El Trono Del Dogma Eterno - Capítulo 8
- Inicio
- Todas las novelas
- El Trono Del Dogma Eterno
- Capítulo 8 - 8 Capítulo 3 - Parte I Tierra Sin Dogma
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: Capítulo 3 – Parte I Tierra Sin Dogma 8: Capítulo 3 – Parte I Tierra Sin Dogma La primera noche fuera de Sanctus Aeterna fue extraña.
No hubo campanas.
No hubo rezos obligatorios.
No hubo luz sagrada vigilando cada respiración.
Solo el bosque.
El viento moviéndose entre los árboles altos, el crujir de ramas lejanas, el canto nocturno de criaturas que no pedían permiso para existir.
El cielo estaba cubierto de nubes, pero aun así… se sentía más amplio que cualquier catedral.
Caminamos hasta que las piernas nos dolieron.
Azael insistía en avanzar sin encender fuego.
—La iglesia rastrea anomalías térmicas y espirituales —explicó—.
Y tú eres ambas cosas.
Cuando finalmente nos detuvimos, fue en una pequeña hondonada natural, rodeada de rocas y raíces gruesas que ofrecían refugio visual.
Lysenne se sentó primero, claramente agotada.
—Nunca había salido tan lejos —confesó—.
Siempre creí que el mundo terminaba donde terminaba la ciudad.
Me senté frente a ella.
—Eso es lo que quieren que creas.
Durante unos segundos, solo nos observamos.
La tensión no era incómoda.
Era… nueva.
Había pasado tanto tiempo sobreviviendo que no recordaba cómo se sentía compartir el silencio con alguien sin miedo inmediato.
Azael rompió el momento.
—Eiren.
Es hora.
—¿Hora de qué?
—De entender qué eres ahora… y qué no.
Cerré los ojos.
El Murmullo Infernal respondió con docilidad creciente.
Ya no era un invitado extraño dentro de mí; se sentía como una extensión natural de mi voluntad.
Aun así, algo seguía incompleto.
—Tu núcleo está estable —dijo Azael—, pero vacío.
No de energía… de estructura.
—Explícate.
—La iglesia cultiva fe dirigida.
Los demonios antiguos cultivábamos principios.
Si no defines los tuyos, tu poder crecerá… pero sin forma.
Lysenne escuchaba con atención, abrazándose las rodillas.
—¿Principios como… reglas?
—Como límites autoimpuestos —respondió Azael—.
Juramentos internos.
Lo que no estás dispuesto a cruzar.
Abrí los ojos.
—¿Y si no los pongo?
—Entonces el abismo los pondrá por ti.
No me gustó esa respuesta.
—¿Cuáles eran los tuyos?
—pregunté.
Azael guardó silencio un instante.
—Proteger el equilibrio.
No someter.
No mentir a los que caminan contigo.
Lysenne me miró de reojo.
—Eso último suena importante.
—Lo es —respondió Azael—.
Y peligroso.
Respiré hondo.
—Entonces mis principios serán simples —dije—.
No usaré este poder para dominar.
No sacrificaré a otros para crecer.
Y nunca volveré a arrodillarme ante una mentira.
El núcleo vibró.
Una vez.
—Aceptado —dijo Azael—.
Has establecido tu Primer Juramento Interno.
Sentí algo asentarse dentro de mí, como si el poder hubiera encontrado un cauce más definido.
No aumentó.
Pero se volvió más pesado.
Más real.
—Eso… dolió un poco —admití.
—Debería —respondió Azael—.
Los juramentos verdaderos siempre lo hacen.
Dormimos por turnos.
O lo intentamos.
Cuando me tocó descansar, el sueño fue superficial, plagado de fragmentos: vitrales rotos, alas negras cayendo, una figura femenina envuelta en luz carmesí observándome desde un trono incompleto.
Desperté sobresaltado.
Lysenne estaba sentada a mi lado.
—Te movías mucho —dijo—.
Y… hablabas.
—¿Qué decía?
Dudó.
—Mi nombre.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
Esta vez fue más denso.
—No quiero ser un peso —dijo al fin—.
Si voy a quedarme contigo… necesito ser útil.
La miré con seriedad.
—Nadie es “útil” solo por quedarse —respondí—.
Pero si quieres aprender… te enseñaré lo que pueda.
Azael intervino, inesperadamente suave.
—Y yo también.
Lysenne levantó la vista.
—¿De verdad?
—No poder demoníaco —aclaró—.
Pero percepción, control emocional, resistencia mental.
Sobrevivir cerca del abismo requiere algo más que fuerza.
Sus labios se curvaron en una sonrisa genuina.
—Entonces… empezaré hoy.
Llegamos al pueblo al amanecer.
Gravelin no tenía murallas ni estandartes sagrados.
Casas de madera y piedra, caminos de tierra, rostros cansados pero no fanáticos.
Había un pequeño altar en la plaza… sin símbolos claros.
—Zona gris —confirmó Azael—.
Pagan tributo, pero no veneran.
Eso los hacía peligrosos de otra forma.
Nos observaron al entrar.
Forasteros siempre destacaban.
—Buscamos trabajo —dije a quien parecía el jefe del lugar, un hombre ancho, de barba gris y mirada calculadora—.
Nada problemático.
El hombre me evaluó con detenimiento.
Luego a Lysenne.
Un segundo más de lo necesario.
—Siempre hay trabajo —dijo—.
Si no hacen preguntas.
Acepté.
Desde tercera persona, muy lejos de allí, una figura encapuchada observaba un mapa extendido sobre una mesa de piedra.
—Se movió al sur —informó una voz—.
Ha abandonado la ciudad.
La sacerdotisa carmesí sonrió lentamente.
—Bien —susurró—.
Que pruebe el mundo real.
Apoyó un dedo sobre Gravelin.
—Ahí… es donde empiezan a romperse.
Esa noche, mientras descargábamos provisiones en un granero prestado, Lysenne se acercó.
—Eiren… —¿Sí?
Dudó apenas un segundo.
—Gracias… por no dejarme atrás.
La miré.
No como alguien que debía proteger.
Sino como alguien que eligió quedarse.
—No lo hice por lástima —respondí.
—Lo sé.
Nuestros ojos se encontraron.
El Murmullo Infernal permaneció en calma.
Por ahora.
🔥 Fin de la Parte I del Capítulo 3 En la Parte II: Entrenamiento inicial en Gravelin Nuevos personajes secundarios (aliados y amenazas) Fan service más evidente pero con tensión real Primer indicio de que este pueblo no es tan neutral como parece
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com