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El Trono Del Dogma Eterno - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo 3 - Parte II Tierra Sin Dogma
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9: Capítulo 3 – Parte II Tierra Sin Dogma 9: Capítulo 3 – Parte II Tierra Sin Dogma Gravelin despertaba temprano.

No por devoción, sino por necesidad.

El sol apenas asomaba cuando los primeros golpes de martillo resonaron en el extremo norte del pueblo.

Carretas chirriaban, animales eran guiados a corrales improvisados y el olor a pan áspero se mezclaba con el de la madera húmeda.

Trabajo real.

Vidas reales.

Nada de rezos.

Me asignaron al aserradero junto al río.

Un lugar rudo, primitivo, donde la fuerza importaba más que la fe.

El encargado era un hombre llamado Rauk, enorme, con brazos como troncos y una cicatriz que le cruzaba el cuello.

—No me importa de dónde vengas —dijo sin rodeos—.

Si trabajas, comes.

Si causas problemas, te entierro.

Asentí.

Eso lo entendía.

Lysenne fue enviada a la posada, a ayudar con cocina y limpieza.

Cuando pasó a mi lado antes de separarnos, me dedicó una mirada rápida, firme.

No miedo.

No duda.

Confianza.

Azael lo notó.

—No es común —dijo—.

La mayoría huye cuando el mundo deja de ser blanco y negro.

—Ella nunca tuvo ese lujo —respondí.

El aserradero era físico.

Brutal.

Cada golpe de hacha vibraba hasta los hombros.

Pero algo me sorprendió: el Murmullo Infernal no reaccionaba con hostilidad.

Al contrario, se adaptaba, reforzando músculos, afinando movimientos, distribuyendo el esfuerzo de manera casi perfecta.

—Trabajo físico honesto —comentó Azael—.

Ideal para asentar la base corporal.

No lo desperdicies.

Lo hice.

Y me di cuenta de algo inquietante.

No me cansaba como antes.

No era fuerza sobrenatural desbordada.

Era eficiencia.

Mi cuerpo aprendía… rápido.

Demasiado rápido.

Al mediodía, noté las miradas.

No de curiosidad.

De evaluación.

Tres hombres apoyados cerca del río fingían hablar entre ellos, pero su atención estaba puesta en mí.

No llevaban símbolos sagrados.

Tampoco herramientas.

—Mercenarios —murmuró Azael—.

O algo peor.

—¿La iglesia?

—pregunté mentalmente.

—No directamente.

Pero Gravelin no es tan “gris” como parece.

Aquí se trafica información… y personas.

Mis dedos se tensaron alrededor del mango del hacha.

—¿Qué hago?

—Nada —respondió—.

Aún.

Desde tercera persona, en la posada, Lysenne limpiaba mesas cuando una mujer se le acercó.

Alta, cabello rojizo recogido en una trenza floja, ojos afilados como cuchillas bien cuidadas.

—No eres de aquí —dijo la mujer, sin agresividad.

—No —respondió Lysenne—.

Estamos de paso.

La mujer sonrió apenas.

—Todos dicen eso.

Se presentó como Maelis, ayudante de la posadera… y algo más.

Lysenne lo percibió enseguida.

Había demasiada seguridad en su postura.

Demasiada atención en los detalles.

—Tu amigo —continuó Maelis—.

El del aserradero.

Se mueve como alguien que ha sido entrenado… pero no como un soldado.

Lysenne mantuvo el rostro neutro.

—Ha tenido una vida difícil.

—Eso nos pasa a todos —respondió Maelis—.

Aquí, los que sobreviven… aprenden a elegir bandos.

Lysenne no respondió.

Pero recordó las palabras de Eiren.

“No volveré a arrodillarme ante una mentira.” Esa noche, regresé al granero.

Lysenne ya estaba allí.

—Nos observan —dijo sin rodeos—.

No solo curiosidad.

Asentí.

—Lo sé.

Se sentó frente a mí, cruzando las piernas.

La luz tenue de una lámpara de aceite delineaba su figura de forma suave, íntima.

No había intención provocadora… pero el efecto estaba ahí.

—¿Te arrepientes?

—preguntó—.

De traerme contigo.

La miré fijamente.

—No.

No fue una respuesta rápida.

Fue una decisión.

Azael guardó silencio.

—Pero Gravelin no es segura —continué—.

Si se enteran de lo que soy… —Entonces nos iremos —interrumpió—.

Pero no todavía.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Lysenne respiró hondo.

—Porque aquí puedo aprender.

Y tú también.

Y porque… huir todo el tiempo nos romperá antes que la iglesia.

Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier inquisidor.

Azael habló con aprobación.

—Está aprendiendo a ver el tablero completo.

Me levanté lentamente.

—Entonces nos quedamos —dije—.

Pero con reglas.

—¿Reglas?

—preguntó Lysenne.

—Nadie sabe quién soy realmente.

Nadie sabe lo que llevas dentro.

Y si algo se mueve en las sombras… lo enfrentamos juntos.

Ella se levantó también.

Quedó demasiado cerca.

—De acuerdo.

Durante un segundo, ninguno se movió.

El Murmullo Infernal permaneció estable… pero atento.

Desde tercera persona, Maelis observaba el granero desde la distancia, oculta entre sombras.

—Interesante —murmuró—.

Muy interesante.

Giró sobre sus talones.

—Tal vez Gravelin tenga hoy… una nueva apuesta.

Me senté para meditar.

No para ganar poder.

Para escuchar.

El núcleo giró con lentitud, asentándose más profundamente.

Percibí algo nuevo en el entorno: no luz, no oscuridad… sino intenciones ocultas, deseos contenidos, pequeñas ambiciones que flotaban como ceniza invisible sobre el pueblo.

—Este lugar —dijo Azael— es un cruce.

De comerciantes, de secretos… y de herejías pequeñas.

—Entonces creceremos aquí —respondí—.

Con cuidado.

Lysenne se recostó cerca, apoyando la espalda contra la pared.

—Despiértame si empiezas a hablar solo otra vez —dijo con una media sonrisa.

—Lo haré.

Cerré los ojos.

El mundo no se había vuelto más amable.

Pero por primera vez… no estaba solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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