El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 10
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10: Capítulo 10: Contra el tiempo 10: Capítulo 10: Contra el tiempo POV de Kael Lanpar El pánico seguía recorriéndome, latiendo en mi mente sin tregua mientras caminaba junto a Nova por los interminables pasillos del palacio de Noblezia.
Nada estaba bien.
Quizás era por el cambio repentino del ambiente, de un día soleado a una tormenta torrencial, o tal vez por la ausencia de sonidos en aquel lugar.
Ese silencio asfixiante nos perseguía con cada paso, y podía escuchar los latidos de mi corazón acelerarse como un tambor de guerra.
Ni Nova ni yo dijimos una palabra.
Ni siquiera una conversación banal parecía posible bajo aquella atmósfera pesada.
Suspiré e intenté concentrar un leve flujo de maná en mis sentidos, buscando ver más allá de la oscuridad.
Fracasé.
Solo percibí el golpeteo de la lluvia afuera y, a través de las enormes ventanas, a la gente que aún esperaba bajo el aguacero las noticias de mi padre.
—Aún la gente aguarda con esperanza —susurré, casi sin darme cuenta—.
Incluso la lluvia no les quita el deseo de seguir esperando.
—Cada ciudadano depende de las acciones de tu padre —respondió Nova sin apartar la mirada del pasillo—.
Solo pueden esperar buenas noticias… aunque en el fondo sepan que no las habrá.
Lo miré de reojo.
Tenía razón.
Los humanos nos aferramos a la esperanza incluso cuando las probabilidades están en nuestra contra.
Seguimos avanzando sobre la alfombra roja que cubría el mármol, sin saber cuánto tiempo había pasado.
La expresión de Nova lo decía todo: confusión y preocupación se mezclaban en su rostro, como si el lugar mismo nos estuviera devorando.
Me di cuenta entonces.
El pasillo se repetía.
Las lámparas de cristal, los cuadros de las paredes… cada detalle volvía a aparecer en la misma posición, como si camináramos dentro de un bucle.
Giré hacia Nova.
Sus ojos reflejaban la misma sospecha que me estaba carcomiendo: era una trampa.
El sonido de cuerpos cayendo me arrancó del pensamiento.
Frente a nosotros yacían mi hermana, inconsciente, y Alfin, que apenas podía mantenerse en pie.
Nova no dudó.
De las piedras de las paredes surgieron guanteletes que se fundieron con sus brazos, y en sus nudillos crecieron picos como garras.
—Maldición… esto duele —gimió Alfin, sujetándose el abdomen mientras la sangre manaba entre sus dedos.
El rojo volvió a cegarme.
Mis piernas temblaron y me quedé paralizado, como si la escena me hubiera encadenado en su crueldad.
—Alfin, arrastra a Mayrei hacia nosotros —ordenó Nova—.
Mantén a salvo a Kael.
Yo apenas podía respirar.
En la oscuridad comenzaron a resonar golpes metálicos, ecos que se multiplicaban con chispas de fuego iluminando fugazmente la silueta de nuestro atacante.
Nova apretó la mandíbula y golpeó con fuerza el suelo.
El pasillo entero tembló, y de la piedra emergieron dos copias suyas que se alzaron a su lado.
Sentí un tirón en la camisa.
Alfin me arrastraba hacia atrás.
Aun sangrando, aun con la boca manchada de rojo, mantenía esa sonrisa descarada que era su sello.
—Veo que hoy nada salió como queríamos —susurró con voz cansada—.
Kael… quédate conmigo.
Su cuerpo colapsó de rodillas, pero alzó una mano al aire.
El viento se condensó en dagas flotantes que giraron a nuestro alrededor formando un escudo.
Un silbido cortó el aire.
La sinfonía de muerte se unió a la niebla que se formaba alrededor, y comprendí que nada de esto terminaría bien.
—Había una vez un pajarito que no podía volar —una voz emergió de la niebla.
A lo lejos, entre las llamas, se reveló la sonrisa diabólica de un demonio—.
Sus alas rotas no le daban esperanza de vivir.
Me miró directo a los ojos.
—Ese pajarito tenía dos opciones: aceptar su destino o intentar escapar de la inevitable muerte.
Pero ambos caminos llevan al mismo final… Porque un pájaro sin alas es como un soldado sin armas: solo le queda el instinto de supervivencia, y aun así sabe que no hay escapatoria.
Antes de que pudiera responder, Nova ya se había lanzado al ataque.
Entre la oscuridad y las llamas, dos siluetas danzaron al compás de sus armas, y el eco de los golpes resonó como un presagio.
Los soldados de piedra aún resistían junto a nosotros, pero apenas dieron un paso hacia su amo fueron devorados.
Sombras emergieron de los espejos del pasillo, los atraparon y los arrastraron hacia la negrura.
En cuestión de segundos desaparecieron, como si nunca hubieran existido.
Los fragmentos rotos cayeron al suelo con un eco seco, recordándonos que este dominio tenía sus propias reglas.
Ya no estábamos en la realidad.
Mordí con fuerza mi labio inferior, tratando de recuperar el control.
Sentí el sabor metálico de la sangre antes de extender las manos y moldear un arco de electricidad.
La chispa azulada iluminó mi rostro mientras fijaba la mirada en Alfin.
—Alfin, necesito que me ayudes —dije, tensando la cuerda con una flecha eléctrica—.
¿Todavía puedes usar tu magia?
—¿Qué estás tramando, Kael?
—respondió, levantándose con esfuerzo—.
Me queda poco maná… pero será suficiente.
—Perfecto.
Crea un proyectil de agua —ordené, apuntando hacia la silueta de nuestro enemigo.
Alfin obedeció.
En su mano tomó forma una lanza de agua comprimida, vibrante y peligrosa.
Yo sabía que mi magia aún no era suficiente para un combate directo, pero si combinábamos nuestros ataques… la historia podía ser distinta.
Estuve a punto de soltar la flecha cuando el cuerpo de Nova salió disparado hacia nosotros.
La violencia del impacto me obligó a deshacer el conjuro y lanzarme al suelo junto a Alfin.
Caímos junto a Mayrei, que seguía inconsciente, y un estruendo retumbó cuando Nova se estrelló contra la pared.
Quedó fuera de combate.
—¡Kael, cuidado!
—gritó Alfin.
Las dagas de viento que aún flotaban se dirigieron hacia mí.
El atacante, apenas a unos centímetros de mi cuello, retrocedió con un movimiento brusco, como si alguien invisible lo hubiera detenido.
—Vaya… —la silueta del demonio se deshizo entre las sombras, su voz resonaba con una calma cruel—.
A pesar de que no tienes nada que hacer, sigues luchando por vivir.
Mis respetos… y también mis condolencias.
Cuando el eco de su voz murió, un ataque repentino me obligó a saltar hacia un costado.
Sentí el filo rozar mi piel y un hilo de sangre recorrer mi mejilla.
Antes de que mis pies tocaran el suelo, una mano me atrapó la garganta con una fuerza inhumana.
El aire desapareció de mis pulmones.
Luché por zafarme, pero mis brazos parecían de plomo, y mis ojos empezaron a cerrarse.
Con la vista nublada alcancé a ver a Alfin lanzarse hacia mí.
Quiso salvarme… pero una espada cortó su rostro, derribándolo.
Cayó al suelo, sangrando.
(Espacio mental) Al recuperar el aire y ver dónde me encontraba, desesperadamente intenté buscar a Kraidir.
Apoyándome en la gruesa corteza blanca del árbol donde estaba sentado, grité con todas mis fuerzas su nombre.
—Kraidir… maldita sea, aparece.
Estaba desesperado porque aquel dios que me había enviado a este mundo no daba señales de estar en ningún lugar.
El miedo empezó a recorrerme el cuerpo, un frío que paralizaba cada extremidad hasta dejarme incapaz de moverme.
Respirando agitadamente supe que este podía ser mi final.
Estaba inconsciente, aún no había muerto, pero si no despertaba no solo yo terminaría derramando mi sangre en el suelo: también condenaría a personas que no se lo merecían a su propia muerte.
—Maldito dios, aparece y ayúdame —suplicaba al vacío infinito del lugar.
Las lágrimas de desesperación recorrieron mis mejillas mientras golpeaba el suelo etéreo con el puño ensangrentado, manchando de rojo muerto la blancura bajo mí.
A través de este estado semiconsciente sentí como el filo metálico de un arma se posaba en mi cuello.
Rozó mi piel y el líquido rojo comenzó a derramarse.
La hoja se hundía cada vez más en mi garganta.
Solo podía experimentar la sensación de morir, sin saber si en verdad estaba pasando.
Ya no era capaz de mantenerme en pie.
Estuve a punto de caer al suelo de no ser porque las mariposas volvieron a aparecer en el lugar, creando un pequeño remolino que reveló a un Kraidir asustado.
—Esto nunca debió pasar —susurró con angustia—.
Maldición… no debí dejarte solo.
Tanto su expresión como sus palabras me dejaron totalmente confundido, al punto de olvidar por un momento que estaba muriendo.
Intenté dar un leve paso hacia él, solo para descubrir que el flujo de mi vida ya no daba más.
Tropezando con mis propias piernas, fui directo al suelo… de no ser porque Kraidir me sostuvo entre sus brazos.
Con la respiración casi nula, apoyando mi cabeza en el hombro de Kraidir, solo podía maldecir mi suerte, sabiendo que esto tal vez no tenía solución.
Lentamente, mis ojos se cerraron, captando apenas los rostros de aquellas figuras clavadas en las estacas de madera, ensangrentadas, siendo mis propias representaciones quienes reían con felicidad.
Alzando con dificultad mi brazo, quise salvar a mi pasado, el único que no se mostraba feliz ante aquella visión.
Pero la lejanía de nuestros cuerpos era demasiado grande, y mis fuerzas me abandonaron.
—No, hijo… esto no puede terminar así… —ese leve susurro no logré identificarlo.
Mi cerebro ya ni siquiera era capaz de pensar.
Por momentos, el tiempo y el espacio dejaron de tener sentido para mí.
Sentí cómo mi conciencia se desvanecía, sabiendo que todo se estaba pagando.
Estuve a punto de decir adiós a este mundo… de no ser porque aquel líquido rojo que conocía muy bien volvió a manchar mis manos.
Como si la chispa de mi vida volviera a encenderse, sentí cómo todo mi cuerpo recuperaba sus fuerzas, regresando el calor y el malestar que me dominaban.
Abrí los ojos de golpe, aún abrazando a Kraidir, y vi lo que había pasado: mi mano atravesaba una materia blanda y cálida que pude identificar como carne humana.
Había perforado su pecho.
En cuestión de segundos, los papeles se habían invertido.
Aquel dios inquebrantable que me había acompañado hasta ahora cayó sobre mí, sujetándose de mis prendas, con las pocas fuerzas que aún le quedaban.
—Te perdí a ti… lo siento —habló ya sin fuerzas.
Sentía que aquellas palabras guardaban más secretos de lo que aparentaban.
Su agarre se intensificó, no para salvarse, sino para ser escuchado.
Sin dudar y aún confuso por lo ocurrido, lentamente me arrodillé y lo recosté en el suelo infinito de luz que ya lo esperaba, como si supiera que su vida no sería eterna.
Por alguna extraña razón, tomé su mano, sintiendo lástima y dolor por él.
No entendía por qué lloraba al verlo en ese estado, hasta que las imágenes llegaron a mi mente: aquel momento en que perdí a mi padre en mi vida pasada me había devastado, y ese sentimiento ahora regresaba, idéntico, como una herida abierta.
—Hijo… te amo —dijo, perdiendo el brillo de sus ojos—.
Siempre lo hice.
No te culpo por nada.
Tus decisiones fueron por el dolor, no por la maldad.
La palabra “hijo” me dejó congelado.
Comprendí de inmediato quién estaba frente a mí.
Como si una máscara hubiera caído, el rostro de Kraidir reveló el de mi padre.
Todos aquellos sentimientos que había tenido desde que lo conocí me recordaron que siempre lo tuve conmigo, reviviéndolo todo una vez más.
—Pa… papá, no… no puedes irte otra vez… —dije, aferrando su mano con más fuerza—.
¿Qué he hecho?
Hubiera querido decirle tantas cosas más, pero nunca pude despedirme de quienes amaba.
Yo era quien causaba el final de aquellos que siempre estuvieron conmigo.
Arrodillado, con la cabeza en el pecho de mi padre y llorando sin control, solo podía escuchar las carcajadas de mi alma y presente, recordándome que era el mismo asesino de siempre.
Mientras la sangre de mi padre se expandía por todo aquel lugar etéreo que siempre representó la esperanza, supe que estaba a punto de volver a despertar.
El temblor de mis dientes y de mi cuerpo, producto de la ira, se apoderó de mí.
Solo pude dejar escapar un grito a la luna sangrante que empezaba a aparecer, sintiendo la misma sed de venganza que había jurado no repetir.
(En la realidad) Fue solo cuestión de segundos para que mis ojos se abrieran de golpe, dándome la conciencia necesaria para, sin pensarlo dos veces, agarrar con fuerza el filo de la espada que estaba por decapitarme.
La rompí de inmediato, sintiendo cómo sus fragmentos se clavaban en mis manos.
El rostro de mi atacante se congeló al ver cómo aquella espada que portaba era brutalmente destruida por mis manos desnudas, obligándolo a retroceder sorprendido.
—Pensé que ya te había matado, muchacho… —dijo con extrañeza—.
¿Qué tienes en los ojos?
Sin responder, saqué un pedazo de la espada incrustado en mi mano, solo para ver mi reflejo: unos ojos sangrantes, sin vida.
En mi rostro se formó una sonrisa retorcida, recordándome por qué antes buscaba sangre en cualquier persona a la que odiaba.
La sangre hirvió en mi cuerpo, cargada con la sensación embriagante de un poder que jamás había experimentado.
Me sentía más ligero, increíblemente ágil y, por alguna razón, más confiado.
Como si mi cuerpo hubiera vivido toda la vida con ese poder hecho de odio, reaccionó de manera automática.
Calaveras hechas de un fuego infernal, que traspasaba lo real, surgieron de la tierra creando cráteres.
Sus llamas ardían con una flama inapagable, y fueron directo hacia su objetivo.
Mientras la figura de mi atacante saltaba hacia atrás, mi cuerpo reaccionó de manera automática.
Caminé con paciencia, mientras los cráneos, aún persiguiéndolo, terminaron por alcanzarlo.
La explosión resultante acabó en un grito ahogado.
Cuando la nube de humo se disipó, reveló al pajarito sin alas.
Ahora, con dos brazos menos, se arrastraba como podía, alejándose de mí.
—Al final no pudiste terminar de volar —susurré, asegurándome de que pudiera oírme.
El crujido de su cráneo al romperse bajo la presión de mi pie fue lo que me devolvió la cordura que había perdido.
Al darme cuenta de lo que había hecho, no pude contenerme más.
Caí al suelo de rodillas, viendo mis manos manchadas de sangre, en un ciclo infinito que intenté romper.
Otra vez las lágrimas regresaron a mí.
El bucle creado por el ilusionista que intentó matarme se rompió, revelando una realidad en la que solo yo quedaba en pie, escuchando los gritos preocupados de mi madre a la distancia.
Con los labios temblorosos y un vacío emocional que me destrozaba, solo pude decir: —¿Qué he hecho?
POV de Xavier Lanpar Al otro lado del palacio sentía que las cosas no estaban saliendo bien.
A través del clima lluvioso, que se intensificaba con tormentas eléctricas, pude ver en lo más profundo del ojo de la tormenta la oscuridad que se avecinaba.
Acompañado en los inmensos pasillos del palacio de Noblezia por los líderes de clanes, solo podía maldecir al destino por lo que había hecho.
Agarrando con fuerza descomunal el mango de mi espada, pasamos por el balcón del palacio, recibiendo las gotas de lluvia y el estruendo de los rayos que iluminaban la nublada vista.
—Quiero que los que voy a nombrar me sigan —ordené, sintiendo el frío en mis palabras—.
De aquí no saldrá ninguna palabra sobre el demonio en Forjador, o las consecuencias serán grandes.
Mi amenaza hizo que algunos tragaran saliva, retrocediendo hacia la cubierta de la puerta para evitar el golpeteo de la lluvia.
—Marquians, Luis y Rengar, vengan conmigo —grité, siendo escuchado por el cielo, que respondió con un rayo.
Sintiendo la magia astral expandirse por mi cuerpo, cubierta de mi miedo y la ilusión de que esto no fuera a mayores, empecé a flotar, ayudado por las ventiscas del lugar.
Los otros siguieron mi ejemplo, creando sus propios medios de transporte para llegar a las fronteras del reino enano.
Flotando en la inmensidad del cielo, solo pude observar con tristeza cómo aquellos que confiaban en mí se escondían bajo techo, aún esperando palabras mías que ellos creían serían buenas.
La culpa me inundaba.
Sabía que, si la posibilidad de una guerra continental era cierta, esto solo traería más caos a nuestro reino.
Las familias que durante tantos años habían prometido seguir a los Lanpar por su ideología terminarían dudando de su fe.
Agaché la cabeza, sintiéndome patético por no poder hacer nada.
Era la persona más poderosa de mi reino, incluso del continente, pero hasta yo conocía mis límites.
Una pelea entre yo y un Cegador solo terminaría destruyendo gran parte del campo de batalla, causando muertes innecesarias.
Sin pensarlo más, salí volando a gran velocidad, rompiendo por instantes la barrera del sonido.
A mi lado, Luis, con su armadura y alas de cristal, me siguió el ritmo.
Mientras esquivábamos los rayos que caían del cielo, maniobrando para no ser alcanzados, solo pudimos pensar en nuestras familias.
Por instantes, vi el rostro de cada uno de ellos, sonriéndome, pidiéndome que los salvara… y que dejara el papel de rey.
—No puedo hacerlo —susurré, siendo escuchado por Luis.
—Desde la guerra humana-élfica nunca te he visto así, Xavier —exclamó mi suegro—.
Hablar solo no es algo común en ti.
—No, no lo es —respondí—.
A veces solo hubiera querido estar solo.
No me gusta cargar con tantas vidas.
—Parece que nuestro intruso nos está esperando —dijo Rengar, aún corriendo sobre el aire—.
Son dos encapuchados.
Al parecer no están armados.
Solo pasaron unos segundos para que confirmara mis sospechas.
Aquellas figuras encapuchadas, con una sonrisa macabra, eran Cegadores: seres sin sentimientos que sacrificaron sus almas por poder.
Ellos dos, por sí solos, eran capaces de matar a un Broker.
Ningún mago convencional podía hacerles frente.
La balanza nunca estuvo a nuestro favor.
Al tocar la tierra de las enormes montañas que se alzaban en el norte de nuestro reino, solo pude caminar con la falsedad de una confianza que no tenía.
Me detuve a una distancia considerable de ellos.
Mis pensamientos me llevaron al pasado, recordando las palabras de mi madre: “Aquel niño nacerá entre las cenizas de un mundo devastado.
Traspasando su alma por el tiempo y el espacio, traerá consigo el fuego del caos, cerrando un ciclo que cambiará todo el mundo.” Intenté durante años encontrar a aquel culpable que destruiría nuestro continente, sacrificando gran parte de mi vida por salvar a nuestro pueblo.
Nunca lo encontré.
Y ese día, cuando las cortinas cayeron y revelaron a Mayora al mundo, solo me quedaba pedir perdón por no haberlos salvado.
—¿Qué se les ofrece, seres sin alma?
—grité, desenvainando mi espada.
El eco del silencio retumbó en mis oídos, recordándome que yo no tenía el control.
—Ten más respeto con tus palabras, sangre muerta —exclamó uno de ellos—.
Han estado tanto tiempo escondidos que se les olvidó quiénes son sus gobernantes.
—Ustedes son esclavos —rió el otro—.
Son solo cerdos con correas, esperando a sus amos.
Me quedé helado al ver cómo Rengar, furioso, se lanzó contra ellos… solo para detenerse en seco en un parpadeo, sin haberlos alcanzado.
Sentí la sangre hervir en todo mi cuerpo, exigiéndome reaccionar, atacar.
Pero sabía bien que, si lo hacía, lo más probable es que solo yo quedara vivo.
—Qué triste… esto no debió suceder tan temprano —dijo uno, llamando mi atención—.
Hubiera sido mejor que vieras cómo tu hogar era destruido.
Al parecer, te mostré un poco de clemencia —continuó.
En su mano sostenía el corazón de Rengar, que aún latía.
Lo apretó con fuerza hasta hacerlo estallar.
Antes de que pudiera moverme, Rengar cayó al suelo, con un agujero en el pecho y la vida escapando de su cuerpo.
Su sangre tiñó de rojo la nieve de la montaña.
La vista se me nubló y mis sentidos se apagaron.
Solo escuchaba, en un eco lejano, los gritos de Luis que me pedían reaccionar.
No pude hacer nada.
Solo observar cómo el Cegador se acercaba a mi oído, susurrando mientras colocaba en mis manos un reloj de arena: —Las cenizas de tu pueblo están empezando a caer.
Cuando ya no quede una lágrima más, sabrás que estamos llegando.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota del Autor (Capítulo exclusivo de Amazon) Este capítulo marca un antes y un después en la historia.
Quiero saber qué sentiste al leerlo: ¿Kael perdió algo de sí mismo o ganó un poder que cambiará todo?
Tu comentario puede dar aún más vida a esta obra.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com