El Trono de las Bestias - Capítulo 48
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Capítulo 48: Capítulo 47: Pantomima parte 2.
Capítulo 47: Pantomima parte 2.
Tras terminar de conversar, los jóvenes supieron que la hora había llegado.
Daenerys observó a Beltrán en silencio. Beltrán la notó algo distante, casi como si estuviese pensando si comentar algo o no hacerlo, hasta que finalmente aparentó llegar a una conclusión clara.
—Salo, quédate un momento —pidió Daenerys.
La semielfa, los gemelos y el galibrano salieron, dejando el interior iluminado apenas por la lámpara de aceite. Las sombras de Beltrán y Daenerys se proyectaban en las paredes distantes.
—De seguro puedes hacerte una idea del porqué te traje aquí —comentó Daenerys.
Beltrán observó los alrededores en silencio; le costó unos segundos asentir, diciendo:
—Supongo que quieres dejarme este lugar si es que ustedes son incapaces de volver.
Daenerys asintió; la usual burla en ella había sido borrada de su rostro.
—Eres quien tomará más riesgos al inicio. Es por eso que, en caso de que las cosas no salieran como quisiera, no te dejaría a ti sin un lugar donde huir o quedarte.
El silencio se formó mientras Beltrán observaba el pequeño vacío. En un momento pareció que el pequeño almacén poseía escaleras que permitían a cualquiera que entrase desde abajo subir y llegar a la plataforma donde estos se encontraban.
Sin embargo, el tiempo corroyó las mismas, impidiendo que alguien pudiese subir.
—¿No suele entrar nadie aquí además de ustedes?
Daenerys observó el vacío junto a Beltrán; tras una contemplación breve se encogió de hombros, restándole importancia.
—La gente no suele ingresar tanto. ¿Puedes ver ese moho? Se formó debido a la acumulación de humedad. Aquí arriba el frío es constante, manteniendo el lugar fresco, pero suerte a cualquiera que intente pasar una noche allí.
Beltrán asintió, comprendiendo que para cualquiera con algo de experiencia buscando lugares donde quedarse, ignoraría el almacén.
—Eso es bueno, no me gusta tener invitados —dijo en broma.
Daenerys sonrió finalmente; su hombro chocó suavemente con el de Beltrán.
—¿Nuevamente estás intentando ver qué puedes robar?
Daenerys se rio aún más fuerte; su risa, que no podría considerarse para nada digna de una dama, hizo eco.
—No, simplemente estás más caliente que la mayoría de este sitio.
Beltrán asintió; realmente no habría mucho que robar.
Él habría guardado la daga en un sitio donde Daenerys no buscaría.
…
Tras su conversación, ambos jóvenes salieron del interior del almacén, donde los compañeros de Daenerys los estaban esperando. Ahí, Beltrán se despidió de ellos con un simple ademán, pues contando aquel encuentro solo se habían visto dos veces.
Eran completos desconocidos, prácticamente.
Beltrán caminó en silencio de nuevo por las alcantarillas; su corazón se agitaba en su interior.
Badum Badum Badum.
El sonido de sus latidos acompañó rítmicamente a sus pasos; sin embargo, en aquella ocasión su nerviosismo no fue engendrado por el misterio interior de las alcantarillas, sino por las acciones que tomaría a continuación.
Emergiendo desde el interior de las alcantarillas, Beltrán salió cerca de un callejón que Daenerys, con anterioridad, le había dicho que daba con una de las plazas centrales en Realta. La extensa y laberíntica capital poseía múltiples salidas y entradas por casi toda su estructura. Daenerys le había dicho que dudaba que una vida fuese suficiente como para terminar de explorar su interior.
Cambiando sus ropas a unas no tan sucias, las cuales había obtenido por cuenta propia, Beltrán caminó; de su bolsillo sacó una pequeña cantimplora con la cual limpió su cara y manos de suciedad.
Finalmente, Beltrán extrajo desde su bolsillo un espejo roto; este resultaba lo suficientemente amplio como para observar su rostro, descuidando quizá algunos bordes, pero con el ángulo adecuado pudo verse a través.
Con su gorro cubriendo su cabellera rubia y la suciedad retirada de sus cejas, Beltrán expuso un rostro promedio con algo de grasa infantil aún rodeándolo.
Sin embargo, su expresión sombría fue cambiada por una más alegre; una sonrisa forzada y algo incómoda rellenó los huecos de su cara, volviéndola más amplia y angulosa.
Una pequeña cicatriz cerca de la comisura de sus labios se formó mientras sus ojos parecían ahora más hundidos y de un color grisáceo uniforme, casi blancos.
Beltrán había utilizado el sigilo de Velo ilusorio para poner encima de la superficie de su rostro una pequeña ilusión visual. Debido a que había utilizado el cuello de su camisa como superficie, este era capaz de moverse en conjunto con los movimientos de su cuello.
El rostro no era perfecto, pues Beltrán apenas había poseído tiempo para practicar su uso; a diferencia de la saeta en llamas, el poder sentir el flujo de prana en su cuerpo no apoyó de ninguna manera a aumentar la maestría en su sigilo.
Estuvo estudiando un poco de rostros en bocetos de sus libros o retratos vistos con anterioridad, inclusive tomando algo de los rasgos de Concedido para inventar algo medianamente propio.
Aun así, el rostro lucía algo simple, incluso incómodo de ver.
“Supongo que esto evoca al valle inquietante”.
Retuvo un suspiro; aunque no logró progresar mucho y apenas pudo darle profundidad a su invención, creía que aquel había sido un avance prudente.
El velo resultó una mera ilusión visual, con la cual, al interactuar físicamente de manera directa, sería borrada. También poseía una duración escasa de menos de una hora.
Por ello, Beltrán debía apresurarse; no pudo únicamente ponerla sin cuidado encima de su ropa. Su mejor tiempo acentuando la ilusión fue de casi medio minuto utilizando un espejo como apoyo.
Incluso en aquel momento, con su habilidad en lo más alto posible, Beltrán no creyó que lograría formar algo decente en menos de veinte segundos.
“Solo tengo una oportunidad”.
Con aquello en mente, Beltrán salió de aquel callejón. Algunas miradas curiosas se posaron sobre él, pues considerando su altura y rostro, que no resultó tan infantil, sobresalía como un pulgar adolorido.
Sin embargo, al poco tiempo las miradas se retiraron, pues existía una explicación simple para aquello.
Gnomos, una especie de pequeño tamaño con rostros usualmente regordetes o angulosos, de pómulos altos con orejas puntiagudas. Beltrán había visto a algunos en sus viajes en carreta. En Realta no resultaban tan usuales; sin embargo, su cercanía con Kynergrown, reino de los enanos, donde también residían una gran cantidad de gnomos, pudo explicar la aparición de un gnomo en tierras extranjeras.
No tardó en llegar a la plaza, donde múltiples individuos caminaban. La gente alegre se abría paso entre los puestos alzados para que cualquiera que buscase comprar se acercara y observara los productos a disposición.
Los locales fijos alrededor de la plaza estaban aún más concurridos, con pequeñas multitudes esperando para acomodarse en las tiendas internas y disfrutar de sus productos.
Tras una larga espera, Beltrán accedió al interior de una de estas tiendas. Ignorando las pasajeras miradas encima suyo, se acercó a una estantería donde múltiples productos se encontraban en demostración: una mermelada de Shilpium, producto que se decía podía aliviar el estrés y tenía propiedades antiedad, además de poseer un gran sabor. La mermelada verde pasó a manos de Beltrán, quien tras observarla detenidamente decidió dejarla en el estante.
Caminando a la salida, pudo escuchar la voz de uno de los trabajadores, quien discretamente se había acercado a él cuando este se alejó.
—¡Este frasco está vacío! ¡Detengan al ladrón!
Beltrán se encontraba a punto de salir del lugar cuando la gente observó su posición; aún había algunas personas entrando, lo que cerró su paso naturalmente.
Y sin embargo, Beltrán corrió sin dudar. Delante suyo, una mujer de pomposo vestido observó hacia abajo; sus ojos se encontraron con los de Beltrán.
“Tenía que ser un jodido vestido”, se quejó mentalmente Beltrán.
Este no dudó en deslizarse hacia un costado, golpeando su costado un poco con el marco de la puerta y saliendo apenas unos segundos antes de que un brazo se alzara donde antes se encontraba; este terminó agarrando parte de la gran falda femenina en su lugar.
Beltrán solo escuchó el escándalo detrás suyo cuando la dama gritó en confusión y alguien, a duras penas, alertaba a la gente sobre él.
Aunque se destacó por su pequeño tamaño, también fue difícil de observar entre la gente a los alrededores.
Beltrán se deslizó con toda la gracia que alguien en buena forma a su edad podría permitirse, moviéndose a través de la gente o pasando por debajo de los más altos tras agacharse casi hasta el suelo.
—¡Llamen a los guardias, está escapando!
Beltrán continuó su persecución. Este pasó alrededor de múltiples callejones que le permitirían salir y quizá escapar antes de que llegase un guardia de la ciudad. Sin embargo, aquello pudo ser el efecto opuesto al que deseó Beltrán.
Empujando una mesa con fruta, Beltrán cruzó entre las telas por debajo de una alta mesa en un puesto de comida. Sus pulmones empezaban a arder, pero su velocidad no disminuyó.
Cuando el ruido metálico delató la llegada de los guardias, finalmente sintió el alivio de quien obtenía aquello que buscaba.
Movilizándose velozmente de un costado a otro, Beltrán buscó llegar hacia una de las salidas que había trazado como punto de escape.
Sin embargo, tan pronto como se dirigió hacia esta, dos guardias aparecieron frenándole el paso y obligándole a desviar su curso. Cuando se giró, pudo toparse con otro grupo de apenas unos cinco o seis guardias bloqueando su escape.
Uno de ellos sacó su ballesta repetidora, haciendo que el corazón de Beltrán se hundiese mientras todo se volvía más lento.
El dedo del guardia se acercó al gatillo, a punto de disparar.
Y cuando Beltrán esperó el sonido de la tensión siendo liberada junto con la saeta…
Este nunca llegó.
Un guardia a su costado logró apartar su brazo e impedir que su compañero accionase justo a tiempo.
—¡Qué haces, imbécil! ¡Estamos rodeados de gente!
Corrigiendo sus pasos, Beltrán cambió de dirección, pretendiendo alternar hacia otra salida, pero la brusquedad de sus movimientos le hizo pisar uno de los productos que había tirado al empujar la mesa, haciéndolo caer y rodar al suelo.
“Maldita sea, puta suerte”, se quejó mientras intentaba pensar en una alternativa.
Con su mente funcionando a su máxima capacidad, Beltrán buscó una manera de apartar a los guardias del camino.
Con su altura, incluso si cambiaba su rostro, sería fácilmente reconocible entre los presentes y carecería del tiempo para intentarlo. Fue cuando observó las telas colgar de otro puesto que una idea se formó en su mente.
Extendiendo su mano hacia el puesto, Beltrán la movilizó mientras pronunciaba palabras en un idioma antiguo.
—Saeta en llamas.
De la mano de Beltrán, una saeta formada por llamas carmesí se materializó, siendo disparada en un movimiento curvo. Esta cruzó por encima de la gente que caminaba, haciéndolos agacharse incluso después de que pasase sobre ellos.
Los guardias observaron la saeta volar directamente al puesto, adelantándose a que, de impactar, prendería en llamas la tela.
—¡Cúbranse!
Algunos guardias corrieron hacia las telas preparados para apagarlas en caso de que el fuego se esparciese; sin embargo, en lugar de golpearlas, la saeta alcanzó la sutil cuerda que las mantenía unidas, consumiéndose velozmente y dejando que las telas volasen por los alrededores durante un breve instante.
Ganándole a los guardias debido a la distancia, Beltrán corrió con la intención de meterse entre el caos de telas y perderlos de vista por un momento.
Sin embargo, un niño no era más veloz que un adulto entrenado. Pudo escuchar a algunos guardias que, en lugar de cambiar su dirección hacia las telas, continuaron en persecución suya.
Beltrán avanzó, exigiendo a sus piernas mucho más de lo que había hecho alguna vez, incluso en la academia.
Cada zancada suya, junto con los pasos detrás, fueron completamente audibles para el oído de Beltrán.
Tap tap tap.
Finalmente, Beltrán sintió un suave tirón en la parte posterior de su camisa: el largo dedo de un guardia alcanzándola y aferrándose a esta.
Fue ahí cuando Beltrán tiró todo su cuerpo hacia delante. Los botones de su camisa se reventaron ante ambas fuerzas, haciendo que uno saliese disparado hacia delante y otro retrocediera.
Sin tiempo a acomodarse para caer correctamente, Beltrán continuó avanzando; su cuerpo inclinado hacia delante le impidió aterrizar bien, consiguiendo solo avanzar unos pasos antes de caer entre las telas.
Beltrán se tropezó. Sus piernas y costado golpearon el suelo creando fricción; leves cardenales y raspones empezaron a formarse. Sin embargo, Beltrán pudo rodar a un costado, ignorando el dolor, para apartarse de la vista de los guardias.
La gente observó confundida las telas volando, mientras los guardias finalmente llegaron, más irritados por haber sido burlados que por la irrelevante mermelada robada.
—¡Búsquenlo! ¡No podemos dejar que la guardia sea burlada de tal forma!
Los guardias buscaron al gnomo de llamativo rostro y baja estatura. Uno de ellos observó entre los presentes: solo algunos niños coincidían con la altura, pero todos parecían asustados y ansiosos al ver actuar a la guardia.
El guardia observó a un pequeño niño de unos ocho años, quien le miraba con una sonrisa en el rostro, la inocente emoción expresándose. Vestía una curiosa camisa holgada de tela llamativa color rosa.
El guardia suspiró, dedicándole un leve asentimiento al joven, pues no podía permitir que el nombre de la guardia de Realta fuese manchado de aquella manera, menos por un sucio gnomo ladrón como aquel.
El niño observó al guardia moverse; su sonrisa inocente cambió a una más burlona.
“Jaja, qué imbécil”, se burló maliciosamente Beltrán, la emoción y la adrenalina aún ardiendo fervientemente en su pecho.
Alejándose hasta una entrada de alcantarilla cercana, Beltrán finalmente volvió a tomar su ropa negra, sumergiéndose en el oscuro interior del desagradable alcantarillado.
…
En el silencioso interior, Beltrán finalmente se calmó. Aquello fue un desastre: casi lo habrían atrapado por no apreciar dónde pisaba. Definitivamente, un ladrón auténtico habría optado por una distracción menos llamativa, pero le pareció igual; ya habría alterado a los guardias en la zona cercana y muchos deberían estar buscándolo en los alrededores.
Caminando en silencio, Beltrán observó una luz en el interior del alcantarillado. Aquello le tomó por sorpresa, pues no esperaba verlos tan pronto.
“Un escondite”, pensó inconscientemente.
Quitando el agua estancada, Beltrán no pudo apreciar nada. Las alcantarillas, además de sucias y mugrientas, no poseían muchos salientes o zonas que pudieran utilizarse como escondite.
Beltrán dudó casi diez segundos. Sus instintos le instaron a correr, pero el ruido de sus pasos lo delataría. Con su oído fue capaz de escuchar cómo los dueños de aquella luz se acercaban cada vez más.
Sin pensarlo otro instante, Beltrán se sumergió en las asquerosas aguas estancadas, con la incómoda sensación de sus cortes entrando en contacto con el origen de esa agua.
“Ni siquiera quiero pensar qué tiene esta agua”.
Beltrán se ocultó como un bulto oscuro que apenas haría ruido al fondo. Y ahí fue cuando pudo verlos.
Un total de seis individuos caminaban por las alcantarillas. Estos portaban tres linternas de aceite y, con cada paso, examinaban el interior buscando rastros de alguien.
Beltrán esperó que su escondite fuese adecuado.
Mientras aguantaba la respiración, los hombres se acercaron, girando en dirección suya. Beltrán fue capaz de apreciarlos con más detalle.
Bañados en una leve luz amarillenta, las armaduras de placas robustas dejaban ver a los soldados reclutas de la iglesia de la cosecha. En su pecho, un gambesón verde enfermizo se dejaba ver; la heráldica de un cráneo en conjunto con varias mariposas rodeándolo de un verde más pálido sobresalía. En sus yelmos, una oscuridad perpetua escondía aquello que se ocultaba detrás.
Lo único perceptible para Beltrán fue el color verdoso de lo que supuso eran sus ojos; estos brillaban de alguna forma, casi en trance.
“La peste verde”, replicó mientras estos terminaron de acercarse a pocos metros de él.
Los pulmones de Beltrán cedieron ante sus esfuerzos; la actividad física anterior cobró factura en él. Beltrán respiró, tomando una bocanada de aire apenas audible.
Los ojos de uno de los soldados reclutas de la cosecha se giraron para observar en su dirección.
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