El Trono Del Dogma Eterno - Capítulo 1
- Inicio
- Todas las novelas
- El Trono Del Dogma Eterno
- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 -Parte I El Campanario Del Olvido
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: Capítulo 1 -Parte I El Campanario Del Olvido 1: Capítulo 1 -Parte I El Campanario Del Olvido Parte I Nunca recé por fe.
Recé por costumbre.
Por miedo.
Por supervivencia.
En la Ciudad Sagrada de Sanctus Aeterna, rezar no era un acto espiritual; era un reflejo condicionado.
Si no inclinabas la cabeza al sonar las campanas, alguien lo haría por ti.
Y no siempre con palabras.
La primera campanada resonó antes del amanecer.
Grave.
Profunda.
Como si golpeara directamente el interior del cráneo.
Yo ya estaba despierto.
Siempre lo estaba.
—Muévete, escoria.
La voz del acólito menor sonó antes de que su bota impactara contra mis costados.
No fue fuerte, pero tampoco necesaria.
Mi cuerpo había aprendido a reaccionar antes del dolor.
Me incorporé del suelo de piedra, aún frío por la noche, y tomé el cubo de agua turbia que usábamos para limpiar el subsuelo de la catedral.
El olor a humedad, incienso viejo y algo más… algo metálico, impregnaba cada respiración.
Sangre.
Aunque nadie lo admitiera jamás.
—Hoy hay rito mayor —dijo el acólito, ajustándose la estola blanca—.
Si lo haces mal, bajarás otra vez al tercer nivel.
Mis dedos se tensaron alrededor del asa del cubo.
El tercer nivel no era un lugar.
Era un castigo.
—Sí, señor —respondí, con la cabeza gacha.
No porque lo respetara.
Sino porque el silencio me mantenía vivo.
Mientras fregaba el suelo ennegrecido bajo la nave principal, las sombras de los vitrales se proyectaban como cuchillas de colores sobre la piedra.
Ángeles alados atravesando demonios retorcidos.
Santos de mirada severa aplastando cráneos con mazas de luz.
Escenas glorificadas.
Mentiras bellamente pintadas.
Lo sabía, aunque no pudiera explicarlo.
Había algo en mi interior que rechazaba esas imágenes.
Mi nombre es Eiren Valen.
Tengo diecisiete años.
No tengo familia.
No tengo Gracia Divina.
Y en este mundo, eso me convierte en menos que nada.
La Iglesia del Dogma Eterno enseñaba que todos los humanos nacían con una chispa de luz en el alma.
Algunos la despertaban temprano y eran bendecidos como clérigos, paladines o santos.
Otros, más tarde, como soldados o servidores.
Y luego estábamos los defectuosos.
Los vacíos.
Los que no sentíamos nada al rezar.
A los ocho años me llevaron ante el altar de evaluación.
Recuerdo el círculo sagrado, las manos apoyadas en la piedra blanca, el murmullo expectante de los sacerdotes.
Nada ocurrió.
El cristal de Gracia no brilló.
El silencio fue absoluto.
Ese día, mi destino quedó sellado.
—No sirve —dijo uno de ellos—.
Pero respira.
Eso fue suficiente para no matarme.
Me enviaron al subsuelo.
Desde entonces, limpiaba lo que no debía existir.
El subsuelo de la catedral no figuraba en los planos oficiales.
Era un laberinto de pasillos estrechos, cámaras selladas y puertas marcadas con símbolos que no correspondían al alfabeto sagrado.
Nadie me explicó qué significaban.
Pero mi cuerpo sí lo sabía.
Cada vez que descendía, el centro de mi pecho ardía.
No como una quemadura.
Sino como una presión interna, constante, profunda.
Allí estaba la marca.
Un círculo irregular, casi invisible, como una cicatriz antigua que jamás cerraba del todo.
Nunca sangraba.
Nunca sanaba.
Solo… existía.
Y me observaba.
—No mires —me dije en voz baja, mientras pasaba el trapo por una losa oscura.
Era inútil.
Siempre miraba.
Siempre escuchaba.
Porque desde lo más profundo del subsuelo, algo susurraba.
No palabras.
No sonidos.
Intenciones.
Promesas.
Esa mañana, mientras limpiaba cerca del altar lateral —uno que rara vez se usaba—, sentí una presencia distinta.
No era el peso habitual del lugar.
Era… atención.
Levanté la vista.
Ella estaba allí.
Una sacerdotisa.
No una acólita común.
Su túnica era carmesí y blanca, con bordados dorados que indicaban un rango alto.
Su cabello negro caía suelto sobre los hombros, algo inusual para el clero femenino, y sus ojos… eran demasiado atentos.
—Tú —dijo.
Su voz era suave.
Demasiado.
Me puse de pie de inmediato y bajé la cabeza.
—¿Sí, señora?
Ella caminó lentamente a mi alrededor.
Sentí su mirada recorrerme con una calma que me erizó la piel.
No era deseo explícito.
Era curiosidad.
Y eso, en la iglesia, era más peligroso.
—Eiren Valen —pronunció mi nombre sin consultar ningún registro—.
Diecisiete años.
Sin Gracia.
Marca en el pecho.
Tragué saliva.
—¿He… hecho algo mal?
La mujer sonrió levemente.
—Al contrario.
Has sobrevivido demasiado bien.
Se detuvo frente a mí y, sin tocarme, acercó su mano a mi pecho.
El aire entre sus dedos y mi piel vibró.
La marca ardió.
Tuve que morderme la lengua para no gemir.
Ella lo notó.
Sus labios se curvaron apenas un poco más.
—Interesante… Retiró la mano.
—Esta noche —continuó— habrá un rito especial.
Necesitamos… asistentes discretos.
Asentí sin pensar.
Siempre asentía.
Pero cuando se dio la vuelta para marcharse, añadió: —Si sobrevives, quizás tengas un propósito.
Sus pasos se alejaron.
Yo me quedé allí, con el pecho en llamas y una certeza que me heló la sangre.
Esa noche, algo iba a romperse.
Desde tercera persona, muy por debajo de la catedral, más allá del último sello conocido, algo abrió lentamente los ojos.
No veía.
No oía.
Pero sentía.
El sello que lo contenía, desgastado por siglos de rituales hipócritas, había reaccionado.
Una grieta minúscula.
Suficiente.
—Por fin… —pensó la entidad encadenada—.
El recipiente despierta.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com