El Trono de las Bestias - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 49: Hereje de la luz.
Capítulo 49: Hereje de la luz.
A las afueras de las ciudades, pueblos y campos, cuerpos colgados de ruedas, tendidos bajo los árboles o expuestos empalados en cruces, se pudren con lentitud.
En sus cabezas, pechos y cuerpos, una palabra se dejan entrever únicamente, ocultas tras heridas horribles que dejaron en claro el sufrimiento vivido en carne. Marcadas entre la tragedia como desgracia.
«Hereje».
Sin embargo, ¿qué crimen cometieron para sufrir tal castigo? ¿Cuál fue la razón de su error? Y, sobre todo, ¿qué depara a sus almas al final de los tiempos?
Esas son preguntas que todo joven se hizo a lo largo de su vida, al igual que todos esos jóvenes Beltrán llegó a preguntárselo; expresándolo a los sirvientes de su finca durante su infancia, estos mandaron a Beltrán con su padre, quien con simpleza le contestaría, aquel recuerdo fue algo que nunca se borró de la mente de Beltrán.
«Son herejes de la luz, decidieron creer en ella.»
Hereje de la luz.
…
Beltrán se movilizó, tomándose un tiempo para respirar, tosió un poco al encontrar su garganta seca. Los raspones, como leves cortes y moretones en su cuerpo, no tardaron en empezar a formarse mientras intentaba que la suma de todos estos no evitase que pudiese pensar con claridad.
Beltrán decidió continuar con el plan de Daenerys tras recuperar el aliento. Agazapado en la oscuridad del callejón en el que habría emergido Beltrán.
Este buscó, el callejón se encontraba vacío, otra consideración de Beltrán para reducir la posibilidad de fallar. Moviendo una pila de cajas, Beltrán encontró un objeto que Daenerys le habría entregado.
En sus manos sostuvo algo semejante a un relicario, Beltrán lo observó con detalle, se encontraba formado de algunos trozos de alambre metálico en conjunto con vidrios con la forma de una clase de cristal pintado de blanco en su zona central.
«Definitivamente Daenerys no nació para ser una artista.» Pensó con pequeña burla, aunque luego se sintió algo mal por criticarla.
Aunque burdo, Beltrán creyó que resultó más realista como convincente tal relicario en pésimas condiciones que un prístino símbolo religioso. Aún así, tenía que convertirlo en algo lo suficientemente llamativo como para que la iglesia cayera en ello.
…
Los guardias se movilizaban, aunque el alboroto de un simple ladrón no habría despertado el interés de los superiores, el capitán del patrullaje en Recolta se sintió responsable de la actividad criminal en la zona.
Este no concebía la idea de que mientras se encontrase en su turno, actos así sucediesen sin una respuesta y un culpable a castigar, de lo contrario la culpa caería sobre él.
Con la animosidad aún latente por lo pronto del suceso, el capitán dio la orden de mantenerse alerta. Realta era la capital principal del continente, por ende sus guardias como capitanes debían ser los “mejores”, aunque aquello estuviese lejos de la realidad.
El remoto grupo de guardias preguntó a los civiles como visitantes sobre el individuo, si habrían dado con el rastro de tal gnomo, sin embargo, tras un largo rato de búsqueda no llegaron a ningún avance importante.
O por lo menos aquella fue la idea de los guardias tras casi una hora de búsqueda constante.
El capitán recibió la notificación de un miembro de su patrulla que un joven habría revelado el avistamiento del gnomo hacía unos escasos minutos.
Con ello en mente, el capitán decidió priorizar a su patrulla por la zona, delegando el cuidado del pequeño mercado a otro capitán. Quería encargarse de tal asunto por su mano propia.
Tras unos escasos minutos, el grupo de patrulla conformado por su capitán y otros 7 guardias realizaron un perímetro en la zona de su supuesta aparición.
El capitán no tardó en finalmente dar con algo, sin embargo, aquello habría escapado por completo de sus expectativas.
…
Beltrán tuvo que encontrar una forma de llamar la atención de los guardias y dirigir su rastro hacia donde él. Razón por la cual decidió desarrollar el escenario en una zona favorable.
En un pequeño punto en el que múltiples calles se encontraban, creando algo similar a una plaza, Beltrán observó a varias personas reunidas.
Reclinándose, Beltrán puso un velo ilusorio encima del relicario dándole un aspecto sagrado, apoyándose de sus memorias alternas para hacerlo lucir como un auténtico relicario luminoso. Su color pasó del grisáceo oscuro a un prístino claro, como el marfil, el cristal en su centro pasó a mostrar un pequeño destello que impedía ver su centro auténtico.
«Si quiero que esos inquisidores salgan de las alcantarillas, debo darles algo más que una imitación vaga.» Dijo para sí mismo Beltrán.
Daenerys probablemente, guiada a través de las historias sobre la iglesia, habría supuesto que con que se sugiriera que la naturaleza debía ser luminosa, atraería a los cosechadores.
Sin embargo, Beltrán prefirió no correr riesgos.
Sin dudarlo, se acercó a la multitud, sus manos temblaron ligeramente al esconder el relicario entre ellas; nadie parecía prestarle atención.
Aún así, se sentía observado.
Su creciente ansiedad hizo que su estómago ardiese, como cuando sentía que mucha gente le observaba.
Aguantando la respiración, Beltrán soltó el relicario alejándose con aparente disimulo de la gente.
Refugiándose tras cruzar una calle, Beltrán esperó algún grito o alerta y durante unos minutos, el silencio reinó por completo.
Esperó; dos; tres, incluso 5 minutos y nada pareció estallar.
«¿Alguien lo habrá pisado?»
Existió la posibilidad que no consideró que alguien hubiese deshecho el velo ilusorio, haciendo desaparecer su aspecto.
Las dudas hicieron que Beltrán se replanteara en regresar. Pero un grito lo hizo congelarse en su lugar.
—¡HEREJÍA LUMÍNICA!
Fue un grito agudo como femenino, algo que cualquiera escucharía inclusive varias calles alejado.
—¡HEREJES DE LA LUZ!
Gritaron.
—¡BLASFEMOS!
Exclamaron.
Y delante de Beltrán el caos se formó; atrayendo la atención de unos guardias distantes quienes palidecieron al observar lo que habría sucedido, el ruido de sus botas hizo que Beltrán se encogiera.
Aguantando su respiración, Beltrán pasó minutos a la espera de la aparición de los miembros de la Cosecha.
Hasta que finalmente hicieron acto de presencia, sus armaduras ocultaban tras de sí aquel brillo verde enfermizo, los portadores de la plaga verde se dejaron ver, con un nauseabundo olor repugnante.
Beltrán, quien no se habría quedado estático sino alejado junto a los pasajeros que surcaban la calle.
Beltrán pudo suspirar aliviado.
Los miembros de la Cosecha —acompañados de un enjambre de insectos— observaron en silencio el lugar, o por lo menos aquello pareció.
Beltrán, preparado para alejarse, observó cómo uno de estos, quien pareció su líder, alzó su yelmo.
Del interior oscuro, gusanos retorcidos cayeron; arrastrando trozos de carne fétida que atraería la podredumbre, de su boca una ráfaga de miasma emergió —una nube fétida y verdosa—, aunque apenas lo escuchó, Beltrán observó labios secos y putrefactos de un color verde pálido moverse. Reconoció las palabras que dijeron.
—Maten a todos.
El corazón de Beltrán se detuvo un instante, antes de entrar en pánico.
El shock mantuvo a Beltrán en silencio, sin comprender lo que pasaba. La gente habría reaccionado de igual forma, confundidos y observándose entre ellos con atisbos de incertidumbre formándose en sus ceños.
Los únicos que parecieron comprender el significado de tales palabras, fueron los guardias, quienes tan rápido como los miembros de la iglesia hablaron no dudaron en exclamar.
—¡No hay razón para ello! —Exclamó, quien pareció el capitán de la patrulla, quizá alzando su voz un poco más de lo que debía.
Aquel portavoz de la Cosecha bajó lentamente su yelmo, sus movimientos se habrían vuelto especialmente lentos para todos aquellos quienes lo observaron.
Sin embargo, su mano libre no dudó en deslizarse por su cintura, alcanzando la corta daga en esta. De un movimiento sutil, aparentemente lento, hizo pasar la daga delante del capitán, quien se acercó unos pasos hacia el miembro delante de la Cosecha en silencio.
Incluso el propio capitán de guardia pareció desconcertado mirando la daga con confusión, cuando la sangre escapó por su garganta derramándose a chorros por el suelo en un sonido especialmente claro y audible.
—¿Cómo pudiste permitir que un hereje de la luz se deslizara entre la multitud? —La voz del miembro de la Cosecha fue rasposa y anormal, como quien habla con múltiples voces desgastadas.
El capitán se cayó al suelo, sus manos intentaron mantener su garganta unida y su sangre adentro mientras abría los ojos tanto que parecerían encontrarse a punto de salir de sus cuencas.
La gente horrorizada retrocedió, mientras que los guardias temblaron a punto de sostener sus armas.
Sin embargo, los cosechadores fueron más rápidos, extrajeron de sus cinturas guadañas y azadas de una mano.
—¿Acaso creen que el comportamiento de su líder fue correcto? —Preguntó un miembro de la Cosecha, girándose a los guardias.
Estos temblaron y durante un momento, Beltrán observó no solo temor sino rechazo en su mirada, casi creyó que tendrían la voluntad de desenfundar y atacarlos.
Sin embargo, finalmente dieron un paso hacia atrás.
—No dejen que escapen. Ellos sabrán quién es el hereje oculto.
Obedientes a sus órdenes, los guardias caminaron con pesadez hacia la multitud, el grupo de más de 20 personas gritó y exclamó.
Mientras Beltrán, alejado lo suficiente como para poder escapar, se paralizó. Nunca habría considerado ni él ni Daenerys que la Cosecha tomaría tales medidas.
Sin embargo, Beltrán comprendió que sin un objetivo fijo, la iglesia simplemente descartaría todas las variables hasta encontrar al culpable.
La vida no les importaba.
—Y-yo, los condené —dijo por lo bajo, comprendiendo las consecuencias de sus acciones.
Los ojos de Beltrán se dirigieron hacia el capitán retorciéndose en el suelo, ojos repletos de vida grises, esos mismos parecieron reconocerlo por unos escasos instantes, sus ojos poco a poco perdieron su brillo mientras su lucha se veía ralentizada hasta finalmente ceder a la pérdida de sangre. No era la primera vez que Beltrán veía morir a alguien, ni tampoco la primera que habría sido ocasionada por su culpa.
Tenía que actuar, huir y enfrentar las consecuencias de sus actos. Nunca habría sido una persona moralmente débil.
¿Acaso le debía algo a toda esta gente?
No.
Y aún con ello; se encontró indispuesto a irse.
Pero ¿qué podía hacer él?
Beltrán observó sus manos, sucias por el alcantarillado y ahora temblando debido a la conmoción como al terror de resignarse.
Solo podía tomar una decisión.
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