El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 Cruda Realidad
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1: Capítulo 1: Cruda Realidad 1: Capítulo 1: Cruda Realidad El suelo temblaba, no por bombas ni por el movimiento de las placas tectónicas, sino por las miles y miles de pisadas de soldados marchando hacia una revolución que cambiaría el curso de la historia tal como la conocíamos.
Una historia manchada de muerte y sangre, producto de un ciclo interminable que nunca se pudo comprender.
La lluvia acompañaba cada paso, como si el cielo mismo llorara por los caídos.
Cada soldado tenía una única cosa en mente: recuperar aquello que le había sido arrebatado a la humanidad…
el sentido de ser humano.
POV de personaje desconocido En mi infancia, una de las pocas cosas buenas que recuerdo eran los cuentos de mis padres.
A pesar de estar disfrazados de historias felices, en realidad fueron lecciones disfrazadas, enseñanzas para prepararme a sobrevivir en un mundo donde la esperanza se desvanecía.
Mis padres llamaron a ese cuento El Último Aliento.
Aún tengo presente las noches en que me escondía bajo las sábanas, intentando bloquear los sonidos de las bombas cayendo y los disparos que nunca cesaban.
Ellos sabían que tranquilizarme con dulzura no sería suficiente.
Comprendieron que, para mantenerme vivo, tenían que entrenarme… incluso si eso significaba usar cuentos como escudos mentales contra la realidad.
Una civilización increíble —así la describía mi padre—.
Una raza súper inteligente…
pero también profundamente ignorante.
Dicen que las personas entienden el mundo a través de sus creencias y vivencias, pero en un lugar tan diverso donde lo único que compartimos es el estar vivos, es difícil comprender más allá de nuestro propio universo interior.
Los humanos, seres capaces de llegar donde ni siquiera los ojos de los dioses alcanzan…
terminaron siendo la causa de su propia destrucción.
(En la actualidad) El sonido del metal chocando fue el catalizador que me devolvió a la cruda realidad.
El hedor a pólvora y carne chamuscada se impregnaba en el aire, volviéndolo denso, casi asfixiante.
Gritos de dolor y espadas cruzándose llenaban el ambiente.
Era una sinfonía de guerra que no conocía tregua.
Todo me recordó por qué estaba allí.
Cómo terminé como uno de los protagonistas de aquel cuento infantil que, al hacerse realidad, era una carnicería viviente.
Una guerra que ya no era entre bien y mal, sino entre ideologías, convicciones y egos.
Mis ojos se clavaron en la mirada retorcida de un hombre que también fue autor de este final.
Uno más que hablaba de paz, pero soñaba con control.
Esquivé por instinto un tajo que por poco me arranca la cabeza.
El filo de su espada silbó al rozar mi oído, levantando un soplo de aire helado.
Al notar que bajó la guardia por unos segundos, intenté una barrida seguida de un puñetazo.
Logró esquivarlo saltando hacia atrás.
—¿En serio, eso es todo lo que tienes?
—dijo el Profeta, mientras balanceaba su espada—.
Pensé que, tras tantos años intentando deshacerme de ti y de tu maldita revolución…
¿cómo se llamaban?
Ah, sí, ya me acuerdo: la Insurgencia.
—Qué patético…
—continuó, preparándose para atacar—.
¿Aún crees que todo cambiará?
¿Después de tantos años de guerra y…?
—¡Cállate y vete al demonio!
—le interrumpí, alzando mi espada.
Corrí hacia él y le lancé un tajo horizontal, que bloqueó con facilidad, haciendo volar mi arma lejos de mi alcance.
Me devolvió un golpe vertical con su mano libre.
Lo esquivé por poco y, en ese instante de desequilibrio, aproveché para atacarlo.
Sonreí por dentro al sentir mi puño hundirse en su estómago.
Sin darle respiro, le propiné una patada en la quijada.
—Todo cambiará.
Solo necesito matarte —murmuré, recuperando mi espada del suelo.
—¿Sabes…?
—dije, retomando su provocación mientras estiraba el cuello y cerraba los ojos por un segundo—.
Si algo he aprendido durante todos estos años en los que intentaste matarme…
es que eres una verdadera molestia.
Inhalé profundamente, concentrándome.
Entonces pronuncié en voz baja: —Calur.
El tiempo se detiene.
Todo se congeló en cuestión de segundos.
El silencio volvió al campo de batalla, mientras las partículas de polvo y cenizas flotaban inmóviles en el aire, atrapadas en el momento.
Caí de rodillas.
Respiraba con dificultad, mi cuerpo pedía descanso.
No quería levantarme.
Mi mente empezó a vagar, buscando refugio en el pasado, tratando de olvidar el presente.
Pero, siendo sincero, ninguno de los recuerdos que rondaban por mi cabeza era reconfortante.
Ni uno solo.
¿Quién iba a pensar que a los dioses de nuestro mundo les interesaría tanto nuestro sufrimiento como para regalarnos armas… armas diseñadas para que nos matáramos entre nosotros?
Nosotros pusimos nuestra fe en ellos, anhelando una respuesta que nos ayudara a comprendernos, a evitar más caos, más muerte.
Pero, en lugar de una solución, nos dejaron solos.
Como niños pequeños con juguetes nuevos… peligrosos.
Me incorporé lentamente, apoyándome en mi espada.
Mi intención era clara: cortarle el cuello al Profeta mientras el mundo seguía congelado en el tiempo.
Pero algo me detuvo.
Una voz.
Una que conocía demasiado bien.
—Marcois.
—Matías…
Matías… Matías, ¿qué haces aquí, viejo amigo?
—dijo, con una calma desconcertante—.
Veo que sigues utilizando el único ojo que te queda.
Qué lástima que tu transmisor no funcione del todo sin los dos ojos.
Se rascó la barbilla y sonrió con ironía.
—Fui yo quien te quitó ese ojo, ¿verdad?
Los transmisores… esas armas que nos otorgaron los dioses.
Capaces de paralizar el tiempo, manipular mentes, alterar la realidad.
Armas divinas para una especie que no supo usarlas.
Era irónico: cada vez que la humanidad obtenía algo para avanzar, terminaba usándolo para su propia destrucción.
—Esa vez —añadió, empezando a desenfundar su espada—, que yo recuerde, no saliste muy ileso.
Justo entonces tuve que girar la cabeza hacia la derecha.
Una daga rozó el aire.
El Profeta volvía al ataque, molesto.
El tiempo vuelve a fluir.
Mi único ojo empezó a llorar.
No eran lágrimas normales, sino sangre.
Sangre del dolor que fui condenado a cargar.
Fueron mis propias decisiones las que arrastraron todo hasta este punto… pero, ¿para qué pensarlo ahora?
No hay vuelta atrás, ya había escogido mi camino y solo estaba arrastrando mi condena.
—Genial, dos contra uno… —suspiré, con un agotamiento que venía desde el alma.
Apreté el mango de mi espada y me lancé al combate.
Las espadas empezaron a chocarse en todas direcciones, iluminando la sala del trono con chispas que volaban como luciérnagas infernales.
Las explosiones afuera marcaban el compás.
Una sinfonía de caos.
Un recordatorio de lo que éramos.
De lo que siempre fuimos: seres egoístas que se enorgullecían de sus guerras.
Boom.
Esquivé un intento por cercenar mi pierna y respondí con un tajo, pero el Profeta devolvió el golpe con el doble de fuerza.
Sentí cómo el suelo del castillo comenzaba a temblar.
Bombas caían por todas partes.
Mi gente contra la suya.
Mi visión… contra su deseo de una vida manipulada.
Me agaché a tiempo para esquivar una patada de Marcois.
Solté mi espada en el aire y, mientras giraba, lancé una barrida que lo estrelló contra el suelo.
Boom.
Una segunda bomba explotó cerca, rompiendo las ventanas del trono.
El vidrio cayó a nuestro alrededor como una lluvia de cuchillas.
Salté hacia atrás.
Recogí mi espada, aún suspendida en el aire.
Me llevé una mano al ojo y susurré: —Calur.
El tiempo se detiene.
—Aquí, el único al que no le afecta el tiempo detenido eres tú, Marcois —dije, arrodillado, sujetándome la cabeza con ambas manos—.
Será mejor matarte rápido.
—Veremos si lo logras, Campeón Castleboard —respondió con una sonrisa cargada de historia.
Sus palabras, aunque no fueran un arma, dolían como una puñalada, porque traían de vuelta lo que más quería olvidar.
Tu padre… muriendo en tus brazos, suplicándote que cuides de tu madre y tu hermana.
Tu hermana… moribunda, pidiendo ayuda.
Y tú, sin poder hacer nada.
Y tu madre… llorando al verte partir con tus ojos llenos de odio.
Y en tu mente… solo una palabra.
Venganza.
Alcé la cabeza y lloré lágrimas de un dolor que no curó el tiempo.
Dolor por no haberles dicho adiós.
Fui un idiota al pensar que tener un título bastaba para protegerlos — susurre con voz rota — Apretando los dientes.
No sentía dolor, ni tampoco miedo.
Solo quedaba el deber de cumplir con lo que significa ser un Campeón.
—Te mataré, viejo amigo —dije con voz firme, mientras me ponía en posición de combate.
Ambos salimos disparados al mismo tiempo, con la misma intención ,matar al otro.
En sus ojos pude ver reflejado el pasado, uno que recordaba nostalgia y dolor.
Cuando dos hojas caen del mismo árbol…
…siempre una toca primero el suelo.
El tiempo vuelve a fluir.
Una espada goteaba sangre… pero esa sangre no era mía.
Al mirar a Marcois a los ojos, no vi odio, vi tranquilidad.
Una sonrisa fue lo que me recibió.
Quise contener mis sentimientos.
No quería quebrarme, no ahora.
Intenté ignorar aquella imagen… su sonrisa, una que antes fue de un gran amigo.
De un hermano.
—Jajaja… veo que me ganaste —dijo Marcois escupiendo sangre, mientras me tocaba la cabeza y juntaba su frente con la mía—.
Cuídate, pequeño.
Tragué saliva.
Vi su cuerpo desplomarse lentamente.
Mis manos temblaban al sacar la espada de su pecho.
La sangre comenzó a extenderse en el suelo como tinta escribiendo el final de una historia de una buena persona.
—Ahora sigues tú —dije, apuntando con la espada al Profeta, mientras sentía cada emoción recorrer mi frágil y debilitado cuerpo.
Porque eso era lo que era: Un humano, no una máquina ni tampoco un dios.
El Profeta alzó la cabeza con una sonrisa sádica.
Estalló en carcajadas, como si la muerte de Marcois no le afectara en lo más mínimo.
—Matías, eres un idiota.
¿Por qué lloras por él?
Solo es una vida más.
—Pensé que ya habías perdido demasiado como para seguir sufriendo por más —gritó, cubriéndose el rostro con una mano.
Luego bajó la mano, mostrando su rostro de arrogancia infinita.
—Créeme cuando te digo que tengo el corazón más frío que el hielo —dije, fingiendo una calma que no sentía.
—La razón por la que me duele… es porque aún conservo esos sentimientos que me mantienen arraigado a lo que soy —agregué, justo antes de sentir el poder divino recorrer mi cuerpo por última vez.
Sin decir una sola palabra más, corrí hacia él.
El tiempo se sentía denso, pesado… como si algo me intentará advertir que este sería el final, pero no era Calur, no era mi don, era un sentimiento que venía cargado fuertemente de una premonición.
Nuestras espadas se cruzaron como una sinfonía melancólica.
Melodiosa, suave… pero colmada de poder y desesperación.
Cada vez que las chispas surgían al chocar nuestras hojas, mis brazos sentían el peso real de esta batalla.
Entonces vi una apertura, una fracción de segundo que no desaproveche lanzándome contra él bajando mi espada mientras la posicionaba en su cuello.
En segundos el impacto se hizo evidente escuché cómo la carne era atravesada para luego verlo caer totalmente muerto.
Yo era el único en pie.
Lo había logrado.
Tras tantos años de sufrimiento… esto, por fin, se acabó.
Pero…
¿por qué se sentía tan amarga esta victoria?
Bajé mi brazo derecho lentamente llevando mi mano al abdomen sintiendo un líquido tibio Cuando miré con atención…era sangre.
Mi sangre.
Había un hueco en mi pecho, podía ver el suelo a través de mí.
Escupí sangre.
Utilicé mis últimas fuerzas para activar el transmisor.
No quería caer… no aún.
Pero la verdad es que… ya no estaba luchando por vivir.
Ya lo había perdido todo.
—Calur.
El tiempo se detiene.
Antes de intentar siquiera salvarme, caminé hacia el cuerpo del Profeta, viendo que no estaba mejor que yo.
Qué irónico… pensé que viviría para ver el mundo que logré construir.
Con los últimos restos de energía que me quedaban, avancé hacia el trono, el suelo estaba cubierto por nuestra sangre… la suya, la de Marcois… la mía.
Paso a paso, me acerqué al trono del Profeta, lo reclamé no como rey, ni como salvador.
Sino como alguien que solo quería cumplir su promesa.
Un futuro que ya no era solo mío, sino de todos los que creyeron en mí.
¿A quién engaño?
Solo siguieron mis mentiras… —susurré, dejándome caer en el trono.
Sentí cómo el peso de la culpa se derrumbaba sobre mí.
Una lágrima solitaria comenzó a formarse en mi ojo, atrapada en el tiempo detenido.
Suspendida, incapaz de caer.
Yo ya había cumplido mi deber.
—Lo… logré —susurré— Padres… hermana… El tiempo vuelve a fluir.
Vi cómo aquella lágrima caía lentamente, hasta estrellarse en el charco de sangre formado a mis pies.
Y entonces mis sentidos comenzaron a apagarse, lo último que escuché, además de mi aliento entrecortado, fueron las trompetas y los vítores.
Anunciaban nuestra victoria.
Una victoria que traería consigo la paz.
Mi paz.
¿Cuántas guerras tuvimos que enfrentar los humanos para llegar a esto…?
Poco a poco, mis ojos se cerraron.
Mi cuerpo se debilitó.
La chispa de mi vida se desvanecía lentamente… Hasta que, finalmente, cerré los ojos.
Yo morí.
Morí siendo un héroe pero sabiendo que, en este mundo… …también fui un villano.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Gracias por leer el primer capítulo de El último aliento.
Esto es solo el comienzo, una pequeña chispa en una historia que se volverá más oscura, más profunda y más humana con cada página.
Si algo te ha llegado al corazón, no dudes en dejar un comentario.
Me encantaría conocer tu opinión.
Recorramos juntos este camino.
— Eterna Pluma
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