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El Trono de las Bestias - Capítulo 47

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Capítulo 47: Capítulo 46: Pantomima parte 1.

Capítulo 46: Pantomima parte 1

Ser Aliss se encontraba sentado en su recámara, como era habitual. Sus labores eran escasas, pero no por ello menos importantes.

Al ser un caballero “aprendiz” no podía formar parte de la guardia personal de Bedivere; sin embargo, aquello no significaba que fuera menos que cualquier otro caballero. De hecho, podría decirse que tanto su labor como su autoridad rivalizaban con la mayoría de la guardia personal de los nobles más influyentes. Eso fue debido a que Beltrán, a quien se encargaba de proteger e instruir, era un heredero directo de Bedivere.

Dentro de menos de 3 meses Beltrán cumpliría 9 años; si Ser Aliss demostraba ser capaz de protegerlo adecuadamente, entonces existía la posibilidad de que Bedivere optase por volverlo su caballero escolta personal, concluyendo su etapa como caballero aprendiz finalmente. Ya fuese caballero, guardián de Bedivere o de Beltrán, Ser Aliss poseería uno de los mayores cargos que un caballero podría ostentar en alguna ocasión.

Además, gozaba de un lujo que ningún otro caballero como él poseía ni tendría alguna vez.

Era capaz de corregir a un noble a golpes si gustara.

En la práctica de aquel día habría corregido múltiples aspectos de la técnica de Beltrán, como era usual. El chico no era ninguna clase de prodigio o genio, por lo menos en el aspecto de la esgrima; sin embargo, mostró una progresión respetable. En unos 5 años definitivamente se volvería alguien decente en su uso con las instrucciones adecuadas.

Aliss se habría centrado principalmente en abrumarlo en primera instancia; claro, sus golpes no serían los que auténticamente utilizaría en un combate. En varias ocasiones renunciaba bastante a golpes contundentes o severos con tal de regular su propia fuerza física y así no dañar al joven noble. Aunque debía admitir que, para alguien de apenas 8 años, Beltrán lograba soportar un gran castigo; aunque más que eso, quizá la palabra adecuada sería que lograba recuperarse a un ritmo bastante decente.

En días posteriores, antiguos moretones y cortadas resultaban sanados en su mayoría. Claro, era difícil saberlo con exactitud debido a que la mayor parte del tiempo Beltrán poseía moretones o raspones; sin embargo, en lugar de acumular daño hasta caer rendido, Beltrán lograba mantenerse con una constancia que debía reconocer.

“Es casi como si… Bueno; qué importa.”

Ser Aliss solo habría escuchado las hazañas de los demás Leonhard; los miembros de aquella casa solían destacarse en algún aspecto marcial o físico. Resultó natural que Beltrán fuese más resistente que la mayoría de niños de su edad.

Su labor resultaba simple en la mayoría de los casos: proteger a Beltrán requería asegurarse de que nadie se acercase a sus aposentos, donde se encontraba retenido la mayor parte del tiempo, de vez en cuando saliendo hacia el jardín, usualmente en las mañanas.

Aunque últimamente la labor se habría vuelto más tediosa.

“Hoy también va a salir.”

Aliss se levantó. Su recámara era modesta, con una gran cama junto con un par de muebles y una amplia silla acolchada junto a un escritorio. Naturalmente le resultaría imposible vigilar las acciones de Beltrán la mayor parte del tiempo; sus sentidos no eran tan agudos y no era demasiado bueno manteniendo su rastro.

Sin embargo, ahí entraba cierta herramienta que obtuvo gracias a Bedivere.

Aliss era capaz de vigilar a Beltrán; sin embargo, al este sumergirse en las alcantarillas se volvió incapaz de seguirle. Aunque su objetivo siempre fue salvaguardar la seguridad de este, de alguna manera Beltrán logró llegar a su habitación sin problemática antes de que cualquiera pudiese percatarse de su ausencia.

Detectando actividad, Aliss cerró sus ojos, preparado para continuar su paso, lento. Aunque, para su mala suerte, Beltrán se sumergió en las profundidades de las alcantarillas tras saltar el pequeño muro junto con las rejas que recubrían su residencia.

“….”

Beltrán caminó en silencio. Las oscuras rejillas filtraban luz apenas perceptible; conforme más tiempo se encontraba en la oscuridad, su visión se ajustaba. Observó pequeñas siluetas movilizándose en la penumbra. Aun tras haber vivido experiencias tan desagradables, Beltrán prefirió mantener la vista en alto, pues la presencia de roedores aún le incomodaba, consecuencia de haberse criado como un joven noble viviendo en casas que cuidaban su higiene o bajo el crítico escrutinio de Eliette. Beltrán aún se incomodaba ante lugares tan sucios o criaturas tan desagradables.

En las alcantarillas, el ruido de las gotas cayendo en conjunto con el chapoteo de sus pasos hizo eco. Extraños ecos pasajeros llenaron su interior como un grueso susurro distante que no trajo una buena sensación a Beltrán, quien se sentía cada vez más observado.

Las palabras de Daenerys aún resonaban en su cabeza. Tanto guardias como pandilleros parecían evitar el interior de estas alcantarillas ¿por qué? Y, sobre todo, ¿por qué debía confiar en las palabras de Daenerys? La niña era una joven que, aunque lo habría ayudado, también pretendía utilizarlo para llevar a cabo un robo.

Entonces ¿cómo se suponía que confiaría en ella?

“Supongo que es por ello que confío en ella.”

Daenerys lo necesitaba. Ya fuese que no encontrara un joven con buena forma como él dentro de los estándares o que ningún niño se atreviera a lidiar con la iglesia de manera tan estúpida, Beltrán se habría convertido en la última opción de Daenerys.

Con ello en mente, Beltrán caminó, su corazón cada vez más nervioso debido no solo al ambiente, sino a que tendría que hacerse a la idea de lo que debía realizar aquel día.

Sería la carnada de la iglesia, aunque fuese un poco.

Los segundos se volvieron minutos y los minutos ligeras eternidades ante la atenta mirada de aquello oscuro en el interior de las alcantarillas, ya fuesen sus propios pensamientos adecuándolo o algo más oscuro y retorcido que no se hizo notar.

Finalmente, Beltrán se encontró a sí mismo casi en trance, subiendo las escaleras y emergiendo hacia los distritos bajos en Realta.

Aún recordando las indicaciones de Daenerys, Beltrán se movilizó al punto de reunión anterior. Debido a la situación, tomó la decisión de no modificar su ropa a la de la última vez que vio a Daenerys; supuestamente era un niño de las calles ahora, y que apareciese con otra ropa, además de levantar sospechas, lo haría ser objetivo de otros jóvenes de la calle.

Beltrán sintió la pesadez del ambiente; sin embargo, esta resultó aún más confortante que las alcantarillas. ¿Quizá aquello mismo ocasionaba que no muchos se sumergiesen en ellas? Definitivamente el sitio sería capaz de volver locos a cualquiera que pretendiese cruzarlo.

En comparación, las calles olían mejor; aunque no tanto, resultó una mejoría. Últimamente Beltrán se habría estado intentando sentir optimista con respecto a lo que le rodeaba. A fin de cuentas, muchas de las cosas él mismo se las buscaba.

Beltrán caminó en silencio, ignorando las agudas miradas de otros niños de la calle.

Finalmente, sus pasos lo llevaron al lugar de reunión acordado, aquel donde Daenerys le habría contado su plan.

“El alba aún no ha caído.”

Durante la mañana Beltrán habría revisado los cielos en búsqueda de la supuesta alba dorada que se manifestaría, según las predicciones de Simone, aquel mismo día. Era usual que las albas iniciasen durante la mañana o cuando solía “oscurecerse”, pues el cielo tendría un cambio que, de alguna manera, en lugar de traer la usual oscuridad o luz, traería consigo un efecto visual más o menos llamativo.

Beltrán supuso que habría corrido con suerte, intentando mantenerse optimista. Si terminaban la labor antes de que el alba llegase a presentarse, entonces se encontrarían en territorio seguro.

Como lo esperó, Daenerys, acompañada del flacucho galibrano, la semielfa y los dos gemelos humanos, le estarían esperando.

La primera en notarlo fue la semielfa, quien junto a uno de los gemelos se encontraba dando la espalda hacia una de las paredes del lugar, llamando la atención de Daenerys, quien se encontraba dándole la espalda. La niña finalmente se giró, observando a Beltrán con una sonrisa.

—Parece que las ratas no te devoraron ¿eh?

Beltrán frunció el ceño, sintiendo cómo nuevamente ya no se trataría del reservado Beltrán Leonhard, sino Salo, un niño de la calle.

—Y tú pareces tan agradable como siempre —respondió antipático, pero con una sutil sonrisa formándose en sus labios.

Como dos amigos que no se veían hacía bastante tiempo, Daenerys se acercó a Beltrán, quedando de pie delante suya. A Beltrán le agradaba, aunque fuese con ella, sentirse un poco más alto que otros.

—¿Dónde estuviste? —preguntó con curiosidad—. Casi pensé que tendría que encontrar otro para hacer tu parte.

La mención de aquello hizo que una mueca incómoda se formase en el rostro de Beltrán.

—Sí, mi parte… no sé qué tanto ánimo me da haber regresado —musitó sincero con sus sentimientos—. Estuve vagando hasta donde esas alcantarillas que me enseñaste me podrían llevar; hay lugares realmente tranquilos. Me pregunto por qué ustedes no se movilizan hacia ellos.

Su duda fue genuina. Beltrán se habría dado el tiempo de indagar un poco sobre las zonas donde las alcantarillas los podrían dejar, y ciertamente hubo sitios como aquella plaza a la que se movilizó u otros distritos mucho más tranquilos donde no sería tan complejo esconderse.

—¿Tranquilos? Bueno, supongo que es una ilusión que uno puede creerse —se burló Daenerys—. ¿Con quién te sentirías más seguro? ¿Con tu familia o con un grupo de desconocidos? No estamos en este distrito porque no tengamos otros sitios a los que movernos, pero piensa.

Daenerys tocó su cien casi como si invitara a Beltrán a utilizar su cerebro, cosa que irritó un poco a este.

—En este sitio todos nos conocemos entre nosotros, nos cuidamos y protegemos. Quizá tú, al ir solo, logres escapar un poco de la realidad que te rodea; pensar que no eres otro niño de la calle e inclusive mendigar un poco. Pero cuando lo hagas, siempre existirá la posibilidad de que una familia privilegiada o un ciudadano te reporte ante las autoridades, quienes, si te llegan a encontrar, te darán una paliza, seas o no un niño. Prefiero no tomar riesgos.

Beltrán se mantuvo en silencio, pues aunque habría considerado tales alternativas ¿quién era él para darle la contraria? Daenerys habría vivido realmente en las afueras mucho más tiempo que Beltrán.

—Supongo que es mejor un mal conocido que un desconocido —dijo, intentando hacerse a la idea de lo dicho por Daenerys.

La niña observó hacia detrás suya con una sonrisa.

—Entonces ¿estás listo?

Beltrán suspiró, llegando el momento que tan intranquilo lo había dejado.

—Actuemos en todo caso.

Daenerys llevó a Beltrán hacia una zona más al interior de los distritos bajos, escalando un pequeño edificio con techos laminados y apenas sostenidos por 3 míseros clavos. Uno de los gemelos humanos que los acompañaban se acercó, alzando junto al galibrano una de las partes del techo laminado. Esta se alzó dando espacio para que Daenerys, junto a la semielfa, el otro gemelo y Beltrán entrasen por el techo.

—¿Qué se supone que es este lugar? —preguntó Beltrán con algo de curiosidad.

—Te presento nuestra humilde vivienda.

La luz se filtró por la abertura sostenida por uno de los gemelos y el galibrano, quienes, tras pasar todos, finalmente cerraron la abertura tras suya. Beltrán observó, dejando que sus ojos se acostumbrasen al interior oscuro.

Era una clase de pequeño almacén; específicamente, se encontrarían en una pequeña plataforma suspendida a varios metros del verdadero suelo del aparente almacén abandonado. El sitio lucía, por lo menos en su parte baja, realmente abandonado; el polvo se encontraba levantado y una pequeña bruma de este mismo fue perceptible al filtrarse la luz atravesándolo. Algunos esqueletos de ratas, así como algo de moho, se encontraba creciendo en la parte baja del lugar.

En la plataforma metálica habría unas cuantas cajas entreabiertas de las cuales no pudo saber su contenido a simple vista, algunas mantas apiladas junto a una lámpara de aceite que Daenerys no tardó en encender con un pedernal.

Aquel debía ser el lugar donde residía el pequeño grupo de Daenerys.

“¿No es esta demasiada confianza?” pensó Beltrán, algo preocupado.

Antes había supuesto que Daenerys no le habría revelado todas las partes de su plan debido a que, naturalmente, no habría tanta confianza en Beltrán. Entonces ¿por qué ahora le revelaba inclusive dónde residían?

“A menos que ese ya no fuese a ser el caso.”

Beltrán observó a los compañeros de Daenerys, quienes observaron las varias mantas; sus miradas lucían algo distraídas y pensativas.

Un dejo de pena hizo que Beltrán simplemente guardara silencio, pues comprendió que, considerando el riesgo que los jóvenes tomarían para obtener algo de valor, estos estaban dispuestos a intentar y ganar o fallar.

Sin embargo, fallar para ellos sería el final del juego. Las probabilidades de fallar solo los llevarían a un solo resultado:

Ser tomados por la iglesia.

“O consiguen algo, o sus esperanzas de salir de aquí se esfumarán por completo. Sea una u otra, dudo que realmente vuelvan a este lugar.”

—Así que aquí residen —dijo Beltrán fingiendo inocencia—. Esas mantas se ven muy cómodas.

Los jóvenes se miraron algo incómodos, sin saber qué decir con exactitud. Estos habrían pasado por bastante desconfianza, gente que buscaba hacerles daño o inclusive otros niños de la calle oportunistas.

Sin embargo, Daenerys fue quien asintió, acercándose hacia aquellas mantas.

—¡Sí! Fueron de las primeras cosas que obtuvimos. Una carreta de artesanos tuvo un pequeño percance y varias mantas de pieles cayeron fuera del carruaje; tomamos algunas antes de ayudar al hombre. Eso nos sirvió durante la noche…

Beltrán se rió un poco, asintiendo a la historia.

—¿En serio? Mis experiencias tomando cosas no han sido muy buenas; aún recuerdo cuando ese guardia me persiguió todo el camino hacia el callejón…

Daenerys se rió, recordando la circunstancia donde le reconocieron.

—Nunca había visto un niño tan determinado ni cagado como tú en ese momento —comentó entre risas—. Estaba vagando un poco cuando te vi corriendo como alma en pena…

Finalmente conversaron, relatando aquella situación. No tardó mucho en que uno de los gemelos se uniese, comentando cómo habría obtenido una clase de juguete el cual nunca supo cómo usar, tomando entre las cajas y enseñándoselo a Beltrán, quien sorpresivamente observó una pieza de un trompo. Este le enseñó cómo usarlo tras un rato de explicar que, en lugar de arrojarlo y tirar de este, se debía enrollar su cuerda alrededor. Finalmente, el otro gemelo y la semielfa decidieron abrirse, comentando con diversión distintas situaciones, como cuando probaron un postre de un mercante extranjero o cuando tuvieron que, tras descubrir un amorío, meterse accidentalmente a una taberna.

Incluso el amargado galibrano cedería al oír a Beltrán comentar una ocasión en que golpeó a un joven de familia adinerada que intentó hacerlo sentir mal.

Los jóvenes conversaron finalmente con jovialidad, no como si fuesen amigos que se conocieran de toda la vida, sino como un grupo de individuos que compartieron experiencias dolorosas y no se dejaron derribar por estas.

Beltrán finalmente se sintió un poco como un niño.

Capítulo 47: Pantomima parte 2.

Tras terminar de conversar, los jóvenes supieron que la hora había llegado.

Daenerys observó a Beltrán en silencio. Beltrán la notó algo distante, casi como si estuviese pensando si comentar algo o no hacerlo, hasta que finalmente aparentó llegar a una conclusión clara.

—Salo, quédate un momento —pidió Daenerys.

La semielfa, los gemelos y el galibrano salieron, dejando el interior iluminado apenas por la lámpara de aceite. Las sombras de Beltrán y Daenerys se proyectaban en las paredes distantes.

—De seguro puedes hacerte una idea del porqué te traje aquí —comentó Daenerys.

Beltrán observó los alrededores en silencio; le costó unos segundos asentir, diciendo:

—Supongo que quieres dejarme este lugar si es que ustedes son incapaces de volver.

Daenerys asintió; la usual burla en ella había sido borrada de su rostro.

—Eres quien tomará más riesgos al inicio. Es por eso que, en caso de que las cosas no salieran como quisiera, no te dejaría a ti sin un lugar donde huir o quedarte.

El silencio se formó mientras Beltrán observaba el pequeño vacío. En un momento pareció que el pequeño almacén poseía escaleras que permitían a cualquiera que entrase desde abajo subir y llegar a la plataforma donde estos se encontraban.

Sin embargo, el tiempo corroyó las mismas, impidiendo que alguien pudiese subir.

—¿No suele entrar nadie aquí además de ustedes?

Daenerys observó el vacío junto a Beltrán; tras una contemplación breve se encogió de hombros, restándole importancia.

—La gente no suele ingresar tanto. ¿Puedes ver ese moho? Se formó debido a la acumulación de humedad. Aquí arriba el frío es constante, manteniendo el lugar fresco, pero suerte a cualquiera que intente pasar una noche allí.

Beltrán asintió, comprendiendo que para cualquiera con algo de experiencia buscando lugares donde quedarse, ignoraría el almacén.

—Eso es bueno, no me gusta tener invitados —dijo en broma.

Daenerys sonrió finalmente; su hombro chocó suavemente con el de Beltrán.

—¿Nuevamente estás intentando ver qué puedes robar?

Daenerys se rio aún más fuerte; su risa, que no podría considerarse para nada digna de una dama, hizo eco.

—No, simplemente estás más caliente que la mayoría de este sitio.

Beltrán asintió; realmente no habría mucho que robar.

Él habría guardado la daga en un sitio donde Daenerys no buscaría.

…

Tras su conversación, ambos jóvenes salieron del interior del almacén, donde los compañeros de Daenerys los estaban esperando. Ahí, Beltrán se despidió de ellos con un simple ademán, pues contando aquel encuentro solo se habían visto dos veces.

Eran completos desconocidos, prácticamente.

Beltrán caminó en silencio de nuevo por las alcantarillas; su corazón se agitaba en su interior.

Badum Badum Badum.

El sonido de sus latidos acompañó rítmicamente a sus pasos; sin embargo, en aquella ocasión su nerviosismo no fue engendrado por el misterio interior de las alcantarillas, sino por las acciones que tomaría a continuación.

Emergiendo desde el interior de las alcantarillas, Beltrán salió cerca de un callejón que Daenerys, con anterioridad, le había dicho que daba con una de las plazas centrales en Realta. La extensa y laberíntica capital poseía múltiples salidas y entradas por casi toda su estructura. Daenerys le había dicho que dudaba que una vida fuese suficiente como para terminar de explorar su interior.

Cambiando sus ropas a unas no tan sucias, las cuales había obtenido por cuenta propia, Beltrán caminó; de su bolsillo sacó una pequeña cantimplora con la cual limpió su cara y manos de suciedad.

Finalmente, Beltrán extrajo desde su bolsillo un espejo roto; este resultaba lo suficientemente amplio como para observar su rostro, descuidando quizá algunos bordes, pero con el ángulo adecuado pudo verse a través.

Con su gorro cubriendo su cabellera rubia y la suciedad retirada de sus cejas, Beltrán expuso un rostro promedio con algo de grasa infantil aún rodeándolo.

Sin embargo, su expresión sombría fue cambiada por una más alegre; una sonrisa forzada y algo incómoda rellenó los huecos de su cara, volviéndola más amplia y angulosa.

Una pequeña cicatriz cerca de la comisura de sus labios se formó mientras sus ojos parecían ahora más hundidos y de un color grisáceo uniforme, casi blancos.

Beltrán había utilizado el sigilo de Velo ilusorio para poner encima de la superficie de su rostro una pequeña ilusión visual. Debido a que había utilizado el cuello de su camisa como superficie, este era capaz de moverse en conjunto con los movimientos de su cuello.

El rostro no era perfecto, pues Beltrán apenas había poseído tiempo para practicar su uso; a diferencia de la saeta en llamas, el poder sentir el flujo de prana en su cuerpo no apoyó de ninguna manera a aumentar la maestría en su sigilo.

Estuvo estudiando un poco de rostros en bocetos de sus libros o retratos vistos con anterioridad, inclusive tomando algo de los rasgos de Concedido para inventar algo medianamente propio.

Aun así, el rostro lucía algo simple, incluso incómodo de ver.

“Supongo que esto evoca al valle inquietante”.

Retuvo un suspiro; aunque no logró progresar mucho y apenas pudo darle profundidad a su invención, creía que aquel había sido un avance prudente.

El velo resultó una mera ilusión visual, con la cual, al interactuar físicamente de manera directa, sería borrada. También poseía una duración escasa de menos de una hora.

Por ello, Beltrán debía apresurarse; no pudo únicamente ponerla sin cuidado encima de su ropa. Su mejor tiempo acentuando la ilusión fue de casi medio minuto utilizando un espejo como apoyo.

Incluso en aquel momento, con su habilidad en lo más alto posible, Beltrán no creyó que lograría formar algo decente en menos de veinte segundos.

“Solo tengo una oportunidad”.

Con aquello en mente, Beltrán salió de aquel callejón. Algunas miradas curiosas se posaron sobre él, pues considerando su altura y rostro, que no resultó tan infantil, sobresalía como un pulgar adolorido.

Sin embargo, al poco tiempo las miradas se retiraron, pues existía una explicación simple para aquello.

Gnomos, una especie de pequeño tamaño con rostros usualmente regordetes o angulosos, de pómulos altos con orejas puntiagudas. Beltrán había visto a algunos en sus viajes en carreta. En Realta no resultaban tan usuales; sin embargo, su cercanía con Kynergrown, reino de los enanos, donde también residían una gran cantidad de gnomos, pudo explicar la aparición de un gnomo en tierras extranjeras.

No tardó en llegar a la plaza, donde múltiples individuos caminaban. La gente alegre se abría paso entre los puestos alzados para que cualquiera que buscase comprar se acercara y observara los productos a disposición.

Los locales fijos alrededor de la plaza estaban aún más concurridos, con pequeñas multitudes esperando para acomodarse en las tiendas internas y disfrutar de sus productos.

Tras una larga espera, Beltrán accedió al interior de una de estas tiendas. Ignorando las pasajeras miradas encima suyo, se acercó a una estantería donde múltiples productos se encontraban en demostración: una mermelada de Shilpium, producto que se decía podía aliviar el estrés y tenía propiedades antiedad, además de poseer un gran sabor. La mermelada verde pasó a manos de Beltrán, quien tras observarla detenidamente decidió dejarla en el estante.

Caminando a la salida, pudo escuchar la voz de uno de los trabajadores, quien discretamente se había acercado a él cuando este se alejó.

—¡Este frasco está vacío! ¡Detengan al ladrón!

Beltrán se encontraba a punto de salir del lugar cuando la gente observó su posición; aún había algunas personas entrando, lo que cerró su paso naturalmente.

Y sin embargo, Beltrán corrió sin dudar. Delante suyo, una mujer de pomposo vestido observó hacia abajo; sus ojos se encontraron con los de Beltrán.

“Tenía que ser un jodido vestido”, se quejó mentalmente Beltrán.

Este no dudó en deslizarse hacia un costado, golpeando su costado un poco con el marco de la puerta y saliendo apenas unos segundos antes de que un brazo se alzara donde antes se encontraba; este terminó agarrando parte de la gran falda femenina en su lugar.

Beltrán solo escuchó el escándalo detrás suyo cuando la dama gritó en confusión y alguien, a duras penas, alertaba a la gente sobre él.

Aunque se destacó por su pequeño tamaño, también fue difícil de observar entre la gente a los alrededores.

Beltrán se deslizó con toda la gracia que alguien en buena forma a su edad podría permitirse, moviéndose a través de la gente o pasando por debajo de los más altos tras agacharse casi hasta el suelo.

—¡Llamen a los guardias, está escapando!

Beltrán continuó su persecución. Este pasó alrededor de múltiples callejones que le permitirían salir y quizá escapar antes de que llegase un guardia de la ciudad. Sin embargo, aquello pudo ser el efecto opuesto al que deseó Beltrán.

Empujando una mesa con fruta, Beltrán cruzó entre las telas por debajo de una alta mesa en un puesto de comida. Sus pulmones empezaban a arder, pero su velocidad no disminuyó.

Cuando el ruido metálico delató la llegada de los guardias, finalmente sintió el alivio de quien obtenía aquello que buscaba.

Movilizándose velozmente de un costado a otro, Beltrán buscó llegar hacia una de las salidas que había trazado como punto de escape.

Sin embargo, tan pronto como se dirigió hacia esta, dos guardias aparecieron frenándole el paso y obligándole a desviar su curso. Cuando se giró, pudo toparse con otro grupo de apenas unos cinco o seis guardias bloqueando su escape.

Uno de ellos sacó su ballesta repetidora, haciendo que el corazón de Beltrán se hundiese mientras todo se volvía más lento.

El dedo del guardia se acercó al gatillo, a punto de disparar.

Y cuando Beltrán esperó el sonido de la tensión siendo liberada junto con la saeta…

Este nunca llegó.

Un guardia a su costado logró apartar su brazo e impedir que su compañero accionase justo a tiempo.

—¡Qué haces, imbécil! ¡Estamos rodeados de gente!

Corrigiendo sus pasos, Beltrán cambió de dirección, pretendiendo alternar hacia otra salida, pero la brusquedad de sus movimientos le hizo pisar uno de los productos que había tirado al empujar la mesa, haciéndolo caer y rodar al suelo.

“Maldita sea, puta suerte”, se quejó mientras intentaba pensar en una alternativa.

Con su mente funcionando a su máxima capacidad, Beltrán buscó una manera de apartar a los guardias del camino.

Con su altura, incluso si cambiaba su rostro, sería fácilmente reconocible entre los presentes y carecería del tiempo para intentarlo. Fue cuando observó las telas colgar de otro puesto que una idea se formó en su mente.

Extendiendo su mano hacia el puesto, Beltrán la movilizó mientras pronunciaba palabras en un idioma antiguo.

—Saeta en llamas.

De la mano de Beltrán, una saeta formada por llamas carmesí se materializó, siendo disparada en un movimiento curvo. Esta cruzó por encima de la gente que caminaba, haciéndolos agacharse incluso después de que pasase sobre ellos.

Los guardias observaron la saeta volar directamente al puesto, adelantándose a que, de impactar, prendería en llamas la tela.

—¡Cúbranse!

Algunos guardias corrieron hacia las telas preparados para apagarlas en caso de que el fuego se esparciese; sin embargo, en lugar de golpearlas, la saeta alcanzó la sutil cuerda que las mantenía unidas, consumiéndose velozmente y dejando que las telas volasen por los alrededores durante un breve instante.

Ganándole a los guardias debido a la distancia, Beltrán corrió con la intención de meterse entre el caos de telas y perderlos de vista por un momento.

Sin embargo, un niño no era más veloz que un adulto entrenado. Pudo escuchar a algunos guardias que, en lugar de cambiar su dirección hacia las telas, continuaron en persecución suya.

Beltrán avanzó, exigiendo a sus piernas mucho más de lo que había hecho alguna vez, incluso en la academia.

Cada zancada suya, junto con los pasos detrás, fueron completamente audibles para el oído de Beltrán.

Tap tap tap.

Finalmente, Beltrán sintió un suave tirón en la parte posterior de su camisa: el largo dedo de un guardia alcanzándola y aferrándose a esta.

Fue ahí cuando Beltrán tiró todo su cuerpo hacia delante. Los botones de su camisa se reventaron ante ambas fuerzas, haciendo que uno saliese disparado hacia delante y otro retrocediera.

Sin tiempo a acomodarse para caer correctamente, Beltrán continuó avanzando; su cuerpo inclinado hacia delante le impidió aterrizar bien, consiguiendo solo avanzar unos pasos antes de caer entre las telas.

Beltrán se tropezó. Sus piernas y costado golpearon el suelo creando fricción; leves cardenales y raspones empezaron a formarse. Sin embargo, Beltrán pudo rodar a un costado, ignorando el dolor, para apartarse de la vista de los guardias.

La gente observó confundida las telas volando, mientras los guardias finalmente llegaron, más irritados por haber sido burlados que por la irrelevante mermelada robada.

—¡Búsquenlo! ¡No podemos dejar que la guardia sea burlada de tal forma!

Los guardias buscaron al gnomo de llamativo rostro y baja estatura. Uno de ellos observó entre los presentes: solo algunos niños coincidían con la altura, pero todos parecían asustados y ansiosos al ver actuar a la guardia.

El guardia observó a un pequeño niño de unos ocho años, quien le miraba con una sonrisa en el rostro, la inocente emoción expresándose. Vestía una curiosa camisa holgada de tela llamativa color rosa.

El guardia suspiró, dedicándole un leve asentimiento al joven, pues no podía permitir que el nombre de la guardia de Realta fuese manchado de aquella manera, menos por un sucio gnomo ladrón como aquel.

El niño observó al guardia moverse; su sonrisa inocente cambió a una más burlona.

“Jaja, qué imbécil”, se burló maliciosamente Beltrán, la emoción y la adrenalina aún ardiendo fervientemente en su pecho.

Alejándose hasta una entrada de alcantarilla cercana, Beltrán finalmente volvió a tomar su ropa negra, sumergiéndose en el oscuro interior del desagradable alcantarillado.

…

En el silencioso interior, Beltrán finalmente se calmó. Aquello fue un desastre: casi lo habrían atrapado por no apreciar dónde pisaba. Definitivamente, un ladrón auténtico habría optado por una distracción menos llamativa, pero le pareció igual; ya habría alterado a los guardias en la zona cercana y muchos deberían estar buscándolo en los alrededores.

Caminando en silencio, Beltrán observó una luz en el interior del alcantarillado. Aquello le tomó por sorpresa, pues no esperaba verlos tan pronto.

“Un escondite”, pensó inconscientemente.

Quitando el agua estancada, Beltrán no pudo apreciar nada. Las alcantarillas, además de sucias y mugrientas, no poseían muchos salientes o zonas que pudieran utilizarse como escondite.

Beltrán dudó casi diez segundos. Sus instintos le instaron a correr, pero el ruido de sus pasos lo delataría. Con su oído fue capaz de escuchar cómo los dueños de aquella luz se acercaban cada vez más.

Sin pensarlo otro instante, Beltrán se sumergió en las asquerosas aguas estancadas, con la incómoda sensación de sus cortes entrando en contacto con el origen de esa agua.

“Ni siquiera quiero pensar qué tiene esta agua”.

Beltrán se ocultó como un bulto oscuro que apenas haría ruido al fondo. Y ahí fue cuando pudo verlos.

Un total de seis individuos caminaban por las alcantarillas. Estos portaban tres linternas de aceite y, con cada paso, examinaban el interior buscando rastros de alguien.

Beltrán esperó que su escondite fuese adecuado.

Mientras aguantaba la respiración, los hombres se acercaron, girando en dirección suya. Beltrán fue capaz de apreciarlos con más detalle.

Bañados en una leve luz amarillenta, las armaduras de placas robustas dejaban ver a los soldados reclutas de la iglesia de la cosecha. En su pecho, un gambesón verde enfermizo se dejaba ver; la heráldica de un cráneo en conjunto con varias mariposas rodeándolo de un verde más pálido sobresalía. En sus yelmos, una oscuridad perpetua escondía aquello que se ocultaba detrás.

Lo único perceptible para Beltrán fue el color verdoso de lo que supuso eran sus ojos; estos brillaban de alguna forma, casi en trance.

“La peste verde”, replicó mientras estos terminaron de acercarse a pocos metros de él.

Los pulmones de Beltrán cedieron ante sus esfuerzos; la actividad física anterior cobró factura en él. Beltrán respiró, tomando una bocanada de aire apenas audible.

Los ojos de uno de los soldados reclutas de la cosecha se giraron para observar en su dirección.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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