El sucio secreto de mi hermanastro alfa - Capítulo 5
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5: CAPÍTULO 5 5: CAPÍTULO 5 POV DE KILLIAN
Habían pasado siete dolorosos años.
Siete años desde la última vez que vi su rostro, desde que Liana se fue de mi vida sin una sola palabra ni una segunda mirada, desde que le rompí el corazón y me marché como si no significara nada, como si no acabara de perder a la única persona que de verdad me había importado.
¿Y ahora?
Ahora me estaba ahogando en el mismo silencio que le impuse.
No dejaba de repetirme que lo había hecho por ella.
Que estaba haciendo lo correcto.
Que si era lo bastante cruel, si la alejaba lo suficiente, si le destrozaba el corazón primero, quizá me olvidaría.
Quizá seguiría adelante y se libraría del desastre en el que me había convertido.
Pero era mentira.
Ella nunca me dejó.
Ni por un segundo.
Vivía dentro de mi pecho como una cicatriz que se negaba a desaparecer.
La veía en todas partes.
Oía su risa en mis sueños.
Sentía sus manos en mi piel incluso cuando tocaba a otras mujeres.
Nunca era lo mismo.
Nunca lo sería.
Estaba atrapada en mi cabeza.
Desde entonces, había construido un imperio.
Wolfe International.
Era el alfa más joven en gobernar tanto el mundo humano como el de los hombres lobo.
Me sentaba en la cima de un trono construido con poder, dinero y respeto.
Tenía todo lo que un hombre podría desear.
Pero no tenía paz.
Porque no la tenía a ella.
Y sabía que no la merecía.
Ella era mi pareja destinada, la que la luna me dio.
Pero lo arruiné.
La arruiné a ella.
Tenía solo dieciséis años cuando sentí que el vínculo encajaba en su lugar, esa conexión ardiente que ataba su alma a la mía.
Era mi hermanastra.
Una humana.
La hija del hombre que se casó con mi madre.
Dulce.
Inocente.
Intacta.
Todo lo que no debería desear.
Pero la deseaba.
La deseaba más que al aire que respiraba.
Así que me mantuve alejado.
Me dije a mí mismo que se desvanecería.
Que si desaparecía el tiempo suficiente, el vínculo se rompería.
Ignoré las llamadas de mi madre.
Me perdí fiestas, cenas.
Me enterré en el trabajo solo para evitarla.
No funcionó.
Cuando cumplió diecinueve, mi madre me suplicó que volviera a casa.
Me dije que podría soportarlo.
Solo una cena.
Una noche.
En el segundo en que entré en la casa y percibí su aroma…
supe que estaba completamente jodido.
No podía mirarla.
No podía hablar.
Me senté frente a ella como un robot mientras todo mi cuerpo ardía.
Esa noche, me encerré en el baño como un pervertido enfermo y me masturbé mientras susurraba su nombre como una oración.
Entonces oí su jadeo de sorpresa.
Me vio.
Lo vio todo.
Y en lugar de marcharse…
en lugar de parar como debería haber hecho, cedí.
A la mañana siguiente, cuando no había nadie en casa, fui a su habitación.
Y la hice mía.
Porque era mía.
Pero cuando todo terminó…
mientras ella yacía allí con confianza en sus ojos y esperanza en sus labios, me marché.
Ni siquiera le dije adiós.
Hui como un cobarde.
Igual que hizo mi padre.
Él también era un alfa, destinado a una humana, mi madre.
Pero dejó que los ancianos eligieran a su Luna.
Hizo a un lado a mi madre y se casó con otra.
Ella lo dejó.
Reconstruyó su vida.
Se casó con Andrew Rivers y me crio de la manera correcta.
Y, aun así, me convertí en el mismo monstruo.
Volví a esa casa unas semanas después con otra mujer a mi lado.
Cynthia.
La Luna que querían para mí.
La elección perfecta sobre el papel.
Pero no la que yo quería.
No la que yo necesitaba.
No Liana.
Y en el segundo en que el dolor se volvió insoportable, volví a hacer lo impensable.
Fui a su habitación como un ladrón en la noche y tomé lo que nunca dejó de ser mío.
Y después de tomarla…
me suplicó.
Podía recordarlo vívidamente: su voz temblorosa, sus manos temblando, pequeños rastros de lágrimas en su rostro.
—No te cases con ella —dijo—.
Por favor.
Seré lo que sea.
Solo no te cases con ella.
Y volví a marcharme.
Ese fue el día en que lo destruí todo.
Porque después de ese día, desapareció.
Sin nota.
Sin aviso.
Simplemente, se había ido.
Su padre la buscó por todas partes.
Se culpó a sí mismo.
Pero yo sabía la verdad.
Yo era la razón por la que huyó.
La hice sentir usada.
La hice sentir desechable.
Y me he estado castigando cada día desde entonces.
Hasta hoy.
Unos golpes en la puerta de mi despacho me sacaron de mis pensamientos.
Uno de mis hombres entró, con el rostro pálido y la voz tensa.
—Alfa —dijo—.
La hemos encontrado.
Me levanté tan rápido que mi silla golpeó la pared.
—¿Qué?
—Está viva —dijo—.
Trabaja en un hotel como limpiadora.
—¿Una limpiadora?
—pregunté con incredulidad.
—Pero eso no es todo…
Deslizó una foto sobre la mesa.
La recogí.
Y todo dentro de mí se hizo añicos.
Allí estaba ella.
Más delgada.
Más pálida.
Cansada.
Pero seguía siendo mía.
Seguía siendo la chica que atormentaba todos mis sueños.
Y a su lado…
Un niño pequeño.
Pelo negro y rizado.
Ojos oscuros.
Mi hijo.
—Tiene un hijo —susurró—.
Tiene seis años.
Se me cerró la garganta.
Mi corazón explotó en mi pecho.
—No registró a ningún padre.
Pero ha estado pasando apuros, trabajando turnos dobles.
A veces se salta comidas para que él pueda comer.
Lo lleva andando a la escuela.
Ha recibido dos avisos de desahucio.
Mis manos se cerraron en puños.
Mi pareja.
Mi hijo.
Y yo no estaba allí.
—Tráemela —gruñí.
—Alfa…
creo que deberíamos…
—¡He dicho AHORA!
POV DE LIANA
Estaba de rodillas, fregando las baldosas del tercer piso como siempre, como si no tuviera otro propósito en el mundo, cuando el siseo estático del walkie-talkie que llevaba enganchado a la cadera me hizo dar un respingo.
—Liana.
Preséntese en el despacho del señor Gregor.
Ahora.
Mi mano se detuvo a mitad del fregado, y el pecho se me oprimió.
Me eché hacia atrás lentamente, con el agua de la fregona goteando de mis guantes.
Me sequé la cara con la manga temblorosa, mientras el corazón ya se me había desbocado.
No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento, uno muy malo.
Aparté el cubo y me obligué a ponerme de pie.
Me temblaban las piernas y no quería ir, pero no tenía otra opción.
Caminé hasta el pasillo trasero, el que usaba el personal cuando no queríamos que nos vieran, cuando se suponía que no debían vernos.
Llamé una vez y me asomé.
El señor Gregor estaba detrás de su escritorio.
Su rostro era inexpresivo, sus ojos fríos.
Ni siquiera dijo hola.
—La necesitan en la Habitación 1904 —dijo mientras tecleaba en su pantalla.
Mi voz era apenas un susurro.
—¿La H-Habitación 1904?
Asintió una vez.
Parpadeé rápidamente, con la voz quebrada.
—P-Pero yo no limpio ese pasillo.
Yo…
yo solo me encargo de los pisos de abajo, las habitaciones baratas.
Yo…
yo no subo allí.
Me miró directamente.
—No va a limpiar.
Me agarré al marco de la puerta, y el pecho empezó a dolerme.
—¿E-Entonces…
p-para qué voy?
Se encogió de hombros, con los labios ligeramente curvados.
—Le gusta.
Quiere verla.
Esté allí a las siete en punto.
Negué con la cabeza.
—N-No.
No puedo…
Yo…
no puedo ir.
Entrecerró los ojos.
—Entonces, prepárese para entregar su uniforme esta noche.
Así de simple.
Abrí la boca, pero no pude hablar.
No podía respirar.
Lo decía en serio.
Lo vi en sus ojos.
—S-Señor Gregor…
p-por favor —tartamudeé—.
P-Por favor, no me obligue.
Yo…
necesito este trabajo.
Yo…
llevo casi tres años trabajando aquí.
Nunca he llegado tarde.
Yo…
limpio mejor que nadie.
P-Por favor, no haga esto…
Apreté los puños a los costados mientras contenía las lágrimas parpadeando.
Tengo un hijo.
Es solo un niño.
Necesita que conserve este trabajo.
Depende de mí para todo: para la comida, para el alquiler, para unos zapatos para la escuela que ni siquiera puedo permitirme.
No me importaba lo que tuviera que hacer.
Fregaría todo el hotel con mis propias manos si eso significaba conservar este trabajo.
El señor Gregor no parpadeó.
—Por favor…
—Entonces, esté allí —repitió—.
Vístase apropiadamente.
Vaya arreglada.
Asentí.
Ni siquiera me di cuenta de que estaba asintiendo hasta que empezó a dolerme el cuello.
Salí de su despacho tropezando, con las manos temblando tanto que apenas podía sujetar el pomo de la puerta.
No me vestí apropiadamente.
No quería verme bien.
No quería que me miraran.
A las 6:45, entré en el vestuario y me miré la cara en el espejo.
Estaba pálida, tan pálida que apenas podía reconocerme.
No lo arreglé.
Me recogí el pelo en un moño, me lavé la cara y volví a ponerme mi uniforme manchado.
Dejé los guantes de limpieza en el bolsillo.
No me puse perfume.
Ni siquiera toqué mi pintalabios.
A las 6:59, estaba de pie frente a la Habitación 1904.
Me temblaban las piernas, sentía que se me iba a salir el estómago por la boca.
Levanté el puño.
Dudé.
Y entonces llamé a la puerta.
Una vez.
Dos veces.
La puerta se abrió lentamente.
Levanté la vista y el aire desapareció de mis pulmones.
Mi visión se volvió borrosa.
Me temblaron los labios.
Mis rodillas casi cedieron bajo mi peso.
Abrí la boca, pero mi voz se quebró por la incredulidad.
—¿K-Killian?
—jadeé.
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