias —dije rápidamente, retrocediendo hacia mi habitación—.
Ya puedes irte.
—Intenté cerrar la puerta, pero su pie la detuvo a medio camino.
—¡Ryan!
—dije, con los ojos como platos.
No dijo nada, simplemente empujó la puerta con suavidad para abrirla y entró como si fuera la cosa más normal del mundo.
Echó un vistazo a su alrededor y luego se sentó en mi cama.
—Siéntate —dijo, dando una palmada en el espacio a su lado.
Parpadeé.
—No.
Ya me has dado el móvil.
Puedes irte.
Enarcó una ceja.
—Anna.
La forma en que dijo mi nombre… no era exigente, ni siquiera estaba enfadado, pero me provocó un revoloteo en el estómago que me molestó.
Dudé, mordiéndome el labio, y finalmente cedí, sentándome a su lado.
Todo mi cuerpo se tensó.
Dios… olía bien, demasiado bien, y odiaba que mi cerebro se diera cuenta de eso.
—Enciéndelo —dijo en voz baja.
Encendí el móvil.
Vibró varias veces mientras las notificaciones llegaban en tropel.
Llamadas perdidas, mensajes, chats de grupo que ni siquiera reconocía.
—Hala —murmuré, desplazándome por la pantalla.
Había muchísimos mensajes de números desconocidos.
Uno me llamó la atención, un contacto guardado como Sasha ❤️.
—¿Quién es Sasha?
—murmuré para mis adentros.
La expresión de Ryan no cambió, pero me di cuenta de que estaba escuchando.
Seguí deslizando el dedo por la pantalla.
Entonces me quedé helada.
Ahí estaba, el número de Ryan.
Pero el nombre no estaba guardado como «Hermanazo», como solía estar.
Estaba guardado como Ryan ❤️.
Se me abrieron los ojos de par en par.
—¿Qué demonios?
—susurré, intentando ocultar rápidamente la pantalla, pero Ryan ya la había visto.
Me ardían las mejillas—.
Yo… yo ni siquiera sé cómo ha llegado eso ahí.
Yo no lo guardé así.
No parecía sorprendido.
Solo me miraba con esa expresión tranquila e indescifrable.
—Quizá sí lo hiciste —dijo con calma—.
Simplemente no lo recuerdas.
—¿Qué se supone que significa eso?
—pregunté, frunciendo el ceño.
No respondió.
Se limitó a levantarse lentamente.
—Volveré pronto —dijo, dirigiéndose a la puerta.
—¿Volver?
¿Para qué?
—pregunté rápidamente, sintiendo que el pulso se me aceleraba de nuevo.
Se giró ligeramente, y la comisura de sus labios se elevó apenas.
—Con tu comida.
Deberías asearte, darte un baño, cambiarte de ropa.
Y si no puedes, llámame… lo haré por ti.
Me quedé boquiabierta.
—¿¡Qué!?
—exclamé, sintiendo que el calor me subía a la cara—.
¿¡Tú… tú harás qué!?
Ryan se rio suavemente, aunque parecía agotado.
—Tranquila.
Estoy bromeando.
—Su voz era grave y burlona, pero la mirada de sus ojos no se correspondía con la broma.
Luego salió de la habitación antes de que pudiera pensar en una respuesta.
En el momento en que la puerta se cerró, solté una enorme bocanada de aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.
—Oh, Dios mío —susurré, llevándome una mano al pecho.
El corazón me latía como un loco.
—Necesitas un baño, Anna, antes de que te dé un infarto —mascullé para mis adentros.
Pero mientras me quitaba la ropa y me recogía el pelo en un moño, algo en el espejo llamó mi atención.
Algo que hizo que se me encogiera el estómago al instante.
Justo ahí, en el lado de mi cuello, justo debajo de la oreja, había un tatuaje.
No era grande, pero se veía con la suficiente claridad.
El diseño era pequeño, nítido y terroríficamente familiar.
El nombre de Ryan.
Escrito ahí mismo, en mi piel.
Me quedé mirándolo, paralizada, con el corazón detenido por un segundo.
Mi reflejo me devolvía la mirada, conmocionado, tembloroso.
Se me cortó la respiración cuando la comprensión empezó a calar.
—Q-qué… ¿qué es esto?
—susurré, rozándolo con los dedos.
No parecía un tatuaje cualquiera.
El pavor que me invadió fue instantáneo.
Las rodillas casi me fallaron y, antes de darme cuenta, grité a pleno pulmón.
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