El Trono de las Bestias - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capítulo 48: Pantomima Parte final.
Capítulo 48: Pantomima Parte final.
Una gran nube de insectos voladores rodeaba los yelmos de los miembros de la cosecha; algunos se filtraban a través de sus viseras, mientras que otros se retorcían al salir de las aberturas apenas visibles de sus indumentarias.
Uno de los miembros de la iglesia observó la oscuridad del agua, su mirada aparentemente fija en un punto específico. Los otros individuos, que continuaban avanzando sin mediar palabra, giraron la cabeza para observar al reclutador, quien siguió mirando en silencio. Tras unos cuantos segundos, este continuó su caminata, la cual se retomó junto a los otros con una sincronía practicada.
Tras lo que fue casi un minuto, los miembros de la iglesia finalmente quedaron como un pequeño punto luminoso en la lejanía. El montón de excremento y basura parpadeó, finalmente deshaciéndose en partículas traslúcidas.
Beltrán emergió del agua, sacudiéndose antes de tomar aire. Luego se arrastró hasta pisar suelo sin agua estancada.
—La ilusión casi llega a su límite.
Beltrán susurró la activación del sigilo desde que había visto a los miembros de la iglesia acercarse peligrosamente. Aunque desconocía si existía una forma de ver “a través” de la ilusión, Beltrán decidió no confiarse. Quizá con gente común e incluso con guardias de la capital resultaba útil, pero los miembros de la cosecha eran un caso distinto.
Con ello, Beltrán finalmente pudo respirar tranquilo. Sin embargo, su alivio fue momentáneo, pues la sensación de sus ropas pegajosas y los raspones ardiendo lo hicieron hacer una mueca.
—No pensaré en ello.
Habiendo pactado consigo mismo, Beltrán se movió alejándose rápidamente. Tenía que apresurarse ahora que los miembros de la iglesia se encontraban presentes.
Beltrán se movilizó, desviándose de la trayectoria directa de los miembros de la iglesia y tomando una ruta alternativa, cosa que significó un riesgo para él mismo, pues no tuvo tiempo suficiente para trazar una ruta en caso de que aquello sucediera.
El moho oscuro empezó a llenar las profundidades de las alcantarillas mientras la luz comenzaba a perderse ante Beltrán. Había estimado que, desviándose unos cuantos instantes, lograría atajar el camino de los miembros de la iglesia.
Por lo menos, aquel fue el plan.
Sin embargo, sentía que algo iba mal. La luz, apenas suficiente como para darle una idea de sobre qué caminaba, se esfumó lentamente, dejándolo en una penumbra casi completa. Tuvo que guiarse aún más por los ruidos internos de las alcantarillas para saber siquiera si habría algo delante suyo.
«¿Cuántos minutos han pasado?», pensó, con un dejo de preocupación.
Gracias a las memorias alternas, sabía que entrar en pánico podría entorpecer o arruinar su claridad mental. Usualmente seguiría la lógica en búsqueda de una solución y así poder salir del aprieto; sin embargo, con cada paso que daba, hundía más sus esperanzas de que la lógica pudiese tomar lugar en aquel sitio.
Y entonces Beltrán sintió algo.
El sutil eco de un ruido lejano. Incapaz de identificarlo, Beltrán con suerte pudo discernir la dirección de donde provenía. Era constante y múltiple, como un eco repetitivo que rebotaba en un lugar demasiado estrecho.
La dirección de donde provenía era detrás suyo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Beltrán, quien, intentando no delatar su presencia, continuó avanzando con un ritmo lento.
Aquel ruido cesó… o por lo menos eso pensó.
Sin embargo, un sutil eco llegó a sus oídos, ahora mucho más cercano que antes.
Beltrán sintió cómo la repentina distancia que antes le brindaba, aunque fuese una sensación de seguridad, no tardó en desaparecer. Cuestionó su propia mente durante apenas una fracción de segundo antes de volver a escucharlo.
«Se está acercando», pensó, empezando a sentir sus extremidades frías y levemente temblorosas, como si quisieran ceder al pánico.
Calmando su joven mente y sus nervios, Beltrán empezó a pensar rápido. Su mente no tardó en recopilar toda la información posible.
«Aquellos ruidos no son continuos unos de otros, sino rítmicos», pensó involuntariamente, poniendo más fuerza en sus piernas para acelerar el paso.
Nuevamente ese ruido.
Sin embargo, Beltrán captó algo que probablemente, de no tener tan buena atención a los sonidos, no habría percibido.
El tiempo entre los ruidos se hacía más corto.
Una idea vino a la cabeza de Beltrán, y durante un breve instante lo dejó en silencio.
—Esa es su distancia con respecto a mí.
El ruido que antes era audible casi cada cuatro o tres segundos se había vuelto de apenas uno y medio. Lo que fuera que lo ocasionara, definitivamente se estaba acercando.
Con un movimiento casi desesperado, Beltrán giró abruptamente hacia un costado, sumergiéndose en una desviación de la alcantarilla. Bajó de un salto desde un desnivel y se cubrió cerca de la desviación tras una vuelta a la derecha.
—Necesito buscar algo con lo que ver.
Aunque la idea de encender una luz le causaba incluso más miedo que afrontar la oscuridad solo, su incertidumbre resultó aún mayor. Prefería ser una presa con visibilidad a una presa ciega.
Pensó en buscar algo que encender utilizando su saeta en llamas, pero resultó inútil: todo se encontraba húmedo o mojado. Tampoco podía confiar en el velo, pues era incapaz de emitir luz por sí mismo; más bien imitaba la existencia de luz en sus alrededores, lo que, en retrospectiva, solo lo haría más visible, no realmente capaz de iluminar.
Sin más opciones, Beltrán se preparó para lanzar su saeta en llamas. Aunque escaso, el sigilo era capaz de crear luz como efecto secundario de la saeta.
Sin embargo, algo lo detuvo.
Antes de terminar de realizar el sigilo y decir el leve susurro en una lengua antigua, Beltrán escuchó el ruido.
Ahora estaba distante y lejano.
Pero aquello no fue lo que lo hizo frenar en seco.
Sino su dirección.
Ahora estaba al otro extremo del túnel en el que se había metido, en el sentido opuesto al que había viajado.
Los instintos de Beltrán le gritaron que había algo mal y, ante la cancelación repentina de su sigilo, pequeñas partículas luminosas se manifestaron delante suyo, seguidas de un ardor cerca de su mejilla.
Un sutil frío recorrió su rostro, derramándose por su barbilla.
Beltrán no necesitó demasiado para saber qué era: su sangre. Algo había sido arrojado contra él a tan alta velocidad que ni siquiera pudo moverse; peor aún, apenas logró oír el aire siendo cortado.
Beltrán se mantuvo silencioso. Su cuerpo quería moverse; sin embargo, su instinto y su mente eran incapaces de seguir el ritmo de esa necesidad, dando como resultado que Beltrán se quedara paralizado sin saber qué hacer.
Por un momento sintió que aquello que lo había atacado no volvería a fallar.
Sin embargo, nada llegó, a pesar de que pasaron varios segundos.
Y nuevamente Beltrán escuchó aquel singular ruido, solo que ahora delante suyo, desde la lejanía del túnel.
—…
Beltrán se mantuvo callado, dejando que el ruido se produjera nuevamente.
El silencio fue abrumador durante unos segundos hasta ser perturbado.
«Esto es raro.»
Su corazón saltaba y casi parecía salir de su pecho. Sus piernas temblaban ligeramente, al igual que su mandíbula a causa del miedo. Por impulso, Beltrán se habría movido, alejándose del ruido: una reacción natural para él y para cualquiera que hubiese sido acosado por tal sonido.
Este siempre parecía estar detrás suyo, incitándolo inconscientemente a continuar avanzando.
Alguien en la situación de Beltrán probablemente habría buscado alguna manera de encender luz o continuaría avanzando en dirección opuesta.
Pero ¿por qué cambiaba ahora? ¿Por qué en esa dirección?
«Casi parece como si me estuviese llevando a una dirección en particular.»
Beltrán se giró con lentitud. El miedo, junto con el nerviosismo, entorpecía sus movimientos. Sus pasos crearon un eco en el silencio mientras retrocedía, regresando a lo que supuso que era un túnel recto.
Ahí, parado en la dirección que seguía el túnel, esperó unos cuantos segundos hasta que nuevamente el ruido se produjo.
Intentando calmar su mente, Beltrán ordenó los hechos.
«El ruido se produjo constantemente detrás de mí, volviéndose cada vez más cercano, hasta que cambié de dirección. Luego, cuando intenté producir luz, algo fue arrojado hacia mí.»
Beltrán repentinamente cayó en cuenta de algo: algo había sido arrojado contra él a alta velocidad.
Tocó su mejilla, sintiendo el leve ardor de la herida.
Regresó sobre sus pasos en busca de aquello que había sido arrojado contra él. Tras buscar en la oscuridad y guiarse por la pared del túnel donde creyó que se había estrellado el objeto, Beltrán encontró el fragmento de algo áspero.
«Es imposible saber qué es, a menos que salga a un lugar con más luz.»
Definitivamente, lo que fuera que le habían arrojado estalló, dejando un hueco en la piedra sólida. Suficiente como para matar a cualquiera sin una protección decente; e incluso con ella, el daño sufrido sería considerable.
Beltrán se sintió perturbado al reconocer que se sentía cazado.
No sabía qué producía aquel extraño ruido; sin embargo, era intimidante, incluso para los adultos, y parecía utilizarlo para hacer que la gente siguiera un camino predeterminado.
«Parece atraerme a continuar por este túnel.»
Beltrán se quedó de pie, observando en dirección a donde creía que el túnel continuaba, guiándose por el eco de sus propios pasos.
«¿Qué me esperaría al fondo?»
Agitando la cabeza, Beltrán se negó a perder el tiempo explorando tal misterio. Aquello definitivamente parecía estar relacionado con la razón por la que no encontraba a nadie en el subterráneo.
Si todos estaban muertos… ¿quién contaría la historia?
Además, no había reparado en la cantidad de minutos que habían pasado allí.
Tenía que ayudar a Daenerys.
«Tendré que poner a prueba mi teoría. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Morir? Bueno… de eso a ser atrapado por la iglesia…»
Se dio el lujo de hacer una sátira. Tenía que calmar sus pensamientos y su corazón. Mantener su mente fría lo había hecho sobrevivir hasta ahora, lo que la convertía en su mejor herramienta para abrirse paso.
Rápidamente, tras recuperar el aliento, Beltrán corrió en dirección opuesta a la que el ruido parecía guiarlo.
Corrió hacia el ruido.
Aquel extraño sonido se repitió; sin embargo, esta vez no perseguiría a Beltrán hacia un destino incierto.
Esta vez Beltrán corría hacia él.
Casi como si una presa fuese acosada, Beltrán escuchó cómo el ruido se alejaba de él, intentando intimidarlo para que retrocediera.
Sin embargo, aunque su cuerpo casi parecía temblar de miedo, no frenó.
Dejó que su raciocinio dominara cualquier reacción imprudente.
Tras correr durante un tiempo incierto, el ruido cesó, tan repentinamente como había llegado.
Y Beltrán finalmente pudo captar algo de luz.
«¿Regresé a donde antes?»
Se preguntó mientras frenaba para recuperar un poco el aliento.
Era difícil recordar el laberíntico subterráneo. Beltrán había memorizado sus rutas habituales gracias a la repetición y a ciertos puntos de referencia, lo que significaba que siempre que repitiera la misma trayectoria sabría hacia dónde moverse.
Sin embargo, ahora mismo se encontraba perdido.
Normalmente, tras retroceder, Beltrán habría tenido que llegar al punto donde intentó atajar a los reclutadores de la iglesia.
Pero ahora no parecía ser el caso.
«La distribución de los túneles es distinta.»
Beltrán recordaba cómo debía verse el camino en cierta parte, pero ahora parecía diferir.
Tras pensar unos segundos, algo finalmente le resultó familiar en aquel lugar.
Parecía ser el resultado de haber avanzado por la misma ruta que los reclutadores.
«¿Cómo se supone que llegué aquí?»
Sin mucho tiempo para contestar su propia duda, Beltrán se giró, intentando divisar si había adelantado a los reclutadores o si seguía detrás de ellos. Su avance no había sido lo suficientemente significativo como para creer que los habría rebasado.
Y, tal como pensó, al fondo, entre la escasa luz, observó un enjambre de insectos moviéndose hacia adelante. La distancia era suficiente como para que el eco de los pasos y la presencia de Beltrán quedaran ocultos entre los ruidos ambientales y la constante oscuridad. Incluso a Beltrán le costó captar el enjambre, guiándose más por sus sentidos para determinar su posición.
Tras ello, Beltrán se giró. Como reconocía el camino, finalmente pudo acceder a uno de los atajos que conocía, acortando la distancia que los reclutadores de la cosecha planeaban recorrer.
Desconocía cuál era su conocimiento sobre el subterráneo; sin embargo, parecía ser inferior al de él o al de Daenerys.
«Quizá alguien les dio indicaciones.»
Por un momento pensó en la información que Daenerys le había dado.
¿Alguien habría encontrado las ruinas y lo indicó? Aquello pertenecía a los tiempos de la Gran Guerra; no cualquiera podría reconocer o diferenciar tales cosas. Probablemente esa misma persona fue quien trazó el camino para que la iglesia pudiera encontrar la zona de igual forma.
Sin mucho tiempo que perder, Beltrán finalmente llegó a la salida que estaba buscando.
Con velocidad y casi resbalándose, salió del subterráneo. La luz del exterior lo cegó por unos momentos; aun así, Beltrán terminó emergiendo.
La parte final y más importante del plan estaba a punto de empezar.
Beltrán sabía que los reclutadores de la iglesia se moverían en dirección a las alcantarillas; sin embargo, nunca tuvo del todo claro por qué medio lo harían.
Es por eso que tuvo que ajustar el plan de Daenerys a la posibilidad de que los miembros de la cosecha se movieran a través de las alcantarillas, cosa que pareció ser más que conveniente.
El plan de Daenerys resultaba simple y, a su vez, peligroso, pero eficiente.
Daenerys y su grupo requerían una distracción que les permitiera acceder a las ruinas. Naturalmente, aunque sabían la ubicación de estas, se encontrarían custodiadas.
Quienes las custodiaban eran los guardias de la ciudad, quienes esperaban la llegada de los miembros de la cosecha para investigar su interior y desenterrar posibles artefactos o misterios de valor incalculable.
Con sus acciones anteriores, Beltrán pretendía alterar a la guardia cerca de la zona donde se encontraban las ruinas. Solo necesitaba un detonante adecuado para que los guardias dejaran una brecha por la que Daenerys y sus amigos pudieran entrar.
Actualmente, estos debían encontrarse en las alcantarillas, a la espera de la señal.
El detonante tendría que darlo Beltrán: algo que ni los guardias ni los miembros de la cosecha pudieran ignorar ni dejar como una prioridad secundaria.
Un hereje de la luz.
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