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El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Capítulo 13 Entre la oscuridad del alma
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13: Capítulo 13: Entre la oscuridad del alma 13: Capítulo 13: Entre la oscuridad del alma POV de Kael Lanpar (Lugar desconocido) Las gotas de sudor me resbalaban por la cara como pequeñas cascadas; mis jadeos golpeaban mis tímpanos y me recordaban el cansancio que me dominaba.

Aunque este lugar era —o al menos debía ser— mi propio espacio mental, aquel que supuestamente podía moldear a voluntad, no me sentía en casa.

Era un extraño en un sitio donde nada parecía encajar conmigo.

Mi mano tembló al apretar con más fuerza el mango de la espada.

Sentí cómo las venas del antebrazo se tensaban, como si la propia fuerza quisiera salir por la piel.

La oscuridad lo engullía todo.

Una neblina impenetrable lo envolvía y, salvo por la pálida luz de una luna ensangrentada, la visión era un puñado de sombras que no dejaban pistas.

Clavé los pies en la fina capa de sangre oscura que cubría el suelo y eché a correr con todo lo que me quedaba.

El sonido del líquido partiéndose resonó por el espacio.

Contra lo que luchaba no había carne ni hueso: eran formas hechas de la misma sangre que empapaba el terreno.

Humanos —o lo que alguna vez habían sido humanos— se levantaban, retorciéndose, y se abalanzaban contra mí.

Mi espada cortaba sus contornos y, con cada tajada, el líquido que los componía salpicaba mi rostro, nublando mi vista y trayendo recuerdos que intentaba enterrar.

Con cada corte emergían imágenes de mis peores errores; era como si aquellos seres guardaran todas las vidas que había arrancado.

Mordí el labio inferior de forma inconsciente y, por instinto, desvié y bloqueé sus ataques, sintiendo cada golpe como si fuera de metal.

—¿De dónde…?

—jadeé, apoyando una mano en la rodilla—.

¿Qué demonios son?

Pensé que podría recuperar el aliento tras una oleada, pero del suelo surgieron más figuras, reptando entre la sangre para ponerse en pie y seguir atacando.

Forzado por el impulso, levanté el brazo hacia la oscuridad y, con un movimiento decidido, lo hundí en la capa de sangre a mis pies.

De la tierra brotaron múltiples pinchos de roca áspera y afilada, empalando a los humanoides en cuestión de segundos.

Las piernas me temblaban.

A duras penas me incorporé, apoyándome en la espada clavada en el suelo para mantener el equilibrio.

—Me duele todo —susurré a la oscuridad, llevándome la mano al estómago con una mueca de dolor.

Antes de que pudiese permitirme un respiro, giré la cabeza y, a lo lejos, distinguí una figura enigmática sosteniendo una balanza.

Sonreía con una expresión sádica que me heló.

Su dedo índice se alzó lentamente y acabó por señalarme.

Sus manos soltaron la balanza que sostenía.

El objeto dorado cayó al suelo con un sonido metálico que retumbó por todo el espacio, apenas iluminado.

Y, como si aquello fuera una orden, el lugar cambió de la nada.

El suelo tembló; trozos desgarrados de tierra se elevaron en plataformas que surgieron hacia el cielo, como pinceladas grotescas en la bizarra pintura de muerte que era el firmamento.

—Tu sangre se juntará con toda la que has derramado —dijo con una voz que me estremeció.

Mis pies retrocedieron por instinto cuando la voz, extrañamente infantil, llegó a mis oídos y despertó en mí una sensación desconocida.

El rechinar de mis dientes me devolvió a la acción; burlé al miedo en un instante.

—Tú serás el único que se desangre —exclamé con malicia—.

Te mandaré a donde perteneces.

La adrenalina recorrió mi cuerpo.

Maniáticamente, corrí contra mi enemigo; no hubo tiempo para pensar.

Mis brazos se alzaron y la espada, en un arco rápido, buscó su cuello.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, nuestras armas chocaron.

El filo de mi espada lanzó chispas, producto del roce con aquella arma bendita que detuvo mi ataque.

Mi mirada ardía mientras lo miraba directo a los ojos, pero la sensación de impulso se apagó en segundos.

Fue solo una pregunta, pero con la fuerza suficiente para hacer flaquear mis brazos y bajar la guardia por unos segundos.

¿Tú los amabas?

—preguntó con una calma que no supe comprender.

El leve temblor en mis labios respondió por mí en el silencio que se había apoderado del lugar.

Con los ojos abiertos y sin entender del todo lo que ocurría, el ser que me había prometido la muerte agarró el filo de su espada con fuerza.

Guió mi mano —todavía aferrada al mango de mi arma— hacia su corazón.

El olor metálico dejó de percibirse; sentí la espada atravesar la carne y, por un instante, vi cómo aquel juez —mi enemigo durante unos segundos— esbozaba una sonrisa: leve, rota y extrañamente sincera.

—Tú no eres un monstruo, y tampoco lo fuiste —susurró, juntando su frente con la mía—.

La vida no juzga… son nuestras emociones las que nos convierten en lo que más tememos.

Sus palabras, por alguna razón, me dieron una calidez que había estado buscando.

Me dejé llevar por esa tranquilidad; imprimí en mi rostro una sonrisa parecida a la suya y cerré los ojos, hundiéndome por unos segundos en la paz que tanto había deseado.

Su vida se fue apagando.

Su cuerpo, antes bañado en oro, se transformó en destellos que tomaron la forma de mariposas blancas.

Con cada aleteo, esas luces comenzaron a iluminar el lugar.

Mientras su figura se desvanecía, mi espacio mental recobró la vida que había perdido.

La oscuridad fue desplazada por una luz blanca y resplandeciente que reclamó todo el entorno.

Los seres que me atacaban se disolvieron, volviendo a ser líquido; la sangre se hundió en la tierra etérea y de ella brotaron árboles blancos.

Al pestañear, sentí una mano rozar mi mejilla con una delicadeza que me quebró el pecho.

Elevé la mano y toqué la palidez de la piel del ser ya desvanecido.

Lo dejé ir: sus partículas se elevaron en el aire y se diseminaron por todo el lugar.

Mi cuerpo colapsó sobre la frescura del pasto, que compartía el color níveo de todo lo demás.

Mis ojos se posaron en la luna, aún visible, pero ahora empequeñecida.

Una luna nueva surcaba el cielo; su rojo característico brillaba con menos opacidad que antes.

Suspiré, intentando alcanzar con la mirada las figuras de mariposas danzantes que eclipsaban el terror que antes transmitía la sangre manchando la luna.

Eran hermosas; eran puras.

La sensación de volver a la realidad me invadió por completo.

Mi mente me advirtió que despertaba de la inconsciencia.

Con lentitud forzada, cerré los ojos de nuevo y dejé que el sueño me envolviera, llevándome de regreso a mi hogar.

(En la realidad)  Lo primero que escuché al volver fue mi propia respiración, más relajada esta vez, y las voces de mi madre y mi hermana que me devolvieron los sentidos.

Tapé mis ojos del resplandor del sol y di señales de haber despertado.

Sentí la humedad de la tierra bajo mi cuerpo: estábamos en el bosque de Luzarion.

Recordé, a tientas, por qué había terminado allí.

Había querido más tiempo para descansar y procesar lo que había vivido, pero la insistencia de mi madre por desbloquear mi núcleo de maná no me lo permitió.

Sus palabras no sonaban a obligación; sonaban a súplica, un hilo de miedo apenas disimulado que solo yo podía percibir.

Cada frase la carcomía por dentro.

Ya habían pasado dos meses desde lo sucedido y aun solo con pensarlo aun siento el dolor arder en mi pecho.

Apoyándome en los codos, me incorporé y alzar la vista encontré los rostros preocupados de mis acompañantes.

Detrás de ellas, las hojas de los árboles danzaban con el fresco viento que rozaba mi piel y me devolvía una calma suficiente para preguntar qué había pasado.

Alrededor se abría un cráter donde había estado sentado: árboles derribados y tierra arrancada del lugar yacían dispersos.

Un caos que, con toda probabilidad, yo había causado.

—¿Qué acaba de pasar?

—pregunté, confuso—.

¿Por qué me miran así?

Ninguna de las dos hablaba; parecía que no encontraban las palabras.

Vi a mi madre recomponer la compostura y, entre esfuerzos, decir algo que me dejó más desconcertado.

—Hijo, acabas de despertar tu núcleo —dijo, tragando saliva.

No entendía por qué aquello la ponía así.

Si se suponía que era lo que debía hacer, ¿a qué venía tanto revuelo?

Fue su siguiente frase la que lo aclaró todo.

—Posees los cinco elementos principales —añadió con una pizca de emoción—.

Eres un quinto elemental, el primero en la historia de Mayora.

—Vaya, eso es increíble —dije, rascándome la cabeza.

Mi comentario pareció un insulto a mi hermana; antes de que reaccionara, sentí un golpe leve en la cabeza y su grito llenó el claro como si su voz fuera un megáfono.

—¿Qué estás diciendo, Kael?

—dijo, sorprendida—.

Eres el primer humano —por no decir el primer ser vivo— que posee este tipo de poder.

Sobándome el chichón que se había formado en la cabeza, bajé la vista y vi, como a través de un vidrio, cinco anillos luminosos de distintos elementos rodeando mi antebrazo.

Eran partículas elementales que solo eran capaces de ser observadas por el portador, aquel majestuoso poder que ahora cubría gran parte de mi brazo resplandecía con una grandeza incomparable.

—¿Esto tiene algo de malo?

—pregunté, con cierta preocupación—.

Si no hay registros de nadie que haya poseído los cinco elementos, ¿cómo sé que no me pasará nada?

—Tristemente no lo sabemos, hermanito —dijo Mayrei con la voz apagada—.

Tanto nuestros padres como yo somos cuarto elementales; eres el primero en alcanzar esto.

Mi inquietud se apoyaba en sensaciones concretas: un cansancio extraño me invadía el cuerpo a pesar de no haber hecho nada físico.

Era la primera vez que la fatiga de mi espacio mental se filtraba a la realidad, un golpe raro, como si mi cuerpo se negase a seguir sin haber movido un músculo.

Antes de que pudiera indagar más, todo cambió de golpe.

Una explosión retumbó a lo lejos, acompañada por ráfagas de viento y un temblor leve que llegó hasta nosotros.

Ante mis ojos se alzó una nube de fuego y polvo sobre mi hogar.

Fue un impacto ambiguo que, por un instante, me devolvió una imagen de mi pasado.

Como si volviese a reencarnar en mi vida anterior, me vi a mí mismo cargando con la impotencia de haber presenciado una masacre sin poder hacer nada.

Sosteniendo el arma, solo pude contemplar cómo el estallido se mezclaba con los gritos de la gente que intentaba huir.

La ilusión y la realidad se entrelazaron: mi pelo se alborotó por la onda expansiva; mis brazos y piernas dudaron, paralizados por la indecisión.

Todo era confuso.

—Niños, manténganse alejados del lugar —ordenó mi madre.

El aire comenzó a condensarse en pequeñas partículas que se incrustaron en la ropa y la piel de mi madre, formando una armadura de cristal reluciente.

—Madre, tengo que ayudar —replicó Mayrei—.

Nos están atacando.

Una sola mirada de nuestra madre bastó para que mi hermana entendiera que no era una opción.

Se acercó, me rodeó con los brazos y me abrazó con fuerza protectora.

Sentí cómo su agarre se apretaba con ira, como si creyera que yo era responsable de mi incapacidad para intervenir.

Cuando vi a mi madre alejarse entre los árboles, una urgencia de ayudar me invadió.

Me solté del abrazo de Mayrei e inconscientemente canalicé maná hacia mis pies: el viento me impulsó y comencé a correr.

—¿Kael, adónde vas?

—gritó Mayrei—.

¡Maldita sea, al diablo con esto!

Con la mirada fija en el objetivo, seguí corriendo por la tierra, mientras mi hermana avanzaba por las ramas de los árboles a mi lado.

No pensaba volver a ser un espectador.

No ahora.

Nunca más desperdiciaré la oportunidad de salvar a alguien.

No lo hice en mi vida pasada; ahora será diferente.

Es una promesa.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).

Gracias por llegar hasta aquí y por dejar que esta historia forme parte de tu tiempo y tus pensamientos.

Cada capítulo que lees es una pieza de algo mucho más grande, y tus impresiones me ayudan a darle forma.

Si algo en estas páginas te hizo sentir, reflexionar o imaginar, me encantaría que lo compartieras en un comentario.

Tu voz también es parte de este viaje.

—Eterna Pluma

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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