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El Trono de las Bestias - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Prólogo La Puerta
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1: Prólogo: La Puerta.

1: Prólogo: La Puerta.

Prólogo: La puerta El tranquilo atardecer iluminaba los grandes edificios, calles y hogares a lo largo de la inmensa ciudad, proyectando sombras que se extendían como siluetas alargadas ante la desaparición temporal de la luz proveniente del sol.

Sombras que no tardarían en apoderarse de toda aquella vasta extensión del mundo.

Era casi como un descanso para el siempre trabajador día, que solía saludar alegremente a cada habitante, dando paso a la oscura y silenciosa noche.

Una noche tan común como distante, que hacía a los escritores odiarla en su búsqueda de inspiración.

—Si esto es todo, entonces ya me tengo que ir, chicos… En un extenso parque industrial perteneciente a una compañía de compuertas automatizadas, un pequeño grupo de cinco personas vestidas con camisas blancas se despedía.

Eran ingenieros que, compartiendo cierto compañerismo, habían concluido su habitual jornada de trabajo, dando pie al fin de semana.

Eso significaba un periodo en el que ninguno se vería.

Ya fuera por cortesía o por costumbre, aquel grupo informal de amigos siempre solía despedirse, algo que no sucedía en otros días de rutina.

La mayoría se separó, dejando el parque industrial teñido de tonos anaranjados, mientras dos de ellos permanecieron de pie.

Uno era un joven no muy alto, de cabello castaño rojizo y ojos oscuros; el otro, de cabello completamente negro y ojos marrón profundo.

Ambos se miraron y caminaron juntos hacia la estación del transporte privado que la compañía les proporcionaba.

El joven de cabello oscuro y camisa blanca observó a su compañero una vez sentados, lado a lado, dentro del vehículo.

—¿No crees que Rubén y Sofía actúan raro?

—preguntó el de ojos marrones.

—Es cierto.

Sofía no te lo dijo, pero ambos regresaron —respondió su compañero, con un tono ligeramente cansado.

Por un momento, el joven de ojos marrones mostró desconcierto genuino, antes de suspirar con pesadez, aunque sin sorprenderse del todo.

—Ese sujeto es un estúpido.

¿En serio regresó con él?

A veces no entiendo cómo Sofía puede tener tan poco amor propio… La conversación sobre la vida amorosa de los demás fue breve.

Justo cuando estaban a punto de cambiar de tema, el bolsillo del joven de ojos marrones vibró.

Con un gesto apresurado sacó su teléfono y le indicó a su amigo que guardara silencio.

En la pantalla apareció un número extraño.

El joven intentó colgar, pero el aparato no reaccionaba, continuando con la vibración insistente que incluso atrajo la atención de otros pasajeros.

“Maldita sea, debo recordar cambiarlo pronto.

La pantalla últimamente me da problemas”, pensó, frustrado.

Tras varios intentos fallidos, cedió y contestó.

Su curiosidad pesó más: si era una broma, un pesado o incluso el banco intentando venderle algo, siempre podría apagar el dispositivo.

Al hacerlo, un agudo pitido lo obligó a cerrar los ojos con molestia.

Era un sonido semejante al de un micrófono acoplándose frente a una bocina.

Estuvo a punto de colgar cuando, del otro lado, se escuchó una voz.

ALÉJATE.

Era rasposa, metálica, como hierro desgarrado por una máquina trituradora.

Sin embargo, a pesar de lo desagradable, las vibraciones parecían formar palabras.

ALÉJATE… DE ELLA.

“¿Una amenaza?”, pensó, repasando mentalmente si había molestado a alguien últimamente.

Pero no recordaba a nadie que le guardara un odio tan directo.

¿Extorsión?

Quizás, aunque algo en esas palabras plantó en él una duda profunda.

ALÉJATE… LA PUERTA.

La voz se repitió, una y otra vez, hasta deformarse en chirridos insoportables, como si cientos de metales fueran triturados.

El joven, asustado, apartó el teléfono de su oído y lo apagó a la fuerza.

Su corazón latía acelerado.

Al revisar el registro de llamadas, descubrió con sorpresa que no había rastro del número misterioso.

—¿Estás bien?

—preguntó su amigo, intrigado por el cambio repentino en su actitud.

—Sí… —respondió el joven, intentando convencerse mientras observaba la pantalla.

Finalmente decidió olvidar lo sucedido y continuar la conversación.

Al llegar su parada, se despidió y descendió, justo cuando la noche cubría por completo la ciudad.

Caminó relajado bajo el brillo de las farolas, que se encendían al unísono marcando un sendero familiar.

Durante quince minutos avanzó casi en soledad, hasta que el ruido de los autos desapareció.

Se sumergió en sus pensamientos, desconectado del mundo exterior.

De pronto, las farolas comenzaron a parpadear de forma irregular.

Luego, el silencio absoluto.

Tap.

Tap.

Tap.

Al quinto paso se detuvo abruptamente.

Ante él, iluminada apenas por la luna, había una robusta puerta en mitad de la calle.

No atravesaba el asfalto ni parecía sostenerse de forma lógica.

Estaba simplemente allí, balanceándose imperceptiblemente mientras emitía un chirrido extraño.

Las pupilas del joven se contrajeron al contemplarla.

La puerta, de madera oscura, parecía arrancada de una casa antigua.

Sus símbolos tallados parecían desgarrar tanto el alma como la mente, como si desnudasen el espíritu con solo mirarlos.

LA PUERTA.

LA PUERTA.

LA PUERTA.

Un dolor punzante lo atravesó como agujas al rojo vivo, insertándose en su mente.

Imágenes desconocidas inundaron sus sentidos: Ojos dobles, formados por anillos concéntricos y marcas en una lengua incomprensible.

Caos y orden.

Triángulos con curvas vivas en su interior, que parecían transformarse en ojos fijos en él.

OJOS.

OJOS.

OJOS.

Un relato inscrito alrededor de la puerta, narrando épocas previas a la creación, la colisión de eras, la unión de todas las cosas.

Tres palabras imposibles de recordar ni narrar.

Su mente colapsó, devorada por aquellas visiones.

EL CERROJO DE LA ETERNIDAD.

La puerta se abrió lentamente.

En su interior, un único ojo blanco lo observaba.

EL GRAN TRONO.

La fuerza invisible lo arrastró hacia la negrura, desgarrando el suelo a su alrededor.

Incapaz de resistirse, fue engullido por la oscuridad.

Antes de desvanecerse, un último susurro resonó: NO ABRAS LA PUERTA.

Desde la negrura, destellos violetas, verdes, rojos, celestes y amarillos devolvieron un tenue hilo de consciencia al joven.

A través de una ventana junto a su cama, apenas pudo percibir luces en el exterior.

Su cuerpo ardía en fiebre, y al borde de la inconsciencia escuchó una voz lejana: —Resista, amo Beltrán… Y entonces, Beltrán se dejó arrastrar por la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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