El Trono de las Bestias - Capítulo 37
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37: Capítulo 36: Niños de la calle.
37: Capítulo 36: Niños de la calle.
Capítulo 36: Niños de la calle.
Beltrán sintió cómo su corazón se hundía en un mar de miedo y desesperación.
Instintivamente cubrió su torso, haciéndose más pequeño.
En ese momento sintió un gran peso encima suyo, impulsándolo a caer de espaldas contra el suelo.
Se sacudió en un intento de quitarse a la criatura de encima mientras jadeaba, preparado para intentar cualquier clase de truco para sobrevivir ante la gran bestia.
“¡No pude haber sobrevivido a todo esto para ser devorado por un perro!” Aunque los perros —como eran conocidos en el mundo de donde provenían memorias alternas— no existían como tal, sí existían sus equivalentes.
Varios nobles poseían mascotas extravagantes, ¡pero nadie nunca tendría un sabueso como aquel viviendo en su casa!
Fácilmente podría morder la cabeza de un adolescente con el gran tamaño de su hocico.
Mientras Beltrán se retorcía, el gran sabueso no dudó en acercar su enorme rostro a él, abriendo sus fauces con lentitud.
Un hedor fétido llegó a los sentidos de Beltrán, quien observó con total horror cómo el sabueso se acercaba aún más a él.
—¡N-no!
Cerrando sus ojos con fuerza, Beltrán esperó que un gran dolor inundase su cuerpo.
Sin embargo, en su lugar recibió otra sensación: cálida y pegajosa.
Se trataba de una lengua lamiéndolo enérgicamente.
Una risa juvenil y suave se escuchó por los alrededores, mientras Beltrán, algo confundido, intentaba quitarse de encima al gran sabueso.
El sabueso insistía en empujar los brazos de Beltrán, claramente queriendo lamerle la cara.
La cola larga del animal se agitó animosamente.
—¿Realmente creíste que Sky te atacaría?
¿Quién crees que soy?
¿Una mafiosa?
La niña continuó riéndose mientras sostenía su estómago.
Tras unos cuantos intentos de lamer a Beltrán, el chico logró apartar al sabueso de encima para ponerse de pie.
Aún sentía la saliva del animal encima, emitiendo un fétido aroma.
—…No es gracioso —dijo por lo bajo.
Sacudiéndose la densa baba, miró fijamente a la niña, quien tomaba algo de aire.
Pequeñas lágrimas amenazaban con escaparse por debajo de sus pestañas oscuras.
“Ahora definitivamente debo oler como alguien de la calle, por si había alguna duda”, pensó, disgustado por su propio aroma.
La niña limpió las pequeñas lágrimas en el borde de sus ojos, dedicándole una sonrisa a Beltrán y dejando notar la clara falta de uno de sus dientes delanteros.
—Sí, sí que lo fue.
Sky es demasiado amable.
A menos que alguien me cause daño, no atacará aunque se lo pida —explicó la niña—.
Aun así, respondiendo a tu pregunta, eres totalmente libre de no ayudarme.
Beltrán la miró con incredulidad marcada en su rostro, sin creer en sus palabras.
En respuesta, la niña simplemente se encogió de hombros despreocupada.
—No es que realmente exista gente de la calle confiada; el rechazo es siempre una posibilidad —explicó—.
Tampoco faltan niños buscando trabajo.
—¿Entonces por qué hiciste tanto alboroto?
Todo aquel espectáculo de sacar a su mascota con la supuesta amenaza de atacarlo no era algo espontáneo de hacer.
De hecho, Beltrán sabía que el sabueso los habría estado siguiendo desde hacía tiempo debido a su buen oído.
Cosa que volvió todo aquello premeditado.
¿Cuáles eran sus intenciones?
La chica aclaró su garganta mientras caminaba hacia Sky.
El gran sabueso se había sentado en el suelo, mirándolos con un rostro algo estúpido mientras sacaba su larga lengua rosada.
Su forma resultó particularmente intimidante, pues caía casi a la altura de su pecho, resultando asombrosa y con una forma afilada.
“¿Qué clase de bestia es esa?”, se preguntó Beltrán.
Como alguien de orígenes nobles, Beltrán, a lo largo de su corta vida, había visto múltiples criaturas míticas, como los salvajes sifraleones o las aves griznarias.
Su experiencia con los sabuesos solo era de un tipo: los morken, un sabueso bastante común que podía dividirse en dos tipos.
Los morken del sur de Realta o los del norte, apodados doks por los sureños y teriur por los norteños.
Ambas especies no equivalían ni siquiera a la mitad del tamaño de aquel enorme sabueso.
Considerando su tamaño, Beltrán creía que se trataba de un tipo de bestia asociada más al campo o, inclusive, un monstruo domesticado en sí mismo.
La suave voz de la niña sacó a Beltrán de sus pensamientos.
—¿Eso?
Es mi pequeño espectáculo para darle la bienvenida a quienes se unen a las calles; las auténticas calles —aclaró la niña, haciendo énfasis en aquellas últimas palabras.
—¿La verdadera calle?
—preguntó Beltrán.
La niña asintió efusivamente.
—Te he visto observar los alrededores.
Puedo asumir que no llevas demasiado tiempo viviendo así.
No te preocupes, no me importa qué fue de tu vida o por qué estás así.
Al igual que tú, muchos niños han sido traídos aquí por mí.
En ese momento, Beltrán escuchó muchos pasos ligeros acercándose.
Cuando se giró en dirección a estos, pudo observar a varios niños mirando desde callejones y pequeños espacios alrededor de la calle.
“Son bastantes…” Beltrán tuvo que dejar de concentrarse debido a la gran cantidad de ruido a su alrededor.
Sobresaturar su oído, siendo tan sensible, no resultó la idea más tentadora para él.
Simplemente dejó de contar cuando el número superó los diez individuos.
¿Acaso la niña estaba mintiendo?
Le resultó absurdo que alguien de tan poca edad pudiera hacer algo similar.
“Creo que eso es algo hipócrita, ¿no?”, pensó con cierta gracia, considerando su propia situación.
—Entonces, ¿el hecho de que me trajeras aquí es porque querías llevarme a esta zona de la ciudad?
La niña asintió con una sonrisa en el rostro.
—Lo sabía, eres un chico astuto.
Varias cosas cobraron sentido para Beltrán.
En un principio creyó que su suerte le habría permitido encontrarse con la niña convenientemente cuando necesitaba huir de aquel guardia.
Sin embargo, ahora pensaba que su suerte hizo solo la mitad del trabajo.
Lo más probable era que la niña buscase activamente más niños de la calle o jóvenes inexpertos que no llevaban mucho tiempo en los barrios bajos como él, para así unirlos en aquella pequeña comunidad.
—Es mejor que nos mantengamos juntos los jóvenes —declaró la niña para reafirmar—.
Obviamente, muchos de ellos llegan por sí mismos y tampoco es como que los lidere.
Sin embargo, si encuentro a alguien que no conoce este sitio, se lo presento, para que decida si quedarse o no.
Todo aquello le resultó bastante bueno a Beltrán, cosa que usualmente le indicaría que había algo mal en ello.
Aun siendo un inexperto en lo que respecta a las calles, era capaz de notar lo que estaba mal en sus palabras: había omitido un detalle crucial.
Sin importar cuál fuese el mundo en donde se encontraban, la gente y sus caracteres no parecían variar.
Su experiencia en el instituto le hizo entender que la naturaleza de las personas no habría cambiado con respecto al mundo del que provenían sus memorias alternas.
Incluso la propia chica lo había aclarado: la gente no actuaba por desinterés nunca; ningún favor resultaba totalmente gratuito, incluso si no era recompensado por la otra parte.
Aquellos que hacían o llevaban a cabo acciones bondadosas buscaban la autosatisfacción por sus actos.
Algunos buscaban ganarse el reino de sus deidades mediante la bondad o la empatía.
Otros buscaban la sanidad mental propia practicando la empatía o el pacifismo.
Si quizá la chica delante suya no fuese como demostró ser —burlona, energética y, sobre todo, audaz—, Beltrán creería que buscaba alguna de las cosas anteriormente mencionadas.
La gente audaz e inteligente no actúa por simples caprichos morales, no los que Beltrán llegó a conocer.
—¿Qué ganas con todo esto?
Su cautela dejó de ser fingida y pasó a ser auténtica.
Su mente no paraba de buscar posibilidades.
Sin embargo, la respuesta de la chica lo dejó nuevamente sin palabras.
—Nada, no de manera directa.
Ya fuese la sinceridad de la chica o la ligereza con la que lo dijo, Beltrán no supo qué contestar.
¿Acaso realmente no buscaba nada?
No, aquello era imposible.
La respuesta no tardó en llegar rápidamente.
—Sin embargo, mira a tu alrededor.
Dime, ¿qué ves?
Beltrán frunció el ceño sin comprender por completo.
Girándose, observó a los niños y adolescentes: débiles, temerosos, pero sobre todo desesperados.
La pupila de Beltrán se contrajo al comprender a lo que la niña se refería.
—Todos ellos buscan escapar de esta vida.
Eso los convierte en… —Secuaces potenciales —completó la niña.
Ya fuese la gratitud o la desesperación, todas llevaban a un único camino: el ayudarse los unos a los otros para superar la adversidad.
Una clase de grupo potencial que buscaba apoyarse cuando lo necesitasen.
Siendo más claros: una comunidad.
—Pero nada te garantiza que todos vayan a aceptar ayudarte si necesitas algo.
La niña rodó los ojos.
—¿Quién los necesita a todos?
Sería problemático si yo simplemente buscase ayudantes y todos aceptaran; subestimar su audacia me habría llevado al abismo en el pasado.
Beltrán se vio obligado a darle la razón.
Crear una comunidad resultaba mucho más importante que simplemente reclutar una pandilla de niños de la calle.
Una comunidad otorgaba mayores beneficios que un simple grupo de seguidores.
Ella solo sumaba más miembros potenciales a esa misma comunidad.
Por unos segundos, Beltrán tuvo que mantenerse callado, sorprendido por la gran audacia de la joven.
Quizá ella no habría forjado aquella comunidad, pero el simple hecho de reconocer que estaba en una y de considerar sus beneficios resultaba prodigioso para alguien tan joven.
Incluso en un mundo como aquel.
—Comprendo —dijo tras una breve pausa—.
Pero entonces, ¿por qué buscaste que te ayudara yo?
Creo que muchos aquí podrían hacerlo.
La niña llevó su mano a la barbilla sucia; un poco de mugre se embarró en su mentón mientras lucía pensativa.
—Tengo dos razones principales.
La primera es porque vi tu capacidad física: pareces poder correr bastante antes de cansarte y, además, posees mucha más carne que casi todos los presentes.
Beltrán miró su cuerpo.
Aunque delgado y débil como el de cualquier niño, ciertamente presentaba un físico mucho mejor que la mayoría de los presentes.
Aun habiendo galibranos o semielfos entre los jóvenes, cosa que usualmente significaría una mejor habilidad física, muchos de ellos lucían pálidos por la falta de comida o como consecuencia del consumo de sustancias estimulantes; otros estaban en los huesos.
Si los pusieran a competir, probablemente perdería los primeros metros contra los semielfos y galibranos, pero Beltrán no se imaginaba cayendo derrotado después de unas cuantas décimas de metros más, gracias al desgaste.
—¿Y la segunda?
—preguntó.
—Eres astuto.
Pudiste pensar en una situación de peligro e incluso colarte en un sitio donde muchos niños de la calle sueñan con pisar.
No creo que te negarías a aceptar; te conviene demasiado.
Es mejor que sepas salir de un aprieto, aunque yo no tenga un plan.
“Nuevamente me siento rodeado de gente particularmente peligrosa”, se burló internamente Beltrán.
Rascándose la nuca, dejó caer los hombros como quien ha sido descubierto mintiendo.
No podía fingir ser tan inexperto como lo había hecho antes; la niña podía percibir que, considerando su situación, Beltrán era un individuo bastante capaz.
Fingir significaría que tenía una razón para hacerlo o que ocultaba algo realmente importante.
—Entonces creo que ya sabes lo que contestaré.
La niña sonrió y extendió su mano hacia él.
—En todo caso, será un placer trabajar contigo.
Me llamo Daenerys.
Beltrán estrechó la mano de la niña, ahora conociendo su nombre.
—Me llamo Salo.
Daenerys arqueó una ceja tras escucharlo.
—Que nombre tan peculiar, aunque bueno quién soy para criticar a tus padres —expresó Daenerys encogiéndose de hombros.
Debido a la situación y su consideración de quizá tenerse que ocultar de las casas nobles como el juego político, habría imaginado una gran cantidad de nombres que podría utilizar, al final terminó decantándose por Salo.
—Claro —dijo sin mucha seguridad—.
Dime, ¿qué necesitas que haga exactamente?
La niña asintió.
—Necesito que distraigas a dos individuos.
Es simple, ¿no?
Ciertamente lo parecía.
Pero considerando la racha que llevaba Beltrán, en la que cosas simples —como viajar— terminaban convirtiéndose en tareas abrumadoras, prefirió no correr riesgos y preguntar.
—¿Distraer a quiénes?
Daenerys, que le había dedicado una expresión tranquila, guardó silencio.
Aquella expresión, cada segundo, le resultaba más falsa a Beltrán.
—Eh… bueno, es algo simple realmente.
Solo se trata de distraer a unos guardias… —¿Guardias?
¿De la ciudad?
Daenerys desvió la mirada mientras se rascaba la nuca; algo de basura cayó de su corto cabello castaño.
—No… guardias reclutadores —su voz se volvió cada vez más baja—, de la Iglesia de la Cosecha.
Los ojos de Beltrán casi se salieron de sus órbitas.
Mientras ambos conversaban, Sky, el sabueso de gran tamaño perseguía alegremente su cola, ignorante del ambiente tenso que había caído entre ambos jóvenes.
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