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El Trono de las Bestias - Capítulo 42

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42: Capítulo 41: Portador.

42: Capítulo 41: Portador.

Capítulo 41: Portador.

“Recapitulemos”, se diría Beltrán para sí mismo.

En su habitación y viéndose en el espejo, Beltrán se analizó a sí mismo nuevamente.

Su cabello seguía poseyendo aquel color rubio pálido; sus ojos continuaban igual de anaranjados; sin embargo, su físico presentaba un ligero cambio.

Beltrán, al igual que muchos otros estudiantes del instituto, había sido sometido a entrenamientos exigentes, por lo cual, incluso antes, ya tenía un saludable físico infantil: cuerpo esbelto y con algo de grasa en uno que otro sitio.

En la actualidad, Beltrán pudo verse a sí mismo.

Carecía de cualquier indicio de moretón o raspón; su grasa infantil, aunque aún presente, había disminuido con creces, mientras que su cuerpo se veía, de alguna manera, más resistente.

Algunas cicatrices, consecuencia del entrenamiento diario con Sir Aliss junto con sus últimas situaciones peligrosas, se dejaban notar, muy leves como para ser llamativas.

—Definitivamente esto es un cambio muy repentino para suceder apenas en dos semanas.

Aunque Beltrán se había sometido a múltiples situaciones de peligro e incluso había pasado por ciertas anormalidades físicas, como lo era el consumo de pociones, su cambio físico resultó lo suficientemente destacable como para entender que esto se alejaba de la normalidad.

Además, no solo fue aquello, sino también su resistencia física como mejoría.

Aunque sus pasos en el arte del combate y las pruebas físicas estaban lejos de ser dignos de alguien verdaderamente talentoso, como Simone o Larson, Beltrán sentía que cada día progresaba a pasos agigantados respecto a su estado anterior.

Apoyado en sus memorias alternas, comprendió que su evolución en las últimas semanas, además de repentina, resultaba sorprendentemente particular.

Su cuerpo se recuperaba más rápido que el de la mayoría de los niños, requiriendo solo ocho horas para reponerse completamente de cualquier malestar físico, ya fuera atrofia muscular, moretones o raspones.

Por otro lado, su resistencia también resultó mayor: sentía que podía soportar más dolor e incluso heridas.

Cosas que antes lo habrían hecho llorar ahora solo le provocaban un leve gruñido.

En una prueba de combate, accidentalmente había cometido un error y recibió un golpe con la fuerza suficiente como para dislocar o romper un brazo; sin embargo, solo le quedó un doloroso moretón que al día siguiente se había esfumado.

Sus sospechas finalmente se aclararon una vez que investigó al respecto.

Como Beltrán prefirió mantener su extraño estado en secreto, se dio a la tarea de buscar en su hogar algún libro que pudiera darle información.

Su instituto contaba con una biblioteca; lamentablemente, esta se encontraba restringida para aquellos con un grado superior al suyo.

Tras un tedioso día de búsqueda, Beltrán pudo encontrar una pequeña guía con información que la institución no le habría proporcionado.

Los poseedores de sendas eran algo usual en el mundo, siendo que la mayoría de las especies inteligentes poseían una de estas una vez alcanzada la “madurez física” —los doce años para casi todas las especies—.

Estas sendas, sin embargo, eran simples y poco versátiles en la mayoría de los casos.

Las sendas comunes permitían a los individuos destacarse en áreas generales; ejemplos de estas podrían ser: Artesanos, Herreros, Arquitectos o Constructores, entre otras.

Algunas de estas sendas comunes podían otorgar una afinidad con el combate o la magia; sin embargo, terminaban siendo naturalmente más débiles que las sendas raras, teniendo su mayor potencial en el desarrollo de competencias generales.

Por otro lado, las sendas raras presentaban un mayor potencial al desarrollar sus talentos principales.

Un artesano podría poseer el talento para especializarse con ciertas herramientas una vez adquirida su clase; sin embargo, un cazador poseía de forma natural el potencial de emplear tanto herramientas como magia y combate físico, siendo más versátil, aunque menos especializado.

Aunque su libro no hablaba mucho de estas, Beltrán recordó las tres sendas base que se le habían explicado en el instituto: el Guerrero, el Cazador y el Mago.

Conocía bien sus habilidades y, en retrospectiva, comprendía que representaban variaciones de las sendas especiales.

“Según comentó la profesora Katerina, una de las razones por las que estábamos en el instituto era para desarrollar estas sendas especiales.” Beltrán se preguntó cómo se suponía que aquello funcionaba, aunque tras pensarlo profundamente no pudo llegar a una conclusión exacta.

“Sea cual sea el caso, quizá lo mejor sea comprobar cuáles posibles sendas podría tener.” Ahora, más convencido de que probablemente había obtenido una senda, se dispuso a experimentar.

Según sabía, las sendas marciales poseían la capacidad de impregnar los músculos y aumentar la fortaleza física para realizar maniobras de combate sobresalientes.

Durante un largo rato, Beltrán intentó medir su potencial en combate, coordinación o resistencia.

Sin embargo, no notó una mejoría sorpresiva: su cuerpo, aunque fuerte y resistente, estaba lejos de alcanzar un poder bruto como el de Sir Aliss.

“Tampoco es que buscaba acercarme a él… aunque quizá a esos bandidos sí.” Algo le decía a Beltrán que el poder físico puro de Sir Aliss era algo que ni siquiera un guerrero común podría alcanzar con facilidad.

Tras no encontrar talento para esgrimir armas con naturalidad ni impulsos de gran poder físico, Beltrán buscó alguna variante.

El profesor Axcel era portador de una senda híbrida, a la cual Beltrán sospechaba pertenecer.

Los cazadores podían mejorar su cuerpo tanto para el combate como para aumentar sus sentidos o su sigilo.

Claro que Beltrán era incapaz de fortalecer su cuerpo, aunque podía percibir con gran claridad el prana dentro de sí; sin embargo, mejorar sus sentidos resultaba un rasgo que compartía con los miembros de esa senda.

Aunque no sabía exactamente cómo realizar conjuros más allá de los sigilos aprendidos, Beltrán no descubriría la verdad a menos que tuviera un “canalizador”, como Simone había mencionado.

Por el lado del mago, Beltrán tuvo sutiles indicios.

Aunque su misterioso sentido del oído mejorado lo hizo rechazar la idea en primera instancia, cuanto más lo pensaba, más sentido le encontraba.

Era incapaz de fortalecerse físicamente; sin embargo, su potencial con el uso de sigilos se había destacado exponencialmente.

Aunque aún reacio a utilizar la Saeta en Llamas, Beltrán se obligó a hacerlo de todas formas.

Viajó al jardín de su residencia y, vigilando que nadie lo viera, armó una diana improvisada utilizando la linterna de su habitación como soporte y colocando algo de material inflamable dentro.

Su plan era disparar al centro y compararlo con aquella vez en la que atravesó la rodilla del bandido Galibrano.

Concentrándose en sentir el prana dentro de sí, Beltrán pronunció las palabras en una lengua antigua mientras apuntaba la saeta con su mano.

El prana circuló, controlado por la consciencia de Beltrán, quien sintió la calidez en su mano.

Intentando centrar la saeta en el punto exacto, se sorprendió a sí mismo realizando el sigilo mientras calculaba el punto de impacto.

Un proyectil con la fuerza correspondiente de una saeta voló directo hacia la linterna, estampándose contra la misma.

El sonido del vidrio rompiéndose, seguido de una lluvia de llamas, hizo eco en el jardín.

El rostro de Beltrán palideció mientras su corazón se aceleraba repentinamente.

Su expresión se torció, y una sonrisa se formó en su rostro.

Beltrán rió mientras observaba el resultado de sus acciones.

Rápidamente repitió las palabras; sin embargo, en esta ocasión, al formar la saeta intentó disminuir su potencia.

La saeta se deshizo a mitad del aire, justo antes de llegar al objetivo.

La emoción en el pecho de Beltrán le hizo casi dar brincos de alegría, aunque aún era muy pronto para sacar conclusiones.

Además, el ruido que había hecho de seguro atraería la atención de Eliette en cualquier momento.

“Necesito limpiar esto pronto.” … Beltrán se encontraba nuevamente en su habitación.

Ahora observaba varios puntos en ella: pequeños frascos donde había colocado algunos materiales inflamables.

Dio unos pasos hacia adelante, se posicionó en el centro del cuarto y, no tardó en invocar una nueva saeta en llamas, esta viajó hacia uno de los frascos.

Apenas terminó, disparó otra saeta, seguida de otra, y otra más.

Varias impactaron débilmente contra los frascos, aunque algunas no dieron en el blanco y se estamparon contra otras superficies que Beltrán esperaba no fueran inflamables.

Tras varios intentos, observó su cuarto: algunas partes tenían zonas chamuscadas, mientras que otras aún ardían levemente.

Beltrán suspiró mientras tomaba un trapo húmedo y lo dejaba caer sobre las zonas que amenazaban con prenderse fuego.

Según sabía, los magos, al igual que otros taumaturgos exteriores, poseían un mayor control sobre el uso de conjuros y sigilos que los taumaturgos híbridos.

También, el haber adquirido una senda de este estilo justificaría cómo Beltrán parecía haberse librado del déficit de prana.

Por último, sintió una extraña sensación dentro de sí, semejante a un vacío que podría ser llenado con algo.

Esta sensación lo había acompañado durante la última semana, y lejos de disminuir, se iba fortaleciendo.

Era leve, lo suficiente como para que alguien común la pasara por alto, pero Beltrán no lo habría hecho.

¿Acaso esa sensación era la carencia de conjuros aprendidos?

Beltrán lo desconocía, pero su intuición parecía gritarle algo al respecto.

Fuese cual fuese el caso, estaba seguro de algo: definitivamente era el portador de una senda, casi cuatro años más temprano que cualquier otra persona común.

“¿Qué rayos significa todo esto?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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