El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Muerte Silenciosa
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12: Capítulo 12: Muerte Silenciosa 12: Capítulo 12: Muerte Silenciosa POV de Kael Lanpar (En la actualidad) Pensar en ello me destrozaba por dentro.
Era como arder en un fuego inapagable que consumía cada rincón de mi alma.
Incapaz de reaccionar, me dejé llevar por la oscuridad de mi cuarto.
Me acurruqué sobre mí mismo y, como un lunático, reproché al aire, pedí perdón en susurros que rebotaban contra las paredes.
Sentía todo con una intensidad que me rompía: los gritos ahogados de mi madre detrás de la puerta, el dolor punzante en el pecho, la presión en la garganta que no me dejaba tragar.
Me costaba mantener la cordura con tanto sufrimiento comprimido dentro.
La imagen más nítida —una que no conseguía arrancarme de la cabeza— era el rostro de mi padre, la mirada triste, y mi brazo atravesando su pecho.
Esa escena me dejaba hecho trizas.
Respiraba a bocanadas, sin controlar ni las funciones más básicas del cuerpo.
No entendía cómo había llegado a eso: nunca quise matarlo y, sin embargo, mi brazo había sido el instrumento final.
Como si mi propia conciencia me juzgara, los recuerdos volvieron en oleadas: todas las veces que lo había tratado como a un dios, cada palabra que le dije resonando después con más culpa.
El odio que le transmití, la vergüenza, el arrepentimiento: eran un peso que ahora me aplastaba.
Sin pensarlo, por instinto, una daga se formó en mi mano: viento condensado, filo imposible, lista para cortarlo todo.
La miré y la sentí fría contra la piel, demasiado real para ser solo una manifestación del miedo.
—Kael… abre la puerta, hijo por favor —gritó mi madre desde fuera.
Su voz temblaba.
El eco de sus palabras rozó mi oído y se desvaneció ante el frío de la daga apoyada en mi cuello.
Había perdido las pocas ganas que me quedaban de seguir; lo había perdido todo otra vez.
—Perdón, padre —susurré, mientras las lágrimas me quemaban las mejillas.
Mi mano estuvo a punto de moverse para terminar con todo, pero algo extraño me paralizó: una fuerza invisible bloqueó mi brazo, impidiendo que rozará la hoja en mi piel.
Dejé caer las lágrimas más fuertes que nunca.
Fue entonces cuando la sentí: una presencia que no esperaba.
Dicen que las cosas más hermosas no se ven, sino que se sienten.
Tenían razón.
Apreté los ojos con fuerza sin querer abrirlos y noté cómo múltiples manos me rodeaban, abrazándome con una ternura protectora.
Era el cariño que solo da una familia; ese mismo que por un tiempo pensé que había perdido para siempre.
Mi mente estaba dividida.
El dolor ardía en mi cuerpo y los pensamientos se enredaban, pero no pude evitar romper la daga de viento apretando mi puño.
Sentí la sangre deslizarse por mi mano.
—Solo quiero ser libre —dije entre sollozos a la oscuridad—.
Desearía haber sido yo quien muriera.
Con las fuerzas menguadas y sabiendo que sin ayuda me arrepentiría toda la vida de mi decisión, me obligué a ir a la puerta.
Alcé el brazo tembloroso para agarrar la manecilla.
Me detuve.
Estuve a punto de dar marcha atrás cuando, de entre el caos, surgió una luz.
Fue un leve susurro; quizá una ilusión, pero para mí fue verdad.
—Vive, hijo.
Esas palabras vibraron en el aire.
Llegaron como un impulso a mis oídos y me dieron la fuerza faltante.
Abrí la puerta; esta chirrió con un sonido frágil y me arrodillé sobre el frío suelo.
Todavía sujetando la manecilla, vi a mi madre a través de los ojos vidriosos: su rostro hinchado por el llanto, la piel enrojecida, la mirada más rota que la mía.
En ese silencio incómodo hubo, sin embargo, consuelo.
Ella se arrodilló a mi altura y me abrazó con fuerza; me hundí en su pecho, en la protección que solo una madre puede ofrecer.
Todo el dolor acumulado comenzó a consumirse bajo ese amor.
Fue como si, poco a poco, borrara la idea estúpida que había rozado mi mente.
Esta vida es para quienes aceptan su historia, me dije.
Me había olvidado por qué estaba aquí y por qué prometí volver a vivir.
Aunque duela, el pasado son recuerdos que, con el tiempo, pueden dejar de poseernos.
—Mamá, me duele —sollozé, abrazándola con más fuerza—.
No lo puedo soportar.
Ella apoyó la mano sobre mi pecho, justo donde el dolor ardía, y sus palabras llegaron suaves, como una promesa: —Hijo… te amo.
Siempre te he amado.
No te culpo por nada.
Tus decisiones nacieron del dolor, no de la maldad.
Dejé que la muerte simbólica de mi pasado se llevara el peso que traía.
Me hundí rendido en los brazos de mi madre, sintiendo la respiración volverse más lenta, las pupilas cerrarse en busca de un descanso que hacía falta.
—Yo también te amo, padre —dije sin querer, como si las palabras escaparan desde un lugar profundo.
Mi mente se apagó.
Me acomodé en la suavidad del abrazo materno y dejé caer la última lágrima.
Al tocar el suelo, el cansancio me venció y dormí.
POV de Mabel Astrales El ligero peso de mi hijo descansó sobre mis brazos; sus lágrimas rodaron por mis mejillas mientras lo apretaba contra mí con más fuerza, convencida de que él no tenía culpa.
Me apoyé en una rodilla y, al llevar a Kael en brazos, no pude evitar que la memoria me arrastrara.
Las palabras susurradas que había oído no iban dirigidas a mí, pensé, sino a su padre.
Una sonrisa amarga me tembló en los labios al ver su rostro aún humedecido por el llanto; mi mente me devolvió al momento en que lo encontré.
Con cada paso que daba por los pasillos, el recuerdo se enredaba más en la realidad.
Vi desde la distancia a un niño arrodillado sobre un suelo manchado de sangre, mirando sus manos con horror; su expresión era una mezcla de inconsciencia y arrepentimiento que me atravesó como cuchillo.
Me mordí el labio inferior cuando mi yo del recuerdo salió disparada a socorrerlo.
Fue como ver dos capas de tiempo superpuestas: mi imagen corriendo, y detrás, el cadáver destrozado tirado cerca del niño.
Las extremidades faltantes —solo sombras donde antes habían sido brazos y cabeza— me hicieron temblar.
Volví la vista a Kael y me pregunté cómo había podido.
El terror quiso consumirme, pero la escena no era nueva; ya la había vivido.
Supuse lo que pudo haber sucedido y, sin poder evitarlo, maldije en silencio la carga que le había tocado llevar a mi hijo.
La ilusión del pasado se desvaneció.
La luz pálida de la mañana atravesaba las ventanas del castillo y el rumor de soldados marchando llegó desde fuera: halcones de guerra cortaban el cielo, jinetes y aves reclamando la luz del día.
Al pasar por un tramo amplio del corredor, mis ojos se detuvieron en una pintura familiar.
La imagen de mi familia colgaba allí, perfecta y fría, y compararla con lo que tenía delante me clavó otra vez el dolor en el pecho.
La visión de Kael mirando sus manos manchadas acudió sin avisar, tirándome hacia recuerdos que creía haber enterrado.
En ese recuerdo, era niña.
Sostuve una daga que chorreaba sangre y, detrás de mí, una figura inerte en el suelo.
No supe lo que había hecho hasta que la respiración del otro se apagó.
Había terminado con la vida de alguien sin comprenderlo todavía.
Condené mi alma a un dolor que intenté justificar con la guerra, pero que nunca dejó de arder.
—Su majestad, se encuentra bien —una voz me sacó de la memoria.
Sin pensar abrí la palma y, en un gesto de reflejo, formé una estaca de cristal: las partículas brillaron en el aire antes de comprimirse en un filo que apunté instintivamente hacia el cuello del soldado.
Noté el pánico en sus ojos; estaban abiertos como platos.
Comprendí al instante que mis emociones me habían traicionado.
Respiré hondo y bajé la mano con pesadez.
Fingí una sonrisa.
—Estoy bien —susurré—.
Solo… un poco tensa.
El soldado asintió, todavía temblando, y se retiró con pasos resonantes que dejaron eco en el pasillo.
Juré por un instante que la voz que había escuchado era de alguien que ya no estaba en este mundo; por un segundo sentí su aura.
El pensamiento casi me hace dejar caer a Kael: mis brazos flaquearon y solo la rapidez de mis reflejos evitó que lo perdiera.
Atrapé su cuerpo en el aire como quien se agarra a la vida misma.
Mis manos temblaron hasta que lo volví a acunar con firmeza.
Una brisa helada pareció cruzarme el cuerpo y, al alzar la mirada, mis ojos se clavaron en una figura del retrato familiar: sus ojos, pintados y eternos, me acusaban desde la tela.
Aunque fuese solo pintura, sentí la culpa como si me atravesara.
Antes de que el recuerdo me hundiera otra vez, noté a Kael acomodarse en mis brazos y abrazarme con un gesto de necesidad pura.
La calma volvió poco a poco, recordándome el presente y obligándome a seguir caminando.
No necesitaba activar mi flujo de maná para percibir su aura.
Aquel color oscuro que lo envolvía me recordaba a algo que temí en mi pasado: el despertar maldito de la corrupción.
Era como si el destino me castigara, devolviéndome aquello que una vez mate, pero ahora plasmado en lo que más amaba.
—Kael, hijo —murmuré en voz baja, sintiendo cada palabra como una plegaria—, ¿qué hiciste para que tu alma se manchara así?
¿Cómo te corrompiste si naciste de luz?
POV de Kael Lanpar Había sentido, por unos instantes, cómo mi cuerpo caía desde una gran altura.
Aquella sensación fue la que me arrancó del sueño tan de repente.
Al abrir los ojos, vi el rostro preocupado de mi madre, que me cargaba a través de los pasillos del castillo.
Mis instintos me obligaron a fingir que aún dormía, dejando apenas mis ojos entreabiertos para observar en silencio lo que ocurría.
El leve susurro de sus palabras llegó a mi oído.
Aquella pregunta… era demasiado difícil de responder.
Suspiré suavemente, dejándome llevar por el balanceo de sus brazos.
Ella intentaba en vano mantenerme dormido, pero mi mente ya estaba despierta.
Había algo que me atormentaba desde que recuperé la consciencia: aquel poder que recorría mi cuerpo.
Era como un sentimiento de condena, un peso invisible que hacía que todo lo sintiera más profundo, más agudo.
Como si mis pensamientos tuvieran poder sobre la realidad, las sensaciones comenzaron a intensificarse.
Por un instante, creí escuchar, desde la lejanía, pasos marchando sobre charcos de lluvia.
El goteo constante de las gotas resbalando por los tejados y golpeando las piedras del suelo resonaba en mis oídos.
La fatiga me envolvió al percibirlo todo con tanta sensibilidad.
Podía sentir el latir de las venas en mi cabeza, un dolor peor que cualquier otro que hubiera experimentado.
—Padre… te prometo que viviré —susurré en silencio, dentro de mi mente—.
Quizá esta no sea mi verdadera familia, pero es la que tengo ahora.
En la frontera difusa entre sueño y vigilia tuve una visión: mi padre, antes de su muerte, antes de que todo se viniera abajo.
Me vi a mí mismo, otra vez niño, recostado en el fresco césped de nuestra finca, observando junto a él las nubes viajeras que se deslizaban por el cielo.
Su voz sonaba clara, cálida, llena de entusiasmo por enseñarme algo nuevo.
—No puedes encontrar la paz evitando la vida.
Aquella frase era una de las favoritas de mi madre, atribuida a Virginia Woolf.
Había transmitido a mi familia la verdad de lo que significaba vivir.
Agradecí que, aunque fuera en una visión, pudiera despedirme de él.
Aunque no fuese real, era el final que siempre había querido.
Perdido en esos pensamientos, no me di cuenta de que mi madre se había detenido.
Cuando abrí los ojos, descubrí que me había recostado en la suavidad de la cama de sus aposentos.
Con extrema cautela me bajé, sintiendo el frío del piso bajo mis pies mientras caminaba hacia la puerta en busca de ella.
La abrí apenas, dejando una rendija.
A través del haz de luz que se filtraba, observé a mi madre hablando con unas personas extrañas.
Sus orejas puntiagudas y piel pálida me hicieron dudar de si eran humanos.
Era la primera vez que veía algo así.
La imagen de los elfos de los cuentos fantásticos de mi mundo anterior me vino a la mente.
Uno de ellos, cubierto con una máscara, tenía un rostro innegablemente similar a esas descripciones.
—El estado en que quedó el cuerpo del atacante lo hace irreconocible —dijo uno, acomodándose los guantes.
—La morgue aún no ha podido identificarlo —añadió el otro—.
Ni siquiera los sensores de sellado pudieron rastrear su linaje.
El silencio de mi madre bastó para que los visitantes se retiraran sin insistir.
Cerré la puerta sin hacer ruido y dejé escapar un suspiro.
Aún me sentía cansado, pero algo en mi interior pedía meditar.
No eran simples emociones: provenían de lo más profundo de mi alma, de mi núcleo.
Estuve a punto de sentarme en el suelo cuando unos ruidos extraños detrás de mí me pusieron en alerta.
Sonaban como leves quejidos.
Me giré instintivamente, adoptando postura de combate, y mis ojos fueron hacia las sábanas que se movían.
Una silueta femenina emergió de ellas.
Bajé la guardia al ver a mi hermana.
Al parecer, se estaba recuperando en la habitación de mis padres.
Me había estado preguntando a dónde había estado después de lo ocurrido.
Sobándome los ojos con cansancio, caminé con cuidado en la oscuridad, procurando que la madera no rechinara y despertara a Mayrei.
Me subí nuevamente a la cama y apoyé la cabeza sobre la suya.
El sueño volvió a envolverme, mientras pequeñas partículas de maná danzaban en la atmósfera.
Con los ojos entreabiertos vi cómo ese maná empezaba a rodear mi cuerpo con un resplandor cálido, hasta que sentí que era transportado a otro mundo.
(Espacio Mental) Aunque consciente, entré en mi espacio mental.
Ya no era el paraíso de antes: la cascada de sangre que brotaba de la luna roja teñía el suelo, creando una capa líquida sobre la que caminaba.
La tranquilidad etérea que alguna vez había sido símbolo de luz en mis tormentos ahora estaba ahogada en oscuridad y frío.
Avancé descalzo sobre la superficie rojiza, que manchaba mis pies, hasta llegar a un lugar que reconocí de inmediato.
Vi las estacas que habían marcado momentos fundamentales de mi vida.
No atravesaban cuerpo alguno, pero su sola presencia era un recordatorio.
Y, de algún modo, resultaba reconfortante.
En este plano, solo quedaba un “yo”, y ese era mi presente.
A costa de algo que amé, me había sido entregada una nueva oportunidad de respirar este aire cargado de sufrimiento.
Vi cómo mi aliento congelado escapaba de mis labios antes de sentarme sobre la superficie cálida de aquel líquido.
Crucé las piernas en posición de loto y dejé que el maná recorriera todo mi cuerpo.
Sin ser completamente consciente de lo que ocurría, los elementos que forman este mundo me rodearon y se unieron en una espiral luminosa que giraba con velocidad creciente.
El aire olía a ozono y a metal caliente; la luz misma parecía escuchar mi respiración y responder con destellos.
Solo bastó que entreabriera un ojo para ver cómo la sangre reflejada en el líquido brillaba como un espejo roto, proyectando fragmentos del espectáculo a mi alrededor.
Aquello no era solo una imagen: era un presagio con bordes cortantes que me atravesaba.
Una certeza fría se instaló en mí: ya no había vuelta atrás.
Sentí que algo detrás de mí observaba, y al girarme lo comprendí.
Allí, erguida y terrible, había una estatua —no una persona—, una deidad imponente.
En sus manos sostenía una balanza antigua; su sola presencia implicaba juicio, como si desde ese instante todo lo que hiciera quedará registrado y pesado.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Gracias por llegar hasta aquí y por dejar que esta historia forme parte de tu tiempo y tus pensamientos.
Cada capítulo que lees es una pieza de algo mucho más grande, y tus impresiones me ayudan a darle forma.
Si algo en estas páginas te hizo sentir, reflexionar o imaginar, me encantaría que lo compartieras en un comentario.
Tu voz también es parte de este viaje.
—Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com