El Trono Del Dogma Eterno - Capítulo 3
- Inicio
- Todas las novelas
- El Trono Del Dogma Eterno
- Capítulo 3 - 3 Capítulo 1 - Parte III El Campanario Del Olvido
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Capítulo 1 – Parte III El Campanario Del Olvido 3: Capítulo 1 – Parte III El Campanario Del Olvido El mundo estalló.
No fue una explosión de fuego ni de luz, sino algo mucho peor: la ruptura de un concepto.
El aire dejó de comportarse como aire.
El suelo dejó de ser suelo.
Todo se dobló hacia adentro, como si la realidad hubiera sido tomada por una mano invisible y estrujada sin piedad.
Sentí cómo algo se desgarraba en mi pecho.
No la piel.
El alma.
Grité, pero mi voz no sonó humana.
Fue más grave, más profunda, cargada de una resonancia que hizo sangrar los oídos de los presentes.
La marca del pecho se abrió como un ojo antiguo, y de ella brotó una oscuridad espesa, viva, que no se expandía… observaba.
—¡Contención total!
—rugió uno de los obispos— ¡Es un despertar de clase prohibida!
Demasiado tarde.
Desde el interior de mi mente, la entidad habló con una claridad aterradora.
—Escucha bien, humano.
Mi nombre es Azael.
El nombre cayó como una losa sobre la cámara.
Algunos obispos cayeron de rodillas de inmediato.
Otros retrocedieron, pálidos, reconociendo un terror que no figuraba en ningún texto público.
—El Demonio del Pacto Original… —susurró uno—.
Eso es imposible… —Lo imposible —respondió Azael con burla— es que aún respiréis.
El altar se desintegró bajo mi espalda.
Sentí mi cuerpo elevarse ligeramente, suspendido por una fuerza que no controlaba pero que, de algún modo, me pertenecía.
La sacerdotisa carmesí no retrocedió.
Sonreía.
Sus ojos brillaban con una mezcla peligrosa de fascinación y ambición.
—Así que eras tú… —murmuró—.
El núcleo faltante.
Se acercó un paso más.
—¿Sabes cuántos siglos te hemos buscado?
Azael rió dentro de mí.
—Siglos rezándome mientras me llamaban monstruo.
Vuestra hipocresía no ha cambiado.
Ella levantó la mano.
Un símbolo dorado apareció en el aire, complejo, cargado de una presión sagrada que aplastaría a cualquier humano común.
—Eiren —dijo con suavidad venenosa—.
Resiste.
Si sobrevives, te convertirás en algo más que un simple recipiente.
Por primera vez… dudé.
La energía de la iglesia era opresiva, dominante.
Intentaba aplastarme, doblegarme, imponer una voluntad externa sobre la mía.
Mis huesos crujieron.
La sangre brotó de mi nariz.
—¿Te romperás ahora?
—preguntó Azael—.
¿O demostrarás que mereces el pacto?
Pensé en la muchacha.
En su mirada.
En todos los que limpiaron sangre antes que yo y desaparecieron sin nombre.
—No —respondí—.
No me romperé.
Acepté.
No con palabras.
Con intención.
El pacto se selló.
El dolor desapareció.
Fue reemplazado por algo nuevo.
Poder.
No caótico.
No salvaje.
Estructurado.
Profundo.
Como un océano oscuro con capas infinitas.
Sentí un núcleo formarse en mi interior, girando lentamente, absorbiendo la presión del ritual y transformándola en algo propio.
No luz.
No oscuridad pura.
Algo intermedio.
Algo prohibido.
—Etapa inicial del Murmullo Infernal —susurró Azael—.
Has dado el primer paso.
Abrí los ojos.
El mundo era distinto.
Veía las corrientes de energía sagrada como hilos tensos en el aire.
Veía el miedo en los corazones de los obispos.
Veía la ambición ardiendo en la sacerdotisa carmesí.
Extendí la mano.
El símbolo dorado que ella había creado se quebró como vidrio.
Silencio absoluto.
Luego… pánico.
—¡Mátenlo!
—gritó uno de los obispos— ¡Antes de que se estabilice!
Tres lanzas sagradas volaron hacia mí, cargadas de luz purificadora.
Instintivamente, levanté el brazo.
La oscuridad respondió.
No como un muro.
Como una mandíbula.
Las lanzas fueron devoradas en pleno vuelo, desintegradas sin ruido.
Algunos obispos huyeron.
Otros rezaron.
Uno intentó atacarme por la espalda.
No llegó a tocarme.
La sombra surgió de mi espalda como un látigo y lo atravesó.
Su cuerpo cayó al suelo, seco, marchito, como si décadas le hubieran sido arrancadas en un instante.
La muchacha gritó.
Me giré hacia ella de inmediato.
—¡No!
—dije—.
A ella no.
La sombra se detuvo.
Azael guardó silencio.
La sacerdotisa observó la escena con atención renovada.
—Interesante… —susurró—.
Conserva humanidad.
Sus labios se humedecieron lentamente, sin pudor.
—Eso lo hará aún más peligroso.
El techo de la cámara comenzó a colapsar.
Alarmas sagradas resonaron por toda la catedral.
—Debemos irnos —dijo Azael—.
Ahora.
Me acerqué a la muchacha y la tomé del brazo.
—Corre conmigo —le dije—.
O muere aquí.
No lo dudó.
Corrimos.
Detrás de nosotros, la cámara ritual se hundía en el caos.
Obispos aplastados por escombros.
Runas ardiendo.
Gritos de terror mezclados con plegarias desesperadas.
Antes de cruzar el último pasillo, sentí una mirada clavarse en mi espalda.
La sacerdotisa carmesí seguía de pie, intacta, observándome desde la distancia.
—Nos volveremos a ver, Eiren Valen —dijo, sin alzar la voz—.
La iglesia no pierde lo que reclama.
No respondí.
No miré atrás.
Salimos a la noche.
El aire frío golpeó mi rostro.
Por primera vez en mi vida… respiré.
Desde lo alto de la catedral, las campanas comenzaron a sonar.
No como advertencia.
Como declaración de guerra.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com