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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 Fragmentos de luz
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11: Capítulo 11: Fragmentos de luz 11: Capítulo 11: Fragmentos de luz POV de Kael Lanpar (Dos meses atrás) Más allá de la magia, los animales fantásticos y las batallas que parecen parte de lo cotidiano… lo que aún me cuesta aceptar es cómo todos ven con tanta naturalidad el derramamiento de sangre.

En mi vida anterior, la humanidad se regía por leyes aun rotas servían para recordar nuestros límites.

Aquí también existen, pero la moral parece ser solo una palabra hueca.

Quizá sea porque, desde que naces, entiendes que la muerte te perseguirá a cada paso.

O porque, a veces, arrebatarle la vida a otro es el único camino para salvar la tuya.

Sea cual sea la respuesta, no pienso perder tiempo en eso ahora.

Menos cuando estoy atrapado aquí… con este maldito payaso.

Alfin me cayó bien al principio.

Tenía carisma y una mente muy aguda para su edad.

Pero lo que de verdad me está cansando es esa habilidad natural que tiene para meterse en problemas.

Es sorprendente.

En serio.

Entre la multitud que disfrutaba de un hermoso día, bajo la luz matutina del sol, yo estaba sentado sobre un barril de cerveza, comiendo una manzana.

Desde allí podía ver a mi primo… haciendo otra de sus idioteces.

—¿Conque intentando robar, niño?

—bramó el dueño de una tienda de frutas exóticas—.

¿No te han enseñado que hay consecuencias para los ladrones?

Dejé escapar un suspiro y le di otro mordisco a mi fruta.

Sabía que esto no terminaría bien: el aura del vendedor comenzaba a agitarse violentamente.

—Ehh… yo no estaba robando, señor.

Solo estaba viendo las frutas por curiosidad, ¿qué tiene de malo?

—respondió Alfin con una mueca.

Era evidente que iba a soltar alguna estupidez y enredarlo todo.

Así que hice lo que mejor sé hacer.

Me levanté del asiento, di media vuelta y empecé a silbar, escabulléndome entre la multitud para no ser visto.

Cuando escuché el murmullo de Alfin, supe que era hora de correr: —Viejo amargado —resopló.

—¿Qué… quéeeee?

¿Cómo me acabas de llamar, maldito mocoso ladrón?

—gritó el vendedor, su voz resonando en toda la plaza.

Alfin alzó las manos y, en un destello de viento, apareció a mi lado, cubriéndome de polvo y despeinándome en el acto.

—Será mejor que salgamos corriendo —exclamó, tirándome del brazo—.

Ese demonio nos quiere matar.

—Creo que solo a ti —le señalé—.

¿Por qué siempre me metes en tus problemas?

No respondió.

Y yo no tuve más opción que correr con él, porque los gritos del vendedor cada vez estaban más cerca.

Me zafé del agarre de Alfin y aceleré el paso, esquivando cuerpos en la multitud, procurando mantenerme cerca.

En parte entendía al vendedor.

Yo tampoco confiaría en dos encapuchados a los que apenas se les ve el rostro —pensé, escuchando los gritos que retumbaban a nuestras espaldas—.

Esquivando a alguien que se cruzó en mi camino, mi mirada se desvió al costado… y lo vi.

Un niño estaba en el suelo, abrazándose el estómago con el rostro arrugado por el dolor.

Sus ojos apretados, su respiración entrecortada y ese leve llanto, apenas audible entre el bullicio, me hicieron detenerme en seco.

En su rostro vi reflejado un pasado igual al mío.

Recordé aquellas veces en que el hambre me doblaba por dentro y no tenía nada con qué llenarme.

Dejé escapar un suspiro pesado.

El niño sufría, y aun así, todos lo ignoraban.

Pasaban frente a él como si ni siquiera existiera.

—Kael, ¿dónde vas?

—preguntó Alfin al ver cómo me apartaba—.

Maldita sea, esto no puede ser verdad… La voz de mi primo se desvaneció mientras me internaba entre la gente, hasta llegar a un callejón repleto de ratas y botellas vacías.

Me acerqué con cuidado, caminando despacio para no asustarlo.

Entonces extendí unas frutas que había robado de un puesto.

—Ten, amigo.

Esto es para ti —le dije, dejando escapar una sonrisa.

Al escuchar mi voz, el niño abrió los ojos de golpe.

Retrocedió de inmediato, temblando, como si temiera que yo fuera a lastimarlo.

—Son frutas… ¿quieres una?

—dije, bajando el tono de voz.

—Tienes… la misma edad que yo —respondió sorprendido—.

¿Por qué me estás ayudando?

—¿Y por qué no lo haría?

—mi respuesta pareció tranquilizarlo.

En segundos, el hambre lo traicionó.

El rugido de su estómago resonó en el callejón, y sus ojos se iluminaron.

Cuando comenzó a comer con felicidad, no pude evitar recordar.

El frío de la lluvia en mi piel, el dolor desgarrador del hambre que nunca se iba.

Hubiera deseado que, en aquel entonces, alguien me hubiera ayudado.

Al menos ahora, yo podía hacer un cambio.

—Vaya, parece que viene de Calaris —comentó Alfin, sobándole la cabeza al pequeño que aún devoraba la fruta—.

Casos así se están volviendo más comunes.

Cada vez más gente llega a la capital buscando un mejor futuro.

Sabía que el reino estaba pasando un mal momento por los ataques de los revolucionarios, pero nunca imaginé que la situación estuviera tan mal.

Más al fondo del callejón, vi a varias personas en la misma condición que el niño: tendidas en el suelo helado, rodeadas de ratas que se escurrían entre sus cuerpos.

Algunos aferraban lo poco que tenían con manos llenas de desesperanza.

Había adultos, niños y ancianos.

Muchos estaban enfermos.

Algunos, incluso, ya habían muerto.

El hedor de la carne en descomposición impregnaba el aire, haciéndolo irrespirable.

Mientras más me adentraba, más escalofriante se volvía la escena.

Entonces sentí cómo pisaba algo húmedo.

Bajé la mirada… y descubrí que era un charco de sangre.

A mi lado, una mujer muerta sostenía contra su pecho el esqueleto diminuto de su hijo.

Me quedé paralizado, con la tristeza oprimiéndome el pecho, mientras escuchaba los gritos lejanos de Alfin.

Todos nacemos y morimos con inocencia —pensé—.

El mundo corrompe el alma, pero no los ojos de la vida.

El Profeta, en algo, tuvo razón.

Las palabras pueden mentir, el cuerpo puede engañar, pero los ojos… los ojos siempre muestran la verdad.

Todos somos niños en un mundo que nos obliga a cambiar nuestra forma de pensar y a aplastar nuestra inocencia.

—Kael, debemos irnos —dijo Alfin, tomándome del brazo con firmeza.

Mientras me alejaba, pude sentir las miradas de la gente que quedaba atrás.

En lo más profundo de sus ojos llorosos, rogaban que no los olvidara.

Desvié la vista con dolor y empecé a correr con fuerza.

Entre lágrimas, alcancé a escuchar el agradecimiento del niño que había ayudado.

No sé cuánto corrimos, pero la distancia recorrida fue enorme.

Desde una roca en la que me senté, pude contemplar la belleza de Luzarion.

La ciudad se extendía ante mí, caminando en una delgada línea entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal.

Desde allí se veía el castillo, majestuoso, rodeado de la arquitectura única de cada casa en la capital.

Cada ventana resplandecía con fuerza.

Eran las auras de las personas.

Una luz más brillante que el sol, más poderosa que la magia: vida.

—¿Qué es lo que tanto ves?

—preguntó Alfin, jadeando por el cansancio.

—La perfecta creación de algo hermoso —respondí, bajando de la roca y acercándome a él—.

Ahora que ya descansaste, ¿me vas a decir por qué estábamos encapuchados?

—Eres demasiado inteligente y preguntón para tu edad —me dijo, mirándome fijo.

—Leo mucho y no me gusta quedarme con la duda —contesté, cruzándome de brazos—.

Vamos, habla rápido.

—Bueno… para empezar, creo que ya entiendes, de cierta manera, lo que significa ser un Lanpar —empezó—.

Nuestro linaje es… uno entre muchos demonios encarnados en promesas y sangre.

—Kael, esta vida no es perfecta.

Y aunque lo fuera, nosotros no lo somos.

Siempre cometemos errores —continuó—.

Lo nuestro no es santo… ni tampoco amado por todos.

Bajé la mirada, con la depresión golpeándome de nuevo al recordar lo sucedido.

Alfin pareció no notarlo.

—Como sea —dijo, estirándose—.

Mi tío está muy ocupado y no podrá venir.

Yo te entrenaré hoy.

—Seguro te estás preguntando qué te enseñaré —añadió, sacándome de mis pensamientos.

—Sí, eso mismo —respondí, apartando los recuerdos—.

Creo que sabes que no puedo usar magia, ¿verdad?

Él solo asintió con la cabeza y se sentó de inmediato.

Aquella sonrisa divertida que se dibujó en su rostro me dejó un extraño cosquilleo en los labios, como si me empujara a sonreír también, aunque fuera apenas un poco.

Alfin no tardó en hablar.

Su voz, tranquila pero cargada de gravedad, llenó el silencio entre nosotros.

—El maná está en todas partes.

Lo respiras, lo tocas, lo sientes… —dijo, dejando que sus palabras flotaran en el aire como verdades imposibles de negar—.

Pero solo diez de cada cien personas logran manipularlo.

Alcé la ceja, sorprendido por la proporción.

—¿Tan pocos?

—Sí —asintió él—.

Porque no basta con tenerlo cerca.

Para despertarlo, para tocarlo de verdad, se necesita algo más… el despertar astral.

Guardé silencio.

Ya había escuchado ese término antes, pero en su boca parecía adquirir un peso distinto.

—Es difícil —continuó—.

Hace falta un detonante emocional, un evento capaz de arrancar el alma de su letargo.

Por eso muchos jamás lo logran.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, como si estuviera a punto de confiarme un secreto.

—Existen dos formas de despertar el alma.

Dos caminos que marcan el destino de un mago: la corrupción… o la iluminación.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

No sonaba a una simple elección, sino a una sentencia.

Alfin hizo una pausa, buscando las palabras con cuidado, como si lo que iba a decir se resistiera a ser pronunciado.

—Lo curioso es que se supone que uno debe dominar sus sentimientos para alcanzar la iluminación.

Mantenerlos contenidos, ser dueño de ellos.

Pero hay quienes no lo logran.

A veces, son los sentimientos los que terminan dominando al alma.

Y eso… abre otra puerta.

La expresión de su rostro se ensombreció.

—Son muy pocos los que han tenido este tipo de despertar.

No sabemos qué consecuencias arrastran, pero sus huellas siempre son inconfundibles.

Lo miré, expectante.

Alfin levantó una mano y trazó un círculo invisible en el aire, como si dibujara la silueta de una luna.

—Cuando alguien despierta, su espíritu contempla dos lunas.

La primera es la Luna Pálida: blanca, serena, pura… símbolo de la Iluminación.

La otra es la Luna Ensangrentada: rojiza, capaz de llorar sangre.

Esa representa la Corrupción.

Tragué saliva.

Podía ver ambas imágenes en mi mente, y el contraste me resultaba perturbador.

—La forma en que la luna evoluciona dentro de ti —prosiguió— depende de tus experiencias.

La Iluminación nace de la disciplina, la madurez y la conexión con emociones positivas.

En cambio, la Corrupción surge del dolor, los traumas… o del exceso de poder.

Guardó silencio, como si me dejara solo con la visión de esas dos lunas disputándose el cielo de mi alma.

Por un instante, el pacífico bosque desapareció.

Ante mí se alzó un campo de guerra lleno de cenizas, cadáveres y fuego.

Arrodillado sobre la fría capa de sangre, vi mi reflejo distorsionado: mi rostro manchado, cargado de sufrimiento y dolor contenido.

Hasta ahora me he dedicado a cultivar una mente sana, lejos de los recuerdos que me consumen.

Entendí que no podía seguir matándome por una vida pasada cuando tengo otra en juego.

Fue difícil… pero necesario.

Y creo que efectivo.

También gracias a Kraidir.

Él siempre estuvo allí, presente en mis dudas.

Le debo mucho, a pesar de que sea un dios.

—¿Qué tal un calentamiento?

—dijo Alfin, devolviéndome a la realidad.

—Me parece buena idea… pero no llores si te gano.

Él solo sonrió antes de prepararse.

Desde ese día entrené con Alfin sin descanso, exprimiendo cada gota de fuerza que mi pequeño cuerpo podía ofrecer.

Buscamos formas de provocar mi despertar y, al mismo tiempo, entrenamos combate cuerpo a cuerpo.

Tras un mes de entrenamiento, empecé a notar resultados.

No iba a desarrollar músculos marcados ni un torso de guerrero a esta edad, pero mi resistencia había mejorado, y cada vez me adaptaba mejor a este cuerpo.

(Un mes de después) Las estaciones cambiaron y la nieve llegó; mi cuerpo ya no recordaba lo débil que fue al principio.

—Has mejorado… en serio —dijo Alfin, jadeando—.

Es difícil luchar sin la ayuda de la magia astral.

—Creo que sí —respondí, cayendo de rodillas, sintiendo cómo la fatiga me atravesaba—.

Al menos ahora puedo durar más tiempo luchando.

—Oye, ¿cómo dijiste que se llama esa técnica de combate?

—preguntó Alfin, aún recuperando el aire.

—Moikido —respondí, aún intentando recobrar el aire.

El Moikido era una técnica de combate que combinaba defensa y ataque al mismo tiempo: esquivar el golpe del enemigo mientras contraatacas de forma sutil, directo a los puntos vitales desde donde proviene la ofensiva.

Lo aprendí en el ejército, bajo la tutela de Marcois.

Viejo amigo… donde sea que estés, perdóname por no haber entendido tu decisión.

—¿Y dónde mierda se aprende esa clase de locura?

—escupió Alfin, cayendo rendido al suelo.

—No se aprende, solo se siente —contesté, tumbándome a su lado.

Por un momento los dos quedamos allí, recostados en el fresco césped.

Sobre nosotros, las nubes flotaban bañadas por la luz de la luna.

A nuestro alrededor, los grillos cantaban y las luciérnagas danzaban en el aire, como si el mundo se negara a compartir nuestras cargas.

En medio de esa calma, una inquietud me punzó el pecho.

En los últimos días, además de los entrenamientos, había notado un ambiente extraño en el castillo.

Mis padres estaban cada vez más nerviosos.

Y ahora, la reciente desaparición de Lilia solo hacía crecer mi desconfianza.

Algo no estaba bien.

Cuando estaba a punto de marcharme, dejando a Alfin solo en la colina, una voz interrumpió la quietud.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, y me oculté tras un árbol, observando.

La figura que apareció llevaba una máscara.

No pude ver su rostro con claridad, quizá por la oscuridad, quizá por aquel disfraz… pero el cabello blanco que ondeaba con el viento no dejaba dudas.

La reconocí al instante.

Era mi hermana.

Me quedé quieto, escuchando.

Lo que comenzó como una charla pronto se convirtió en una discusión.

Ninguno de los dos parecía de buen humor.

Irónicamente, Alfin era el más sereno.

Hasta que dijo algo que me heló la sangre.

—Mayrei, estás hablando tonterías.

¿Familia?

¿De qué puta familia hablas si tú no tienes?

Tú eres adoptada.

¿Ya lo olvidaste?

El silencio que siguió fue tan cortante como un filo.

Vi a Mayrei quedarse inmóvil, congelada en el sitio.

Luego, sus manos se cubrieron de escarcha y, en un abrir y cerrar de ojos, formó dos lanzas de hielo.

Las arrojó con furia.

Ambas pasaron rozando el rostro de Alfin, clavándose con un chasquido en el árbol detrás de él.

Alfin no se movió.

Permaneció de pie, mirándola directamente a los ojos.

—¡Te odio!

—gritó Mayrei, antes de desaparecer entre los árboles de un salto.

Me quedé mirando.

No sé si fue real o si solo estaba alucinando, pero juraría que vi lágrimas en el rostro de Alfin.

Esas palabras no fueron un simple arrebato.

Le dolieron.

Así que Mayrei no era realmente mi hermana.

Ya lo había sospechado antes, pero… ¿por qué tanta crueldad por parte de Alfin?

El bosque quedó en silencio.

Solo, entre las sombras y el viento helado, me descubrí preguntándome por qué había decidido volver a vivir.

Los copos de nieve comenzaron a caer, fríos sobre mi piel.

Y, en medio de esa soledad, recordé mi promesa.

Estoy aquí para no volver a fallar a quienes amo.

Si es necesario, cavaré mi propia tumba con tal de morir con una sonrisa, aferrándome al único regalo que me queda: una segunda oportunidad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

Gracias por llegar hasta aquí y por dejar que esta historia forme parte de tu tiempo y tus pensamientos.

Cada capítulo que lees es una pieza de algo mucho más grande, y tus impresiones me ayudan a darle forma.

Si algo en estas páginas te hizo sentir, reflexionar o imaginar, me encantaría que lo compartieras en un comentario.

Tu voz también es parte de este viaje.

—Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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