El Ultimo Aliento: De la muerte al significado - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 Cenizas del caos
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14: Capítulo 14: Cenizas del caos 14: Capítulo 14: Cenizas del caos POV de Kael Lanpar El sonido de cada paso resonaba en mi cabeza como un recordatorio cruel: no tenía tiempo.
Sentía cómo los ligeros temblores —eco de las explosiones venidas de la capital— se intensificaban; enormes escombros caían del cielo por doquier.
Aun a distancia, tuve que empezar a esquivar a pura velocidad las piedras gigantes que descendían como meteoritos.
Mis ojos, atentos, vieron con pánico cómo los objetos voladores azotaban la tierra con una fuerza bestial, arrancando árboles del suelo y destruyendo todo a su paso.
Una nube de polvo se levantó y nubló mi vista por unos segundos.
Ese instante bastó para que bajara la guardia.
Cuando mis ojos lograron enfocarse de nuevo, una piedra en llamas venía directa hacia mí.
Ya era demasiado tarde para reaccionar si no fuera porque mi hermana saltó y me salvó.
La roca se congeló en pleno descenso y se fracturó en millones de copos que la brisa se llevó en un suspiro.
La escarcha cayó sobre mi cuerpo; el frío me dejó atónito mientras mi respiración buscaba calma.
Vi a Mayrei bajar del árbol donde estaba, cayendo a mi lado con el ceño fruncido.
—Kael, tienes que tener más cuidado —dijo, y me abrazó con la urgencia de quien teme perderte—.
Te diría que te escondas en el bosque, pero sé que no lo harás.
Sus brazos me soltaron con determinación; a la vez, noté en sus ojos una fisura de duda.
Todavía en shock, la vi agitar la muñeca para deshacer la escarcha que la cubría.
Fue entonces cuando me di cuenta: no podía moverme.
Había quedado atrapado.
Intenté mover brazos y piernas; estaban congelados, rígidos, incapaces de responder.
—¿Qué estás haciendo, Mayrei?
—grité, con confusión y rabia en la garganta.
—Te estoy protegiendo —respondió ella dándome la espalda—.
Que ahora sientas tu maná fluir no significa que puedas pelear.
—Eres muy joven e inexperto para jugar a ser héroe —añadió, su voz se volvió fría como el hielo que había conjurado.
Apoyé los dientes con amargura y miré cómo su figura se difuminaba entre la densidad del bosque, camuflada entre hojas y sombras.
—Maldita sea —gruñí.
Con un movimiento violento forcé el hielo y la capa crujió como madera vieja partiéndose.
El sonido reptó por mis oídos.
Apretando los dientes dejé que mi furia impulsara mi maná y empecé a moverme otra vez; el calor de mi voluntad vaporizó la escarcha que me aprisionaba.
—Tal vez sea joven —susurré para mí—, pero no me subestimen en el campo de batalla.
Hundí los pies en la tierra, sentí el maná recorrer mi cuerpo como un río despierto, y en un impulso de velocidad salí disparado hacia el pueblo, cada zancada arrancando la capa superior del suelo.
Sabía que con este cuerpo infantil no haría milagros, pero estaba convencido: mis acciones cambiarían el curso de la batalla.
Quizá ya no tenga la fuerza física de antes, pero la experiencia estratégica y militar que llevo dentro sigue intacta.
El viento me azotaba el rostro; a lo lejos distinguí a la tropa enemiga.
Una maraña de figuras encapuchadas, armadas hasta los dientes, irrumpía por las puertas de la capital.
Al nivel de los cascos y al ritmo de los caballos, me lancé y me coloqué a la par de dos jinetes, quedando literalmente entre mis enemigos, que no entendían lo que veían.
—¿Pero qué mierda…?
—balbuceó uno de ellos.
Me impulsé con el viento y di un gran salto sobre ellos.
Desde mis dedos salieron múltiples dagas de viento que volaron directo a sus cuerpos.
Una de mis cuchillas cortó con precisión: un jinete fue derribado, rodó por el suelo alzando polvo con su caída; su caballo, aún en movimiento, perdió al jinete y cambió de dueño en la confusión, agarrando la rienda que lo guió y tumbó al otro.
—Maldito mocoso, ¿de dónde saliste?
— gruñó el que quedó en pie, alzando el arma—.
Te voy a… No terminó la frase: la sangre empezó a brotarle de la garganta y cayó al suelo sin vida.
Me quedé quieto un segundo parando a mi corcel en proceso, viendo cómo su cabeza se deslizaba desde su cuello hasta tocar el suelo.
—Curioso —dije, desapareciendo la espada de viento—.
Al parecer el jinete sin cabeza sí era real.
Azoté con fuerza las riendas del caballo y aceleré.
Nos internamos cada vez más en la multitud que combatía tanto dentro como fuera del reino.
Al cruzar las puertas, vi algo que me heló la sangre: una escena horrenda se desplegaba ante mí.
Cadáveres de inocentes yacían por doquier, víctimas del fuego cruzado entre ambos bandos.
La gente corría entre calles en llamas, buscando refugio donde no había ninguno.
El caos devoraba todo a su paso.
Me incorporé sobre la montura, di un salto hacia atrás y dejé que el corcel siguiera su curso.
En la caída aproveché la distracción de un enemigo y disparé una flecha de viento condensando el aire a mi alrededor.
Tensé la cuerda; la flecha surcó el cielo hasta hundirse en la pantorrilla del agresor.
—¡Arghaaa!
—gritó, llevándose la mano a la pierna mientras me miraba con furia.
—¡Maldito mocoso…!
—rugió— ¿Qué te crees, un héroe?
No respondí.
Con un gesto de la mano levanté una púa de tierra que brotó del suelo y atravesó su pecho, elevándolo en el proceso mientras la sangre se derramaba de la estaca rocosa.
Sé que dije que matar no es la solución —pensé, y mis palabras internas me quemaron—, pero intentó dañar a una familia inocente.
Eso no puedo perdonarlo.
Ojalá encuentre redención… de alguna forma.
—¿Están bien?
—pregunté, acercándome a una mujer que abrazaba con fuerza a sus dos hijos.
La vi temblar; el llanto desesperado de los niños me apuñaló el pecho.
Me sujeté un instante donde dolía el corazón, como si así pudiera calmar la angustia.
—Los voy a proteger —dije con voz rota—, pero necesito que se queden conmigo.
Ella asintió, apretó a sus hijos contra su cuerpo y abrió los ojos de golpe.
En la pupila de la mujer vi el reflejo de una flecha que venía a toda velocidad hacia nosotros.
Salté, girando en el aire para luego agarrar la flecha con la mano antes de que alcanzara a la familia, manteniendo la mirada clavada en el bastardo que me había atacado.
—Busquen refugio en la Academia de Espadachines —les ordené, escuchando el crujir de la madera de la flecha.
Había prometido protegerlos, pero las opciones eran pocas.
Observé el campo de batalla con concentración clínica, anotando cada detalle.
El estruendo de las espadas chocando y los gritos de los soldados resonaban por todo el lugar.
Sentía el calor de las llamas que consumían las casas rozar mi piel; el olor metálico de la sangre se mezclaba con el humo asfixiante.
Me cubrí la nariz con el brazo y respiré hondo, intentando recuperar la compostura, observando a mi enemigo con odio.
—Paso Ráfaga —susurré.
La magia del viento se arremolinó en mis pies, levantando piedras y escombros en un torbellino bajo mí.
Vi cómo la familia huía y me giré hacia mi nuevo oponente.
—Lo mataré, eso lo prometo —murmuré, crujiéndome los dedos antes de salir a toda velocidad.
Con cada zancada sentía las flechas silbar a mi lado; las esquivaba como si el tiempo se ralentizara viendolas clavarse en la tierra sin alcanzar a su objetivo.
En el camino ayudé a soldados reales y magos del reino: canalicé electricidad en mis manos creando garras eléctricas que cortaron a varios rebeldes incapaces de reaccionar.
Lo último que pudieron hacer fue gritar antes de que su vistas se nublaran por el corte de mis garras.
¡Boom!
Una explosión brutal me lanzó por los aires antes de que pudiera alcanzar al arquero.
Me estrellé contra un muro; el polvo golpeó mi rostro con violencia.
El dolor recorrió mi espalda como un martillo clavado en los huesos.
Me mordí el labio inferior para no gritar, fingiendo que soportaba el latigazo que me atravesaba la columna.
Al parpadear y sacudir la tierra que me cubría, percibí en el centro del conflicto algo que congeló mi sangre otra vez: tres jinetes aparecían, sus armaduras de cristal reflejando el sol con un brillo cegador.
Era mi madre y junto a ella estaban sus dos hermanas, los jinetes del apocalipsis había llegado.
Cabalgaban corceles de vidrio puro, figuras imponentes que, con cada paso, arrasaban filas enemigas y empalaban a los rivales con sus lanzas.
Permanecí inmóvil unos instantes, observando cómo los revolucionarios retrocedían y el reino ganaba terreno en la capital.
Llegaron los gritos.
Los vítores.
La esperanza volvió a latir en la plaza como una llama que renace.
Mis ojos fueron hacia el cielo viendo como nubes oscuras se formaban y de ellas como relámpagos, rayos comenzaron a caer sobre nuestros enemigos; el suelo tembló bajo el impacto y el caos cambió de lado.
Una luz resplandeciente me cegó por un instante.
Cuando la visión volvió, la figura del Striker Boro había aparecido como un rayo, y el suelo a sus pies se evaporaba en humo y polvo.
—Su Majestad —dijo Boro acercándose con paso firme—.
No debería estar aquí… y menos en el epicentro del ataque.
—¿Espera… cómo sabes que yo…?
—jadeé, sorprendido—.
¿Quién te dijo que estaba aquí?
Él no respondió con palabras.
Avanzó hasta plantarse frente a mí con la calma fría de quien doma una tormenta.
Sin más, tomó mi mano y me apretó con fuerza, ayudándome a ponerme en pie.
—Busca un lugar seguro —ordenó con firmeza—.
Tú no eres un adulto para exponerte así.
Yo cubriré tu espalda… pero no por mucho tiempo.
Asentí, sintiendo la fatiga golpear mi cuerpo como un mazo.
Mientras me preparaba para correr, vi en un movimiento sutil de su muñeca nacer una espada envuelta en relámpagos oscuros: densos, pesados, diferentes a cualquier rayo común.
No era solo magia elemental; era un subelemento.
Era la primera vez que veía uno en acción: su poder condensaba el aire hasta hacerlo visible, como si quemara las partículas a su alrededor con cada descarga.
Tras la señal silenciosa de Boro, eché a correr.
Esta vez sin magia: mi maná se había agotado por completo.
Intenté invocar un hechizo, pero era imposible.
No sentía mi núcleo; ni siquiera el combustible que alimentaba mis conjuros recorría mi cuerpo.
Simple y llanamente, no tenía maná.
Suspiré, sabiendo que eso no era buena señal.
El presentimiento se cumplió en segundos.
Casi al llegar a la entrada de un refugio, escuché trompetas.
No venían desde dentro de la ciudad… venían de más allá de las murallas.
Las primeras líneas de defensa habían caído.
Los ecos fueron seguidos por gritos de guerra.
Miles—quizá decenas de miles—de soldados enemigos avanzaban.
El temblor subió por mis pies; el retumbar de escudos recibiendo golpes se clavó en el pecho.
Un mensaje vibraba bajo la tierra: el verdadero ataque apenas comenzaba.
Los vítores en la capital se apagaron de inmediato.
Volvieron los alaridos: terror y desesperación.
La gente corría sin rumbo, como si la esperanza jamás hubiera existido.
Eran demasiados rebeldes… demasiados.
—¡Soldados de Auroria!
—rugió Boro desde el epicentro del caos—.
¡No dejéis que el miedo os robe el valor!
¡Defended vuestro reino, vuestro legado!
¡Levantad la cabeza… y aplastad a estos traidores!
—¡Por Auroria!
¡Por nuestras familias!
—respondieron los soldados al unísono, un grito que encendió el aire como chispa en un campo seco.
Magos, guerreros y jinetes alzaron sus armas; el rugido colectivo reavivó el valor de quienes estaban alrededor.
Una sonrisa se escapó de mi boca, brevemente: eran buenas noticias.
Pero la alegría me duró un segundo.
Mi cuerpo colapsó.
Mi vista se nubló y un mareo me dominó.
La estabilidad me abandonó; caí sobre la tierra humedecida por mi propia sangre, escupida desde mi boca.
Mis sentidos me traicionaban; ni siquiera podía apoyar los brazos: las manos temblaban con agonía.
El dolor era una radiografía en movimiento: huesos quebrados, carne desgarrada.
Apreté los dientes con todas mis fuerzas para no dejarme llevar por el grito.
Entre la bruma que nublaba mi mente, sentí manos que me alzaban.
Luego, la firmeza de unas piernas que me sostenían.
Supe que estaba a caballo por los suspiros del animal y el vaivén de su paso.
Con las pocas fuerzas que me quedaban distinguí una figura y la reconocí antes de poder decir su nombre.
—¿Madre?
—musité.
—¡Kal, maldita sea!
—dijo ella con la voz rota—.
Les dije que no vinieran… pero me desobedecieron.
Después de eso, la memoria se volvió fragmentos: imágenes sueltas como piezas mal cosidas de un sueño.
El viaje liderado por mi madre fue un borrón.
La gran capital, Luzarion, se hacía pequeña en el horizonte mientras mis ojos, apenas abiertos, captaban tres figuras surcando el cielo hacia el campo de batalla.
Una capa ondeó y un poder inmenso evaporó el aire a su alrededor: supe que era mi padre.
Con la respiración apenas suficiente para mantener la conciencia, me dejé caer en un sueño pesado.
Mis ojos, borrosos, alcanzaron a ver a mi hermana—su cabello ondeando—cabalgando junto a mi madre hacia un destino que yo no alcanzaba a comprender.
POV de Mayrei Lanpar Decir que no estaba preocupada por mi hermano sería mentirme.
Lo amaba.
Mucho.
Era mi hermano pequeño… y más que eso: mi mejor amigo.
Él había estado conmigo en los peores momentos, cuando los reyes —nuestros padres— no estaban.
Fue un simple niño quien, con más temple que muchos adultos, me enseñó a no rendirme incluso cuando todo invitaba a desistir.
Suspiré y miré hacia atrás.
Kael dormía sobre el pecho de mi madre; ella lo sostenía con fuerza, acurrucándolo como a un pequeño bulto de vida frágil.
La capital estaba hecha pedazos: cenizas, columnas de humo y cuerpos que configuraban una neblina de miedo y confusión que atravesaba a la gente.
Todo por culpa de los malditos revolucionarios y su sed de venganza.
No podían olvidar lo ocurrido años atrás, ni aceptar que se dio perdón a los asesinos.
Lo más importante ahora era salvar a mi familia, las únicas personas que tenía en esta vida.
—Madre, ¿qué ruta estamos tomando?
—pregunté, rompiendo el silencio.
—Los ejércitos rebeldes se mueven hacia el norte de la capital… y también se dispersan a otras ciudades —respondió sin mirarme—.
Hoy no hay lugar seguro en el reino humano.
—Entonces… ¿a dónde iremos?
—dije, con un nudo apretándome el pecho.
—A casa —contestó—.
Al recinto del clan.
Directo a las Praderas de Cristal.
Mi madre detuvo bruscamente el caballo, descendió con agilidad y, sin pensarlo, tomó a Kael en brazos; su gesto fue rápido, preciso, lleno de urgencia.
Agarré a mi hermano entre mis brazos apretandolo con fuerza mientras la confusión se apoderaba de mi.
—¿Qué ocurre?
¿Por qué nos detenemos?
—pregunté, aguzando los sentidos.
—Nos siguen —murmuró ella—.
Necesito que te adelantes.
No mires atrás.
Su voz se endureció en una orden imposible de contradecir.
No me gustaba dejarla sola, pero conocía su poder y sabía de lo que era capaz.
De las tres jinetes que aparecieron en la batalla, mi madre era la más temida: casi una leyenda, capaz de aplastar ejércitos enteros cuando la guerra lo exigía.
La única jinete del apocalipsis que era capaz de ser comparada con los seres más poderosos de Mayora los Brokers.
—¡Sigue, Escorpión!
—grité, azotando las riendas—.
El reino se ha quebrado; ahora mismo… nadie es confiable.
Esto nunca fue una era dorada, solo una fachada: mi padre lo sabía y aun así intentó ofrecer paz cuando esa paz nunca existió.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES NovaSky Nota de autor (Capítulo actualizado: Esto es solo una muestra de la versión reescrita de Amazon).
Gracias por llegar hasta aquí y por dejar que esta historia forme parte de tu tiempo y tus pensamientos.
Cada capítulo que lees es una pieza de algo mucho más grande, y tus impresiones me ayudan a darle forma.
Si algo en estas páginas te hizo sentir, reflexionar o imaginar, me encantaría que lo compartieras en un comentario.
Tu voz también es parte de este viaje.
—Eterna Pluma
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com